El tono de la narradora es muy matizado, pero predomina cierta actitud de distancia y escepticismo, incluso cuando utiliza los argumentos de sus hermanos para valorar al personaje central del libro. ¿Melancolía filosófica ante la imposibilidad de alcanzar a un personaje que, al cabo, no terminamos bien de saber, junto con la narradora, si puede salir de la historia familiar por sí misma? 

Esta pregunta es muy curiosa. En la primera parte se dice que el tono de la narradora es muy matizado, distanciado y escéptico en la valoración que hace del personaje central de este libro. Esto es cierto. La pregunta interesante viene ahora, en la segunda parte. A mí me parece que usted apunta, muy amablemente, a una cierta fractura que la narración misma contiene, a saber: ¿quién es en realidad el/la protagonista de la novela? La obvia protagonista es tía Elvira, cuyo referente real es mi abuela Anita. Sucede, sin embargo, que la voz de la narradora, además de distanciada y escéptica, con respecto a la validez humana de su personaje, va convirtiéndose poco a poco en protagonista indirecta de su propia narración. En cierto modo, la narradora es una narradora homicida: hace valer su voz, su escepticismo vocal, su frialdad y su guasa vocales como un independiente objeto de lo relatado que ni se muestra ni se oculta del todo: es la voz de una mujer que no se pinta, que no se desnuda ni se viste de ninguna manera especial; una voz apasionada que sólo ha amado apasionadamente al aguilucho y a su hermana –ninguno de los cuales son, por cierto, objetos directos de la narración, así como tampoco lo es la pasión que la narradora siente por ellos–. No sólo es una asesina inconfesa mi narradora, sino también una amante inconfesa: es ya muy vieja y da la impresión de que cuenta todo de memoria, como si todo hubiera acabado mucho antes y la totalidad del relato tuviese un tono elegíaco, melancólico –sí, como usted misma dice–. Hay, desde luego, un sentimiento presente en muchos relatos míos de que el personaje es inalcanzable o inefable: el individuo es inefable, decían los escolásticos. Y E.M. Forster hablaba de los round characteres, que eran aquellos que uno no puede ver de una vez, sino que tiene que ir viéndolos dando vueltas alrededor de ellos. Esto también nos pasa –a mí al menos– con las cuatro, cinco o seis personas importantes que hemos conocido personalmente en la vida: unas viven, otras no. Pero vivas o muertas, aún son inagotables. No puedo decir la última palabra acerca de ellas ni escribir el relato definitivo. Ni cerrarlas o acabarlas. La narradora de este libro es consciente, yo creo, de esta dificultad de «acabar» su personaje o sus personajes. De aquí las cuatro partes del libro: todo empieza en La Provincia. Hay un gran mundo que es parte del otro mundo y acabamos enterrados todos a la vez, muertos y no-muertos. Es verdad que, leyendo mis libros, por lo menos algunos de los más característicos, no terminamos bien de saber, junto con la narradora, si puede salir de la historia familiar por sí misma o si tendrá que quedarse atrapada ahí de por vida, en una especie de eterno retorno irónico de sí misma y su familia. Ahora estoy escribiendo una nueva novela titulada Retrato de familia y empieza ya a pasar lo mismo que antes. Es el eterno retorno de lo mismo, con todos los nombres y las voces cambiadas que se reúnen de nuevo, se equivocan de nuevo, se aman de nuevo y fallecen, por fin, e irónicamente de nuevo resucitan. Resucitar viene de resuscitar, que significa volver a llamar una vez más a vivos y difuntos. Pensándolo bien, la más fantástica ocurrencia para una novela es la ocurrencia de la resurrección.

¿Quiso rescatar usted a Elvira, alguien que recorrió su tiempo codeándose con artistas y escritores, de los enigmas y ambigüedades de alguien que nunca fue del todo?

No acabo de verme como un rescatador porque tengo todos estos personajes familiares demasiado presentes, todos a la vez, en mi memoria. Así que del todo no los rescato: sólo los hablo –hablo de ellos, hablo con ellos– y tenemos las viejas discusiones de siempre. Es un territorio relativamente circular y cerrado, que de alguna manera está presente todo el tiempo. En el caso del referente real de Elvira –mi abuela Anita–, la pregunta acerca de si fue del todo o no –que es muy pertinente– es, sin embargo, bizantina en el fondo: el personaje real fue del todo en su tiempo. Fue una fundadora del gran mundo marbellí de la época. En Marbella se la recuerda todavía, y también en Madrid, sus amistades y demás familia. No hizo falta rescatarla nunca, por consiguiente, ni entonces ni ahora. Hubo, en cambio, que financiarla constantemente, lo cual fue una gran lata porque todo lo que tenía de brillante también lo tenía de gastosa. Ahora ya no hay que financiarla ni tampoco hay que rescatarla porque está vivamente presente en mi memoria. Sigue siendo latosa, gastosa y brillantísima. En cierto modo, una joya de la familia. A su manera, hiperteatral y absursa, impagable. Pero sí que fue del todo en su entonces y todavía sigue siéndolo en el mío.

No nos podemos acercar a su obra desde un solo punto de vista, y en esta entrevista está quedando claro que siempre hay que leerlo desde distintos ángulos, entre otras el reflexivo, el puramente narrativo o el del humor y la ironía. Éste último se manifiesta plenamente en el último capítulo, «Los enterramientos». ¿De qué otro modo podría manifestarse la realidad, en su caso?

Le agradezco mucho que me lea desde todos esos aspectos. Se lo agradezco de corazón. La otra manera de leerme, además de las que usted menciona, es poéticamente. Ésta última manera no sólo está presente en mis cuatro libros de poemas publicados, sino que se extiende también a todas las novelas. Supongo que lo que quiero decir con ese adverbio «poéticamente» es lo de Hölderlin –«Poéticamente habita el hombre la tierra»–, lo cual significa que habita la tierra hablándola. Yo también habito mi propio mundo hablándolo.

Usted es un escritor al que no se le ha incluido en ninguna generación, si bien es cierto que su tradición y la edad que tenía cuando empezó a publicar lo dificulta. ¿Cómo ha influido –si es que ha influido en usted– la crítica sobre su obra? ¿O cree que los contemporáneos no tienen la última palabra, como dice Vargas Llosa?

El único personaje que se parece al artista o al escritor es el santo. Si fuéramos plenamente conscientes de nosotros, no escribiríamos nada

También yo creo, como Vargas Llosa, que los contemporáneos no tienen la última palabra acerca de nuestra obra, porque tampoco nosotros mismos la tenemos sobre las obras ajenas o incluso las propias. Hay una especie de humildad profunda en todo narrador, poeta y demás artistas que consiste en que depende inmensamente de la estima y la opinión de sus lectores y críticos, y a la vez, si de verdad quiere escribir a lo largo de muchos años, tiene que desestimar esa opinión no por soberbia o desdeñosamente, sino por una, digamos, estructura de la subjetividad creadora que tiene que funcionar y producir su obra, grande o chica, desde una relativa inconsciencia de sí misma. El único personaje que se parece al artista o al escritor es el santo. Tiene que obrar conscientemente –porque si no, no obraría bien–, pero no tiene que ser consciente de la percepción y ni siquiera de la gestión de su obra: tiene que poseerse como si no poseyera, entenderse como si no se entendiera, acordarse de sí mismo como si se olvidara de sí mismo. Yo creo que esta exigencia la cumplimos –quizá de mala gana– todos los escritores, sin excepción: si fuéramos plenamente conscientes de nosotros mismo no escribiríamos nada o casi nada. Y sí, yo creo que es cierto que no estoy incluido en ninguna clasificación generacional porque mi tradición narrativa es anglosajona más que española. Y porque cuando empecé a publicar estaba muy aislado e incluso todavía lo estoy. Aunque, como es natural, conozco y trato a mucha gente.

¿Álvaro de Pombo escribiría sus memorias o su biografía, o piensa, como escribió Octavio Paz acerca de los poetas, que su biografía es su propia obra?

No, no, de ninguna manera escribiré nunca mis memorias o mi biografía. Eso sería muy tedioso e innecesario. Supongo que el motivo último es el que sugiere Octavio Paz: «Lo que cada poeta o escritor sea ya se ve en lo que escribe». No hay autobiografía posible porque cualquier intento de hacerlo conduciría inmediatamente al absoluto tedio y a una sátira asesina. Escribir la propia autobiografía es, directamente, suicidarse.

Muchas gracias por haber aceptado esta entrevista, pero, antes de terminar, hay una pregunta que me persigue como un mantra y, aunque manida –como ¿qué libros se llevaría a una isla desierta?–, me gustaría saber que autores le marcaron definitivamente para adentrarse en la escritura. La razón no es otra que intentar seguir, para conocer mejor su mundo, ese hilo conductor.

¿Qué libros me llevaría a una isla desierta? He descubierto a lo largo de este último año, viendo un programa de televisión que se llama Mezzo, que es un programa de música clásica, que cuando se hace esta pregunta a los músicos –compositores, intérpretes, directores, etc.– hay dos respuestas básicas: la de quienes están seguros de que en una isla desierta desearían oír una precisa obra musical que conocen bien y que han interpretado y la de quienes preferirían llevarse una obra musical que todavía no conocen bien y que tienen estudiarse, incluso en una isla desierta. Creo que yo me llevaría a una isla desierta libros que conozco bien: Middlemarch, de George Eliot, o Las alas de la paloma, de Henry James. La antología de romances nuevos, las mil mejores poesías… A lo largo de este cuestionario he mencionado ya autores de gran importancia para mí: T.S. Eliot, Rainer Maria Rilke, Jorge Luis Borges, los poetas españoles de finales del 98 y todo el siglo XX.

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