Para Claude Kappler (2004, pp. 190 y 196) son «mirabilia infernales y temibles» o «manifestaciones excepcionales de los elementos» y llevan implícita la idea de violencia y de espanto, sobre todo, los terremotos y los volcanes.

Algunos de estos prodigios de la naturaleza, que podríamos agrupar en lo maravilloso prodigioso, son los que aparecen en el libro VIII, donde los informantes no se olvidan de apuntar que sucedió veintidós años antes de la venida de los españoles: «Un eclipse de sol, a medio día, casi por espacio de cinco horas. Hubo muy grande escuridad, porque aparecieron las estrellas. Y las gentes tuvieron muy grande miedo, y decían que habían de descendir del cielo unos monstruos que se dicen tzitzimis, que habían de comer a los hombres y mujeres» (Sahagún, 2002, p. 724). Este fenómeno anormal o poco usual que se manifiesta en el cielo produce un gran temor y, aparte de relacionarse con los presagios de la llegada de los españoles bastantes años antes, lo interesante es que la oscuridad provoque la aparición de monstruos devoradores, o, como diría Kappler, «de carácter destructor»: antropófagos. Y es curioso que estos monstruos aparezcan en época de necesidad: «Se sabe que cuando se produce una penuria general, un asedio, cuando reina el hambre, el canibalismo reaparece» (Kappler, 2004, p. 187). Y justamente se dice que en tiempos de Moctezuma no llovió durante tres años y hubo tal hambruna que tuvieron que emigrar a otras tierras. Este eclipse generador de temores antropofágicos se relaciona, indudablemente, con el libro VII, que trata de los planetas, y, en concreto, con el capítulo del sol, cuyos colores al atardecer provocan el temor de la gente, que llora, grita, se hiere y, para aplacar ese «eclipse», busca hombres albinos y esclavos para sacrificarlos al sol y untarse con la sangre, o se horada las orejas con puntas de maguey diciendo: «Si del todo se acaba de eclipsar el sol, nunca más alumbrará. Ponerse han perpetuas tinieblas, y descenderán los demonios. Vendrannos a comer» (Sahagún, 2002, p. 693).

El otro fenómeno, contrario a este, que sucedió también en tiempos de Moctezuma, ocho años antes de la venida de los españoles, coincide casi literalmente con el primer presagio del libro XII: «Un grande resplandor como una llama de fuego, y duraba toda la noche y nacía de la parte de oriente, desaparecía cuando ya quería salir el sol» (Sahagún, 2002, VIII, p. 725). Se dice que duró cuatro años y en el libro XII, solo un año. En ambos libros se habla del espanto y de los gritos que daba la gente porque «sospechaban que era señal de algún gran mal» (Sahagún 2002, XII, p. 1161). Ambos fenómenos cabrían entre los que Kappler (2004, p. 167) considera que interrumpen el curso normal de la naturaleza porque se altera el ritmo de las noches y los días: en el primero, por el eclipse, reina la oscuridad en el medio día, y en el segundo hay una gran claridad durante la noche. En el siguiente capítulo sobre los señores de Tezcuco, este segundo fenómeno, que también fue en tiempos del rey Nezahualpilli, además viene acompañado de terremotos: «Y en muchas partes se abrieron y se quebraron muchas sierras y peñas» (Sahagún, 2002, VIII, p. 729).

Otros tres acontecimientos insólitos anunciaron que se acabaría el señorío de México: «Aconteció una maravilla en México, en una casa grande donde se juntaban a cantar y a bailar, porque una viga grande que estaba atravesada encima de las paredes cantó como una persona […], lo cual aconteció cuando la fama de los españoles ya sonaba en esta tierra de México» (Sahagún, 2002, VIII, p. 724); Cihuacóatl lloraba por las noches y gritaba llamando a sus hijos, lo que coincide con el sexto presagio del libro XII; una mujer resucitó, le anunció a Moctezuma el fin de su reinado y vivió luego más de veinte años.

El libro XII es el que completa mejor estos antecedentes de presagios que hemos visto en libros y capítulos anteriores, pero, como se dedica a la conquista de la Nueva España, se vio la necesidad de repetirlos aquí: llamas de fuego que surgían de dentro de los maderos de un templo y, por más que les echaban agua, se avivaban; rayos sin truenos, cometas que echaban centellas; agua hirviente en una laguna que levantaba olas sin hacer viento. Todos ellos son «manifestaciones excepcionales de los elementos» (Kappler, 2004, p. 196), sobre todo el fuego en forma de rayos y centellas y el agua que hierve en la laguna. No obstante, en el libro XI, dedicado a los animales, se cuentan historias maravillosas sobre dos criaturas que hacen hervir el agua y levantan olas: la atotoli o gallina de agua, también llamada «corazón del agua» (Sahagún, 2002, p. 1009) –anda siempre en medio de la laguna y hunde las canoas porque vocea como grulla para llamar al viento y todas las demás aves se ponen a graznar y a sacudir las alas, con lo cual levantan grandes olas y los pescadores se ahogan– y el ahuizotl, que se describe como una especie de monstruo parecido a un perrillo, de orejas pequeñas y puntiagudas, cuerpo negro y liso, cola larga y, al final de ella, una mano como de persona. Los pies y manos del ahuizotl son como de mona y, cuando llega alguna persona a la orilla, la arrebata con la mano de la cola y la hunde en las profundidades, hace hervir el agua y levanta olas; el ahogado sale más tarde sin ojos, uñas ni dientes y lo llevan en andas adornadas con espadañas y tañendo flautas a enterrarlo en un oratorio con gran veneración porque «los dioses tlaloques habían enviado su ánima al Paraíso Terrenal» (Sahagún, 2002, XI, p. 1037). Este animal, que no es otro sino la nutria o perro de agua, por estas supersticiones ha quedado como símbolo infausto y como anuncio de calamidades y desgracias.

Pero el séptimo presagio es acaso el más insólito para Moctezuma porque ve la necesidad de consultarlo con los agoreros y adivinos. Se trata de un animal extraño pescado en la laguna y que llevan al rey inmediatamente: un ave como grulla que contiene en sí la unión de elementos de los reinos animal y mineral –según la tipología de Kappler (2004, p. 167)–, o sea, la hibridación de un ser animado y un ser inanimado, pues dicho pájaro lleva un objeto encantado en medio de su cabeza, un espejo redondo y pulido[3] donde primeramente ve las estrellas del cielo llamadas mamalhuaztli o mastelejos, que están cerca de las Cabrillas y a las que hacían

particular reverencia y particulares sacrificios […] y cerimonias cuando nuevamente parecían por el oriente, después de la fiesta del sol. Después de haberle ofrecido encienso decían: «Ya salido Yoaltecuhtli y Yacahuiztli. ¿Qué acontecerá esta noche? o ¿qué fin habrá la noche, próspero o adverso». Tres veces ofrecían encienso, y debe ser porque ellas son tres estrellas: la una vez a prima noche, la otra vez a hora de las tres, la tercera cuando comienza a amanecer (Sahagún, 2002, VII, p. 699).

Lo curioso de esta visión es que no pudo ser un reflejo del cielo, pues se dice que era medio día, lo cual espantó mucho a Moctezuma, que la segunda vez que lo miró vio cosas aún más admirables: «muchedumbre de gente junta que venían todos armados encima de caballos», y se espantó tanto que consultó a los adivinos. En el libro XI, esta ave se llama cuatézcatl o «cabeza de espejo» y «cuando se zambulle parece por debaxo del agua como una brasa que va resplandeciendo. Tenían por mal agüero cuando esta ave parecía, decían que era señal de guerra. Y el que la caza, en el espejo vía si había de ser cativo en la guerra» (Sahagún, 2002, p. 1011). Como vemos, en estos tres animales lacustres se encarnan los temores de los naturales porque acarrean calamidades y son señales de desgracias futuras.

El principal receptor de estos presagios y de todas las noticias de la llegada de los españoles es el emperador Moctezuma, quien se espanta no solo por el sentido de la vista sino también por el del oído y el del olfato, ya que sus embajadores le cuentan de la artillería, de los truenos que aturden y del fuego que desprenden, del olor de la pólvora, que parece cosa infernal y, sobre todo, del daño que provoca en los montes que horada o en los árboles que parte por la mitad (Sahagún, 2002, XII, p. 1174). Podemos considerar estas noticias dentro de lo maravilloso prodigioso, extraordinario y desmesurado, y espantan a tal punto a Moctezuma que se desmaya al oírlas y comienza a sentir una gran angustia. Estas mismas reacciones de extrañamiento, admiración y temor constituyen para Poirion (1982, p. 126) la definición misma de maravilloso.

Todos estos portentos contienen además la idea de advertencia, de señal, porque presagian lo que va a ocurrir aunque no se entiendan claramente. Funcionan como un lazo poético que anuncia los acontecimientos por venir. Estos signos que se manifiestan antes de la catástrofe guardan un estrecho parentesco con los de la chanson de geste. Por ejemplo, la muerte de Roland fue anunciada por los mismos signos que aparecieron antes de la muerte de Cristo: una gran tempestad y después las tinieblas. Se creyó que era el fin del mundo, al igual que los antiguos mexicanos creyeron en la decadencia de su mundo y el abandono de sus dioses, como lo confirma también Bernal Díaz del Castillo (1983, p. 898), quien recrea los fenómenos de antes de la venida de los españoles, a pesar de que duda en escribirlos porque alega que «como dicen los sabios: que cosas de admiración que no se cuenten»: «Dijeron los indios mexicanos, que poco tiempo había que antes que viniésemos a Nueva España, que vieron una señal en el cielo, que era como entre verde y colorado y redonda como rueda de carreta y que junto a la señal venía otra raya y camino de hacia donde sale el sol y se venía a juntar con la raya colorada» (Díaz del Castillo, 1983, p. 898), y cuando consulta Moctezuma con sus adivinos, interpretan que «habrá muchas guerras y pestilencias, y que habría sacrificación de sangre humana» (Díaz del Castillo, 1983, p. 897). Ciertamente hubo guerras y pestilencia a causa de la viruela que trajo el negro que vino con Narváez, según cuenta Bernal, que continúa relatando otras calamidades que parecen las mismas señales del apocalipsis y que surgen de visiones maravillosas: otra señal en el cielo como espada en el año 1527, que trajo otra pestilencia de sarampión; lluvia de sapos, en el 1528, en varios lugares de Veracruz, Yucatán y Guatemala; las grandes tormentas y aguas violentas que arrastraban todo a su paso, en 1541 en Guatemala. Lo curioso de esta última anécdota es que «oyeron silbos, y voces y aullidos muy espantables, y decían que venían envueltos con las piedras muchos demonios, que de otra manera que era cosa imposible venir tantas piedras y árboles sobre sí» (Díaz del Castillo, 1983, p. 899). Las erupciones de volcanes son para los frailes y conquistadores fenómenos demonológicos que se asocian al infierno, tal y como creían los viajeros medievales que pasaban por las islas del Mediterráneo.