POR PAU LUQUE
Fotografía de Rafael Sánchez Ferlosio. Fuente: Wikicommons.

Imagínense que, en el funeral de una persona llamada Jacinto Batalla y Valbellido, el encargado de pronunciar unas palabras en memoria del muerto dice: «Celebremos la vida de Jacinto porque fue una vida que no sirvió para nada».

Los numerosos, despiertos y siempre lamentables adictos a la indignación y al escándalo ronronean ya entre el público asistente al funeral: «Pero, ¿qué está diciendo? ¡Cómo desmerece así a Jacinto, con su familia presente!».

Y, sin embargo, no hay síntoma más palmario de una vida feliz que el de no haber servido para nada. O al menos esto creía Rafael Sánchez Ferlosio. Nacido en Roma en 1927 y fallecido en Madrid en 2019, Ferlosio atravesó diversos periodos en su trayectoria. Primero, joven novelista y autor de uno de los clásicos del realismo literario español, El Jarama. Luego, no pudiendo soportar la vergüenza por haber sido encumbrado como tal, y ante la sombría perspectiva de tener que hacer el «grotesco papelón de literato», se retiró para sumergirse en las anfetaminas, la lingüística y –a su manera– la paternidad. Dejó de publicar, aunque nunca de escribir: era grafómano. Hasta que su hija, Marta Sánchez Martín, le publicó, en una rara editorial, Las semanas del jardín, una especie de tratado sobre la narrativa, la lingüística y mil cosas más que contiene alguna de las frases más bellas, más anfetamínicas y más largas del castellano del siglo XX. Fueron los años dorados de un subgénero del cual fue tal vez su mejor cultor: la hipotaxis. Años más tarde, calificaría Las semanas del jardín como un delirio.

A partir de los años ochenta, empezó a colaborar de forma asidua en la prensa escrita como un peculiar intelectual público. A la risueña edad de cincuenta y pico años, tras haber sido novelista, lingüista y ensayista recluso, su grafomanía se orientó hacia la esfera pública. Se reveló de inmediato como el mejor polemista de la España de la Postransición.

Ferlosio operaba así: leía una noticia en el periódico, se irritaba y escribía a chorro, con una precisión enfermiza, miles de palabras compasivas y duras, tiernas y críticas, éticas y carentes de moralina. Pura reacción. Le interesaba la actualidad en la medida en que le permitía desbrozar las ideas que subyacían a las noticias. Así empezó a escribir sobre la felicidad de las vidas que no valían para nada. Leyó acerca del accidente del transbordador Challenger en 1986. Y, como respuesta, escribió un largo ensayo, titulado Mientras los dioses no cambien, nada habrá cambiado. En 1992, a raíz de los Juegos Olímpicos de Barcelona, regresaría sobre estas mismas cuestiones.

Reconstruyo a continuación el hilo argumentativo y narrativo de algunos de los escritos en que Ferlosio maldijo la deportivización de la vida por haber inoculado la enfermedad según la cual sólo la vida que servía a algún propósito era una vida que valía la pena.

Empezaré con uno de los hermosos ejemplos que él mismo sugirió: el del patinaje. En un inicio, sostenía Ferlosio, patinar era sólo eso: patinar. El puro gusto del cuerpo. Y dado que los patinadores no pretendían alcanzar ninguna meta, era un deporte sin sentido.

Sin embargo, proseguía Ferlosio, en el instante en que a alguien se le ocurrió pronunciar en voz alta las palabras «a ver quién llega antes» y los demás lo siguieron, el patinaje se convirtió en una competición. Empezó así a ser un deporte con sentido: la cosa ya no iba del placer intrínseco de deslizarse sin llegar nunca a ningún lado, sino de alcanzar la meta por delante de tu adversario. «¡Y qué afán de ganar y ganar!», remataría Ferlosio más tarde en una tribuna periodística, en 2010, a los ochenta y tres años.

Competir da la satisfacción de conseguir el fin anhelado –la victoria– y honrar los valores del esfuerzo, el sacrificio y el tesón. El puro placer del cuerpo, en cambio, no satisface ninguna otra cosa que no sea ese mismo placer, no es un medio para nada más. Es felicidad. Patinar sin sentido es puro goce, ninguna satisfacción. Así que, para Ferlosio, la felicidad está indisolublemente ligada al sinsentido, al hecho de no querer llegar a ningún lugar concreto, mucho menos querer llegar antes que nadie a alguna meta.

El propio Ferlosio detectó que el movimiento de convertir lo puramente ocioso y placentero en una competición fue en realidad sólo un eco de algo más generalizado. El transbordador Challenger, que fue lanzado al espacio por la NASA el 28 de enero de 1986, explotó setenta y tres segundos después de dejar la tierra, matando a los siete miembros de la tripulación, incluida una maestra de escuela, Christa McAuliffe, a la que habían invitado –pese a no tener formación como astronauta ni como ingeniera– para presenciar, en primera persona, el Progreso, es decir, la carrera espacial. Los periódicos dijeron que esas muertes eran el precio que había que pagar para que pudiera proseguir la gran aventura humana.

Uno de los dioses de nuestro tiempo, el Progreso, reclamaba así sacrificios. Ferlosio detectaba que nada había cambiado, en lo esencial, respecto del mundo de los antiguos. Los arcaicos dioses demandaban vidas para saciar su sed y así proceder al intercambio de bienes al que, en ciertos imaginarios religiosos, se conoce como divina providencia. Aunque desde entonces han cambiado los nombres de nuestros dioses, no ha cambiado el tipo de dios que orienta nuestras decisiones: siguen demandando sacrificios humanos a cambio de bienes. El Progreso, la Patria o la Historia eran dioses nuevos, pero eran el mismo tipo de dios de siempre. Para que las cosas de verdad cambiaran primero tendría que cambiar el tipo de dioses que nos mueven.

Si el pobre Jacinto Batalla y Valbellido hubiese muerto también en el accidente del Challenger, el encargado de pronunciar unas palabras en su memoria habría tenido que decir: «Fue una persona infeliz, pero a la vez satisfecha, porque su vida fue puesta al servicio del Progreso». Los abundantes, predispuestos y mentalmente diarreicos adictos al escándalo y la indignación respirarían un poco tranquilos: «Ah, qué bonitas palabras, qué bonito saber que su vida valió para algo».

Ninguna desgracia le habría parecido tan triste a Ferlosio como la de ver a su añorado Jacinto Batalla y Valbellido morir por el Progreso. Pero esto no debería hacer pensar en Ferlosio como en un ludita: todo aquel a quien le gusten las anfetaminas, como a él, tiene mucho que agradecerle al progreso y a la tecnología. Lo que él impugnaba era el uso ideológico, extorsionador y amenazador del progreso, es decir: el Progreso. Del mismo modo que Ferlosio no creía en un Dios cristiano (o no cristiano) pero creía en las virtudes cristianas, estaba en contra del Progreso pero no tenía mucho que decir contra el progreso

Si el Progreso era el objetivo, la deportivización (con sentido) de la vida pública era el método. Todo se convirtió en retos y desafíos, incentivos y éxitos. Como en el patinaje convertido en competición, todo pasó a consistir en gritar a viva voz: «¡A ver quién llega antes!». En algún momento de la modernidad, los obstáculos prácticos ordinarios o extraordinarios de la vida de una persona o una sociedad pasaron a ser «provocaciones a su autoestima, incitaciones a poner a prueba el Yo, para dejarlo, superando el lance, crecido y reafirmado». La democracia se redujo a una carrera electoral en que el candidato tenía que mostrar su afán de superación. La literatura consistía en meter un gol que te arreglara económicamente la vida. Los matrimonios, los romances y los flirteos no eran historias de amor o desamor, sino éxitos o fracasos. La vida profesional no era una trayectoria, una inclinación o un sustento, sino una carrera de fondo. La propia vida se convirtió en una prueba constante contra la muerte. Todo pasó a ser una competición. Contra uno mismo y contra los demás. Todo era satisfacción o insatisfacción. Nunca había felicidad: se terminaron para siempre los veranos.

Esta manera de estructurar la vida moderna obedecía, según Ferlosio, a un modelo ideológico histórico: el del aventurero. Se trataba del ideal del europeo burgués aparecido en el siglo XVIII, con la Revolución Industrial. Emprendedor, explorador, industrioso. Era él quien movía el mundo, quien lo hacía avanzar. Y lo hacía a base de marcarse retos, desafíos, aventuras. Es decir, de deportivizar la vida. Para dar cuenta de este modelo, Ferlosio sacaba a colación uno de sus ejemplos paradigmáticos: Alejandro de Humboldt. De su estancia en Nueva España entre 1803 y 1804 salió Ensayo político sobre el reino de la Nueva España. Humboldt expresaba su desconcierto ante lo que él veía como la apatía y la desidia de los habitantes de las tierras calientes simplemente porque el beneficio, la ambición y la riqueza no les importaban lo más mínimo. Vivir en una hamaca alimentándose de los recursos naturales, según rezaba el tópico, era concebido como una enfermedad social.

Humboldt no era de los peores. De hecho, como decía Ferlosio, detrás de los defensores a ultranza del Progreso no había necesariamente pérfidos y avaros empresarios, sino «que podía hallarse perfectamente un joven científico humano, honesto y desinteresado» como el propio Humboldt. Pero fue tan abrumador el éxito del modelo del aventurero que se universalizó incluso entre aquellos que carecían de mala fe. Se impuso la idea de que no había vida más pecaminosa que aquella que no servía para nada. Mucho peor que ser un asesino, un tirano o un esclavista era ser un huevón.

Así que había que espabilar a los perezosos. Había que crear retos, metas, desafíos. Había que engendrar en ellos el ideal de la ganancia, de la aventura, del deporte con sentido. Había que obligarlos a experimentar las mieles de la satisfacción y los vinagres de la insatisfacción.

Al avanzar la modernidad, se produjo algo sin embargo curioso. Si en un inicio era la Causa –la del Progreso, la de la Historia o la del dios correspondiente– la que legitimaba los sacrificios humanos, con el tiempo pasaron a ser los sacrificios humanos los que legitimaban la Causa. ¿Cómo no iba a valer la pena el Progreso si este había requerido sacrificar un número obsceno de hombres, mujeres y niños? ¿Cómo no iba a estar justificada la carrera espacial si incluso una vida inocente como la de la maestra Christa McAuliffe había sido ofrendada?

Y no hay seguramente un dios cuya avidez de sangre se manifieste de una manera más descarada y arrogante que el dios de la Patria, cuya existencia es imposible sin la sangre de los patriotas brotando de sus venas. Por eso el viejo Jacinto Batalla y Valbellido no fue un patriota. Un patriota es alguien satisfecho. Un patriota es un infeliz. Y Jacinto fue feliz.

Este pastiche de sangre-legitimación-Patria ha sido explotado hasta la náusea por y para aquella que Ferlosio consideraba la madre de la Patria: la Guerra. Hacer la paz, sacar la bandera blanca, pactar treguas o ceses al fuego sólo podrían ser acciones interpretadas como traiciones a los que ya murieron. Significaría que sus vidas no sirvieron para nada. Una buena muerte, según esta manera de ver las cosas, es aquella que alarga la guerra, no la que contribuye a la paz.

El 3 de junio de 2025, tras la muerte de tres soldados de infantería israelíes, el primer ministro Benjamín Netanyahu dijo que «no habían caído en vano». Y añadió que el precio era alto, que era por ellos por lo que no pararían hasta conseguir todos los objetivos. Netanyahu no era distinto a cualquier hacedor de Patria. Todos, en un momento u otro, preguntan implícitamente: «Pero, ¿cómo vamos a abandonar ahora la batalla, con todos los sacrificios que ha costado llegar hasta aquí? ¿Cómo vamos a despreciar toda la sangre derramada?».

En este mundo enfermo, haber derramado una gran cantidad de sangre es una razón para derramar aún más. Pero la única conclusión aceptable sería decir: «Es porque ya hemos hecho todos esos sacrificios que hay que abandonar la batalla». Hasta que no acabe la deportivización de la vida pública y la vida privada, las calamidades se sucederán. Hasta que no volvamos a patinar por el mero placer de patinar, nada habrá cambiado.