Las Ramblas lo atraen especialmente por lo que tienen —en palabras de Ruano— de interesante «espectáculo humano, social» («Ramblear», La Vanguardia, 25 de abril de 1954). El escritor las concibe como el cronotopo que ofrece al paseante la oportunidad de deambular y divagar —también observar—, sintiendo el placer de la falta de prisa y rumbo fijo. Ésta es la actividad que define a este «río de asfalto» único, que ya entonces se conocía como «ramblear» —verbo que estaba convencido Ruano de haber inventado— y que el escritor, desde su enclave del hotel Oriente, podía disfrutar cada vez que volvía a Barcelona. En ese trocito de la ciudad, más que en el Ensanche, se hallaba —en opinión de Ruano— el pulso de Barcelona:

Cuando vengo a Barcelona, yo vengo concretamente a estas Ramblas. A los demás sitios me llevan. Eso es otra cosa. Sin estas Ramblas, mejor que en lo más moderno y mejor también que en lo más antiguo, es donde Barcelona es más Barcelona. Éste es su río vertebral con sus mejores afluentes («Cuidado con las Ramblas», 9 de enero de 1959).

 

Su querencia por las Ramblas, en especial, el último tramo conformado por la rambla de las Flores, la de los Capuchinos (o del Centro) y la de Santa Mónica, así como el cariño frecuente con que habló en la prensa[xi] de sus quioscos de periódicos y libros, de sus pájaros y de sus flores, le valió el reconocimiento de los comerciantes de la zona el 10 de enero de 1959, fecha del homenaje que le rindieron en su familiar hotel Oriente por la especial dedicación que el escritor le había concedido siempre al popular paseo y sus calles adyacentes. Tampoco las floristas de las Ramblas se olvidaron de Ruano cuando a finales de febrero de 1964 le enviaron un ramo de flores deseándole una pronta recuperación durante una de las recaídas de su enfermedad, que lo había obligado a pasar su sexagésimo primer cumpleaños en la clínica del doctor Puigvert («También vosotras», La Vanguardia, 29 de febrero de 1964).

 

Tanto en la época en que vivía en Sitges —cuando un incómodo tren lo dejaba en el apeadero de paseo de Gracia— como en las posteriores visitas a la ciudad, ya instalado en Madrid, siempre eligió para sus estancias el hotel Oriente, en el número 4 de la rambla del Centro, a tan sólo unos pasos del Liceo. El café Glaciar, en la cercana plaza Real, sería, asimismo, otro de sus lugares de tránsito en Barcelona, para el café con leche, la escritura de algún artículo y alguna tertulia ocasional.

Esa sección de la ciudad de Barcelona, de personalidad tan definida para Ruano, estaba delimitada no sólo espacialmente sino temporalmente, ya que la vida del escritor estaba ligada a las altas horas de la noche barcelonesa, entre tabernas y tascas, callejeando, bien hacia Escudillers, bien hacia el Arco del Teatro, por el antiguo distrito v, el barrio Chino.

El café literario como punto de encuentro de escritores y artistas parecía sustituirse en Barcelona por la calle y la taberna, donde se daban cita el círculo de poetas Julio Garcés, Juan Eduardo Cirlot, Mauricio Monsuárez, Ramón Eugenio de Goicoechea, Manuel Segalá, junto con los pintores Pedro Pruna, Serrano o Manolo Muntañola. Al grupo solían sumarse, asimismo, escritores como Álvaro Ruibal o Ángel Zúñiga, quien dibujaría los escenarios nocturnos barceloneses y sus personajes en su obra Barcelona y la noche (José Janés, 1949).[xii] Con ellos se reúne Ruano, durante su época sitgetana, cada semana y, en torno a 1945 —según reconoce el escritor—, hasta cuatro o cinco veces, lo que determinará en buena parte el declive y final de esa etapa vital.

 

Si bien el barrio Chino de los años cuarenta ya no era el de los años veinte —que Ruano también conoció en un par de visitas a Barcelona—,[xiii] ni el escritor vivió la zona a la manera de Jean Genet, descrita en Diario de un ladrón (1949), el barrio aún era conocido por el ambiente de pobreza, delincuencia y prostitución. Poco interesado en una mirada social o comprometida, Ruano se refiere con naturalidad a las «muchachas de la calle del Conde del Asalto» («Escrito en Barcelona», La Vanguardia, 10 de abril de 1954), la actual calle del Nou de la Rambla; o se asoma a los bares del barrio Chino con la mirada entusiasta del que disfruta ante cierta remanencia de pintoresquismo («Ha llegado un barco», Madrid, 27 de enero de 1945).

No obstante, el escritor es consciente de que poco queda ya en las calles del Conde del Asalto, del Cid, de San Ramón —conocidas por sus bares, sus academias de baile, sus garitos de juego, sus prostíbulos—, de aquel barrio Chino que conoció en su juventud, que ya calificaba entonces como «barriada maldita y literaria». En las altas horas de la Barcelona, la nuit de los años cuarenta, a la sombra de la imaginada por Paul Morand:

Hay pintores y escritores de una bohemia más o menos al coñac; hay mangantones y chulillos sin faena; hay señoritos que han hecho la tournée des grands ducs por toda la Barcelona un tanto de turismo que vive del recuerdo y del cuento de lo que fue el barrio Chino y el Paralelo de la época de Lerroux («Los amigos de la noche», Madrid, 2 de julio de 1947).

 

Más allá de esos límites espaciales, en su deambular por el barrio de la Ribera, recaló González-Ruano en El Trascacho, que capitaneaba el manchego Carlos Muñoz, su «faraute», y que tuvo cierta relevancia y popularidad en el mundo cultural de una Barcelona que no contaba con excesivos focos de tertulia literaria. La cueva-cenáculo, o cónclave literario, donde se reunían gentes de todas las disciplinas, pertenecientes al mundillo social, literario o artístico de la época, tenía su sede en los sótanos de una casa-palacio situada en el número 1 de la calle de Montcada. En aquella taberna de espacio reducido, con bancos toscos de madera, toneles, y acompañados de vino, queso y pan, tenían lugar reuniones dialogantes que partían de las charlas que daba previamente algún conferenciante invitado, siempre enmarcado por el espíritu del lema del Trascacho: «Vino y verdad, sin aguar». Durante los años de vida activa del «refugio al abrigo de los vientos» que proporcionaba Carlos Muñoz, entre mediados de los años cuarenta y principios de los sesenta, pasaron por allí con sus sesiones de lectura, o sus discursos sobre flamenco, arquitectura, teatro y cine, literatura, personalidades como Adolfo Marsillach, Francisco Candel, Rafael Manzano, Federico García Sanchiz, Luys Santa Marina, Alfredo Marqueríe, Ignacio Agustí, Bartolomé Soler, Guillermo Díaz-Plaja, Dionisio Ridruejo, Ernesto Giménez Caballero, Carmen Kurz o Mercedes Salisachs (con la interesante iniciativa del ciclo de charlas femeninas de 1956), Ángel Zúñiga o Ramón Eugenio de Goicoechea (Muñoz, 1981).

González-Ruano se sumó a la larga lista de trascachistas, por primera vez, en febrero de 1963, guiado por el editor Rafael Borrás, que lo condujo por «uno de los dédalos de la ciudad que más amo: los barrios cortados por la calle de la Princesa, río urbano que une la parte marinera, gremial y señora con el barrio comercial del casco antiguo presidido por la calle Fernando» («Trascacho catecúmeno», La Vanguardia, 12 de febrero de 1963). Con motivo del sexagésimo aniversario del escritor que tanto había exteriorizado su conexión con la ciudad de Barcelona, se le rendía, unos días antes, un homenaje en El Trascacho, y era invitado a pronunciar una charla en aquel espacio barcelonés, entre público e íntimo, que Ruano concebía como una «especie de cripta funeral en el que todo queda alegre, gritando, entre cal y barriles, lo existencial» (La Vanguardia, 12 de febrero de 1963).

González-Ruano guardaría un especial recuerdo de la curiosa y particular experiencia en El Trascacho, velada que glosó tanto en La Vanguardia (12 de febrero de 1963) como, unos días más tarde, en el periódico madrileño Informaciones (16 de febrero de 1963). El escritor valoraba la iniciativa de Carlos Muñoz, sobre todo, por lo que tenía de «lugar aglutinante de intelectuales, artistas y sociedad culta» de Barcelona. Así glosaba Ruano para el lector madrileño la experiencia de charlar en aquella sala que tenía «algo como de catacumba y de palomar hermético»:

Al principio, hablar en El Trascacho resulta un poco violento, teniendo al público casi sentado en las rodillas; pero muy pronto se vuelve todo tan cordial, tan caliente, tan eficazmente íntimo, que podría uno estar hablando y dialogando cuatro o cinco horas. Todo queda en esta catacumba intemporal, sin énfasis, sin circunstancia hija de la prisa (González-Ruano, Informaciones, 16 de febrero de 1963).

 

V
Si bien la Barcelona que vive y recorre Ruano se circunscribe a un espacio muy concreto, escenario y testigo de su tournée des grands ducs, el escritor coge su pluma para —en su representación textual de la ciudad— dejar su crónica, asimismo, de la evolución, desarrollo y crecimiento urbanístico que experimenta la urbe desde los años cuarenta, obviando, como no podía ser de otra manera, cuestiones como la especulación inmobiliaria. Su mirada sobre la ciudad moderna y sus transformaciones ondulará entre la postura casticista y nostálgica ante «el canto de la piqueta», que domina buena parte de su literatura costumbrista (Velázquez, 2005), y la apuesta por la modernización que iguala Barcelona a las grandes capitales europeas.

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