Se trata de una pérdida a todas luces «inexplicable», tal y como la calificó Gabriel Alomar, quien prosigue señalando: «Los versos que faltan en la edición corriente no merecen esa omisión» (Díez-Canedo, 1983, 80). De hecho, Enrique Díez-Canedo, que recoge el testimonio de Alomar, insiste en que «las futuras ediciones de Rubén Darío deben recoger estos versos, aunque sea en nota» (Díez-Canedo, 1983, 82), petición que no obtuvo demasiado eco: las muy rigurosas ediciones que recogen la obra poética completa de Darío, a cargo de la editorial Ayacucho o, más recientemente, de Galaxia Gutenberg, han optado por desatender el consejo del crítico y mantener la omisión de estos versos, que no aparecen ni siquiera en nota a pie de página.

 

Los diecisiete versos dedicados a Llull que aparecen en todas las ediciones de El canto errante son los siguientes:

«Estoy ante la casa en que nació Raimundo / Lulio. Y en este instante mi recuerdo me cuenta / las cosas que le dijo la Rosa a la Pimienta… / ¡Oh, cómo yo diría el sublime destierro / y la lucha y la gloria del Mallorquín de hierro! / ¡Oh, cómo cantaría en un carmen sonoro / la vida, el alma, el numen, del Mallorquín de oro! / De los hondos espíritus, es de mis preferidos. / Sus robles filosóficos están llenos de nidos / de ruiseñor. Es otro y es hermano del Dante. / ¡Cuántas veces pensara su verbo de diamante / delante la Sorbona vieja del París sabio! / ¡Cuántas veces he visto su infolio y su astrolabio / en una bruma vaga de ensueño, y cuántas veces / le oí hablar a los árabes cual Antonio a los peces, / en un imaginar de pretéritas cosas / que, por ser tan antiguas, se sienten tan hermosas!».

 

Entre los recuerdos, bastante convencionales, dedicados a Llull, destaca poderosamente la cita de la rosa y la pimienta. Al contrario del resto de referencias, que se centran en el personaje histórico, este verso requiere una lectura de primera mano de la obra de Llull. La discusión entre la rosa y la pimienta es una de las narraciones del Arbre exemplifical en las que Llull, en afortunada expresión de Robert Pring-Mill, «transmuta la ciencia en literatura» (sobre este verso véase el apéndice, así como Montetes-Mairal y Santanach 2016).

Seguidamente, los diez versos que desaparecen en la mayoría de ellas:

«Excúsame, si quieres, oh Juana de Lugones, / Estas filosofías llenas de digresiones. / Mas mi pasión por Ramon Llull es pasión vieja, / Perfumada de siglos de verso y de conseja. / Núñez de Arce hizo un bello poema. Núñez de Arce, / Blancos pétalos sueltos del azahar esparce; / Mas Ramon Llull es el limosnero de Hesperia, / Ingerto [sic] en el gran roble del corazón de Iberia, / Que necesita el Hércules fuerte que le sacuda / Para sembrar de estrellas nuestra tierra desnuda» (Darío, 1907, 3).

 

Varios aspectos nos llaman la atención. En primer lugar, que en el fragmento que suele desaparecer, Darío nombre por primera y única vez al gran escritor en lengua catalana del siglo xiii como Ramon Llull en vez de mencionarlo como Raimundo Lulio, algo que hace apenas unos versos atrás, y a lo largo del resto de su obra en todas y cada una de las ocasiones en que lo cita. Esta forma de nombrar al autor mallorquín depende, muy probablemente, más allá de las exigencias de la métrica, de la edición de la ambiciosa serie Obres Originals de Ramon Lull, cuyo primer tomo acababa de aparecer cuando Rubén llegó a la isla. En segundo lugar, el fragmento nos da una información valiosísima: que la querencia de Darío por Llull es algo más que eso. En el primer fragmento nos indica: «De los hondos espíritus, es de mis preferidos», mientras en el segundo habla de «pasión vieja». Ahora bien, ¿desde cuándo sintió Darío «pasión» por la obra luliana? Si repasamos su obra advertimos que al comienzo de «El rubí», uno de los relatos que integran el volumen Azul… (1888), Darío citaba a Llull de este modo: «¡Ah, sabios de la Edad Media! ¡Ah, Alberto el Grande, Averroes, Raimundo Lulio!» (Darío, 1998, 191-192). También lo advertimos, y de un modo mucho más extenso, en una de las crónicas para La Nación que integran España contemporánea (1901): «Un paseo con Núñez de Arce». Esta mención al poeta romántico nos remite, de nuevo, a los versos de la «Epístola» –donde también lo cita–, de lo cual podemos deducir que probablemente una de las vías tempranas de acercamiento de Darío a la figura y la literatura luliana fuera la obra Raimundo Lulio (1875), de Núñez de Arce. La citada crónica finaliza del siguiente modo:

«Hay un caballero cantado en tus poemas que podía servirte de admirable ejemplo. Es aquel maravilloso Raimundo, amoroso de amor, padre de enigmas, profesor de ilusiones, capitán de ensueños, aquel Raimundo que encontró oculto el símbolo del dolor eterno entre los pechos de la mujer amada e imposible. Pues bien, Raimundo Lulio no fue por el camino de la desesperanza, sino que, como entró en el templo, montado en su caballo, ascendió a las estrellas, cabalgante en su pegaso, en seguimiento siempre del ideal. Aquel inmenso poeta, aquel príncipe del símbolo, aquel sabio, te señala una buena pauta para seguir» (Darío, 1987, 216).

El tercer aspecto que nos llama la atención de estos versos de la «Epístola» es la apelación a Llull como el «limosnero de Hesperia», así como la mención a Hércules. Estas alusiones se corresponderían mucho mejor con Jacint Verdaguer, limosnero de los marqueses de Comillas y cantor de Hércules en L’Atlàntida. ¿A qué es debido este desajuste? ¿Por qué juega Darío de este modo con la identidad de ambos poetas, cuando al principio de la parte v de las «Dilucidaciones» había afirmado que «Estamos lejos de la conocida comparación del arte con el juego»? (Darío, 1985, 304). Para empezar, porque probablemente la ironía sea el recurso más usado en todo el poema: los guiños, las burlas, las bromas –incluso sobre sí mismo– son constantes. Una ironía que se extiende también a la dimensión formal,[i] y que incluso va más allá, convirtiéndose en «indudable antecedente de lo que sería una de las conquistas de la poesía contemporánea:[ii] la fusión entre el lenguaje literario y el habla de la ciudad» (Paz, 1991, 30). En cuarto lugar, fijémonos en hasta qué punto podemos establecer un paralelismo entre la imagen de Llull que Rubén nos presenta en la «Epístola» y las razones por las que lo cita al cierre de sus «Dilucidaciones», ya que en el poema Darío recalca las mismas ideas que sobre el «Mallorquín de oro» apuntaba en la poética que abre El canto errante. En ésta, Llull es para Darío no sólo ejemplo eminente de hondura filosófica y espiritual, sino, como el fénix, también de un valor y belleza únicos. Exactamente como nos lo muestra en la «Epístola». Llull se yergue en modelo en ese momento crucial de la vida de Rubén porque éste aspira precisamente a conjugar el «verbo de diamante» con el «hondo espíritu»; a que sus «nidos de ruiseñor» se llenen de «robles filosóficos». Y, por último, no quisiéramos dejar pasar un detalle importante. Indica Rubén sobre Llull: «Es otro y es hermano del Dante». Lo más probable es que con esta afirmación Rubén los hermane y equipare no sólo por considerar a Llull padre, como Dante, de una lengua literaria románica, sino porque ambos comparten el perfil del creador total, de autores de una obra que va mucho más allá de la literatura al adentrarse en el terreno de lo religioso y lo filosófico.

Pero los textos anteriormente citados, y recogidos en El canto errante, no serán los únicos que, desde Mallorca, Darío escriba mencionando a Llull. La referencia más extensa la podemos encontrar en La isla de oro, obra inconclusa cuyos seis capítulos se fueron publicando por entregas en La Nación de Buenos Aires, de abril a julio de 1907. Se trata de un libro paralelo a El oro de Mallorca, volumen éste al que Rubén daría comienzo en 1913, en su segundo viaje a la isla. El planteamiento de ambos es muy semejante: se basan fundamentalmente en recuerdos autobiográficos, están divididos en seis capítulos –aunque en el segundo volumen Darío decida no titularlos–, fueron publicados por entregas en La Nación y ambas son obras que el poeta dejó inacabadas.

Sea como fuere, la mención a Llull es mucho más extensa y sustanciosa en La isla de oro que en El oro de Mallorca, detalle éste que puede parecer cuando menos extraño, dadas las circunstancias que decidieron al poeta a emprender un segundo viaje a la isla. Todos los críticos coinciden en señalar que Darío en 1913 se hallaba profundamente alcoholizado, hasta el punto de que cada vez se sentía más enfermo, más solo, más desamparado. Partió a Mallorca esperando que el retiro espiritual y religioso que ansiaba encontrar entre los Sureda fuera un bálsamo para su cuerpo y su alma. Lo intentó, y sabemos que Joan Sureda puso para ello a su disposición no sólo su casa, sino también su amplia biblioteca, con numerosos volúmenes lulianos (y si lo hizo en 1913,[iii] sin duda también se la ofrecería en su estancia anterior). En su segunda estadía en Mallorca Darío leyó el Llibre de contemplació en Déu[iv] y el Llibre d’amic e amat[v] a fin de que la lectura de la obra de Llull le acercara a Dios, y así tratar de sosegar su alma en esos momentos más necesitada de calma espiritual y religiosa que nunca (desde luego más necesitada que en 1906, pese a que entonces fuera también el deseo de reposo espiritual el que lo llevara a pasar unos meses en Mallorca).[vi] Y, sin embargo, las citas lulianas son mucho más numerosas en La isla de oro que en El oro de Mallorca, un hecho sorprendente si se tiene en cuenta que entre 1907 y 1913 la Comissió Editora Lul·liana de Mallorca había ido publicando diversos volúmenes de las Obres Originals de Ramon Lull (entre ellos los primeros del Llibre de contemplació). Para hallar una explicación, convendría analizar, en primer lugar, cómo y por qué es citado Llull en La isla de oro.