Escribió, ya en su vejez, el padre Joan Tusquets en L’imperialisme cultural d’Eugeni d’Ors (1989) que, «pertrechados teológicamente por un sacerdote integrista» (¿Pla y Deniel?), algunos dirigentes de la Junta de Defensa Social pretendieron que La Ben Plantada fuera incluida en el Índice de libros prohibidos.

En Roma, el cardenal Vives i Tutó, encargado de instruir la denuncia ante el Santo Oficio, consultó al que fue su secretario, el también capuchino Miquel d’Esplugues, quien propuso resolver diplomáticamente el asunto con el argumento de que la ficción de Xènius carecía «del mínimo rigor teológico indispensable para que merezca ir al Índice. No basta para ser hereje la pretensión de serlo».

Sabiamente, se orilló la posibilidad de un gran escándalo con debate de ideas. Pero, aunque no de manera pública, aquel conjunto de glosas reunidas en libro, al viejo estilo de las novelas de folletón, «fue recibido con tal hostilidad por influyentes sectores de la vida barcelonesa que desencadenó una seria crisis en la obra del Glosador», al decir de Cacho Viu en Revisión de Eugenio d’Ors (un ensayo sobre «las tribulaciones del joven D’Ors en la Cataluña de Prat» que a ratos parecen comentadas ucrónicamente, como si ocurriesen en la Cataluña de Pujol).

«La oposición provenía de quienes, en las filas del regionalismo, entendieron la carga de disidencia política (sic), cuyos entresijos galantes conocían además sin duda; y también de algunos católicos integristas que pretendieron en vano dar con los huesos de la pobre Teresa (sic) en el Índice de libros prohibidos, por (sic) habérsele aparecido intempestivamente a D’Ors en los jardines de Tívoli».

Sobre D’Ors se ha frivolizado mucho, se le ha caricaturizado mucho, pero no cabe minimizar ni ridiculizar la categoría de su obra mediante el uso y abuso de lo anecdótico del personaje (y digamos de paso que es una pena que no hayan sido recogidos a tiempo los testimonios de quienes le conocieron en su prodigiosa oralidad).

«Ahora bien, precisamente porque D’Ors fue el que fue, se le debe juzgar con una atención sostenida y no es correcto hablar de él con frivolidad, ni con aquel menosprecio apriorístico, tan corriente en nuestro país», como decía Pla en el homenot que le dedicó pocos años después de su muerte.

Su vida dio un giro cuando en febrero de 1914 salió perdedor en el concurso-oposición de acceso a la Cátedra de Psicología de la Universidad de Barcelona. Y ello a pesar de sus méritos, muy superiores a los de su mediocre contrincante. Y a pesar incluso de que con su habitual astucia presentara muestras de su obra escogidas a conveniencia con las que, al decir del padre Tusquets, «consiguió parecer lo bastante católico para no ponerse en contra a la mayoría de los miembros del tribunal», presidido por el obispo Eijo Garay y con otro vocal sacerdote.

«Tengo que comunicar la noticia de mi derrota», escribe D’Ors a Unamuno, otro réprobo, que le había animado a presentarse. «Pero la votación no me dio más voto que el de Ortega. El cobarde del fraile votó por la no provisión […]. En la conducta de los demás pueden haber intervenido cosas como amistad, suspicacia dogmática, etcétera. […] Claro, es la cadena. Daurella opositor vence un día a Unamuno. Luego es Daurella juez y da una cátedra al analfabeto Parpal contra Ors. Mañana será juez Parpal para triunfo de los Daurellas y los Parpales del porvenir».

En aquel tiempo, quejoso de la escasa complicidad con que se sintió tratado en aquel lance por La Veu de Catalunya, el diario en que colaboraba desde el primer día de 1906, Xènius dio por suspendida su colaboración mediante una carta al director del periódico, que a la vez era presidente de la Mancomunitat, Enric Prat de la Riba.

¿Las razones? Deben adivinarse leídas entre líneas, como a menudo en sus elucubraciones. Xènius escribe a Prat –lo traduzco– que:

 Su lucidez y buen gusto son lo suficientemente grandes para exigirme motivos de este determinio. Baste indicar, sobre su causa y ocasión, que, coronando una serie larga de experiencias desagradables y aun dolorosas, la actitud torcida y esquiva últimamente adoptada por el diario al comentar asuntos que me importaban y que tal vez importan un poco también a los fines del espíritu, ha acentuado mi convicción de que un desacuerdo ideal (que no viene de ahora y que de una parte a la otra se ha probado siempre de disimular en beneficio de cosas que interesan al porvenir intelectual de Cataluña) ha venido a complicarse extrañamente por una desviación de orden afectivo. De este hecho de ahora, de esta anterior serie de hechos, dos explicaciones son posibles. Una, atribuir la responsabilidad a fuerzas hostiles a la amplia vida del pensamiento, que a usted mismo, señor director, le quitan libertad y que pueden ser las mismas que me han causado daño fuera de aquí (ANC, Fondo d’Ors, 137 y 255).

La última glosa sale publicada el 14 de enero de 1914 con el título de «Un rellotge vora un altar» (Un reloj junto a un altar). En ella el Glosador dice creer poco adecuada como símbolo la presencia de un marcador del tiempo en el interior de un templo, que es lugar no «de las cosas que mudan», sino de «las cosas que permanecen por la eternidad» (como pretendían sus glosas, que él concebía como «palpitaciones del tiempo»). Tanto la glosa como la carta al director aludían tal vez a la solapada animadversión que el Glosador había ido suscitando en determinantes ambientes. Sobre todo teniendo en cuenta que pocos días antes ya había tenido el atrevimiento de publicar nada menos que cuatro glosas sobre «La vocación científica en los seminarios» (22 y 23, 30 y 31 de diciembre de 1913).

La última de estas cuatro glosas empezaba afirmando que «La voluntad de saber es cosa distinta de la voluntad de poder» y en ella continúa haciéndose eco del criterio de un tal profesor Gómez Izquierdo en lo que podía ser interpretado como una solapada crítica a una cierta inversión de valores en la formación de los sacerdotes.

Citando al profeta Isaías («Mi pueblo ha caído en servidumbre, porque no tenía ciencia»), el tal profesor decía, según escribe D’Ors, «que esta sentencia se debería grabar en el frontispicio de todos los seminarios. ¿Por qué no la grabaríamos también en el frontispicio de todos los edificios de instrucción, de todos los edificios del Gobierno?».

Esto, reproducido en un momento de máxima sensibilidad ante las noticias que sobre la educación laica llegaban de Francia a través del máximo responsable de la instrucción pública de la Mancomunidad, equivalente hoy al consejero de Educación de la autonomía, debió levantar las lógicas reticencias entre suspicaces ya alerta ante los desvaríos laicistas en Francia como Pla y Deniel, que ocupó diversas cátedras en el seminario barcelonés.

Es en este contexto en el que se debe situar aquella carta de abandono de colaboración que en el primero de marzo de 1914 Xènius escribe a Prat de la Riba, como director que era del diario que acogía sus glosas desde 1906, para «rogarle que quiera considerar terminada mi colaboración en La Veu de Catalunya». Aunque pronto rectifica –tenía familia y siempre tuvo que medio vivir de la pluma– y retoma su colaboración diaria, hasta el 4 de abril de 1920. Pero nunca será lo mismo.

El clima de confianza entre Xènius y la administración en que ejerce sus funciones se deteriora mucho a partir de la muerte de Prat de la Riba en agosto de 1917, que poco antes había puesto a D’Ors al frente de la Dirección de Instrucción Pública. La relación entre el intelectual y la política se tensiona enormemente con el advenimiento de Puig i Cadafalch a la presidencia de la Mancomunitat.

Es seguro que algunos dogmáticos se inquietaron ante los juegos malabares de Xènius con las ideas, considerando tal vez que corrompían a la juventud, delito del que ya se acusó a Sócrates en la Atenas de dos mil quinientos años atrás. Y así se fue azuzando una soterrada campaña de acoso y derribo que tuvo su momento álgido entre noviembre y diciembre de 1919, pero que se arrastraba, aunque sin explotar abiertamente, desde mucho tiempo atrás.

El detonante será también esta vez otra novela, Noves d’enlloc, con extractos de News from Nowhere, en la que proyecta un futuro mundo feliz el socialista utópico William Morris, inspirador del movimiento Arts and Crafts, paradójicamente modelo del modernismo… La obrita se publicó en 1918 en la colección Minerva –una advocación pagana…– por el Consell de Pedagogia de la Diputación de Barcelona y Eugenio d’Ors la encargó traducir a su entonces aliado Joan Estelrich.

Pronto arreciaron las protestas por la escandalosa publicación de aquella ficción disolvente. Como se ha podido saber por Jordi Albertí, que consultó las actas de las sesiones de 14 y 15 de enero de 1920 del plenario de diputados de la Mancomunitat en que se debatió el «caso D’Ors» («La primera defenestració d’Eugeni d’Ors» I y II, Revista de Catalunya, 208 y 209, julio-agosto y septiembre de 2005), el presidente Puig i Cadafalch «admite que Ors no ha sido sancionado solo por fallos administrativos, sino que lo ha sido por razones ideológicas, pero no de carácter político, sino de orden moral».

En efecto, en su argumentación ante los diputados Puig i Cadafalch «hace una clara distinción entre la libertad de opinión en términos sociales y la libertad de opinión en términos de moralidad. Tanto es así que leyó un fragmento de la carta que él mismo dirigió al canónigo Pla y Deniel, en que se afirma lo siguiente: “Hice que el presidente de la Diputación [Vallès i Pujals] indicara la conveniencia de suprimir unas páginas a la novela utopista de William Morris: las que se refieren al amor libre y una frase de mal gusto sobre el decálogo; no me parece que sea esto necesario en lo que se refiere al comunismo, de que hace apología, ya que la propiedad individual no creo que sea un dogma cristiano”».

Esta confesión de Puig i Cadafalch no solo contiene las claves profundas del «caso Xènius» (que es un caso claro de conflicto entre la conveniencia de la dogmática y la libertad de opinión y de conciencia), sino que ayuda a entender las tensiones entre el intelectual y el político.