Debido en buena medida al contexto de la época, El proceso de Burgos tuvo muy buena acogida, en especial en el País Vasco. Fue presentado en el Festival de Cine de San Sebastián y recibió varios premios. Más de doscientos mil espectadores lo vieron en salas de cine, convirtiéndose así en uno de los documentales españoles de más éxito en el último medio siglo.[1] Además, el filme supuso un punto de inflexión en el cine político de la Transición, convirtiendo a ETA y a sus miembros en héroes y en víctimas del franquismo. Fue una pieza clave en la forja del mito de ETA como defensora de la identidad vasca frente a la opresión exterior, al margen de la llegada de la democracia a España (López de Maturana y Barrenetxea, 2007). De hecho, a lo largo de su metraje apenas hay referencias a las víctimas inocentes de ETA, ya durante el franquismo, como el agente de la Guardia Civil José Antonio Pardines, que inauguró en 1968 el listado de asesinados por la banda terrorista (Fernández Soldevilla y Domínguez Iribarren, 2018).

La heroización y victimización de los miembros de ETA volvería a estar presente en el siguiente largometraje dirigido por Uribe, en este caso de ficción, aunque recreara un hecho histórico: La fuga de Segovia (1981). El 5 de abril de 1976, veintinueve presos habían huido de la cárcel de Segovia a través de un túnel. De ellos, veinticuatro eran militantes de ETA (la mayor parte de la rama Político-Militar); y otros cinco, de otras organizaciones de izquierda. La mayoría de los fugados fueron arrestados tras su huida. Uno (el catalán Oriol Solé) resultó muerto por un disparo de la Guardia Civil mientras intentaba pasar a Francia y otros cuatro lograron cruzar la frontera.

Esta fuga tuvo en su momento gran trascendencia, pues logró desprestigiar el sistema penitenciario posfranquista, incidiendo en la creación del mito de ETA. Ángel Amigo, uno de los protagonistas de dicha fuga (antiguo miembro de ETA Político-Militar y después integrado en Euskadiko Ezkerra), publicó un libro en el que narraba su experiencia (Amigo, 1978). Esta obra fue la base del filme de Uribe, que contó con una subvención a fondo perdido del Gobierno de Euskadi, recién creado tras la aprobación del Estatuto de autonomía vasco, en manos del Partido Nacionalista Vasco, el representante del nacionalismo moderado y democrático, opuesto a la violencia de ETA.

Ángel Amigo, que con el tiempo se convertiría en uno de los más importantes productores cinematográficos vascos, colaboró en el guión y asesoró a Uribe. Lo mismo hicieron otros fugados, llegando incluso algunos de ellos a interpretarse a sí mismos. Este hecho, unido a la cuidada ambientación y al uso del euskera y del castellano por los diversos personajes, contribuye a hacer de La fuga de Segovia una ficción documentalizada, acercando al espectador de forma creíble a los hechos. A la vez, tal y como indica Ballesteros, la cárcel actúa como una metáfora de la opresión del País Vasco: «la situación política de Euskadi encuentra aquí su equivalente fílmico en la condición de encierro, aislamiento y supresión de derechos civiles y políticos» (2001, 130).

No obstante, la idea inicial de Uribe era filmar una historia de evasión carcelaria, siguiendo los clásicos del género, como La fuga de Alcatraz (1979), de Don Siegel, en que la tensión y la aventura prevalecieran sobre su contenido político. Al igual que había sucedido con El Proceso de Burgos, Uribe invocaba su propia neutralidad política para tratar de ver la historia objetivamente. Sin embargo, el guión, la manera de rodar y el crispado contexto (con dos ramas de ETA que sólo en 1980 habían sido responsables de casi un centenar de asesinatos) dieron un giro a la idea inicial. En esa coyuntura histórica, no era posible obviar a qué organización pertenecían la mayor parte de los huidos y su implicación en la situación política de 1976 y, sobre todo, de 1981. Por ello, con independencia de la intención de Uribe, La fuga de Segovia terminó siendo visto como un filme político. De hecho, al igual que había sucedido con El proceso de Burgos, pero con un enfoque distinto, también esta película fue objeto de polémicas políticas. En esta ocasión, el hecho de que tanto Amigo como la mayor parte de los fugados estuvieran vinculados a ETA Político-Militar y a Euskadiko Ezkerra, unido al contenido de ciertas secuencias, hicieron que algunos acusaran a Uribe de estar al servicio de esta organización política.

Así, en apenas dos años, Uribe habría pasado de ser el cineasta de Herri Batasuna a aparecer como el portavoz audiovisual de Euskadiko Ezkerra. Ello demuestra la imposibilidad de mantenerse al margen de disputas políticas —tal y como pretendía, quizás con cierta ingenuidad, el propio Uribe— y cómo muchas veces el contexto político y la recepción de un filme terminan imponiéndose a las intenciones de los cineastas.

El hecho de que en 1982 la facción Político-Militar de la organización anunciara su disolución, dejando a la rama Militar como la única detentadora de las siglas de ETA, no impidió que en el futuro continuaran las polémicas en torno a los filmes de Uribe, centrados en este tema. A pesar de que en su siguiente largometraje dio un paso más hacia la pura ficción, al no basarse por primera vez en un suceso histórico concreto, aunque el filme transcurriera en un País Vasco inmerso aún en la violencia. La muerte de Mikel (1983) es un drama social sobre la intolerancia y la homosexualidad, en el que la coyuntura política solamente se refleja en el fondo de la trama.[2] El filme contó de nuevo con la ayuda del Gobierno vasco y con la presencia estelar del actor Imanol Arias, que en esos momentos se había hecho muy popular, debido a su intervención en la serie de televisión Anillos de oro (TVE, 1983), lo que contribuyó al enorme éxito del filme (más de un millón de espectadores en cines).

La película narra la historia de Mikel, un farmacéutico que reside en Lekeitio (un municipio de la costa vizcaína). Está ligado a un partido político de la izquierda nacionalista radical, cuyo nombre no llega a ser mencionado, aunque se sobreentiende que se trata de Herri Batasuna. Mikel tiene problemas en su vida conyugal y, en un viaje a Bilbao, descubre su homosexualidad tras mantener relaciones con un travesti. Esta situación le llevará a ser desplazado en su comunidad local, tanto a nivel político como familiar.

La película es narrada a través de flashbacks, pues comienza con el funeral del protagonista y el espectador va descubriendo que, tras su muerte, se esconde un retrato de la política vasca de comienzos de la década de 1980. Mikel es objeto de todo tipo de muestras de intolerancia. Su madre —la figura más negativa del filme, hasta el punto de que, según todos los indicios, mata a su hijo al no aceptar su homosexualidad— representa el supuesto matriarcado de la sociedad vasca tradicional. El hermano de Mikel, Iñaki, es un personaje «bastante repulsivo», en palabras del propio director (Angulo, Heredero y Rebordinos, 1994, 50). Su figura representaría al Partido Nacionalista Vasco (moderado y democristiano que, en la Transición, se convirtió en el principal partido político vasco), que pretendería aprovecharse de la lucha de ETA sin llegar a comprometerse. A través de las figuras de los dos hermanos, Uribe refleja la ruptura entre el nacionalismo democrático y ETA en la Transición.

También la izquierda nacionalista radical es objeto de los reproches de Uribe, pues Mikel había sido elegido para formar parte de la lista electoral del partido en la localidad. Sin embargo, cuando llegan al pueblo los rumores sobre su homosexualidad, lo eliminan de la lista, al considerar que no es la persona adecuada para representar al partido en el municipio. Tras verse rechazado por los suyos, Mikel es detenido por la Guardia Civil y es interrogado por haber ayudado años atrás a un miembro de ETA herido, a pesar de que estos hechos no eran punibles, por haber sido borrados tras la amnistía de 1977.

Al poco de pasar por las dependencias policiales, Mikel aparece muerto. Esta circunstancia es aprovechada por sus correligionarios, a pesar de haberle rechazado por su homosexualidad, y terminan reivindicando su figura, convirtiéndolo en mártir de la causa. Además del funeral familiar, sus correligionarios organizan una manifestación de protesta, que sigue los ritos funerarios del nacionalismo vasco radical (Casquete, 2009, 219-266). La policía carga contra esa manifestación, cerrándose así el ciclo de la represión y la intolerancia que ha producido la muerte de Mikel. Pero, pese a este acercamiento crítico, las víctimas de ETA siguen sin aparecer en este filme, que vuelve a presentar a Mikel, y por tanto a la izquierda nacionalista radical, como la verdadera víctima de lo que desde ese ámbito ideológico se denomina el conflicto vasco. Destaca, en este sentido, la visión negativa de las fuerzas de seguridad, y en especial de la Guardia Civil, que presenta el largometraje.