Para Gonzalo Rojas, como en gran medida para los poetas románticos, la poesía constituyó un ente vivo y cardinal, vehículo de comunicación con el mundo y sus abismos. El poeta es un alumbrado, término que el chileno tomó de la mística sufí y que designa a aquellos que conocen y han vivido la verdad. En este sentido, Rojas se aproxima a la poesía como la entendió Heidegger de la mano de Hölderlin: un lenguaje que desoculta y revela el verdadero rostro del mundo y encarna la posibilidad de alcanzar y mostrar lo sagrado mismo. Según esta concepción, el coraje es obligación del poeta, que jamás debe rehuir de la vida y del abismo, sino penetrar en ellos completamente y entregarse al riesgo para poder oír, cantar y, si es posible, ser. No debe asombrarnos esta progresión desde la percepción a la palabra y, finalmente, a la acción. No solamente el surrealismo –corriente que dejó una honda impronta en la escritura de este autor y con la que comparte, como veremos más adelante, parcelas de su cosmovisión– se compromete con la poesía en términos vitales. De acuerdo con Mauricio Beuchot, una de las claves para distinguir al verdadero poeta místico es la dimensión no escrita, sino viva, de sus letras:
«Lo más importante de la experiencia mística se nos ha mostrado en su carácter activo y no sólo contemplativo; en su polarización hacia lo espiritual, aunque el místico sigue cumpliendo con sus deberes temporales; se centra en Dios, o en algo Uno, al que ama y que lo llena de paz y felicidad; y determina una experiencia psicológica bien definida, de modo que no se pueda confundir fácilmente con delirios y locuras. Principalmente, la praxis es el criterio, según aquello que ya se decía en el Evangelio: “Por sus frutos los conoceréis”».[i]
Así, el verdadero místico no se reconoce únicamente en sus palabras, sino por cómo éstas se vinculan con su experiencia vital a través de correspondencias con su manera de ser, estar y orientarse en el mundo. Con respecto a este tema, Rojas afirmó: «Yo asumí desde muy muchacho la poesía como conducta, es decir, como un trabajo solidario entre el ver poético, la videncia poética y la tarea de liberarnos a nosotros mismos como individuos, como pueblo y como destino».[ii]
En el texto «Poesía en América Latina», Gonzalo Rojas aclara dicha concepción poética, que, si bien parte de una experiencia individual y subjetiva del mundo –la contemplación–, no deja jamás de tener una profunda dimensión política que se desprende naturalmente de una estética y una ética que le son inseparables. El poeta se presenta, sí, como un alumbrado, pero uno que ha devenido tal gracias a un trabajo interior de formación y de continua exposición a la realidad, y es asimismo un «alumbrador» que sostiene la tea en el camino del prójimo y en las galerías de la historia:
«Si tal capacidad de interpretación colectiva y unitaria dio a los poetas su prestigio de magos y parientes de los dioses, su poder contemplativo los ungió, acaso, intérpretes supremos de la Realidad. ¿Qué testimonio de la Realidad más valioso que el de los poetas? Al margen de todo prejuicio moral y social, cantaron siempre aquello que miraron y buscaron aquello que quisieron, aunque fracasaran como los niños en sus aventuras. Frente a la realidad del hombre de negocios del régimen que sea, realidad que subordina el sistema de los valores humanos a un sistema de pesos y medidas, álzase la Realidad del poeta verídico (no del publicista de versos) que da su sangre, mucho más que sus hermosas palabras, por esa identidad siempre buscada entre la vida y el pensamiento, por la solución de ese enigma que anima toda salud y toda libertad. […] Un examen histórico comprueba que estos ángeles y demonios de la Contemplación han quemado sus vidas en las grandes batallas de la Realidad».[iii]
Esta visión sacra y encarnada del acto poético difiere en gran medida de otras que dan por hecho la potencia creadora de la palabra por sí misma. Para Rojas, la imagen poética no crea un mundo desligado del terreno, ni brota independientemente de la existencia corpórea ni de la tradición: no supone una innovación cósmica. Desde su punto de vista, la poesía tampoco descubre la palabra de la creación divina, ni calca la verdad suprema al dedillo. Su poder es solidario con la visión humana, crea un puente entre el hombre y el universo, intenta religarlos, hallar la unidad de lo disperso. En palabras del propio autor: «La palabra transforma el mundo parcialmente. Nunca fui creacionista. Parcialmente, insisto. No creo por entero en esa transformación del mundo desde la palabra».[iv]
Desde esta perspectiva, la visión que Rojas abraza en torno al lenguaje se acerca mucho a la de Walter Benjamin. El pensador alemán consideró que solamente en Dios se produce la relación más absoluta entre el nombre y la comprensión. Exclusivamente en Él, la palabra y el verbo creador del cosmos son sustancialmente iguales. El lenguaje del hombre, por otra parte, se le antoja un mediador entre el logos divino y las cosas: es simbólico y conocedor, no directamente creador. Sin embargo, tampoco se trata de un mero signo arbitrario. De acuerdo con Benjamin, todo lenguaje de orden superior es una traducción, una aproximación al lenguaje de la Realidad. Y, como la poesía mística, «la traducción del lenguaje de las cosas al lenguaje de los hombres no consiste exclusivamente en la traducción de lo silente a lo vocal. Es la traducción al nombre de aquello que no podía ser nombrado».[v]
Para Gonzalo Rojas, la poesía es una tentativa, un movimiento hacia el infinito que se extiende para alcanzar, pero que, como el hombre, es imperfecto y queda casi siempre inconcluso; y, en esto, en su existencia hondamente humana y trágica, radica su grandeza. «Soy la luz orgullosa del hombre encadenado»,[vi] reza un verso del poema «La poesía es mi lengua». En una entrevista con Jacobo Sefamí, Rojas afirma:
«Si las palabras dicen y no dicen o, por lo menos, no alcanzan a decir y, cuando alcanzan a decir se te dan esclerosadas, a un milímetro de la retoricidad. Uno se encandila con lo que escribe, pensando que está muy bien dicho, que está muy bien mostrado el ser allí; pero sospechoso como es el poeta –sin renegar– dice: “alcancé”».[vii]
Y el poeta de Lebu vivió su pesquisa de la palabra poética, su intento por «alcanzar» la expresión fresca y radiante, con un espíritu lúdico. En la misma entrevista declara: «Todo esto lo digo a propósito de mi juego poético, porque es un gran tanteo, un gran balbuceo, todo esto; es un gran tartamudeo y un gran centelleo».[viii] El ejercicio poético es una exploración. Su oficio consiste en apuntar hacia la forma que recree las visiones eróticas y numinosas del mundo, el juego de la existencia humana, del mejor modo, aunque las palabras apenas pugnen por rozar las verdades, por arrojar una luz sobre la Realidad. Por eso nos encontramos muchas veces con casis diseminados en su poesía, que revelan que la palabra apenas está alcanzando, como aquellos que se encuentran en el poema «Al silencio», que más que referirse a una condición quasi-divina y quasi-genésica del silencio, se refiere a la cortedad de los vocablos en cuanto a vehículos del significado del poema: «Porque estás y no estás, y casi eres mi Dios, / y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro».[ix]
Esta poesía tan cercana a la experiencia vital del hombre, que lanza su luz quemándose y que fugazmente «da a la caza alcance», no únicamente muestra de esta manera su humanidad. Y es que, si la búsqueda de lo absoluto tiene una naturaleza esencialmente erótica, y en el erotismo yace siempre una chispa de sacralidad, la poesía, como arte de religar por medio de la imagen, comparte estas características. Octavio Paz, en El arco y la lira, lo formula en palabras diáfanas:
«Por obra del ritmo, repetición creadora, la imagen –haz de sentidos rebeldes a la explicación– se abre a la participación. La recitación poética es una fiesta: una comunión. Y lo que se reparte y recrea en ella es la imagen. El poema se realiza en la participación, que no es sino recreación del instante original. Así, el examen del poema nos lleva al de la experiencia poética. El ritmo poético no deja de ofrecer analogías con el tiempo mítico; la imagen con el decir místico; la participación con la alquimia mágica y la comunión religiosa. Todo eso nos lleva a insertar el acto poético en la zona de lo sagrado».[x]
Sin embargo, si bien es innegable que cualquier poema u obra de arte, para el caso –si reemplazamos en el fragmento de Paz el ritmo de las palabras por el de las formas plásticas, los movimientos corporales o los compases musicales–, posee esas cualidades de revelación y participación que pueden inscribirlo en el ámbito de lo sagrado, la poesía mística, en general, y la obra poética de Gonzalo Rojas, en específico, van más allá gracias al acento voluntario puesto sobre la función sacra de la actividad literaria. El ritmo, la imagen y la participación son tiempo mítico, decir místico y comunión religiosa. El poema es un conjuro y su repetición es un rito. La palabra es invocación y materialización de lo sagrado.
Y esta poesía no es heredera solamente de la dimensión sacra de la experiencia mística, sino también de su aspecto erótico. Como mencioné anteriormente, la vivencia espiritual a la que nos referimos encuentra en la poesía la vía más natural para encarnar. Este verbo no fue elegido de manera accidental: al cristalizar en palabras, la vivencia espiritual entra en el mundo de lo corpóreo, se ofrece a los sentidos, puede ser vista, oída, acariciada, palpada y, como toda obra poética cuando es leída en un nivel no analítico sino verdaderamente simbólico, tiene la facultad de penetrar en el lector y de ser habitada, de romper con el aislamiento e inscribirse en el juego en el que sujeto y objeto pierden sus fronteras. Roland Barthes no duda en comparar el texto con un cuerpo:
Parece que los eruditos árabes hablando del texto emplean esta expresión admirable: el cuerpo cierto. ¿Qué cuerpo?, puesto que tenemos varios: el cuerpo de los anatomistas y de los fisiólogos, el que ve o del que habla la ciencia, es el texto de los gramáticos, de los críticos, de los comentadores, de los filólogos (es el fenotexto). Pero también tenemos un cuerpo de goce hecho únicamente de relaciones eróticas sin ninguna relación con el primero: es otra división, otra denominación.[xi]