Gastón Baquero, éste dedicado a mi madre y a Fina, en Poemas, su primer libro, La Habana, 1942: «A Fina y a Bella, que me regalan un continuo e impagable mundo de cariño. Por todo lo que eso nos significa a todos y para lo que Dios quiere signifique para siempre, con un canto a la amistad, el “más perdurable de los sentimientos”»; Retamar, en La poesía contemporánea en Cuba (1927-1953): «A Eliseo, que siendo uno de mis poetas preferidos, es, para mi sorpresa y mi alegría, amigo mío; y para Bella, verdadera e increíble; con el afecto y la gratitud de Roberto, 21-IV-54». De Lezama hay muchas: hacía dedicatorias en forma de décimas, cartas, algunas muy largas y solemnes, otras, puros divertimentos. Escogí una muy breve: «En una Calzada larga, larga / Bella y Eliseo nos dicen / que cualquiera que sea la carga / en una cercana mesa nos bendicen. Envío de su amigo J. Lezama Lima, Agosto y 1949».[3] De sus hermanos —porque eso son— Fina y Cintio, hay muchas, todas bellísimas y algunas muy simpáticas, como ésta que Cintio escribió en su libro Conjeturas, con motivo del nacimiento de «los jimaguas» (o sea, Lichi y yo), en 1951, y en recuerdo de una fiesta memorable en la que todos acabaron un poco pasaditos de copas…: «Para Eliseo y Bella: ¡Oh silencioso misterio, / de doblada epifanía! / Sopla ardiente poesía / rompiendo su cautiverio. / ¡Apertura, refrigerio, / mellizos que piden fiesta / (vino gallego y coñac)! / El padre con los amigos / abre todos los postigos: / dulces duermen en la cesta, / la noche borra el tic-tac». Cuando le pregunté a Cintio qué forma poética era esa, me respondió, con una sonrisa traviesa: «es una undécima, inventada por mí para ustedes esa noche…». De Fina hay muchas, en todos sus libros, verdaderos poemas. Sólo les leeré las que fueron, posiblemente, las primeras dedicatorias (¡después de la de Cintio, me imagino…!), de su primer libro, Transfiguración de Jesús en el monte. Son dos libros, uno a mi padre, otro a mamá, porque aún no se habían casado, después siempre les dedicaría un libro a los dos. El año es 1947: «A Eliseo, porque Dios nos conserve siempre reunidos en la cariñosa lumbre de su compañía». Y a mi madre: «Para lo que yo más quiero, lectura para sus ojitos, que como son alegres, comprenden lo más profundo que tienen las cosas, que es siempre su alegría. Tu hermana que te adora, Fina». Las dedicatorias están fechadas el 22 de abril, vísperas de su cumpleaños veinticuatro. Siempre me han conmovido y estremecido la delicadeza y la ternura de las dedicatorias y cartas que mi tía le escribió a mamá. Sé que mi madre también la adoraba.
Pero entre los tesoros más valiosos encontrados en este extraño viaje por el tiempo se encuentran las dedicatorias, absolutamente desconocidas para mí, de mis padres durante su época de novios. Pienso que ellos también las habían olvidado, pues muchos de esos libros estaban como perdidos, mezclados entre tantos otros. Y así me fui enterando de muchos secretos y confesiones. Creo que, desgraciadamente, el hábito de regalar libros se ha ido perdiendo y, cada vez más, la tecnología y los nuevos aparatos electrónicos irán arrasando estas buenas costumbres, como cuando ocurre un maremoto y el mar entra y se va engullendo todo lo que encuentra a su paso. El género epistolar, podría afirmarse, ha desaparecido. Y usted no podrá ya, nunca más, dedicarle un libro a su novia o a un amigo. Quizás sólo nosotros, los de mi edad, sintamos esa nostalgia. Pero fue gracias a que aún no habían aparecido los e-books y los kindles, que yo pude ir colocando algunas piezas del rompecabezas del noviazgo de mis padres. Supe, por ejemplo, que el 21 de enero de 1941 mi madre (en esa fecha tenía diecinueve años) le regaló a su novio Eliseo el libro Servidumbre y grandeza de las armas, de A. de Vigny, y supe muchas cosas más. Le escribe mamá: «Para Eli, este libro que tanta alegría nos ha traído. Con un beso de reconciliación de tu Yita. Al año y dos meses de quererte, después de cuatro deliciosas peleas».
Pude ratificar, por esta dedicatoria, algo que ya sabía, por sus cartas: que mis padres se habían hecho novios en octubre de 1939. La dedicatoria, prácticamente ilegible, está escrita a lápiz, como casi todas las que se hacían en aquella época. La mayoría tienen un tono muy solemne, como si los jovencitos que eran mis padres supiesen, desde tan temprano, que estaban viviendo momentos fundacionales, que su relación no era juego, y que les esperaba una vida entera juntos. Y se estaban preparando para adentrarse en ese camino con absoluta responsabilidad.
Otra de mi madre: «A Eliseo, en el segundo cumpleaños que pasamos juntos, en el deseo de seguir juntos como hasta ahora, a la buena luz de nuestra compañía “de veinte días ya para siempre”. Con el amor de tu Yita, 2 de julio, 1942». Y entrecomilla «de veinte días ya para siempre». ¿A qué se referiría mi madre?, ¿cuáles fueron esos veinte días «ya para siempre» a los que hace referencia? Nunca lo sabré pero, sin duda, era algo importante que se debía recordar, quizás un juramento… Era el cumpleaños veintidós de mi padre.
En una edición de 1918, Jardinillos de San Isidro, le escribe mi padre: «A mi novita querida, buena alegría de mis días, pequeña explicación de todo».
En aquellos años papá escribía con otro tipo de letra, muy diferente a la que terminó usando años después. Y ese cambio, ese proceso de ir reduciendo la letra, se puede apreciar muy bien en sus dedicatorias y en sus cartas a mi madre. Según mamá, esa era la «época de los rabos», unos trazos largos que se mezclaban de una línea a otra.
Hay muchas dedicatorias también de otros escritores, y resultaría interminable su enumeración. Conservo unos cuantos libros de García Márquez dedicados a mis padres y a mí; su gran amigo nicaragüense, José Coronel Urtecho, le regalaba libros con simpáticas notas; las de Nicolás Guillén son muy graciosas, generalmente en forma de cuartetas o décimas; la Poesía completa de César Vallejo, tiene una curiosa dedicatoria «a cuatro manos», de Lezama y Julián Orbón, «el músico de Orígenes».
Los libros lo acompañaron desde muy niño, hasta el último día de su existencia. Conservo en mi casa muchos ejemplares de aquella editorial catalana, Araluce, dedicada a niños y jóvenes, sobre los grandes hombres de la historia, de la cultura y el arte. En esos libros leyó por primera vez sobre Quevedo, Cervantes, Da Vinci, Julio César. Sus padres, grandes lectores ambos, le proporcionaron todos los libros que quiso: Verne, Salgari, Stevenson y, después, los clásicos de la literatura española. Y, gracias a las enseñanzas de su madre, llegó a ser un profundo conocedor del idioma inglés y de las literaturas inglesa y norteamericana. La tarde en que murió —y esto es algo que ya he mencionado anteriormente—, cuando esperábamos la llegada de la ambulancia, le pedí que tratara de serenarse, que ya faltaba poco para que llegaran los médicos. Fue a su cuarto-estudio, tomó un libro y comenzó a leer. El libro escogido fue Orlando, de Virginia Woolf. Cuando la ambulancia llegó, ya mi padre había fallecido. El libro reposaba abierto sobre su pecho.
Termino con la última dedicatoria, en Visión de Anáhuac, de Alfonso Reyes, escrita en esos años de noviazgo, en la que queda evidente ese deseo de mis padres de estar siempre juntos, y esa certeza, que ambos parecían compartir, de que recorrerían el mismo sendero hasta el final:
Diciembre 25 de 1942. Para mi novia, en esta tercera Navidad nuestra. Algunas cosas hemos aprendido juntos, descubierto de nuevo para siempre, hecho ya nuestras; y de todas, la mejor, que sea la felicidad y su cuerpo, el corazón rojo, viviente. En este día más claro del año, a Dios, que nos ha bendecido con la alegría de descubrir el mundo juntos, doy las gracias por todo —y él sabe que es con mi sangre—, y le pido que te guarde como hoy siempre (y contigo la vida mía).
Eliseo
[1] Sobre este libro, tengo una anécdota, que se encuentra en una entrevista que le hice a mi padre, inédita, sobre la primera vez que él vio a mi madre: «Creo que fue durante una conferencia de Álvaro Albornoz ―el gran historiador―, en el viejo teatro Campoamor ―¡lástima que lo hayan dejado deteriorar tanto: ya es casi una ruina!― que Cintio y yo ocupamos nuestros puestos en el balcony. De pronto, se levantó una muchacha de los asientos delanteros. ¡Qué ligera subió los escalones, Fefita! Llevaba una boina ladeada sobre el pelo castaño, lacio. ¡Con qué gracia subía! Y ya estaba junto a nosotros. A mí me saludó con una leve sonrisa de cortesía mientras le alargaba un libro a Cintio y le decía unas palabras. Enseguida se despidió y regresó a su sitio, ligera como un sueño. Te juro que me quedé como deslumbrado, sin saber bien qué me pasaba. Le pedí a Cintio el libro: era Tala, de Gabriela Mistral, la primera edición, la de Colección Sur. No le pregunté a Cintio quién era la muchacha increíblemente fascinante, no creo que hubiese podido. Sobre este episodio escribí, pasados los años, un poema: “La joven en el teatro”. Entonces no hubiese podido».
[2] «Comprado con mi Bellita, en la calle 6ta de Nueva York, el día 29 de Julio de 1948 (Bellita luce su blusa de lunares)». En The Autobiography of G. K. Chesterton.
[3] En La Fijeza.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]