Los textos de Gisbert, entre los que podríamos citar Observen cómo el cansancio derrota al pensamiento, Escenas para una conversación después del visionado de una película de Michael Haneke o La posibilidad que desaparece frente al paisaje, son de un excepcional valor literario. Herederos de aquéllos de Rodrigo García o Angélica Liddell, están liberados de las lógicas aristotélicas y la estructura dramática; sin diálogo, personajes, conflicto o acción dramática, en las puestas en escena de El Conde de Torrefiel la palabra aparece a menudo desplazada: no en boca de los intérpretes, sino como hipertexto proyectado sobre la escena o voz en off. Saturado de referencias culturales de diversa índole, el discurso de Gisbert vuela a través de reflexiones sobre la vida contemporánea, el teatro o el arte moderno en las que se entremezclan Michel Houellebecq, Paul B. Preciado, Zygmunt Bauman o Spencer Tunick, con referentes de la cultura pop y un sentido del humor ácido y autocrítico. En 2015, La uÑa RoTa recopiló todos los textos de Gisbert en un libro titulado, con la acidez que caracteriza al autor, Mierda bonita. La dramaturgia de Gisbert nace también de ese deseo de colectividad del que hemos hablado. Es producto consciente del trabajo de un equipo artístico al que el propio autor señala en la edición de su obra: «Todos estos textos están creados para ser llevados a escena por El Conde de Torrefiel, y prácticamente están escritos hacia el final del proceso de ensayos, cuando sabemos más o menos de qué va la pieza».

Este conjunto de autores conforma un panorama caleidoscópico y diverso en el que tienen cabida desde los dramas poéticos hasta las piezas de ciencia ficción pasando por el teatro documento, la comedia romántica o las propuestas no aristotélicas. De esta polifonía, se han entresacado para este dosier cuatro voces francamente dispares: dos autores nacidos en España (Padilla y Rojano) y dos latinoamericanos (Despeyroux y Messiez). Con la honrosa excepción de Rojano, que es quizá el autor más cercano a la narrativa (no en vano su último proyecto es una novela), todos han sido actores antes que autores y todos ellos dirigen su propio trabajo.

Denise Despeyroux, uruguaya de origen, fue actriz antes que autora y, casi desde siempre, dirige sus textos. La encontramos en La Pensión de las Pulgas como escritora y directora de Carne viva, un formidable puzle cómico que se mantuvo en cartel dos años. En sus textos, entre los que cabría destacar La realidad, Los dramáticos orígenes de las galaxias espirales (estrenado en el CDN en 2016) o Un tercer lugar (estrenada en el Teatro Español en 2017), construye complejos personajes profundamente humanos plenos de inteligencia y sentido del humor, y teje universos con leyes propias que en ocasiones saltan cuánticamente y se entrelazan de una obra a otra. En las tiernas comedias de Despeyroux, la psicología, la parapsicología y las terapias de crecimiento personal no son nunca suficientes para explicar o mitigar el sufrimiento de unos personajes que o bien son demasiado conscientes o bien demasiado inconscientes para vivir juntos.

Antonio Rojano, becado con sólo veintidós años por la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores, recibió en 2005 el Calderón de la Barca por el texto Sueños de arena, desarrollado durante su estancia en la Fundación. También pasó por La Casa de la Portera en 2014 con Ascensión y caída de Mónica Seles. Su Furiosa Escandinavia recibió el Lope de Vega en 2016 y se estrenó el año siguiente en el Teatro Español de Madrid, cosechando un éxito que colocó a Rojano en la primera línea de la dramaturgia española contemporánea. La temporada pasada estrenó en el CDN Hombres que escriben en habitaciones pequeñas, texto que el autor había desarrollado en el Laboratorio de Escritura Teatral de la SGAE. Sus textos, fascinantes mecanismos de gran complejidad y audacia formal, se construyen a partir de estructuras abismadas en las que unas ficciones se cuelan dentro de otras a través de bucles y túneles que llevan al espectador (o al lector) a lugares verdaderamente insospechados.

José Padilla, sin duda, se ha ganado su libertad creativa a pulso, poniendo en pie sus propios proyectos desde espacios de gran precariedad. Lo encontramos en 2013 escribiendo y dirigiendo (junto a Eduardo Mayo) el fenómeno teatral Sagrado Corazón 45: una obra de terror estrenada en La Casa de la Portera que se granjeó la atención del público y la crítica. Ese mismo año, Padilla formó parte del proyecto Escritos en la Escena, el programa de apoyo a la dramaturgia contemporánea del CDN que plantea la escritura dramática a pie de escenario y posibilita a los autores trabajar con un equipo de intérpretes sobre un primer borrador. Fruto de este trabajo es Haz click aquí, una reflexión sobre la justicia y los peligros de la impunidad en las redes que agotó las localidades de la pequeña Sala de la Princesa y se reprogramó la temporada siguiente, dando una visibilidad a su autor que quizá no había tenido hasta entonces. Con una excepcional capacidad para el diálogo, y una voz propia que hace gala de sus referentes pop y explora géneros aparentemente tan poco adecuados para el teatro como la ciencia ficción, Padilla es, además, firme defensor de la creación desde el colectivo, y ha construido, a partir del trabajo en colaboración con sus intérpretes, gran parte de sus textos. Entre éstos, cabría señalar la comedia romántica Cuando llueve vodka, la desternillante Porno casero o la trilogía de Las crónicas de Peter Sanchidrián, cuya tercera parte se estrenará probablemente la próxima temporada. Además, para la compañía Ventrículo Veloz ha escrito la Trilogía veloz, dirigida a público adolescente y compuesta por las piezas Papel, Por la boca y Dados.

Otro caso de artista que ha pasado de poner en marcha producciones independientes de muy bajo presupuesto a estrenar en los grandes espacios institucionales es el de Pablo Messiez. Actor, director y autor teatral, Messiez llegó a España en 2007 como la Natasha de una versión cross-gendered de Tres hermanas de Chéjov, escrita y dirigida por Daniel Veronese, que conmocionó al público y los profesionales españoles por su audacia en la reescritura del clásico y por una actuación hiperrealista profundamente auténtica. Sobre la influencia del teatro argentino en este siglo xxi en España y, concretamente, en la dramaturgia española, sería necesario otro artículo. Messiez escribe los textos que dirige, aunque también dirige textos de otros, tanto clásicos como contemporáneos (ya hemos hablado del hito que supuso su montaje de La piedra oscura, de Alberto Conejero). Como autor, Messiez reflexiona sobre la palabra y ha construido en obras como Los ojos, Las palabras, Todo el tiempo del mundo o Las canciones, un conmovedor universo propio que gira en torno a la familia y el amor, con un lenguaje poético cada vez más depurado que se hace las grandes preguntas que inquietan a la humanidad con sencillez y sentido del humor, sin grandilocuencia ni aspavientos. La editorial Continta Me Tienes, con la que el autor colabora asiduamente, recopiló en 2016 sus textos en un volumen que Messiez tituló Las palabras de las obras. Así, el libro contiene las palabras y no las obras; el título alude con precisión al conflicto constante entre texto y teatro del que hablara Lehman.

La editorial Antígona puso en marcha el lema «El teatro también se lee». Quizás lo que se lee no sea exactamente el teatro; pero las palabras del teatro, sin duda, se leen. Y si bien quizá deseen vehementemente el «arte de la reunión» del que habla Mayorga, tal vez se desplieguen también ante una «imaginativa soledad».

 

 

[1] Brook, Peter: El espacio vacío, ed. Península, Barcelona, 2012.

[2] Lehmann, Hans-Thies: Teatro posdramático, Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo (CENDEAC), 2013.

[3] Ibid.

[4] Abirached, Robert: La crisis del personaje en el teatro moderno, ADE, Madrid, 1994.

[5] Para una mirada más detallada al teatro emergente en las primeras décadas del siglo pueden consultarse los fantásticos artículos de Eduardo Pérez Rasilla: «Notas sobre la dramaturgia emergente en España», en Don Galán, Revista de Investigación Teatral del Centro de Documentación Teatral, núm. 2, 2012 y «La escritura más joven. Algunas notas sobre la literatura dramática emergente en España», en Acotaciones. Revista de Investigación y Creación Teatral de la RESAD, núm. 27, julio-diciembre, 2011. Para un diagnóstico de futuro, un tanto pesimista, desde el arranque del siglo: López Mozo, Jerónimo: «El teatro español ante el siglo xxi», en Monteagudo. Revista de Literatura Española, Hispanoamericana y Teoría de la Literatura de la Universidad de Murcia, núm. 11, 2006.

[6] Motivo de otro artículo serían las autoras y autores cuyo trabajo empieza a tener visibilidad y fuerza ahora y que, previsiblemente, darán forma a la próxima década: Carolina África, María Prado, Lucía Carballal, Paco Gámez, Sergio Martínez Vila, Minke Wang, Iñigo Guardamino, o Eva Mir, entre otros.

[7] Mayorga, Juan: Teatro 1989-2014, La uÑa RoTa, Segovia, 2014.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]