Hoy no creo que nadie ponga en duda que quien asestó con más fuerza la patada al tablero de la enunciación convencional para crear, a partir del caos, su propio universo figurativo fue la ya mencionada Rita Indiana Hernández. Ciertamente, antes de ella lo había intentado Aurora Arias (1962) e incluso otro autor de gran importancia en el período fronterizo entre un siglo y otro, como lo es Reynolds Emmanuel Andújar (1977), autor de El factor carne (2005). No obstante, la fuerza iconoclasta de Rita Indiana reposa casi por completo en su portentosa subjetivación simultáneamente sarcástica e hiperrealista del lenguaje masculino con el que describe narrando y narra describiendo las acciones que realizan unos personajes que, tanto en los relatos breves de Rumiantes (1998) y Ciencia succión (2002) como en la ya mencionada La estrategia de chochueca, encajan en el perfil del lumpen pequeñoburgués. Es así como Rita Indiana inaugura la poética de la marginalidad pequeñoburguesa en las letras dominicanas, algo para lo que pocas sociedades hispanoamericanas contemporáneas estaban preparadas en los años finales del siglo xx. En efecto, en la mayoría de nuestros países habrá que esperar un poco todavía, pues corresponderá a la música urbana y a las redes sociales, en particular al Facebook, Instagram y Youtube, aclimatar los nuevos códigos y formatear los cerebros jóvenes para instalar en ellos las nuevas interlinguas que propiciarán la aparición de nuevas formas de un diálogo sociocultural más radicalmente horizontal.
Así, resulta posible afirmar que la mutación del ethos narrativo tradicional que se evidencia en los textos de Junot Díaz, Rita Indiana Hernández, Aurora Arias, Reynolds Enmanuel Andújar, y, más recientemente, Miguel Yarull (1971), autor de Bichán. Catorce cuentos y el de Montás (2018), entre otros, es una resultante indirecta del trasiego de experiencias y lenguajes implícito en el contexto migratorio. Y aunque este cambio alcanzará su mayor desarrollo a partir de la década siguiente, ya resulta evidente en los primeros relatos de los autores mencionados, los cuales, publicados primero en revistas y en antologías del momento, marcarán la tónica a seguir por los demás autores, sobre todo luego de su publicación en forma de libros en el curso de la próxima década.
Otro narrador que surge en este período y que destaca en los campos de la novela y los microrrelatos es Pedro Antonio Valdez (1968). Desde el punto de vista técnico, su dominio de las formas breves es superior a su práctica de la novela, aunque básicamente por lo que concierne a su manejo de la figuración. Dicho sea de paso, la gestión adecuada de los recursos verbales es la materia pendiente de la mayoría de los narradores dominicanos de las últimas dos décadas del siglo xx y de otros que surgen en los primeros años del siglo xxi. Muchos todavía continuarán apegados a los distintos esquemas híbridos de la prosa poética, víctimas de la confusión modernista entre lirismo y literatura, último avatar del mito de las «palabras poéticas». En sus microrrelatos, Valdez demuestra, con frecuencia, que puede suscitar la «intervención ideológica» (así llamaba Stuart-Hall a la imaginación) a partir del trabajo de la sintaxis, y no del despliegue de recursos metafóricos o léxico-semánticos. También es uno de los primeros autores de este período que intenta sacar ventaja literaria, siguiendo el ejemplo de Borges, de esa deshistoricización a la que Frederic Jameson considera como uno de los principales síntomas de la postmodernidad. Esto último se aprecia de manera particular en los textos de su primer libro de relatos breves y microrrelatos titulado Papeles de Astarot (1992).
No es posible dejar de notar que, ajustándose a la arritmia tantas veces observada en todos los aspectos de la vida cultural de los países caribeños, éste es también el período en que numerosos autores que debutan en las décadas anteriores comienzan a publicar sus libros de relatos, lo cual, dicho sea de paso, constituye uno de los aspectos que determinan la supervivencia de la prosa poética hasta bien entrada la primera década de 2010. No existe una única explicación válida para este fenómeno de publicación tardía: sus factores causales van desde los estrictamente relacionados con el alto costo de edición, la precariedad o la negligencia de un mercado indiferente a la producción bibliográfica local, las vicisitudes intrínsecas del extrañamiento en el contexto migratorio, el cambio generacional que marca la pérdida de «glamour» de la imagen sociocultural del poeta luego del derrumbe del muro de Berlín y el relativo auge mercadológico de la narrativa, hasta los simplemente relacionados con el periplo formativo o laboral de unos autores que, en su mayoría, debieron realizar grandes esfuerzos para sortear las tres crisis más arriba mencionadas.
No todos los autores que publican entonces sus primeros libros de relatos cultivan la prosa poética, como lo prueban, entre otros, los casos de la ya mencionada Aurora Arias, quien publica en 1998 su libro Invi’s Paradise y otros relatos (1998), integrado por relatos escritos en distintos momentos de la década anterior, los de Manuel Llibre Otero (1966), autor de Serie de senos (1997), y los de Aquiles Julián (1953), cuyo libro titulado Mujer que llamo Laura y otros cuentos premiados (2012) también recopila relatos suyos de los ochenta, en los que la economía verbal alcanza altos niveles de plasticidad. También, aunque no sea propiamente un autor de los ochenta, resulta imposible no incluir en este grupo a otro narrador que publica en este período su primer libro de relatos: Pedro Conde Sturla (1945), sociólogo de profesión, quien dio a la imprenta Los cuentos negros (2004) y otros dos libros de relatos.
En cambio, otros autores de los ochenta sí evidencian en sus relatos distintos tipos de hibridaciones lírico-narrativas. Este es el caso de Ramón Tejada Holguín (1961), autor de El recurso de la cámara lenta (1996); José Bobadilla (1955): La insaciable aguja del deseo (2009); César Augusto Zapata (1958): Un nuevo día ayer (1996); Pastor de Moya (1965): Buffet para caníbales (2002), entre muchos otros.
Finalmente, cabe señalar otros autores que surgen en la última década del siglo xx pero cuyos primeros libros aparecen a principios del siglo xxi. Algunos de estos cultivan en distintos grados la prosa poética, pero de ellos me ocuparé al final de la próxima parte.
TERCERA RUPTURA: EL PAPEL DE LOS ACTIVISMOS EN LA CONSTITUCIÓN DE LOS CORPUS NARRATIVOS EN EL PERÍODO 2000-2020
En el período que se inicia en 2000 no solamente se consolidan las tendencias que he mencionado hasta ahora, sino que también eclosiona la primera promoción de autores formados en la lógica impuesta por los distintos gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) a lo largo del período que se inicia en 1996 y llega hasta 2020, con un sólo interregno de cuatro años durante los cuales accedió al poder el PRD encabezado por el presidente Hipólito Mejía. La lógica a la que me refiero es la de la centralización de todos los espacios culturales por el Ministerio de Cultura (MINC), institución creada en el curso de la administración del PRD, incluyendo las ya escasísimas páginas literarias del único periódico impreso que todavía las incluye en su oferta, la cooptación y satelización de la mayoría de los agentes productores de discursos, ora mediante su inclusión en la nómina pública, ora mediante la concesión de pequeños favores, tales como publicaciones preferenciales, invitaciones a viajes culturales internacionales, cooptación, inclusión de sus obras en la lista de proyectos de traducción otorgados a académicos extranjeros y muchas otras formas harto conocidas de clientelismo. Como en los últimos veinte años nada de esto que aquí menciono ha cambiado, he preferido considerar estas dos décadas como un único período en lugar de segmentarlas como las anteriores.
De 2000 a 2010, luego de instalarse en el país varias de las empresas editoriales transnacionales (Grupo Santillana, Editorial Planeta, Editora Norma, entre otras), muchos escritores dominicanos creyeron que verían realizado aquel viejo sueño de una literatura «con el hombre universal» que inventaron en la década de 1940 los miembros de «la poesía sorprendida». No tardaron en descubrir la realidad de unos contratos editoriales que impedían la distribución y venta de los libros editados por esos grupos fuera del territorio dominicano. Este descubrimiento, no obstante, vendría junto con el cierre del catálogo de Alfaguara luego de la venta de este sello a Random House Publishing. Luego de esto, se vio a varios funcionarios del MINC viajar a distintos países de Europa en busca de crear vínculos directos con académicos y traductores para establecer con ellos contratos de traducción y edición de textos de autores dominicanos, en una palabra: crear puentes capaces, si no de romper el aislamiento propio de nuestra literatura, al menos de propiciar vías de diálogo más allá de las fronteras habituales, un poco como quien dice: «Si la universalidad no viene hacia tu isla, entonces lleva tu isla hacia la universalidad». Lo malo de ese proceso no fue ni la intención ni la confusión, siempre inoportuna, entre «universalidad» (corolario obligado de una determinada configuración entre ritmo y valor de la que no es posible hablar aquí) e «internacionalización» (simple cuestión de mercadeo), sino que los emisarios encargados de establecer esos puentes fueron los mismos escritores-funcionarios del MINC, quienes, por supuesto, no vacilaron en aprovechar esa oportunidad para colocar sus propias obras y las de sus cofrades a la cabeza de todas las listas. De ese modo, con el gato cuidando la carne, para muchos autores jóvenes y otros con ansias de reconocimiento, ha quedado claro que las únicas maneras de cortar el nudo gordiano del ostracismo es haciendo causa común con el sector oficial o abonando a la cuenta del vanity publishing que practican las empresas del ramo editorial más o menos «privadas».
Por esa razón, en lugar de aventurarse en el campo minado de una escena editorial cooptada no solamente por la omnipotencia de la Editora Nacional (organismo del MINC), sino por muchas otras instituciones del Estado dominicano que destinan fondos a la publicación de libros, como el Banreservas, el Banco Central, el Ministerio de Educación, la Biblioteca Nacional, la Comisión para la Feria del Libro, etcétera, las principales vías de escape de los narradores independientes (pues los hay, aunque parezca sorprendente), aparte de las ediciones a cuenta de autor (poco rentables, por lo costosas y por la casi inexistencia de un retorno garantizado en el corto plazo), son las ediciones en pequeñas editoriales tanto locales como regionales y las plataformas de autoedición tipo Amazon KDP o Lulu.com. Comparadas con las anteriores, estas últimas presentan numerosas ventajas, pero todavía es necesario vencer la reticencia de un sistema impositivo especialmente diseñado para violar todos los términos expresados en la Ley 502-08 del Libro y Bibliotecas promulgada en 2008 por el gobierno de Leonel Fernández (PLD).