D’Ors había presentado su inevitable dimisión de director de Instrucción Pública el día 7 de enero de 1920. El día 8 de enero aparece su última glosa en La Veu de Catalunya, que le cierra sus puertas. El 12 de enero publica en el diario lerrouxista y anticlerical El Diluvio su particular «Yo acuso» en respuesta a quien dijera que todo se había debido a una cuestión puramente administrativa.

Manifiesta D’Ors, en defensa propia, que su «dirección de Instrucción Pública fue severamente amonestada por el señor Puig con motivo de haber incluido en la serie de cursos monográficos uno del señor Fabra Ribas sobre el Materialismo Histórico». Y revela que las amonestaciones llegaron cuando publicó «dentro de la serie de la Biblioteca Minerva un extracto de la obra de William Morris, Noves d’enlloc. El señor Puig me llamó entonces, mostrándome una carta del canónigo doctor Pla y Deniel en la que censuraba tal publicación por las razones que pueden suponerse. El señor Puig me dio entonces orden de que se hicieran desaparecer los ejemplares de aquella edición, fingiéndola agotada. Como consecuencia de semejante orden tuve el honor de manifestarle que desde aquel instante renunciaba a continuar las series de Biblioteca Minerva».

Más madera:

En el último mes de noviembre y al presentar al presidente los trabajos previos para la redacción de un presupuesto extraordinario, como figurase en el mismo una partida para cuatro escuelas, comprendiendo una sección de enseñanza secundaria, el señor Puig me manifestó que se oponía en principio a tal instauración por lo que pudiese tener de competencia con la enseñanza dada en los establecimientos religiosos. Díjome, como ejemplo, que se opondría al establecimiento de una escuela industrial en Mataró donde los Padres Escolapios dan esa enseñanza que el señor Puig considera adecuada a las necesidades pedagógicas de nuestros días.

D’Ors, pues, acomete frontalmente a Puig i Cadafalch, «a quien hace responsable de los hechos –resume Jordi Albertí– en razón de su carácter autoritario y moralmente y políticamente reaccionario», así como le acusa «de inquistorial e ignorante», a la vez que advierte «de los peligros que comporta que Cataluña viva amenazada de una Inquisición peor que ninguna otra, porque es una Inquisición que ni siquiera sabe latín».

Las cartas estaban tiradas. Ya no había posible vuelta atrás cuando el 14 y 15 de enero de 1920 el plenario de diputados de la Mancomunitat procede a la vista del caso D’Ors, con su previsible resultado de inhabilitación total. El día 16 de enero se le destituye del cargo de secretario general del Institut d’Estudis Catalans. El 15 de junio se le cesa como profesor de la Escuela de Bibliotecarias. Se le cesa también como responsable del Seminario de Filosofía desde el que se editaban aquellos peligrosos libros de la colección Minerva…

Aquel «proceso de exclusión absoluta» afectó a «un conjunto de 11 responsabilidades», tal como contó Albertí, y «se ejecutó con contundencia» a lo largo de trece meses, entre enero de 1920 y febrero de 1921. Y así, suspendiéndole de todo empleo y sueldo, se le condenaba implícitamente –y ya tenía tres hijos que mantener…– al pacto del hambre.

Las causas de la llamada «defenestración» de Xènius no deben ceñirse exclusivamente al rifirrafe personal entre el gestor cultural díscolo y el gobernante autoritario. Aunque tampoco puede olvidarse que tanto D’Ors como Puig eran dos narcisistas de cuidado, dos gallos de pelea de difícil conllevancia en un mismo gallinero.

El «caso Xènius» es un caso claro de lo que hoy conocemos como mobbing o acoso laboral. Y no se dio de un día para otro, sino que, incubado desde bastante tiempo atrás, se consumó después de un largo proceso de marginalización ejecutado con implacable determinación entre enero de 1920 y julio de 1921, que es cuando el que fue Xènius se marcha a conferenciar por Argentina y Uruguay.

Sin sueldo fijo, profesionalmente a la que salta, viviendo como siempre en lo fundamental de sus colaboraciones periodísticas, D’Ors busca su encaje en nuevos horizontes. Una glosa publicada significativamente también en catalán –que ahora traduzco– en el diario El Día Gráfico, insinúa ya la opción lingüística que se verá obligado a tomar: «Al hombre que no piensa como nosotros, ¿le privaremos prácticamente del derecho a escribir como nosotros? Validos de las tristes limitaciones actuales de nuestra vida literaria, ¿seremos lo bastante ruines para colocar a aquel hombre en el trágico dilema de renunciar a la fidelidad respecto a su propio lenguaje o de renunciar a la fidelidad respecto al propio espíritu?».

La llamada «defenestración» de Xènius estuvo precedida de previa reprobación del intelectual y gestor. Se halla en el Fondo Puig i Cadafalch del Arxiu Nacional de Catalunya el original manuscrito de aquella epístola enviada por Pla y Deniel a Puig i Cadafalch el día 1 de julio de 1918. Creo que inédita hasta ahora, la traduzco en su integridad:

Excmo. Sr. y respetado amigo:

Con profundísima pena acabo de leer los dos primeros volúmenes de la Colección Popular de Literatura Moderna editada por el Consell de Pedagogia de la Diputación de Barcelona. El primer volumen es de Rabelais, que fue un fraile inquieto y apóstata: ridiculiza la escolástica sin distinguir a los grandes maestros como santo Tomás y Alberto el Grande y a los ergotistas justamente condenables y habla con poco respeto de personas y cosas santas; y tiene palabras soeces y frases obscenas aunque las ponga en boca de personajes que quiere ridiculizar; pero muy inconvenientes para ser lanzadas al gran público.

El segundo volumen, de William Morris, es mucho peor. Es una novela utópica en la que se combate la propiedad y la vida ultraterrena y se defiende el divorcio al libre arbitrio de los maridados. Si bien al final se dice que es un sueño lo que se ha descrito, se exhorta a trabajar para convertirlo en realidad. Creería ofender su cultura y sus sentimientos religiosos si dudara de que V. no puede aprobar que el Consell de Pedagogia de la Diputación publique obras semejantes a las de la Escuela Moderna de Ferrer. ¡En qué manos se ha puesto la dirección pedagógica de nuestra tierra!

Se anuncian que están ya en prensa como volumen III de dicha colección los Diàlegs morals i poesies de Leopardi. La Santa Sede incluyó las obritas morales de Leopardi en el Índice de libros prohibidos donec corrigantur [mientras no sean corregidos].

Habiéndoseme dicho que V. había dado orden de que fuese retirada de las librerías la edición del volumen de William Morris nada había dicho, ni he dicho hasta ahora de este lamentable asunto a nuestro prelado. Pero si dio V. dicha orden no la deben haber cumplimentado, puesto que el viernes por la tarde aún se vendía dicho volumen incluso en librerías católicas de nuestra ciudad. De no ser retirado de la venta el volumen de William Morris o de ponerse en ella el de Leopardi tendré que cumplir el deber que explícitamente nos pone en estos casos el Código de Derecho Canónico de dar cuenta de ello al prelado; y con gran sentimiento mío, de no ser rectificada la orientación dada a la segunda serie de la Biblioteca Minerva (que quizá en ella misma ya es un tanto peligrosa), tendría que promover como presidente de la Junta Diocesana de Acción Católica una campaña contra el escarnio de las creencias y de la moral católica hecha por los que comprometen el prestigio de nuestra Diputación.

Estoy seguro de que lamentando V. tanto como yo lo ocurrido, pondrá a ello el remedio oportuno.

Aprovecho la ocasión para repetirme de V. Afmo. y s.s. en Cristo

q.e.s.m.

Enric Pla i Deniel, pbro.

Barna, 1 julio 1918

P.S. En el mismo sentido escribo al Sr. presidente de la Diputación

Don Enrique Pla y Deniel, que llegaría a cardenal, fue nombrado aquel mismo año obispo de Ávila. De 1935 a 1941 lo fue de Salamanca, en donde cedió el palacio episcopal al Generalísimo y divulgó una pastoral aprobando la Cruzada –el mismo día en que Franco llegó a jefe del Estado plenipotenciario y a pocos días del escándalo Millán Astray – Unamuno en el Paraninfo– y otra pastoral, en mayo de 1938, contra «Los delitos de pensamiento y los falsos ídolos intelectuales»…

D’Ors fue siempre suspecto de merecer anatema. Aquella primera defenestración se ha explicado de manera simplista como un choque de personalidades. O como una consecuencia de una suma de envidias y malas prácticas administrativas. O a «una pugna [que también] entre la vanidad del escritor y la impolítica tozudez de quienes le plantaron cara», como resumía Joan Fuster. Pero entre el cóctel de causas desencadenantes hay que tener también muy en cuenta los muchos recelos que suscitaban sus juegos de ideas.

El padre Tusquets ya dejó escrito que «las fricciones, cada vez más ásperas, con los religiosos e incluso con la jerarquía eclesiástica no tuvieron menos importancia» que otras cuestiones como su acercamiento –a mi parecer más bien táctico y de búsqueda de amparo personal– a las posiciones del obrerismo y del catalanismo republicano en aquel momento tan convulso anterior a la dictadura de Primo de Rivera.

Como al muerto de las novelas de detectives, en las que la gracia está en que sean muchos los sospechosos, a D’Ors eran muchos los que le tenían ganas. Es indudable que la llamada defenestración o expulsión vino precedida de un largo periodo de mobbing o acoso bajo cuerda. Como también ocurrirá en su segunda defenestración, ya bajo Franco, la reprobación de Xènius en 1920 se consumó tras largos años de habérsele considerado merecedor de sospecha por causa de ideas.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]