«La identidad es el tema básico de la ficción»»Por Carmen de Eusebio

© Miguel Lizana

 

José María Merino (A Coruña, e hijo adoptivo de León, 1941) es poeta, novelista, cuentista y ensayista. Es miembro de la Real Academia Española y autor de una prolífica obra. Cumpleaños lejos de casa reúne su poesía en 2006. Como ensayista ha publicado Ficción continua (2004), Ficción perpetua (2014) y Fulgores de ficción (2017), entre otros. De su extensa narrativa destacan Novela de Andrés Choz (1976, Premio Novelas y Cuentos), La orilla oscura (1985, Premio Nacional de la Crítica 1986), Las visiones de Lucrecia (1996, Premio Miguel Delibes), El heredero (2003, Premio Ramón Gómez de la Serna de Narrativa 2004), El lugar sin culpa (2006, Premio de Narrativa Gonzalo Torrente Ballester), El río del Edén (2013, Premio Nacional de Narrativa y Premio de la Crítica de Castilla y León) y Musa Décima (2016). Sus relatos publicados hasta 1997 están reunidos en 50 cuentos y una fábula y en Historias del otro lugar (2010) los publicados hasta 2004. Además, ha publicado Las puertas de lo posible. Cuentos de pasado mañana (2008), El libro de las horas contadas (2011), La trama oculta. Cuentos de los dos lados con una silva mínima (2014) y Aventuras e invenciones del Profesor Souto (2017). La microficción completa hasta 2007 se engloba en La glorieta de los fugitivos (2007, Premio Salambó de Narrativa en castellano).

 

 

 

Recientemente ha publicado un nuevo libro, Cuentos de la naturaleza. La elaboración de esta cuidada edición ha estado a cargo de la profesora Natalia Álvarez Méndez de la Universidad de León, bajo el sello de Eolas. En el prólogo nos dice que ha optado por un nuevo enfoque en la lectura de sus cuentos: «el presente volumen integra exclusivamente diversas ficciones ya conocidas de lo insólito —fantásticas y distópicas— que, junto con otras inéditas, se reúnen por primera vez bajo el prisma de la observación de la naturaleza» ¿Cuál ha sido su participación en esta antología temática?

A lo largo de la vida he tenido la suerte de que personas de calidad en materia de creación, estudio e investigación literaria, se hayan interesado por mis textos. Han hecho antologías de cuentos míos estupendos escritores y profesores, como José Luis Puerto, José Manuel del Pino o Juan Jacinto Muñoz Rengel… En 2017, la profesora Ángeles Encinar, a quien siempre le han atraído mis ficciones, reunió los cuentos sobre uno de mis personajes en el libro Aventuras e invenciones del profesor Souto. En el caso de Cuentos de la naturaleza, la profesora Natalia Álvarez Méndez me propuso la idea cuando ya ella misma tenía prácticamente estructurado el libro, pues yo, que he escrito algunas novelas con el «espacio natural» como «otro» personaje —La orilla oscura, El lugar sin culpa, La sima, El río del Edén…— no era consciente de la cantidad de cuentos que he escrito, aquí y allá, a lo largo del tiempo, que tienen relación con ese «espacio natural», desde muy diferentes perspectivas… Me presentó el proyecto, me sorprendió y me interesó mucho, porque, como digo, hay en él muchas miradas recurrentes de las que yo no me había percatado…Y resulta que, en el caso de los Cuentos de la naturaleza, esos «espacios naturales» tienen un papel relevante. Por lo tanto, ella es la principal responsable del resultado: me gusta decir que yo puse los ladrillos, pero que ella construyó el edificio.

 

Yo pienso que la identidad es el tema básico de la ficción desde los primeros mitos de creación

Esta edición recoge cuentos y microrrelatos desde 1982 a 2017. En ellos representa a una sociedad indeseable, alejada de la naturaleza y sólo preocupada por la explotación de los recursos y la conquista de otros espacios, de otros planetas donde haya vida. Realmente no es una ficción tan alejada de la realidad presente. ¿Estaríamos más cerca de una correcta interpretación de su ficción si la considerásemos como metáfora?

Según el Diccionario de la lengua española, metáfora es «Traslación del sentido recto de una voz a otro figurado». Yo creo que, en cierto modo, la ficción literaria, realista o fantástica, siempre traslada la realidad aparente a un nivel de figuración, precisamente para intentar descifrarla, explicarla, darle un sentido… pues eso tan complejo y extraño que llamamos «realidad» nunca es directamente comprensible, siempre necesita un análisis, que se puede hacer desde distintos enfoques. A mí también me gusta decir que la realidad no necesita ser verosímil… Y en lo que toca a nuestra complicada y peculiar relación con la naturaleza, cada vez más desastrosa, una de las formas inteligibles y claras para intentar exponerla es precisamente la ficción, ya sea realista, ya sea fantástica. La ficción, por su condición siempre simbólica, puede hacer resaltar aspectos con una eficacia que otras aproximaciones no conseguirían.

 

Uno de los puntos de vista que propone el estudio de este volumen es la forma en cómo el hombre siente a la naturaleza. Lo sintetiza en tres vertientes: la constatación de la otredad, las tentativas de disolución de la otredad y la conciencia ecológica. ¿Cómo nos explicaría usted ese punto de vista en su literatura?

El libro presenta más de setenta relatos de diferente extensión. Visto el conjunto, yo mismo, como digo, he quedado sorprendido de los muchos cuentos que he escrito sobre la relación tan extraña que tenemos los humanos, en general, con la naturaleza, cada vez más olvidados de que pertenecemos a ella, de que formamos parte de ella… La profesora Natalia Álvarez, en efecto, agrupa los cuentos conforme a diferentes proyecciones. Esa constatación de la otredad estaría en la primera parte, que ella titula «La inmovilidad del bosque. La naturaleza como amenaza y otredad intemporal». En ese inicial conjunto de cuentos podemos encontrar lo que antes he señalado: el ser humano, el yo, enfrentado a una realidad natural —incluido su propio cuerpo— que considera extraña, imprevisible, incluso enemiga. Todos los cuentos de esta primera parte muestran mi profunda convicción de que el ser humano se ha ido alejando cada vez más de lo natural, como si no tuviese nada que ver con ello, salvo para aprovecharse sin medida de su sustancia… Las tentativas de disolución de la otredad estarían en la segunda parte, titulada por la antóloga «En la barandilla del balcón. Artificio frente a naturaleza», en cuyos cuentos he intentado suscitar o reproducir ciertas formas de respeto a lo natural; y, sobre todo, en la tercera, «Bajo la protección de la hiedra. Metamorfosis, paisajes con alma, integración en lo natural», en la que se trata lo natural como una fuente de misterioso equilibrio, proponiendo sin prejuicios diversas miradas, relaciones y metamorfosis. En la cuarta parte —«En el borde del estanque. Conciencia ecológica»— se reúnen cuentos que afrontan lo natural desde tal conciencia, aunque sin excluir la ironía e incluso el esperpento. Y luego hay una quinta parte, que la antóloga llama «Por el camino de la braña. Apéndice distópico y realista», que reúne tres cuentos inéditos que van de la distopía al sarcasmo.

 

El tiempo es un tema que siempre le ha interesado pero, frente a la naturaleza, el tiempo es diferente y la memoria es parte fundamental. ¿Cuáles son las diferencias entre tiempo de la naturaleza y tiempo humano?

La naturaleza no tiene conciencia del tiempo ni de sus ciclos constantes de florecimiento y desaparición, de inmovilidad y agitación, de eclosión y extinción. Nosotros, aunque en la mayoría de su transcurso no queramos enterarnos, conocemos lo que es el tiempo, eso que Stephen Hawking calificó como «flecha irreversible». El tiempo determina nuestra condición efímera. Ese ir «a dar a la mar, que es el morir» de nuestras vidas, que señaló Jorge Manrique de modo genial, constituye lo sustantivo de nuestra condición. Mas nosotros, frente a esa «flecha irreversible» tenemos algo que contradice las leyes físicas: podemos «viajar en el tiempo» mediante la memoria. Regresar a las vacaciones pasadas, a aquel año en aquel lugar, a aquella tarde en la playa, a cierto momento doloroso o placentero. El precio del viaje es que la memoria mental nunca nos devuelve las cosas tal y como exactamente sucedieron. Pero tenemos la historia y la ficción para materializarla. La historia ha estado y está continuamente manipulada, falseada. La ficción, en sus elementos básicos —los mitos, los arquetipos—, marca una memoria verdadera, esa «memoria soñada» que yo tanto valoro. Pero, sin duda, deberíamos ser más conscientes de que somos tiempo y, por lo tanto, algo llamado a desaparecer para siempre, antes o después.

 

La identidad es un tema protagonista en la literatura actual desde diferentes puntos de vista. En su narrativa la identidad está asociada a la desubicación, al desconcierto y a la pérdida del medio ¿Qué secuelas está produciendo la descomposición de la naturaleza en nuestra identidad?

Yo pienso que la identidad es el tema básico de la ficción desde los primeros mitos de creación. Y qué somos los seres humanos, cómo nos comportamos, cómo somos capaces de las acciones más gloriosas y más abyectas es lo que constituye precisamente la sustancia de la literatura, hasta el punto de que todos los grandes estudiosos de la psicología humana lo han hecho tomando los ejemplos de la ficción, ya desde el mundo clásico. Pensemos, por ejemplo, que los llamados complejos de Edipo o de Clitemnestra vienen directamente de la literatura. Y Freud o Jung fueron grandes lectores. Pero durante muchos siglos, el ser humano ha afrontado el mundo natural desde cierta conciencia de pertenecer a él: los inicios de nuestra cultura, con la ganadería, el pastoreo, o el paso determinante, decisivo, que fue la agricultura, y que cubre tantos y tantos siglos de nuestra historia, acomodaban el tiempo humano al tiempo «natural». La industrialización cambió totalmente las cosas y, aunque la avaricia siempre ha sido uno de los signos básicos de nuestra especie, el capitalismo acabó con esa concordia durante tantos siglos obligada por el propio sistema de producción que, como digo, era fundamentalmente agrícola. De pronto todo vale para producir beneficios, no hay control ni medida, y como señala un dicho popular «El que venga detrás, que arree». Claro que esta ruptura con lo natural, la destrucción masiva de ciertos hábitats, la multiplicación de megalópolis, los sistemas novísimos de transporte y comunicación, la contaminación planetaria, llevan consigo un tremendo incremento de la soledad. Cada uno de nosotros se puede ir convirtiendo en el «monstruoso insecto» kafkiano. En el caso de mi ficción, la identidad, con la extrañeza ante esa «realidad quebradiza» que nos rodea, es un tema sustantivo, porque además creo que todos estamos hechos de muchas cosas, somos por lo menos dobles. Las «identidades» me parecen señales lamentables de profunda estupidez.

 

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