A finales del siglo xvi, los estudios de cosmología gozaban de relativa importancia en la Nueva España como herramienta para la navegación. Entre las obras escritas in situ destacan dos. Primeramente, el Itinerario de navegación de los mares y tierras occidentales de Juan Escalante de Mendoza, quien llegaría a ser capitán general de la Armada y Flota de la Nueva España. Pero esta obra, compuesta en 1575, quedó manuscrita, pues fue censurada por López de Velasco, dado que revelaba los derroteros de la carrera de Indias en un tiempo en que la cosmografía se concebía como una ciencia secreta, a ocultar a los piratas ingleses. Y la Instrucción náutica para el buen uso y regimiento de las naos y su traza y gobierno conforme a la altura de México, de Diego García de Palacio, impresa en México en 1587.

Montañés de origen, García de Palacio fue nombrado oidor en la audiencia de Guatemala en 1572 y alcalde del crimen en la ciudad de México en 1578. Poco después de su llegada a la capital virreinal, se doctoró en cánones por la Real y Pontificia Universidad de México, siendo nombrado rector en 1581. La Instrucción náutica era un prontuario de cosmografía, escrito en forma de diálogo entre un marino experimentado y otro bisoño. Tras explicar el número y la naturaleza de las esferas celestes, describía la división de la esfera terrestre según la latitud y la longitud. Describía el manejo del compás náutico (la brújula), el cuadrante, el astrolabio y la ballestilla o cruz geométrica. Explicaba cómo determinar la altura o latitud, usando la Cruz del Sur en lugar de la Polar para navegar por el Pacífico (y es que García de Palacio, como Cortés, soñaba con conquistar las islas de la Especiería y la China desde la Nueva España). Enseñaba también cómo ubicarse en una carta de marear, ofreciendo unas tablas astronómicas calculadas precisamente para la latitud de la ciudad de México. Y terminaba desgranando la construcción de barcos conforme a la experiencia en las costas de la Nueva España. Este manual, por su carácter práctico, fue muy consultado (de hecho, incluía un vocabulario náutico con más de quinientas voces). Para García de Palacio, el piloto que supiese astrología, matemáticas y cosmografía llevaba gran ventaja al que no las supiese, pues sabría «echar punto en su carta» (Trejo Rivera 2009).

Por último, dentro de esta galería de cosmógrafos venidos desde el otro lado del océano, hay que mencionar a fray Alonso de la Veracruz, puesto que su libro Physica speculatio, publicado en 1557 y usado en la Universidad de México, constituye el primer testimonio del estudio de la astronomía en la Nueva España. Tras describir los cielos, fray Alonso hacía lo propio con la Tierra, describiendo la costa americana en términos de altura y distancia en leguas de un punto a otro, desde la tierra del Labrador al estrecho de Magallanes, y desde éste a la California. Además, explicaba el método de los eclipses lunares para estimar la longitud geográfica. Este fraile agustino estuvo en contacto con otros agustinos como Andrés de Urdaneta o Martín de Rada, a quienes tenía por reconocidos cosmógrafos, pues exploraron el Pacífico desde la Nueva España, empleando para ello tanto las tablas alfonsíes o ptolemaicas como las nuevas tablas prusianas (copernicanas).[3] Y es que los agustinos descollaron como puntal de la cosmografía novohispana, porque a la par que religiosos viajeros eran avezados cosmógrafos con sotana.

COSMÓGRAFOS NOVOHISPANOS

La fundación de la capital de la Nueva España sobre las ruinas de Tenochtitlán fue una controvertida decisión de Cortés, pues la urbe novohispana, edificada sobre una cuenca lacustre, se vio periódicamente asolada por inundaciones y epidemias de calenturas, bubas y viruelas, que se recrudecieron con el crecimiento de la ciudad a caballo entre los siglos xvi y xvii. La resolución de este grave problema pasó por el desagüe del valle de México, lo que supuso la realización de una obra hidráulica de enorme envergadura, que se desarrolló entre 1607 y 1637, y en la que intervino una pléyade de funcionarios, escribanos, frailes, arquitectos, ingenieros (incluyendo un holandés experto en canales y exclusas), mineros y, por descontado, cosmógrafos.

Un año antes de comenzar las obras, el cosmógrafo, natural de Hamburgo, Enrico Martínez (o Heinrich Martin), que había pasado a América en 1589, terció en el debate sobre el clima y la salubridad de la ciudad de México (Sala, 1992). En su obra Repertorio de los tiempos y Historia natural desta Nueva España (1606) ofreció un curso básico de cosmografía, así como un calendario de eclipses solares y lunares observables en la Nueva España, el primero impreso en el continente americano (Moreno Corral, 1999). Martínez indicaba que la ciudad se asentaba sobre una laguna malsana, contradiciendo las ordenanzas promulgadas por el Consejo de Indias en 1571, que indicaban que no había que elegir sitios para poblar que «tengan cerca lagunas ni pantanos». Echando mano de la astrología, para lo que era preciso medir con precisión las coordenadas geográficas (latitud y longitud) de la ciudad, Martínez señalaba el predominio de Venus (planeta de la humedad) sobre la urbe en el momento de su creación. Por paradójico que resulte, la medición exacta del meridiano de la ciudad de México fue clave para determinar la influencia astrológica que pesaba sobre ella.

El vaciado de la laguna de México, que se prolongó durante treinta años, generó tal volumen de literatura que llegó a encargarse la redacción de su historia a Fernando de Cepeda y Alfonso Carrillo: Relación universal, legítima y verdadera del sitio en que está fundada la muy noble, insigne y muy leal ciudad de México (1637). Gracias a este documento conocemos a fondo la historia. El primer maestro mayor de obras fue el mencionado cosmógrafo Enrico Martínez, que acertó en la explicación geológica de las inundaciones y planeó la construcción de un canal de desagüe de más de catorce kilómetros de largo mediante la perforación de un túnel. Frente a la opción del túnel, el carmelita Andrés de San Miguel defendió la apertura de una zanja a cielo abierto de principio a fin. Al final, los terremotos ocasionales que sacudieron el valle de México inclinaron a las autoridades virreinales por la solución del fraile.

Coincidiendo con la finalización de las obras, en 1637, el virrey accedió a la petición del claustro de la Real y Pontificia Universidad de México de crear una cátedra de Astrología y Matemáticas, cuyo primer titular fue el fraile mercedario Diego Rodríguez, nacido ya en la Nueva España. Esta cátedra significó la institucionalización de la cosmografía novohispana. Aunque no dio la mayor parte de sus opúsculos a la prensa, fray Diego compuso varios tratados matemáticos y astronómicos. En estos últimos abordó la predicción y observación de eclipses, lo que le permitió medir con base en los eclipses de 1638 y 1641 el meridiano de la ciudad de México. Una estimación de la longitud geográfica que no fue superada ni por Humboldt siglo y medio después con mejores instrumentos y tablas (Trabulse, 1992). Además, en su barroco Discurso etheorologico del nuevo cometa, visto en aqueste hemisferio mexicano y generalmente en todo el mundo. Este año de 1652, rechazó la doctrina aristotélica de la incorruptibilidad de los cielos, sustentando que los cometas giraban alrededor del Sol y adhiriéndose al modelo de Tycho Brahe (algunos autores sostienen de forma infundada que era copernicano, pero Rodríguez mantiene que los planetas giran alrededor del Sol y el Sol gira alrededor de la Tierra).

Fray Diego tuvo dos notables discípulos. Por un lado, Francisco Ruiz Lozano, que llegó a cosmógrafo mayor del Perú y ocupó la cátedra de Cosmografía y Matemáticas creada para él hacia 1665 en la Universidad de Lima. Por otro lado, su sucesor en la cátedra de Astrología y Matemáticas en la Universidad de México: Carlos de Sigüenza y Góngora.

Cosmógrafo, astrónomo, historiador y poeta, polígrafo en suma, Carlos de Sigüenza y Góngora fue una de las cimas de la cultura virreinal. Bebiendo del legado científico de fray Diego Rodríguez, a quien consideraba «excelentísimo matemático», estuvo familiarizado con las obras de Galileo, Descartes, Brahe y Kepler, carteándose con científicos europeos como Kircher, Caramuel o Flamsteed. Poseía, según se preciaba, «la mayor y mejor librería» de matemáticas y astronomía de toda la Nueva España, trayendo múltiplos libros heterodoxos de Flandes (sobre los que escribía la leyenda: «Auctoris damnati, con expurgatione permissa», o sea, autor condenado por la Iglesia, pero que se puede leer expurgado).

Tras la muerte de Diego Rodríguez en 1668, la cátedra de Astrología y Matemáticas estuvo ocupada por varias figuras menores, pasando en 1672 a manos de Sigüenza y Góngora, que la ocupó hasta su jubilación en 1693, aunque la realización de diversos cometidos pecuniariamente más rentables hizo que se ausentara de la misma con frecuencia, siendo multado por la Universidad.

En 1680 fue nombrado «cosmógrafo del Reino», con las funciones de predecir y observar eclipses, medir las coordenadas geográficas de los lugares más señalados del virreinato y levantar mapas. Con motivo de la extensión de la Nueva España por el golfo de México para frenar a franceses e ingleses, Sigüenza y Góngora hubo de elaborar múltiples memoriales. Abandonando en la primavera de 1693 sus aposentos en el hospital del Amor de Dios, donde ejercía de capellán, exploró el golfo de México entre Veracruz y la bahía de Pensacola, esbozando mapas del litoral y aconsejando las zonas de mejor población. Además, recorrió el valle de México y levantó un mapa del mismo en 1691, basándose en los realizados con motivo de la colosal obra de drenaje, y donde atendía también a cuestiones hidráulicas, pues hubo de revisar el sistema de canales, ordenando una limpieza del mismo. Y hacia 1688 delineó un mapa general de la Nueva España que, aun con errores e inexactitudes, sirvió de modelo a muchos atlas posteriores y fue el primero que incluyó todo el virreinato.

Dentro de sus observaciones astronómicas, ocupa un lugar destacado la que realizó del eclipse solar total que se produjo el jueves 23 de agosto de 1691, y que causó gran pánico entre la población novohispana. Cuenta Sigüenza que hacia las nueve de la mañana se quedaron «no a buenas sino a malas noches». Durante el cuarto de hora de tinieblas, la gente gritó y corrió despavorida a las iglesias, mientras él, «en extremo alegre», daba gracias a Dios por haberle permitido observar tan gran suceso con su cuadrante y «anteojo de larga vista» (telescopio) (Trabulse, 1992, 245).

Con motivo de la polémica que levantó la aparición del cometa de 1680, el llamado cometa de Kirch (por su descubridor), considerado por muchos presagio de calamitosos sucesos, don Carlos escribió un panfleto titulado Manifiesto filosófico contra los cometas despojados del imperio que tenían sobre los tímidos, donde los describe como simples astros que tienen una órbita muy excéntrica respecto al Sol. Este opúsculo fue respondido, entre otros, por el jesuita Eusebio Francisco Kino, maestro de la Universidad alemana de Ingolstadt, que reivindicaba el carácter maléfico y hermético de los cometas, así como su naturaleza infralunar acudiendo al testimonio de los clásicos y de las Sagradas Escrituras. Sigüenza reaccionó enseguida y contestó a Kino, así como al astrónomo de origen flamenco Martín de la Torre, radicado en Campeche, a quien no obstante reconocía la exactitud de sus observaciones empíricas. Al astrólogo José de Escobar Salmerón no se dignó en contestarle más que tangencialmente, dado que le parecía ridículo su aserto de que los cometas se formaban de lo exhalado por los cuerpos de los difuntos (aunque aquí también pudo pesar que ambos contendieron en la oposición a la cátedra que terminó ganando Sigüenza).

En su obra Libra Astronómica y Filosófica (1690), dirigida al padre Kino «de mathemático a mathemático», Sigüenza prosiguió en la desmitificación de los cielos, arremetiendo contra la astrología y considerándola una «bagatela».[4] En la parte filosófica, refutó los argumentos doctrinales de Kino, cuestionando el recio aristotelismo latente. En la parte astronómica, criticó las observaciones realizadas por el jesuita y divulgó los datos de sus observaciones del cometa (coincidentes con los que Newton realizara por las mismas fechas). A su juicio, no había mejor argumento para convencer que poner al que lo negara un anteojo de larga vista en las manos. En esta querella el criollo defendía su honor (y el de su patria novohispana) frente al soberbio europeo.