Es posible que cuando Balza adjudica estas sensoriales apreciaciones de la luz al escultor griego no hubiera profundizado todavía en la pintura de Reverón, aunque, sin duda, ya la conocía, como debía conocer también perfectamente a sus antecesores impresionistas y al «Blanco sobre blanco» de Malévich. No obstante, me atrevo a presumir que ninguno de ellos están aquí presentes tanto como el propio autor, el artista que antes —y más allá— de la escritura y la lectura, hace del mundo que lo rodea un espectáculo de contemplación constante e intensa, de percepciones que intenta transferir a sus cuadernos de bocetos y de las que su escritura termina apropiándose de manera ejemplar. «Todos sus niveles textuales —pero de forma privilegiada los planos descriptivos— están permeados por una textura estallante de color, de forma, de sonido, que subtiende al párrafo hasta sus fronteras, provocando una experiencia plástica y sensorial en el ojo que la persigue», afirma acertadamente Carlos Noguera en La convergencia múltiple. (Una aproximación a la narrativa de José Balza).

En 1983 escribe uno de los más sagaces ensayos, ahora sí, sobre el pintor de El Castillete, donde disfruta de expandirse en el tema de la luz: «Reverón traspasó la barrera cromática y destruyó el arcoíris y el prisma, alcanzando en el blanco, con el blanco y por el blanco, todo el resumen de lo que podía decirse sobre el color. […] Aparecieron a veces verdes y azules-turquesas-carmesí y bermellones, ocres, amarillos y rosas, pero todos subyugados al predominante blanco que hacía que los contornos de los objetos a veces desapareciesen».[5]

La luz (o su ausencia) ocupa un lugar fundamental en la narrativa de Balza, a veces de manera evidente, como el «La sombra de oro» («Ya sabía que el caimito existe para la luz del día: para inmovilizar el sol y retener su resplandor en la parte inferior de las hojas; yo encontraba en el día y en el verano el reino del caimito»), o en «Las dos» («[…] Myre, sonriendo, superpuesta en la luz sobre la figura de una mujer extraña que pasa, hermosa también; ante sus ojos, la desconocida y Myre parecieron coincidir por un momento en una sola silueta de piel joven y telas azules»). Otras, filtrándose en los intersticios del relato para crear atmósferas subyugantes y casi palpables, porque la evocación del resplandor consigue, en efecto, iluminar ese lugar, ese preciso detalle o esa emoción donde debe detenerse el lector; los ejemplos son abrumadoramente abundantes, valga con citar sólo dos separados por más de cuarenta años: de «Un rostro absolutamente» (1972), «El extenso jardín está en sombras; la mujer sale de la luz por completo, ya inclinada»; de «City in time» (2013), «[…] de repente por la ventana nota cómo cae la luz en el patio: una suave pasta dorada. La mira con placer […]».

Pero en este escritor que una vez quiso ser pintor, los efectos y cualidades de la luz sobrepasan su presencia constante para arropar a toda una propuesta literaria donde los «contornos» se desvanecen. Porque, ya lo vimos, la luz ilumina, pero también difumina y hasta esfuma, tal como tienden a difuminarse no sólo las atmósferas y situaciones de las novelas y cuentos de Balza, también los tiempos y lugares, los propios personajes —que se funden y confunden— y, por supuesto, los desenlaces, hasta alcanzar la ambigüedad y multiplicidad que identifican su obra y estilo literario.

Al hablar del «confeso propósito de autoconocimiento que subyace en esta narrativa», nuevamente Carlos Noguera nos ofrece una imagen esclarecedora al convocar a Narciso contemplándose en el agua: «[…] a la irisada superficie que refleja al objeto y a la luz, hay que añadir la sutil bruma que flota sobre el agua: innumerables prismas diminutos que, por el contrario, refractan la luz y descomponen el objeto, multiplicándolo. Lo uno engendra lo múltiple».

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Como ya se ha dicho, Alejandro Otero y Jesús Soto ocupan un lugar relevante en la obra ensayística de José Balza, quien como escribe Luis Pérez-Oramas en El verdadero cuaderno de José Balza «ha producido algunas de las más definitivas páginas sobre las artes visuales venezolanas». Que de allí pasen a su ficción, no hace más que confirmar la enorme admiración y gran conocimiento de la obra de estos artistas.

Famosas son las ocho páginas que les dedica en D. Con evidentes visos autobiográficos, la visita a Alejandro Otero de la mano de Aromaia da lugar a un resumido, pero agudo recorrido por la obra (y también vida) de ambos artistas plásticos. El narrador —y espectador de la obra de Otero en este caso— comienza por admirar un paisaje pintado en la juventud, donde se perciben huellas de Reverón, para pasar después a las cafeteras, los «coloritmos», los collages y finalmente al taller donde concibe y trama las inmensas esculturas con paneles de aluminio («tótems cuyo dios, el sol, se vuelve doblemente accesible»). La transición a Soto y su obra, sondeada asimismo en sus diferentes etapas por el narrador, se realiza a partir de esa recurrente alquimia donde los personajes se funden y confunden para terminar mostrándose como las dos caras de Jano: «[…] ambas fases del mismo origen cardinal: las rocas de Guayana, el gran río unitario y su exacta coincidencia con el sol, habían hecho brotar los dos cuerpos a la vez. […] Nacidos al mismo tiempo, arrancando desde coincidencias plásticas muy similares […] no son el futuro y el pasado ni las disyuntivas de una misma mirada. Su unidad es más honda, totalizadora».

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El primer libro de relatos publicado por José Balza en 1969 se tituló Ejercicios narrativos. Desde entonces este término, tomado de un texto del escritor Guillermo Meneses y que apunta a un constante deseo de experimentación, le ha servido para denominar la totalidad de su extensa obra narrativa. No obstante, en 1986 decide dar una pequeña vuelta de tuerca y subtitula la colección de cuentos reunidos en La mujer de espaldas, «ejercicios holográficos».

Tal cambio, sin duda, implicó un homenaje y reconocimiento al artista venezolano Rubén Núñez, quien en los años setenta conjuga arte y ciencia para ofrecer sus holografías, imágenes tridimensionales creadas con las luces emanadas de rayos láser.

En un trabajo dedicado a este libro, Armando Navarro señala dos características que justificarían el subtítulo de la selección de cuentos. La primera radica en la «atmósfera lumínica» que se respira en la mayor parte de ellos, no en vano el libro se inicia con el ya mencionado «La sombra de oro». «La holografía y el láser —afirma el crítico— implica refulgencia, brillo, más un esquema del objeto elaborado en base a puntos clave». En segundo lugar, estos relatos empiezan a asomar un narrador más preocupado por la accesibilidad al lector; en efecto, sin sacrificar las acostumbradas transgresiones y lenguaje siempre sugerente y esmerado, aquí las anécdotas parecen fluir con mayor claridad y transparencia.

No obstante —tal como hemos dicho—, esa luz y ese brillo a los que refiere Navarro signan prácticamente la totalidad de obra narrativa del autor, no son exclusividad de esta antología. Por otra parte, si la aspiración de Balza es develar la multiplicidad de posibilidades que contenemos y nos contiene, y de allí la ambigüedad, la intencionada falta de precisión y desvanecimiento de los contornos, la capacidad de totalidad que brinda la holografía con sus infinitas perspectivas pareciera acoplarse perfectamente a ello. Así que cualquiera de sus cuentos podría haber formado parte del grupo contenido en los «ejercicios holográficos».

 

CUATRO CUENTOS PARA VER

Dice muy acertadamente Julio Ortega que «el lenguaje de Balza es una suerte de lección de las artes; viene de la música tanto como de la pintura»; pero más allá del lenguaje, ambas artes constituyen, explícita o implícitamente, parte fundamental de sus tramas y anecdotario. Es más fácil rastrear en sus páginas músicos y artistas plásticos que escritores; personajes cuyas reflexiones, parlamentos, e incluso acciones y emociones, han ido armando una particular concepción del arte y el artista que corre paralela a la obra ensayística sobre música y plástica del autor.

Emblemático, en este sentido, podría ser el cuento «Giuoco delle coppie», cuyo protagonista, un joven guitarrista holandés, va a descubrir que el arte posee la extraña capacidad de expresarse por sobre la aparente realidad y quitar u otorgar la paz a cualquier espíritu sensible.