Este tema de los pronósticos también lo recrea el fraile texcocano fray Diego Durán en su Historia de las Indias y conquista de Nueva España e islas de la Tierra Firme. Él dice que esta crónica es traducción de otra mexica y se vuelca más hacia los pronósticos y lo maravilloso de los hechos prehispánicos correspondientes a la época de Moctezuma. No obstante, como su punto de vista es texcocano, le confiere el protagonismo al rey de Texcoco, Nezahualpinzintli, por ser quien avisó a Moctezuma de los males que se sucederían con la venida de los españoles: «Antes de muchos días verás en el cielo señales que serán pronósticos de lo que te digo» (Durán, 2002, p. 524). Efectivamente, cuando aparece el cometa, los agoreros y adivinos de Moctezuma no pueden explicar su significado y es el mismo rey de Texcoco el que lo interpreta: «Todo su pronóstico viene sobre nuestros reinos, sobre los quales a de auer cosas espantosas y de gran admiración: aurá en todas nuestras tierras y señoríos grandes calamidades y desventuras» (Durán, 2002, p. 535).

 

VISIONES Y TEMORES DE LA GUERRA

La historia de Durán insiste en el temor de Moctezuma cuando se van acercando los españoles y la inminencia de la guerra. Durán cuenta que incluso quería esconderse en alguna cueva y se lamentaba continuamente porque en su reinado tenían que suceder tales hechos nefastos; en cambio, los informantes de Sahagún (2002, XII, p. 1185) dicen que afronta su destino: «Ya tenemos tragada la muerte. No hemos de subirnos a alguna sierra, ni hemos de huir. Mexicanos somos. Ponernos hemos a lo que viniere por la honra de nuestra generación mexicana». No obstante, se dice en varias ocasiones que siempre estaba inquieto y angustiado por saber más y mandaba a sus agoreros y nigrománticos al camino para que entorpecieran el avance de los españoles y con «encantamientos y hechicerías los empeciesen y maleficiase» (Sahagún, 2002, XII, p. 1185), pero un indio borracho, que ellos creen Tezcatlipoca, los intercepta y les hace revela una visión prodigiosa: «Y ellos volviéronse a mirar hacia México, y vieron que todos los cues ardían, y los calpules y calmecates, y todas las casas de México. Pareciolos que había gran guerra dentro en la ciudad de México. Como vieron aquello, los encantadores desmayaron grandemente y no podieron hablar palabra» (Sahagún, 2002, XII, pp. 1184-1185). Este tipo de visiones son para Jacques Le Goff (1986, p. 22) vías o instrumentos de lo maravilloso.

Igualmente los mensajeros que volvieron de la costa le dieron cuenta de los navíos, del aspecto físico de los españoles, casi blancos, y de las armas tan poderosas que traían, «especialmente de los truenos que quiebran las orejas y del hedor de la pólvora, que parece cosa infernal, y del huego que echan por la boca, y del golpe de la pelota que desmenuza un árbol de golpe» (Sahagún, 2002, XII, p. 1174). Sobre estas exhibiciones que Cortés hace de su artillería a los enviados de Moctezuma, dice Todorov (1979, p. 24) que el conquistador usa sus armas de una manera simbólica y organiza verdaderos espectáculos de «luz y sonido», tanto con los caballos como con los cañones, y que pone un gran cuidado en la escenificación escogiendo momentos de calma para dispararl y que retumbe sonoramente.

Respecto a las batallas, los mexicanos también se muestran temerosos con las armas insólitas, el ruido de los cañones y los estragos que producen: «Y luego soltaron todos los tiros de pólvora que traían, y con el ruido y humo de los tiros todos los indios que allí estaban se pararon como atordidos, y andaban como borrachos. Comenzaron a irse por diversas partes muy espantados. Y ansí los presentes como los absentes cobraron un espanto mortal» (Sahagún, 20202, XII, p. 1191). Caos ante la huida, desconcierto, temor y alucinaciones son efectos psicológicos que se manifiestan ante lo desconocido y cuyos efectos físicos se resienten en todos los sentidos: la visión del fuego; el tronido de la bola al estallar rompiendo árboles o cerros a su paso; el olor a podrido de la pólvora, como a ciénaga, y los efectos de mareo y desmayo al aspirar el hedor y el humo. En otra ocasión, un cañón destruye un edificio; los mexicanos se espantan con el trueno y el humo y comienzan a huir. En los Icnocuícatl o Cantos tristes de la conquista también se habla del efecto devastador de las armas: «Ya se ennegrece el fuego; / ardiendo revienta el tiro, / ya se ha difundido la niebla» (León-Portilla, 2007, p. 200). La luz de tinieblas y el sonido estruendoso es justamente lo que espanta a los aztecas tanto en los poemas como en los relatos en prosa de los informantes.

No son menos pavorosos los animales que traen los conquistadores: «Ansimismo ponían gran miedo los lebreles que traían consigo, que eran grandes. Traían las bocas abiertas, las lenguas sacadas, e iban carleando. Ansí ponían gran temor en todos los que los vían» (Sahagún, 2002, XII, p. 1182). Ya vimos que Motolinía decía que en un principio se asustaban al ver a los hombres sobre caballos, que ellos llamaban venados y consideraban animales monstruosos porque creían que eran mezcla de hombre y animal; otro caso de hibridación: monstruos con tronco humano (Kappler, 2004, p. 176), una suerte de centauros, completamente armados y a los que apenas se les veía la cara con el yelmo.

Aunque no trata de la conquista, hay que incluir el libro V en lo maravilloso mágico (magicus) o sobrenatural maléfico, ilícito o engañoso –según la terminología de Le Goff (1986, p. 13)–, donde algunos seres tienen la posibilidad de transformar la realidad. El libro trata de los agüeros que tenían los naturales y sus adivinos, llamados tonalpouhque, a quienes los primeros consultaban si tendrían algún infortunio; este les recomendaba hacer alguna ofrenda al dios del fuego. En los agüeros, que se daban a través del oído, lo cual agrega aún más misterio porque no se podían contemplar, se presenta un escenario acústico de lo maravilloso donde se proyectan los miedos: oír bramar a alguna bestia fiera; oír cantar a un ave llamada huactli o huacton; oír cortar madera, el «hacha nocturna», decían que era la ilusión de Tezcatlipuca para espantar a los que andan de noche. La descripción de este fantasma no tiene desperdicio por cuanto tiene de monstruoso, un acéfalo con puertas batientes en el pecho que parecen querer atrapar a alguien: «Era un hombre sin cabeza; tenía cortado el pescuezo como un tronco, y el pecho teníale abierto, y tenía cada parte como una portecilla que se abrían y se cerraban, juntándose en el medio, y al cerrar decían que hacían aquellos golpes que se oían lexos» (Sahagún, 2002, V, p. 444). Como en los viajes medievales al Oriente, uno de los temores más frecuentes son los «ruidos, gritería, voces, producto de enemigos invisibles» (Kappler, 2004, p. 117). Igualmente espantable es la «humanidad monstruosa», como la enana en forma de ánade, «una mujer pequeña, enana, y que tenía los cabellos largos hasta la cinta, y su andar era como una anadeando» (Sahagún, 2002, V, p. 457). Algunas figuras tienen que ver con espíritus del más allá: una «calaverna de muerto» que iba como saltando y se lanzaba a las pantorrillas; otra era un difunto amortajado que gemía (Sahagún, 2002, V, p. 444). Varios temores coinciden con los de algunos pueblos europeos que creían en los agüeros: el canto del búho y el de la lechuza, a la que consideraban mensajera del dios Mictlantecuhtli, que iba y venía al infierno, y para no obedecer a su llamada, la insultaban; encontrarse en el camino con una comadreja o un conejo; hallar en sus casas hormigas, sapos y ratones y un sinfín de agüeros, por los que, dice Sahagún (2002, V, p. 459), «atribuyen a las criaturas lo que no hay en ellas».

Lo mágico natural también tiene cabida en los agüeros y abusiones por los que se asignan ciertas cualidades supersticiosas a las plantas en relación con las embarazadas:

La magia natural se asocia a las propiedades de las hierbas, de las piedras o de los animales, en el cual el poder de una planta podía curar ciertas dolencias, o el poder de una gema podía proteger ciertos tipos de infortunio. Son poderes ocultos que no emanan de la estructura interna del objeto, sino que proceden de astros, estrellas y planetas que se vinculan a estos elementos de la naturaleza (Castro Hernández, 2014, p. 343).

Aquí se agrupan igualmente los conjuros que permiten todo tipo de transformaciones –metamorfosis, virtudes ocultas de plantas y animales, talismanes–, pero los naturales de la Nueva España encuentran estas maravillas como algo cotidiano. No obstante, Sahagún toma distancia, se limita a la pura descripción de los agüeros y a los remedios para salvarse de los infortunios que se avecinaban. Ahora bien, al final del libro aflora su postura superior de religioso que considera la magia asociada a lo demoníaco y concluye que los ha recolectado con el fin de que los predicadores puedan conocer estas creencias y costumbres «para predicar contra ellas, porque son como una sarna que enferma a la fe» (Sahagún, 2002, V, p. 469). Entre las metamorfosis como fenómenos prodigiosos, que son «las que guardan más afinidades con la monstruosidad» (Kappler, 2004, p. 202), no podemos pasar por alto el libro X, cuyo capítulo nueve trata sobre los nahuales, los hombres que se transforman en animales. Aunque tienen un gran componente mágico, por cuanto el oficio de estas personas se dice que es «cosa de hechizos» y logran crear una ilusión, en ocasiones, causan perjuicios graves, con lo cual intervienen en el ambiente. En el Occidente medieval dichas visiones se atribuirían sin duda al diablo, pero los naturales de la Nueva España tienen a su propio dios que es el diablo para los cristianos, Huitzilopochtli, quien era de grandes fuerzas, muy belicoso y destructor de pueblos y de gentes: «En las guerras era como fuego vivo, muy temeroso a sus contrarios, y así la devisa que traía era una cabeza de dragón muy espantable que echaba fuego por la boca. También este era nigromántico o embaidor, que se transformaba en figura de diversas aves y bestias» (Sahagún, 2002, I, p. 69). De este mismo oficio de «embaidores», hay ladrones que hacen encantamientos para hurtar y malas médicas que usan de la hechicería supersticiosa para dar bebedizos a los hombres, lo cual las acerca a las brujas que tienen pacto con el demonio.

Las maravillas en los presagios del libro XII y en los demás libros que hemos visto infunden temor tanto en el redactor –en este caso, los informantes de Sahagún– como en el receptor de los mismos –Moctezuma y los naturales–, al contrario que los libros de viaje medievales, donde las maravillas inspiraban fascinación, placer o curiosidad. Las primeras reacciones de los naturales y del mismo rey son de admiración, asombro y espanto: gritos, llantos, golpearse en la boca y huir son algunos de los gestos y manifestaciones que experimentan tanto ante la visión de los fenómenos prodigiosos de la naturaleza como ante los efectos pavorosos y devastadores que producen las armas insólitas o los animales extraños de los conquistadores. Toda maravilla requiere de una explicación –algunas pertenecen al curso ordinario de la vida de los amerindios, como, por ejemplo, las virtudes sanadoras de las plantas, que hemos calificado de magia natural–, pero las maravillas de la naturaleza, la monstruosidad y los encantamientos que producen visiones necesitan una interpretación racional, para lo que se recurre a los agoreros y adivinos, que traducen su significado en guerras, pestes, calamidades sin cuento, hambre y muertes, y todo ello con la clara conciencia de saberse abandonados por sus propios dioses y con la certeza de que su mundo y su civilización habían llegado a un final.

 

NOTAS

[1] La redonda es mía.

[2] En adelante, se anotarán el libro y el capítulo en números romanos y las páginas en arábigos.

[3] «Hay en esta tierra piedras de que hacen espejos. Hay venas destas piedras, y minas de donde se sacan. Unas destas piedras son blancas, y dellas se hacen buenos espejos. Llámanse estos espejos “palancianos espejos de señoras y señores”. Tienen muy bien metal. Hacen la cara muy al proprio. Cuando están en piedra parecen pedazos de metal; cuando los labran y pulen son muy hermosos, muy lisos, sin raza ninguna. Son preciosos» (Sahagún, 2002, XI, p. 1123).

 

BIBLIOGRAFÍA

· Benavente «Motolinía», Fray Toribio de, Historia de los Indios de la Nueva España (edición, estudio y notas de Mercedes Serna y Bernat Castany), Real Academia Española, Madrid, 2014.

– Memoriales (edición de Luis García Pimentel y Elguero), Casa del Editor, México, 1903.

· Castro Hernández, Pablo. «La tradición de las maravillas en las Andanças e viajes de Pero Tafur (1436-1439)», Lemir, 18, 2014, pp. 329-382.

· Díaz del Castillo, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España (edición de Sáenz de Santamaría), Patria, México, 1983.

· Durán, fray Diego. Historia de las Indias y conquista de Nueva España e islas de Tierra Firme (estudio preliminar de Rosa Camelo y José Rubén Romero), Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 2002.

· Kappler, Claude. Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media, Akal, Madrid, 2004.

· Le Goff, Jacques. Lo maravilloso y lo cotidiano en el Occidente medieval, Gedisa, Barcelona, 1986.

· Poirion, Daniel. Le merveilleux dans la littérature française du Moyen Âge, PUF, París, 1982.

· Sahagún, Fray Bernardino de. Historia general de las cosas de Nueva España (estudio introductorio, paleografía, glosario y notas de Alfredo López Austin y Josefina García Quintana), Conaculta, México, 2002.

· Todorov, Tzvetan. «Cortés y Moctezuma: de la comunicación» (traducción de Tomás Segovia), Vuelta, 33.3, agosto de 1979, pp. 20-25.

· León-Portilla, Miguel (introducción, selección y notas). Visión de los vencidos. Relaciones indígenas de la conquista, UNAM, México, 2007.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]