CERVANTES, YO SÉ QUIÉN SOY

Como todo narrador sensato sabe, Don Quijote de la Mancha es el horizonte que nunca se acaba, el «mar narrativo» como lo llamó Thomas Mann, que sabía que se trataba de un libro universal —es decir, de todos los seres humanos— y quizá por ello supo emularlo con La montaña mágica y Doctor Fausto. Así pues, no hay (buen) novelista que no vaya, vuelva y regrese a esta novela que honra al español, a esta novela que es la cima de la creación literaria en Occidente, flanqueada, eso sí, por la Divina comedia y Los hermanos Karamázov, por ejemplo. En todo caso, es el abrevadero perfecto para todo narrador curioso; y todo narrador responsable termina, antes o después, escribiendo sobre la obra que funda la novela moderna. José Balza, desde luego, no es una excepción, y así dejó testimonio en su ensayo ya canónico Este mar narrativo (1987):

Si algún libro parece contener al mundo, es el Quijote. Específicamente al mundo de lo novelesco. Su tema puede ser, por lo tanto, una visión espiritual sobre ciertos hombres; la ilimitada vivacidad de la lengua castellana; una disparatada diversión. Para nosotros es, sin embargo, un destino de la ficción; un trazo sobre las ambigüedades de la novela; un paralelo a los últimos cuatrocientos años de narrativa.

 

Descubre de inmediato, en su lectura, que el personaje es arrastrado a la «más transparente y misteriosa labor del creador: a nombrar. Así afronta el lenguaje, después de una dubitativa selección, para extraer de él algún nombre “alto, sonoro y significativo”. Y entonces decide el nombre de su caballo. También hallará uno para sí mismo, y para su amada. Este gesto, inocente y profundo a la vez, va a adquirir el carácter de un recurso schönbergiano a lo largo del libro. Esos tres nombres reciben decisiones y asumen cargas propias en la historia: pero igualmente se superponen, se aproximan o se identifican por momentos. Son puntos cambiantes de una serie: y la serie no puede existir sin ellos, aunque no la determinen».

La lección y el análisis de la obra cervantina no puede llevar al narrador sino a la reflexión sobre el arte de la novela, porque todo lector del Quijote, cuando es autor él mismo, se convierte en detective, en testigo ávido: quiere ser Cervantes y, por lo tanto, desea saber qué pasó en esas páginas de verdad, esto es, no qué se cuenta, sino qué fue lo que hizo Cervantes en esas páginas:

Por eso definiremos aquí nuestro otro deseo: el de leer, en Don Quijote, no al Quijote, sino a la novela; el de convertir a ésta en personaje novelesco. Nos atrae el reto de traspasar los protagonistas, el ensamblaje de ambientes y horas, las fiestas y la comicidad —a los enredos anecdóticos, en suma— para ver en ellos la movilidad del discurso novelesco, la vida de la novela misma como un recóndito torbellino de proyecciones formales. Querríamos tocar lo novelesco, no en la anécdota y sus héroes, sino en los enlaces laterales de la prosa: pero sin prescindir —porque paradójicamente a tal grado asciende su imbricación— de aquéllos.

 

En el recorrido de varias décadas de las casi ocho de vida de José Balza, ha sido la pregunta por el ser, por el ser del creador, la que parece haber movido toda su vasta obra, también la del magisterio universitario, también la del promotor de sus contemporáneos. Ha sido un largo periplo siendo los otros o, al menos, poniéndose en sus lugares, para encontrarse a sí mismo («en el futuro: contigo», como dice el narrador de Percusión) con ese doble que ha estado cazando desde que comenzó la tarea de levantar una obra. El resultado ha sido con creces satisfactorio, y ha sido hecho para los lectores del futuro, y Balza lo sabe: como lo sabe aquel que afirma sin timidez, «yo sé quién soy»:

Don Quijote regresa a casa, porque ahora sabe que un caballero debe marchar con su escudero y con recursos en las alforjas. Fellini hubiera podido detenerse en la lujuria visual de los mercaderes toledanos, con sus quitasoles, criados y caballos, «que iban a comprar seda a Murcia». Don Quijote los reta a elogiar la belleza de Dulcinea, de «ámbar y algalia entre algodones». Pero cuando ataca, Rocinante resbala; y el caballero quedará en el suelo, solitario y apaleado. Allí inicia el recitado de un romance: «tanta máquina de necedades» que asombra a un labrador de su lugar que se acerca compadecido. Éste trata de volverlo a la realidad; le dice que ni él ni don Quijote son duques o caballeros, como pretende el romance. Y el héroe responde con su clara frase: «Yo sé quién soy».

Como los verdaderos creadores, el de la triste figura, aun en el suelo, «solitario y apaleado», sabe que no ha sido derrotado: «yo sé quién soy», dice seguro de que nada ni nadie lo despojará de su identidad. Don Quijote es el otro, es como el escritor. Como Balza. Como todo los escritores. Como siempre ha sido, como siempre será.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]