La aparentemente incomprensible discusión entre la rosa y la pimienta adquiere pleno sentido en el marco de la teoría medieval de los cuatro elementos. Según esta teoría, todos los cuerpos materiales situados por debajo de la esfera de la Luna estarían compuestos por fuego, aire, agua y tierra. Los elementos no pueden existir en los cuerpos de forma simple, sino necesariamente compuesta, por lo que los cuatro están siempre presentes en todos. Sin embargo, el grado de participación difiere según sea la naturaleza de la criatura.

 

Por su proximidad con el agua, la rosa defiende como preferible su efecto; el fuego, en cambio, se encuentra en un grado muy superior en la pimienta. Ante la imposibilidad de alcanzar un acuerdo sobre cuál de los dos es mejor, buscan en la sequedad un juez que se pronuncie. La sequedad es una de las calidades que favorecen la combinación de los elementos en los cuerpos materiales, de acuerdo con la teoría de los cuatro elementos asumida por Llull. Dada su condición de calidad elemental mediadora, la sequedad se excluye y justifica su decisión con un nuevo ejemplo, esta vez netamente moral, sobre las dificultades de juzgar rectamente entre dos partes.

¿Rubén Darío recordaba la defensa que la rosa hacía de la capacidad del agua de multiplicar la bondad de las partes en un cuerpo material? ¿O simplemente se sintió atraído por el juego literario, tan sorprendente, que Llull estableció entre la rosa y la pimienta y la discusión científica –siempre en términos medievales– que se desarrolló entre ellas? Más que por la científica, nos inclinamos por la aproximación estética. Rubén Darío, que debía de relacionar a Ramon Llull principalmente con la mística y la devoción, hojeó las páginas del «Arbre exemplifical» y se quedó prendado de la desconcertante originalidad de sus narraciones, protagonizadas por personificaciones imprevisiblemente inéditas. Los versos de la «Epístola» a la señora de Leopoldo Lugones recuerdan el impacto que le causó su lectura.

NOTAS
1 El mismo Darío así lo apunta en uno de los capítulos del volumen Opiniones –«Remy de Gourmont»– al que aludiremos más tarde. En él leemos: «Ya estoy al medio del camino de la vida» (Darío, 1906, 169).
2 Erminio Polidori por su parte indica: «Hasta marzo o principios de abril de 1907» (1968, 697).
3 Luis Fernández Ripoll señala que el poeta alquiló y se alojó en El Terreno, sito en la calle Dos de Mayo nº 6, aunque luego indica que según otros datos podría ser el nº 18. Sea como fuere, disfrutaba de una magnífica vista de la bahía de Palma y del bosque de Bellver (Fernández, 2001, 31).
4 Para las estancias mallorquinas de Rubén Darío, cfr. también Díez-Canedo, 1921 [1983] y Batllori, 1958 [1983].
5 Véase la crónica «En Barcelona», fechada el 1 de enero de 1899, e incluida en España contemporánea (Darío, 1987, 33-41).
6 A los dos primeros los homenajeará en dos poemas que serán incluidos en El canto errante: «Antonio Machado» y «Soneto (para el Sr. D. Ramón del Valle-Inclán)». A Machado ya le había dedicado el poema «Caracol» de Cantos de
vida y esperanza y las siguientes palabras en Opiniones: «Es quizá el más intenso de todos. La música de su verso
va en su pensamiento» (Darío, 1906, 220). A Valle-Inclán le ofrecería su «Balada laudatoria a Don Ramón del Valle-Inclán» y una mención en «Peregrinaciones» (mayo de 1912 y 1914, respectivamente), ambos recogidos en la Selección de textos dispersos (Darío, 1985, 458 y 467). Por lo que a Unamuno respecta, será precisamente en 1907 cuando el rector de Salamanca publique su primer libro de versos, Poesías, que Rubén reseñará en un artículo publicado en La Nación en 1909 (y que años más tarde Unamuno colocará como prólogo de su poemario Teresa). En él Darío CUADERNOS HISPANOAMERICANOS 46 perfila con una maestría sobresaliente la capacidad del escritor bilbaíno para ensamblar lo conceptual y lo espiritual. Por esta razón la poesía unamuniana le fascina tanto en ese
momento: porque ese ensamblaje es justo lo que estaba buscando.
7 Polidori señala que el poeta precisaba «pasar un periodo de reposo, de descanso, muy justo y necesario para Rubén, después del agitado periodo transcurrido en París, en calidad de cónsul de Nicaragua, que le ha provocado una crisis de melancolía y un ardiente deseo de paz, de espacios verdes, de intimidad familiar» (1968, 700). El mismo Darío así lo señala en su «Epístola» a la señora de Lugones: «Y me volví a París. Me volví al enemigo / terrible, centro de la neurosis, ombligo / de la locura, foco de todo surmenage». Unos versos más adelante describe Mallorca de un modo muy diferente: «Aquí todo es alegre, fino, sano y sonoro» (1991, 438-439).
8 El «buen escritor» al que alude Darío es José Ortega y Gasset. La frase citada pertenece a su artículo «Moralejas ii. Poesía nueva, poesía vieja» (Ortega, 1983).
9 No se trata de un escritor cualquiera. Darío lo cita en diversas ocasiones, y cuando lo hace suele ser en momentos especialmente significativos. Así sucede en las «Palabras liminares» que, a modo de prólogo-manifiesto, abren Prosas profanas; también en La vida de Rubén Darío escrita por él mismo, cuando indica que fue Gourmont quien le señaló acerca de este mismo título –Prosas profanas– que «C’est une trouvaille!»; e igualmente le dedica uno de los capítulos de su volumen Opiniones, donde de nuevo vuelve a relacionarlo con el filósofo medieval de esta manera: «Me creí estar en casa de un Erasmo, que fuese un Pascal, que fuese un Lulio» (Darío, 1906, 169).
10 Así habría de señalarlo Díez-Canedo: «Aquella “Epístola” fue piedra de escándalo en los menudos corrillos madrileños […]. No fueron muchos los que entonces vieron la magistral ironía de la forma, la constante vena del riquísimo caudal de poesía que iba fluyendo de parte a parte» (1983, 80-81).
11 Esta misma idea la subraya Ángel Rama en su «Prólogo» a la Poesía de Rubén Darío publicada por Ayacucho, aunque en su caso hace hincapié en el ritmo (Rama, 1985, l).
12 «Pusieron a su disposición [el matrimonio Sureda] toda la importante biblioteca del escritor [Joan Sureda]. Allí tuvo bien a mano los textos de Raimundo Llull, de Horacio […]» (Oliver, 1968, 378).
13 Así lo indica Luis Fernández Ripoll (2001, 82).
14 «La lectura de Lulio le acercó a Dios. Las páginas de El Amigo y el Amado lo traspasaron de emoción mística» (Oliver, 1968, 379).
15 «Frente a este desmoronamiento íntimo y profesional, al igual que ya ocurriría en 1906, busca de nuevo un espacio para restablecer su salud física y mental» (Fernández, 2001, 76).
16 Verdaguer relata su reencuentro con el Llibre d’amic e amat en el prólogo que precede la edición de sus Perles: «Un capvespre dels últims de 1894 truquí a la porta de l’Ermita de Miramar, demanant aco[lliment,] i sos pobres ermitans, de bon grat i amb una cara que traïa la bondat del seu cor, me’l donaren. Sobre la tauleta del senzill allotjament que m’oferiren, prop del plat de seca i virolada sopa mallorquina i de l’escudella mengívols fonolls marins que em donaren per sopar, hi havia, quines postres per a mi!, lo llibre de l’Amic i l’Amat amanit amb uns comentaris castellans. […] Grans mercès a la generosa i amable hospitalitat de l’Arxiduc, D. Lluís Salvador, qui es dignà servir-me de guia per aquells boscos i serres veïnes tot contant-me fil per randa en el lloc mateix totes ses tradicions i llegendes, poguí allargar- hi l’estada alguns dies i meditar de nou aquells càntics entre la vinya e·l fenollar a on probablement foren escrits, escalfar-me a llur escalfor i amb la seva llum il·luminat traduir- ne alguns altres a mon llenguatge. Tot allí m’ajudava i em donava la mà en l’obra; les imatges mateixes que jo tenia davant los ulls podien haver-li inspirades a Ell les idees que jo posava en vers». Tomamos la cita de Verdaguer, 2007, 7-39.

17 Pring-Mill, 1976. Para una lectura general y más actualizada del Arbre de ciència, Domínguez et ál. 2002.
18 Jeroni Rosselló había publicado numerosas obras de Ramon Llull por fascículos, algunas de forma incompleta, entre los años 1886 y 1892 (Santanach, en prensa).
19 Obras escogidas de filósofos, pr. Adolfo de Castro, Madrid, 1873 (Biblioteca de Autores Españoles, 65), p. 105. Para la versión en catalán, Llull, 1917-1926, ii, § 10, pp. 349-350; i Llull 1957-1960, i, 802.

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