«La verdad es desagradable»Por Cristian Crusat

© Miguel Lizana

Nacido en 1957 en Tegucigalpa (Honduras), Horacio Castellanos Moya creció y se crió en El Salvador. A partir de 1979, vivió en diferentes países centroamericanos —México, Costa Rica, Guatemala—, donde trabajó como editor de diarios, revistas y agencias de prensa, principalmente en Ciudad de México. Aunque regresó por un tiempo a El Salvador tras la guerra civil, desde entonces ha residido sobre todo en el extranjero: España, México, Alemania, Japón, Estados Unidos. Ha publicado una docena de novelas: La diáspora (1989), Baile con serpientes (1996), El asco. Thomas Bernhard en San Salvador (1997), La diabla en el espejo (2000), El arma en el hombre (2001), Donde no estén ustedes (2003), Insensatez (2004), Desmoronamiento (2006), Tirana memoria (2008), La sirvienta y el luchador (2011), El sueño del retorno (2013) y Moronga (2018). También es autor de varios libros de relatos, los cuales fueron reunidos en la antología Con la congoja de la pasada tormenta. Casi todos los cuentos (2009). Ha publicado ensayos —Recuento de incertidumbres: cultura y transición en El Salvador (1993), La metamorfosis del sabueso (2011)— y diario —Cuaderno de Tokio. Los cuervos de Sangenjaya (2015)—. Entre los galardones que ha recibido, cabe destacar el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas 2014, que —concedido por el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile e instaurado en 2012— ha premiado también a Rubem Fonseca, Ricardo Piglia, Margo Glantz, César Aira, Hebe Uhart y Juan Villoro. Ampliamente traducido a otras lenguas, Castellanos Moya fue escritor invitado por la Feria Internacional del Libro de Frankfurt entre 2004 y 2006 y, como profesor e investigador, ha trabajado en la Universidad de Pittsburg (Estados Unidos), la Universidad de Tokio (Japón) y, en la actualidad, en la Universidad de Iowa (Estados Unidos), donde es Associate Professor.

 

En su primera novela, La diáspora, de elocuente título, uno de sus protagonistas principales, Juan Carlos, tras abandonar El Salvador, llega a México procedente de Nicaragua, mientras espera que le concedan el estatus de refugiado para marcharse a Canadá. Además, otros personajes circulan por Guatemala y Costa Rica. ¿En qué medida Centroamérica se asemeja a esos clásicos lugares de encrucijada —la movediza Europa Central, los Balcanes— que la literatura representó especialmente a lo largo del siglo xx?

Centroamérica es una franja de tierra que en el mapa puede semejar un puente o pasadizo entre la América del Norte y la América del Sur, una ruta natural para el flujo de personas, ideas, mercancías. No ha sido ése, sin embargo, su papel principal en la historia. A lo largo de los últimos dos siglos, las grandes potencias la han tratado como una llave para facilitar el paso entre el Occidente y el Oriente. Ésa ha sido su importancia principal en términos geoestratégicos. La idea del canal, o de los varios canales entre el Atlántico y el Pacífico, ha provocado intervenciones militares, dictaduras, y contribuyó al desmembramiento del istmo en cinco, seis y finalmente siete países. La idea de Centroamérica como un clásico lugar de encrucijada es un desafío. ¿Encrucijada de qué caminos y hacia dónde? No ha habido en Centroamérica la variedad de nacionalidades, culturas y religiones existentes en la Europa Central y los Balcanes. Los países centroamericanos comparten lengua, Dios y cultura, aunque haya importantes minorías indígenas. Más que un clásico lugar de encrucijada, Centroamérica es una periferia, una periferia con mucha riqueza cultural, pero pobre y trágica.

 

«Éxodo», «refugiado», «migración»… Desde el principio, sus libros convocaron un dialecto de alusiones sobre la experiencia del exilio y el desplazamiento, un fenómeno que ha proseguido hasta Moronga. ¿Considera su literatura como perteneciente a la tradición «extraterritorial» que sancionó George Steiner, es decir, a esa literatura hecha por exiliados y sobre los exiliados?

No completamente. Varias de mis novelas podrían ser ubicadas en esa tradición de «extraterritorialidad» que mencionaba Steiner, pero más de la mitad de ellas suceden en territorio centroamericano. Me parece interesante abordar dos aspectos con relación a este tema. Primero, que las categorías fijas o compartimientos estancos para definir la literatura cada vez resultan más rebasadas. Este hecho quizá responda a la idea de lo «líquido» en la cultura contemporánea. Las migraciones constituyen un movimiento fluido, permanente: por ejemplo, entre dos y tres centenares de salvadoreños abandonan cada día el país para tratar de ingresar de manera ilegal en Estados Unidos; simultáneamente, unos ciento cincuenta salvadoreños son deportados diariamente desde Estados Unidos y una cantidad menor desde México. Lo mismo sucede con los hondureños y guatemaltecos. Yo mismo he transitado por ese movimiento pendular. Lo transfronterizo, el adentro y afuera, forman parte ahora del acervo y la experiencia del escritor, y por lo tanto se reflejan en su obra.

 

Aunque la crítica a veces cataloga sus libros como «literatura de la violencia», tal denominación puede ser imprecisa. Los combates, la lucha y la guerra presiden los primeros trabajos de historia de Heródoto y Tucídides, la Ilíada de Homero o la Biblia: «El Señor es un guerrero, su nombre es el Señor» (Éxodo 15:3). Por otro lado, y dejando a un lado la Primera y la Segunda Guerra Mundial, pueden contarse más de ciento sesenta conflictos armados desde agosto de 1945 —es decir, tras Hiroshima y Nagasaki—. ¿De qué naturaleza es el vínculo que usted observa entre la guerra (o la dizque violencia) y la literatura?

Me parece que la violencia y la guerra —que es su expresión organizada más extrema— forman parte de la naturaleza humana, en el sentido de que proceden de las más intensas pasiones. La literatura bucea, refleja y recrea esas pasiones, por tanto, el vínculo entre guerra y literatura es intrínseco, consustancial. Desde la Ilíada hasta Vida y destino de Vasili Grossman (quizá la más completa novela sobre la guerra del siglo xx) una misma ola golpea el mundo. Nuestra mente y sus sentidos nos hacen percibir un tiempo lineal y nos imponen la ilusión del mejoramiento moral como una línea ascendente e irreversible. Por ejemplo: los europeos han vivido los últimos setenta años un desarrollo social, económico y político sin precedentes, lo que a muchos les hace creer que han dejado atrás la etapa de la violencia descontrolada y la guerra; consideran que la violencia y la guerra son cosas del pasado, completamente superadas gracias a su actual nivel civilizatorio, y su literatura no puede expresar la guerra sino como algo del pasado. Es lógico. Pero me parece una falacia creer que la línea ascendente en términos de organización de la sociedad que ha tenido Europa sea irreversible. La historia pareciera moverse a veces con movimientos pendulares. El hombre moral no ha sido sujeto de evolución; sus pasiones son las mismas. El odio al extranjero y el miedo a lo foráneo, por ejemplo, existían en la Grecia y la Roma antiguas como existen ahora en Estados Unidos y la Europa actual. Y si el objeto de la literatura son esas mismas pasiones profundas del hombre, pues cada vez que la pasión del odio domine la vida social, se expresará en la literatura.

 

Ya en 1989 La diáspora consignaba que la revolución salvadoreña escondía sus cadáveres, entre ellos al escritor y guerrillero Roque Dalton. En Moronga, Erasmo Aragón investiga los archivos de la CIA para obtener más información acerca de este caso. Treinta años después, los restos de Dalton no han sido localizados. ¿Qué revela este hecho, en su opinión, de la historia de El Salvador?

El asesinato de Dalton a manos de sus propios camaradas guerrilleros tiene distintas capas de significados para la sociedad salvadoreña y también para la izquierda latinoamericana. Es importante aclarar, sin embargo, que Dalton no fue asesinado estrictamente por su trabajo como escritor, por sus textos —aunque en él vida y obra estuviesen fusionadas. Dalton era un tremendo poeta satírico, y seguramente el más importante poeta salvadoreño del siglo xx, pero también era un revolucionario marxista que consideraba que sólo la lucha armada podía transformar las sociedades latinoamericanas y actuaba en consecuencia. Dalton era un guerrillero y también un agente de la inteligencia cubana, al que la CIA había tratado de reclutar infructuosamente en 1964 para que se convirtiera en doble agente. Eso le confiere una mayor complejidad al caso. Se parece mucho, con las debidas distancias, a lo que le sucedió a Christopher Marlowe, quien fue asesinado (y de quien tampoco jamás se encontró su cadáver) por sus propios camaradas no por los textos que había escrito, sino por las intrigas y conspiraciones dentro del servicio de espionaje de la corte de la era isabelina.

Un primer nivel de significado sería el profundo de desprecio hacia el poeta, hacia el escritor, hacia el intelectual, por parte de la élite política salvadoreña, en especial en este caso la élite de izquierda. Es significativo que los primeros dos gobiernos de izquierda en la historia salvadoreña —la exguerrilla del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) gobernó de 2009 a 2019— no hicieron ningún esfuerzo por la aclaración del asesinato de Dalton, por llevar a proceso a sus perpetradores, tal como lo ha denunciado en varias ocasiones la familia de éste. Quienes lo asesinaron sabían que estaban asesinando a un poeta, no les era desconocido; y quienes ahora como gobernantes los han protegido, lo saben mucho más.

Un segundo nivel de significado tiene que ver con la impunidad como una tara hasta ahora incorregible en El Salvador: nadie ha pagado nada por el asesinato de Dalton ni por el de monseñor Romero. Ciertamente en el caso de los jesuitas españoles la situación es distinta (un general salvadoreño, exviceministro de Defensa, está preso y sujeto a proceso en España), pero, sin duda, a causa de la justicia transnacional —si los jesuitas no hubiesen sido ciudadanos españoles quizá ningún militar estuviese pagando el crimen—.

Un tercer nivel de significado tiene que ver con la relación entre el escritor y la utopía revolucionaria en el siglo xx: hubo un antes y un después de Dalton, quien escribió un verso memorable que decía «la única organización pura que va quedando en el mundo de los hombres es la guerrilla», la misma guerrilla que lo asesinó acusándolo de traidor. Una paradoja inmensa.

El hombre moral no ha sido sujeto de evolución; sus pasiones son las mismas

El asco. Thomas Bernhard en San Salvador es un mordaz soliloquio antipatriótico contra El Salvador y la cultura nacional. De hecho, los niveles de ira y repugnancia registrados en sus páginas recuerdan los de otras memorables obras contemporáneas donde el propio país se convierte en epítome de infamia, vileza o angustiosa perturbación (como en Fernando Vallejo, Thomas Bernhard, J. M. Coetzee o W. G. Sebald). ¿Pertenece a la moral, como afirmó Adorno, no sentirse en casa al estar en casa?

El asco y otras obras que expresan una crítica abierta al país de origen del autor, a la forma de ser de una nación, me parece que no podrían ser escritas sin un sentido moral conmocionado por la contradicción entre lo que la casa cree ser, dice ser, y lo que la casa realmente es, o lo que es para el autor y sus personajes. La hipocresía, al igual que la violencia de la que hablábamos anteriormente, es consustancial al ser humano. La verdad es desagradable. A nadie le gusta descubrir la verdad sobre su lado oculto, mucho menos que se la digan. Lo mismo sucede con las naciones. No tengo claridad sobre cómo se construye la conciencia moral dentro de cada hombre, hasta qué grado es adquirida y fruto de la educación y las circunstancias, y hasta qué grado venimos al mundo con una especie de semilla. Es un tema que me rebasa. Pero, a veces, pienso que la moral no tiene casa, que es como un francotirador que cambia de posición de acuerdo con las circunstancias para la defensa, pero que siempre busca una posición de altura, desde donde no pueda errar el tiro.

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