Y he aquí una de las claves de la ensayística de José Balza: la búsqueda del «pensamiento enérgico» que incida sobre la realidad para transformarla o explicarla. Como el láser que usa Rubén Núñez para crear sus imágenes tridimensionales, un pensamiento con fuerza es el rayo que dará volumen a eso que está fuera de nosotros. Por eso es tan importante la lectura de los otros en (y para) la obra del autor: allí ha hallado las razones que busca para levantar su obra y, quizá mucho más importante, para dar con «las respuestas que la vida, tan cambiante, necesita para su tránsito»: al final, quizá se trate del intento de su vida: dar con una filosofía que le permita vivir plenamente hasta que se acabe el impulso vital. Acercándonos a la obra de Balza, quizá hallamos la confirmación a la idea (un tanto sorprendente) de José Gregorio Hernández, médico y profesor en la Universidad Central de Venezuela a principios del siglo xx, venerado en el país como un santo, pero que tiene un aspecto filosófico que interesa aquí: en sus Elementos de filosofía (1912), declara que «el alma venezolana es esencialmente apasionada por la filosofía», aseveración que llamaría a escándalo si no fuera por autores como Balza y muchos otros que hicieron de sus obras una philosophical enquiry (Burke) que diera cuenta de lo incomprensible; pienso en Guillermo Meneses, Teresa de la Parra, José Antonio Ramos Sucre o Enriqueta Arvelo Larriva. Sin embargo, y sin duda, José Gregorio Hernández exagera, aunque no tanto, cuando afirma que «ningún hombre puede vivir sin tener una filosofía. La filosofía es indispensable para el hombre, bien se trate de la vida sensitiva, de la vida moral y, en particular, de la vida intelectual»; reflexión que se revela heredera de, o por lo menos influida por, la célebre sentencia aristotélica: Omnes homines natura scire desiderant (Todos los hombres por naturaleza desean saber, Metafísica, I, 1, 980a21). El conocimiento; saber, en el sentido más pleno de la palabra, podría ser el gran motor interno de toda la obra de Balza; pero se trataría del conocimiento que es también plenitud física y telurismo, tal como lo elabora en Percusión, cuando el protagonista comprende que su obsesión es ser transitorio y su mayor deseo es aspirar a todas las incertidumbres:

Ahora reconozco que mi maldición tenía un nombre: el impulso de entender. Únicamente la más intensa cópula ha sido comparable —para mí— con las milagrosas escalinatas del pensamiento. Saber: allí residía el peso que me arrastraba de un ser al nuevo, de un sabor a otro, de un continente a inesperadas oscuridades geográficas. Y en esa bruma alucinante de la movilidad, las montañas aparecían para llevarme al recuerdo de este monte dejado atrás y para celebrar su rito estable entre la tierra y los cielos.

 

Y digo telúrico porque la imagen poderosa de la montaña preside (y precede, y acompaña) tanto la novela como la reflexión teórica de la obra balziana. Un hombre nacido a la orilla de un extraordinario río como el Orinoco también siente la influencia enloquecedora de la mole que es una montaña o una cordillera (¿porque sus ancestros paternos provenían de los Andes venezolanos?). En todo caso, la montaña como símbolo de la estabilidad y la duda; pues, aunque imponente, la condición «anfibia» de una montaña, que es al mismo tiempo declaración de fuerza bruta y elevación espiritual, deviene metáfora perfecta para la idea que percute en la piel, en la idea, en el alma y en los pies:

Tres o cuatro países había atravesado yo, desde el mío, desde las cordilleras ceñidas por el Caribe, y en ninguno pude sentir la personalidad terrena de aquí. Vuelvo a pensar en Giordano Bruno, en claves de la memoria que me llevarían a Orfeo, para entender la percusión de un sentido corporal en otro, de un estrato visual en las piedras, de un cielo en las integraciones mentales: la percusión de un vínculo que une muerte y aire, oscuridad y carne vegetal: las montañas.

 

Las montañas y su personalidad terrena; ésta es la búsqueda, ésta es la meta y éste es el horizonte, al mismo tiempo seguro y vibrátil, de la obra del autor. Éstos son los fantasmas que baten sus alas frente a los ojos de Balza y que, a su vez, él hace que las batan delante de los nuestros, no para aturdirnos, sino para comprender(nos).

BALZA, O LAS INFINITAS MANERAS DE LEER

Quiero aventurar la siguiente hipótesis: como buscador de sentido literario, Balza ha usado el magisterio para dar con él. Sus clases de literatura en las escuelas de Letras y de Artes en la Universidad Central de Venezuela bien podrían haber sido sendos laboratorios para descubrir en el otro ese doble camino que los romanos tan bien representaron en la imagen del dios Jano. Consciente quizá, también, de que los jóvenes que entran en la universidad acaban de salir de la adolescencia, van hacia el mundo de los adultos casi a ciegas y necesitan algún tipo de orientación que no frustre sus incipientes vocaciones, el pedagogo echaba mano de los otros (grandes) autores para ser ellos en cada sesión.

Una mañana, lanzó un dardo desde el pizarrón: Somewhere someone is traveling furiously toward you —en algún lugar, alguien viaja furiosamente hacia ti—; y alrededor de esa frase transcurre toda la clase. En dos horas, John Ashbery se convierte en un amigo que visitar y el profesor aprovecha el verbo candente del poeta para enseñar literatura a sus alumnos. Otro día, es Huidobro: «en mi cabeza, cada cabello piensa otra cosa», y la locura gira encima del aula como un altazor que anduviera buscando la carroña en la cabellera de los muchachos. Luego le toca el turno a Ramos Sucre: «un idioma es el universo traducido a ese idioma», y otra vez la imagen del dios de dos caras se planta en el ambiente, trazando surcos hacia las mentes que comienzan. Todo es en beneficio del pensamiento y la literatura. Un día es una página completa, ya tan conocida, ya antológica, de Octavio Paz: «La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une»; tan hermosa, tan sugerente, tan seductora, que siempre dan ganas de citarla in extenso sólo para comprobar una vez más que el arranque de El arco y la lira (1956) es el detonante perfecto para el pensamiento binario, para la comprensión lateral; que es el desvelamiento de un mundo que siempre será secreto. Y aunque ciertos lectores resabiados quizá tengan razón al mirar con cierto (¿pero justificado?) desdén esas páginas —y, tal vez, todo el libro— por bisoñas, por tramposas o empalagosas, introducidas sin aviso en las mentes de los tardoadolescentes, se convierten en efectivas cargas de profundidad que harán que el mundo no tenga la misma forma después de leerlas. Eso hacía José Balza en sus clases. Envenenamiento mental.

En la escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela sus clases eran seguidas como un espectáculo; sólo supe de dos clases que concitaban el mismo entusiasmo en la escuela: las de los dramaturgos José Ignacio Cabrujas e Isaac Chocrón. Al igual que a las de sus colegas, a las clases de Balza asistían, junto a la veintena de alumnos matriculados, varias decenas más de personas que, aun estando ya en los últimos semestres, dedicaban tres horas en la mañana para escucharlo (o para disfrutar del evento); creo que alguna vez pudieron abarrotar el aula más de cien alumnos. El aula, por cierto, era quizá la más grande del recinto, conocida como La Pecera, quizá por los ventanales desde donde la gente podía ver hacia dentro como si contemplara un acuario. Fueron aquéllos un lugar y una época en los que las estrellas eran los buenos profesores, los que enseñaban, no con la ñoña pedagogía de la actualidad, que protege al estudiante hasta de su propia sombra, sino con la pasión del que quiere sacarlo todo de sí y untarlo en el cerebro sin usar de sus alumnos.

Pero todo apogeo tiene su nadir.

Una mañana, varias semanas después de la primera evaluación importante —en realidad no se trataba de preguntas al uso, sino en la elaboración de dos breves ensayos sobre temas comentados en clase— el profesor entró y dio su fascinante lección, como siempre, afable, correcto, a veces mercurial y afrodisíaco, rodeado de eutrapelia y humor todo el tiempo; pero, media hora antes del final, detuvo su magisterio y sacó una carpeta: eran los exámenes ya corregidos. Antes de empezar a entregarlos, dio un pequeño discurso, desolador, quizá otra lección para el entendimiento y la reflexión, para que la literatura fuera, de verdad, parte del mundo. Una frase rompió la magia o la convirtió en otra cosa: «Ustedes me han engañado, me han decepcionado; cuando daba las clases veía los ojos que brillaban por la emoción que les traía en las palabras de los autores, y ese brillo no era cierto, porque el resultado de sus exámenes revela que no me estaban escuchando. ¿Qué pasó?». Lo que siguió a continuación fue una carnicería de ceros. En Venezuela el sistema de evaluación es del 1 al 20; prácticamente ningún examen alcanzaba un 10. ¿Engaño de los alumnos, excesiva exigencia del profesor o simple pereza o insuficiencia mental?

Y he aquí la lección de este episodio: es rigurosamente cierto que cada cabello piensa otra cosa y hay infinitas maneras de aprender a leer (el mundo). Un profesor (o Balza) es sus alumnos, y lo que ellos sean en su futuro lo será también su maestro. Aristóteles fue Alejandro y Simón Rodríguez, Bolívar; cada maestro es el otro, y como se cuenta de manera historiada en la famosa escalera que en Salamanca da acceso a la librería de la Universidad, el caballero perfecto —el estudiante ideal— también es un mesías condenado a transformarse en el camino que recorre, y su premio es llevar en la cabeza el fruto de su esfuerzo: un librito abierto como sombrero, allí sigue viviendo su mentor.