III. LA MÚSICA DE LAS PALABRAS

En la tradición americana, la de Balza es una obra que encaja perfectamente, salvo que no incluye producción poética, a pesar —o a causa— de ser un excelente lector de poesía. Y aunque no ha escrito teatro, sí se pueden rastrear sus textos representados por otros autores, tanto en las tablas como en el escenario operístico: el trabajo más reciente, la ópera de Gerardo Gerulewicz, La libreta de California, representada completa en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela en junio de 2018, y cuya sinopsis parece una exacta descripción de los gustos musicales de Balza: «La libreta de California aborda el bolero como máxima expresión musical latinoamericana y caribeña. También incluye merengue, bachata, ranchera, salsa, cumbia, guajira, bossa nova, pasodoble, tango y merecumbé, todos entrelazados en un tejido sinfónico-operático para las voces de cantantes líricos». La obra y el estilo de Gerulewicz parecen casar perfectamente con el estilo y las búsquedas balzianas; de hecho, del músico ha escrito el novelista que «exalta los instrumentos de la orquesta como si hoy fuera el primer día de su creación», una actitud cosmogónica que no puede ser más tentadora para Balza, aficionado a fundar con la palabra lugares nuevos, pero recordados como en un pasado lejano —en su narrativa, Caracas a veces es Caranat (Percusión), el centro de su infancia es un árbol áureo (La sombra de oro), un ejecutivo es tan abyecto como el olor del petróleo (Un hombre de aceite) y un animal moribundo puede caer del espacio como un meteorito de tristeza (Zoología)—. Y, a juzgar por la jugosa prosa con que está escrito el relato que inspira la ópera, no debería de ser extraña la mezcla de música popular que el compositor ha escogido para llevar al lenguaje de los sonidos el arte de la palabra balziana; aquí dejo estos fragmentos que mostrarán en plenitud cómo debe «zona» la literatura antes de ser melodía y cómo la melodía halla aquí un pozo sin fondo de afinidades:

Hilda era su cuerpo pleno y de piel tensa, lisa. El cabello negrísimo sobre la frente y el cuello. Al entrar a mi lugar un beso suyo desprendía aromas que nacían de toda ella: olor a cuerpo, natural, hondo, matizado según mi boca giraba hacia su pecho, a las axilas y la cintura. A la espalda y las nalgas. Un rayo de placer en mis manos sobre sus senos o bajando a la abertura de las nalgas; una marea en mi lengua al tocar su vello fino y tramado, la delicada membrana palpitante, la humedad malva a donde entraría poco después, completo. Alma y verga.

 

*

Quizá su venganza fue tan perfecta porque nunca se apresuró. O porque se enamoró en lo físico de mí (por lo menos eso puedo pensar) y se sentía satisfecha. Imposible que haya fingido siempre. Además, nunca pude determinar cuándo comenzó a usarme como instrumento. Quizá siempre.

 

¿No es, pues, el segundo fragmento la verdadera letra de un bolero?

Hay que recordar que ya Balza le dedicó, hace varios años, un ensayo al bolero, El Bolero. Canto de cuna y cama (2002), producto de varias conferencias y de su afición no oculta por la música popular: Paquita la del Barrio, Bola de Nieve, Carmen Delia Dipiní, Alfredo Sadel, La Lupe o Agustín Lara no han sido visitantes de excepción en las fiestas y celebraciones de Balza tanto en Caracas como en su pueblo natal, Tucupita. En su familia varios miembros son músicos; su hermano, Eudes, es un excelente cantante y compositor. Balza no es músico; pero sí ha pensado la música y ha rastreado la musicalidad que reside y parte de los cantantes hacia el mundo que nos rodea: «Así como un espectro sonoro revela a Hamlet los amores, las intrigas y el paso del crimen, así la voz de Alfredo Sadel esconde en su resonancia, en su versatilidad, el esplendor y lo deleznable del alma venezolana. Indiscutiblemente ligadas, la historia contemporánea de Caracas y la biografía vocal del cantante, por otra parte, se entrecruzan, se imantan. Nada de cuanto somos puede explicarse sin la ciudad; nada de nuestra capacidad de sentir, hoy, puede ser ajeno al timbre y al repertorio de Sadel» (Sadel bolerista, 1989).

En el discurso de incorporación a la Academia Venezolana de la Lengua (Nuestra música: elaboraciones literarias, 2014), aparte de condensar nítidamente la función a que se dedica la corporación y, por extensión, los que trabajan con la palabra, como él («nada más frágil y, sin embargo, poderoso que la materia con la cual la Academia trabaja: el lenguaje, sus inflexiones, su pasado psicológico, político, mítico, total. Su presente, que incluye todo eso y refleja y explora la condición social, cambiante, múltiple de los hablantes. Lo cual exige una capacidad de comprensión incesante»), pone en evidencia qué es aquello que un escritor puede hacer con la materia musical cuando no puede ser intérprete o compositor: «Como no soy capaz de analizar e interpretar la historia de nuestra música, sólo pretendo asomarme a la manera en que la misma ha sido percibida y pensada por los escritores venezolanos. Busco testimonio y pensamiento. Pruebas materiales de una concepción unitaria o diversa acerca del hecho musical acaecido en estas latitudes. Comenzaré por revisar imágenes: escenas o sucesos ficticios que, sin embargo, poseen hondas raíces en la realidad y que, desde ella, han permitido a los autores pensar, calibrar y revelarnos algunos rasgos de ese arte». Y refiere varios ejemplos de escritores «movidos por» la música, que buscan replicar con palabras lo que fascina a sus oídos. Dos ejemplos son especialmente llamativos: «Andrés Bello, hijo de músico, en la primera década del siglo xix dedica un soneto a la cantante que, escuchada por él en Caracas, lo conmueve: ¿Quién no escucha la célica armonía / que con alegre estrépito resuena / del abrasador sur al frío norte?». La poesía, desde luego, cuya piel es filosofía y música, es el transmisor perfecto para Euterpe, y Bello lo sabe.

El otro ejemplo es mucho más interesante porque hunde el cuerpo musical en la materia narrativa: De fantasmas y destierros (2003), libro de Miguel Gomes (1964), contiene su cuento «Música antigua». El protagonista, un común administrador, calvo y de cuarenta años, de madre venezolana (que lo pone al día enseñándole, con abundancia, «los refranes de su tierra») vive en Nebraska, dentro de una ciudad «cenicienta y sigilosa». Vida plana y rutinaria, con accesos de melancolía, ceñida al estilo gringo, de casi inexistente expresividad afectiva. Vive en un sexto piso «de clase media alta». Nada singular lo relaciona con su pequeña manía: escuchar música. Y, sin embargo, sabe que «la música es como el agua: cobra las formas del lugar donde se escucha». Mientras sus vecinos compran necedades o perros, «esas asquerosidades falderas», él reúne y escucha discos. Algo ocurre cuando un sujeto casi invisible del séptimo piso hace sonar en su equipo una misa renacentista. Nuestro personaje pasará, con los días, de la sorpresa y cierto consuelo, a la inquietud, la intriga íntima, el reto, la alucinación. Si el otro escucha piezas medievales, obras polifónicas, éste tácitamente responderá, desde su apartamento, con versiones inencontrables de las mismas y hasta con asomos del Barroco. Nadie puede superar su discoteca o su «excentricidad». «Oí, en cambio, confiesa el narrador, una parodia de Walther von der Vogelweider: Alte clamat Epicurus, con elogios al vientre y la glotonería; resonancias estomacales, cavernosas al fondo. Reconocí al barítono, Pedro Liendo —un compatriota de mi madre— y supe que el vecino estaba al tanto de la existencia del Clemencic Consort». Y tiene que rendirlo. Aunque «la música de arriba y la de abajo se encontraron: el ente más uno y unido, la cosa más rara de este mundo fue lo que se produjo». Este ¿sublime? o sórdido vínculo es su diálogo. Nunca hablarán y quizá se han entrevisto, pero el narrador, en primera persona, nos conduce con seca «lascivia y violencia» a la venganza.

He aquí uno de los dones del pensamiento balziano: su capacidad para identificar los mecanismos que en la narrativa llevan al logro estético. En este relato de Miguel Gomes, la melodía sólo comparte pequeñas venganzas, envidias y riñas baladíes, pero decisivas: decisivas, sobre todo, para el lector, para el triunfo de la literatura. Triunfo en el que siempre estará involucrada la música, al menos en los escritos del autor. Porque la percusión también es parte de la materia sonora del mundo, del big bang a la última moda para mover el cuerpo (que Balza tanto detesta, porque sabe que forma parte de la trampa que el poder tiende al ciudadano para que éste deje de pensar: «Permítanme aquí unas palabritas que pudieran parecer insensatas: creo que la población ha terminado por confundir la célica armonía nombrada por Andrés Bello con el ruido desproporcionado e hiriente que hoy envuelve apartamentos, calles, aldeas, ciudades, playas, fiestas, sepelios, política y televisión. ¿Otra forma de repetir el confuso sentimiento que Juan Vicente González intuyó en los poderes de la voz?). Antes la paz del pensamiento, ruido, parecen saber los poderosos. Pero la literatura sabe más, siempre.