En alguna ocasión se ha definido como filósofo sāmkhya ¿podría decirnos brevemente en qué consiste?

Más que una adopción, se trata de una apuesta. El asunto no es tanto «creer» en estos dos principios como abrirse paso mediante ellos. El sāmkhya no es para mí una doctrina o una ideología, y mucho menos una creencia. El sāmkhya funciona en mí como hipótesis de trabajo, como una especie de horizonte de sucesos. Cuando se me plantea una cuestión que me parece relevante tiendo a preguntarme ¿cómo entender este fenómeno desde la perspectiva del sāmkhya? Esa hipótesis de trabajo tiene unos cuantos axiomas (pocos). Uno de ellos es que este mundo y nosotros que lo habitamos tiene una naturaleza dual. Es decir, lo real tiene dos principios irreductibles y eternos, pero no enfrentados al modo platónico (por lo que sería impropio hablar de dualismo). Esos principios son, por un lado, un principio creativo, que de modo general llamaré naturaleza, y un principio contemplativo, una conciencia sin contenido que, por así decir, contempla y se recrea en la evolución del cosmos. El primer principio, la evolución creadora, se parece bastante a la naturaleza tal y como la ven las ciencias modernas (pero con un par de salvedades importantes). Los seres humanos participamos de ambos principios. Estamos, como diría Novalis, dentro y fuera de la naturaleza, somos impulso creativo y conciencia. Y cada vez que somos conscientes de algo, ese acto mental remite al origen, al principio de aquella unión intemporal.

 

¿Y cuáles serían esas salvedades que menciona?

Una de ellas es que para el sāmkhya, como para la mayoría de cosmologías de la Antigüedad, el mundo se construye desde arriba, sin que esto implique la intervención de un creador (en este sentido, el sāmkhya es ateo), y no desde abajo, de lo simple a lo complejo, como suponen las cosmologías modernas (la secuencia sería: sopa cósmica original de radiación – expansión y enfriamiento – formación del átomo de hidrógeno – cúmulos de materia – cocción del carbono en los hornos estelares – materia orgánica – vida – conciencia). Para esta antigua visión del mundo, la primera emanación de ese enlace entre conciencia y naturaleza (en cierto modo es una cosmología del amor, como la de Dante) es la inteligencia, antes incluso que el principio de individualidad. Es decir, es la inteligencia la que se fabrica un yo para poder experimentar el mundo. Y en esto es afín al logos tal y como lo entendía Heráclito. Pero esa inteligencia no es otra cosa que conciencia e impulso creativo, luz y fuego. Hay inteligencia, hay luz y fuego, en la célula y en la partícula (que es todo menos elemental y que se «aparea», como muestra el entrelazamiento cuántico), hay inteligencia, luz y fuego, en cada ser. Y en este sentido estamos cerca de Leibniz.

La filosofía del sāmkhya se parece en ciertos aspectos a la de Heráclito. El gran descubrimiento de Éfeso fue la secreta unidad de los contrarios, que convierte en armonía la lucha. Algo parecido ocurre en la Bhagavad-gītā, cuyo trasfondo filosófico es el sāmkhya. La unidad de lo uno no es la reducción de un principio a otro, sino la tensión esencial que hay entre dos principios eternos: creatividad y contemplación, entre lo dinámico y lo estático, entre la plenitud y el vacío, entre Aristóteles y Platón, entre el uno y el cero. El problema que enfrentamos hoy es que la ecuación moderna prescinde del segundo de los términos. Hay creación continua en el universo pero no hay nadie que la observe, ni siquiera nosotros, que somos zombis. Para el sāmkhya, el lazo amoroso de estos dos hace el mundo. Esa filosofía ha sido recientemente revivida. Bergson, Whitehead y Merleau Ponty han sido sus más ilustres exponentes, aunque probablemente sin saber que reproducían, mutatis mutandis, la propuesta del sāmkhya.

 

Usted no vive retirado del mundo, es profesor, está casado, tiene hijos, y ama la comida y el buen vino. No es un monje, no es un hombre religioso en el sentido de pertenecer a una iglesia, ni siquiera de creer en una deidad, si le he entendido bien. ¿Cuál es la diferencia entre usted, en la medida en que su mente determina su mundo, y la de, digamos, un científico como Richard Dawkins u otro al que tenga manía?

La diferencia es inmensa y se cifra, como ya dije, en el lugar de la conciencia en el mundo. Para Dawkins es un accidente, innecesario, en la evolución del cosmos, un mero epifenómeno del cerebro. Por mi parte prefiero optar, de un modo deportivo y no sin cierto sentido del humor, por considerar la conciencia tan vieja como el mundo, tan antigua como el big bang. La mayoría del universo parece un espacio vacío y sin sentido. Pero hay islas, las estrellas, alrededor de las cuales se desarrolla la vida y la conciencia. La estrella en este sentido es «alma del mundo», crea un orden y su entorno habitable se convierte en un huerto de valores. Whitehead profundizó en esta idea, que sospecho que rescató del Timeo platónico, que es una enciclopedia de las cosmologías de la Antigüedad.

En todo caso, la pregunta clave, que ya se hicieron budistas y averroístas, es quién es el sujeto del pensamiento. La respuesta del sāmkhya, que hereda del pensamiento védico, es genuina y, en muchos sentidos, excéntrica. El sujeto de nuestros pensamientos no somos nosotros sino la «persona» original, cada vez que pensamos o somos conscientes de algo nos remontamos al origen. Es una idea extraña, lo sé, pero muy inspiradora.

 

En la filosofía medieval, el libre albedrío era una cuestión palpitante, lo fue en la lucha entre Reforma y Contrarreforma y en el siglo xx lo vuelve a ser, tanto de manos de la ciencia («Dios no juega a los dados», Einstein) como de la filosofía («El hombre está condenado a ser libre», Sartre). El xxi continúa esta tensión que, sin duda, nos define. ¿Somos libres, un poco libres, o la libertad es una ilusión de lo que llamamos novedad tanto en el universo como en el hombre?

Einstein, como todos aquellos que se han formado en las matemáticas y trabajan con algoritmos, creía que había unas leyes inmutables de la naturaleza, algo que por otro lado creen la mayoría de los físicos y que se ha convertido en un dogma de esta ciencia. Es decir, creía que en un universo en evolución donde todo cambia, había algo que no cambiaba: unas leyes escritas en un lenguaje simbólico y que habitan, por así decirlo, un cielo platónico y matemático. En este sentido seguía a Spinoza y a la tradición hebrea, cuyos símbolos eternos hacen cambiar el mundo sin cambiar ellos mismos. Y no deja de ser curioso que el genio y la imaginación de Einstein que, sin saber muchas matemáticas (o quizá por eso mismo), abrió las puertas de la física cuántica, no pudiera aceptar una de sus consecuencias más radicales, la de un universo abierto donde incluso esas mismas leyes puedan cambiar. En su evolución radical, ese dios simbólico no está acabado, sino que se va haciendo a medida que avanza la evolución y se desarrollan los seres vivos. De una manera inconsciente, Einstein prefería un mundo acabado, donde la partida ya estaba jugada, aunque no conociéramos su desenlace (sólo Dios lo sabía). El filósofo budista Nāgārjuna lo decía de un modo elocuente: «el padre hace al hijo tanto como el hijo al padre». Esa participación radical, que estaba implícita en la filosofía budista, es la que me interesa. A ella está dedicada La invención de la libertad, un libro sobre tres filósofos (William James, Bergson y Whitehead) que revivieron la libertad que el positivismo había dejado exhausta.

El mar es la mejor escuela, te enseña muy rápido a distinguir lo necesario de lo inútil

Ahora una pregunta facilita, no crea que todo es tortura. Usted fue a la India con un proyecto cinematográfico y se puede decir, al menos para entender su trayectoria, que volvió de la mano de un refinado filósofo como Nāgārjuna. ¿Siempre anda leyendo a autores tan conceptuales? Hay filósofos que se pirran por la novela negra, por ejemplo, o por el fútbol. ¿Qué otras aficiones tiene usted?

De niño fui un futbolero empedernido, mi ídolo era Kempes. Crecí cerca de Mestalla y desde mi casa se oía el rugido del campo. Con ocho años pedí a los Reyes el pase de toda la temporada general de pie infantil. Todavía recuerdo el precio, ochocientas pesetas, que se ajustaba al presupuesto de los Magos de Oriente. A los catorce pasé la noche con mi hermano Quino en las taquillas del Luis Casanova para ver a la selección. Aquel Mundial fue un desastre. A mi padre no le interesaba el fútbol, era algo que entonces no entendía y ahora entiendo. Hoy juego al tenis con algunos amigos poetas. También disfruto mucho de los viajes, sobre todo a la India y a Italia. Me gusta salir a la montaña con mis hijos Álvaro y la pequeña Lucía, también me gusta navegar. Conservo algunos amigos que antaño eran marineros y hoy son capitanes. De vez en cuando nos sacan por el Mediterráneo, que es el mar de la filosofía y de mi mujer, Su, gran nadadora. El mar es la mejor escuela, te enseña muy rápido a distinguir lo necesario de lo inútil.

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