TRES EJEMPLOS
Voy a poner unos ejemplos de lo que estoy diciendo. Empezaré por la primera novela —casi podría decir la primera obra— de Zúñiga: Inútiles totales. Es una novela breve que Zúñiga se autoeditó en 1951 y que hasta ahora resultaba inencontrable. La acaba de publicar, junto a El coral y las aguas, la editorial Cátedra con edición de Ángeles Encinar y mía. El título es bien explícito. Quizá sea el título más explícito de toda su obra. En su etapa de madurez ha preferido fórmulas elusivas.
Esta novela presenta un momento de la vida de dos jóvenes amigos, Cosme y Carlos. Se han conocido en la fila de los inútiles totales para el servicio militar. Y no son sólo inútiles para la guerra. También se mostrarán inútiles para el amor, al enamorarse ambos de la misteriosa Maruja. Como hemos apuntado en el estudio introductorio de la edición, Cosme presenta rasgos inequívocos del propio Zúñiga («un tipo anémico y alto, que llevaba unas botas desmesuradas. Tenía gafas», p. 218). La peripecia conlleva la ruptura de la amistad por deslealtad de Carlos con Cosme. Se trata de una prueba, la prueba de la amistad. El tratamiento premoderno de la prueba de la amistad suele resolverse por la generosidad mutua de los amigos, pero, posteriormente, aparece una variante que conlleva la pérdida del vínculo amistoso. Es el caso de Inútiles totales, que tiende a la fórmula de la novela de educación, gracias al papel del personaje femenino, objeto de la rivalidad entre los amigos. La identificación entre Cosme y Zúñiga nos sugiere ese ensimismamiento de la escritura del yo. Se trata de un ensimismamiento muy claramente expuesto en la novela al experimentar Cosme la decepción que le depara la deslealtad de Carlos. Se ha dicho de esta novela que tiene una impronta barojiana, pero el motivo de la ruptura entre los amigos está ausente en la obra de Baroja.
Ahí tenemos el núcleo duro de la estética de Zúñiga: el hombre inútil (superfluo suele decirse también desde la primera novela de Turguéniev, Diario de un hombre superfluo) y la nueva mujer, libre, dotada de iniciativa, a veces, simplemente fatal, que arruina las expectativas del hombre inútil pero que también puede salvarlo. Esta fórmula, la de los dos amigos que se enamoran de una mujer misteriosa y de ideas avanzadas o quizá de comportamientos extraños, es un motivo que tiene una larga trayectoria en la literatura universal. Es el motivo de «El curioso impertinente» del Quijote y, parcialmente, de «La ilustre fregona». Y seguramente su larga trayectoria se debe a que tiene una raíz tradicional en el folclore. En la literatura española aparece con la influencia en la literatura fabulística medieval gracias a Disciplina clericalis, del oscense Pedro Alfonso. Los primeros exempla de esta colección plantean la necesidad de poner a prueba la amistad. Este motivo es frecuente en la obra de Turguéniev. Padres e hijos se basa en la relación entre dos amigos, el nihilista Bazárov y el ingenuo Kirsánov, que también se rompe por la intervención femenina. Aparece en la novela breve Asia, también traducida al español como Anuchka, aunque en este caso no se llega a producir la ruptura entre los amigos. Es el centro de los relatos «Canto del amor triunfante» y «Toc, toc, toc», que ofrecen la versión más dramática y mágica de cuantas escribió Turguéniev sobre este motivo. Pero quizá haya todavía un momento superior: Punin y Baburin, una preciosa novela breve de Turguéniev, recientemente publicada por Nórdica, precisamente a instancias del propio Zúñiga. Es la historia de dos parejas de amigos, el bufón Punin y el hombre de bien Baburin, su discípulo, de un lado, y de Tárjov y el narrador, dos jóvenes estudiantes, por otro, que también tropiezan con una mujer enigmática, Muza. La joven Muza ha sido recogida de la calle por Baburin, que es su protector. Pero Baburin pretende casarse con ella, pese a la diferencia de edad. Muza huye con Tárjov, que la abandonará más tarde, pese a la oposición del narrador. Un nuevo encuentro con Baburin salvará a Muza, que termina casándose con él y acompañándolo hasta la muerte. La editorial Nórdica presenta el libro como la primera traducción al español. Zúñiga la leyó en francés, en fecha incierta, pero parece factible que la trama de Punin y Baburin la haya trasladado parcialmente a los términos de su propia experiencia. Podría decirse que la estética de Zúñiga consiste en trasponer el hermetismo y el humorismo de Turguéniev, filtrados por su propia experiencia, a un simbolismo a la vez personal y universal.
El segundo ejemplo lo tomo de Misterios de las noches y los días. Se trata de la fábula «El ángel». En ella aparece la pareja de personajes más frecuente en los relatos de Zúñiga: el hombre inútil y la nueva mujer. Una mujer mira con deseo la estatua del ángel. Y su deseo consigue insuflar vida en la estatua. Pero el ángel tiene los ojos vacíos y regresa a su pedestal arruinando la expectativa galante que le ofrece la mujer. Esta fábula parece tener su antecedente inmediato en el ensayo «Una estatua en Petersburgo», incluido en El anillo de Pushkin. Se trata de un ensayo sobre la ciudad, Petersburgo. La ciudad es vista como un símbolo infernal, fórmula habitual en la literatura moderna que ha desplegado un género, la novela de la ciudad, en el que los personajes se debaten contra la adversidad. Imágenes de escritores como Pushkin, Odóyevski, Lérmontov, Dostoievski y Maiakovski habían reparado en la estatua de bronce del cruel Pedro I, como metáfora del carácter perverso de la ciudad. En cierto momento de este ensayo se alude a un grupo de hombres y mujeres dados a ritos demoníacos y a orgías que contemplan la ciudad «desde una altura que les comunicaba con la aguda torre del Almirantazgo […] y con el ángel que remata la columna de Alejandro» (p. 85). En la variación de Misterios… el ángel ocupa el lugar del bronce de Pedro. El ensayo parece desdoblado en las fábulas «La esfinge» y «El ángel». Pero su sentido inquietante y cruel —es decir, hermético—, ahora condensado y duplicado, ha trascendido el ámbito local. Quede este ejemplo como muestra del grado de convergencia que pueden alcanzar la experiencia vital y la experiencia literaria.
Para el último ejemplo voy a recurrir a una de las fábulas irónicas, la titulada «El magnate y el bufón» (págs. 59-69).[3] Se trata de una fábula de carácter moral: la denuncia de la corrupción. A esa premisa habría que añadir al menos otra de carácter cómico, pues lo bajo se impone al poder: el criado que se hace dueño de su señor gracias a la corrupción. Se trata de una fábula ambientada en un escenario remoto y sin concreción. Por algunos detalles —los nombres de Huszar, Garai y el vino de Tokai— podemos deducir que se trata de un episodio de tema húngaro, carente de precisión histórica. Estamos ante una situación similar a la de El coral y las aguas. También en esa novela encontramos un episodio de la Antigüedad, pero sin mayor precisión que una alusión a Alejandro Magno, puro tópico. El interés de Zúñiga por Hungría le llevó en su día a escribir un libro divulgativo sobre este país centroeuropeo.[4] Y aquí lo retoma. Sucede, además, que esta fábula tiene un precedente en la obra olvidada del propio Zúñiga. En 1970 publicó un cuento en el volumen Relatos españoles de hoy, coordinado por Rafael Conte, titulado «El magnate, el bufón y la carroña». En esta nueva versión ha desaparecido la carroña del título y del contenido de la fábula. En la primera versión, Garai, el bufón, se enriquecía y enriquecía a su señor, Huszar, recogiendo cadáveres de un gran río que pasaba por la ciudad. Y con ellos hacía un doble negocio: reciclaba las ropas de los cadáveres y con los restos humanos alimentaba las piaras de un convento, para después nutrir los ejércitos de Huszar. En la versión de las Fábulas irónicas ha desaparecido el negocio de la alimentación de los cerdos que alimentarán después a militares, probablemente porque la primera versión le pareció al autor demasiado cruda y, sobre todo, demasiado larga para el formato de las demás fábulas. En la nota biográfica de Rafael Conte que precede al relato de Zúñiga se concluye que el sentido de este relato «trata de una especie de fábula política, de una clara lección moral». En efecto, el relato constituye una fábula antifranquista. A estas alturas, en la decadencia del franquismo, la censura sólo actuaba sobre alusiones políticas directas o, especialmente, sobre cuestiones de moralidad. Una fábula política sin ubicación geográfica y temporal no tenía interés para la censura. Censurar este relato le hubiera dado una notoriedad que la publicación no iba a alcanzar. Sin embargo, se trataba de una respuesta directa a la crisis por corrupción más mediática del franquismo: el caso Matesa, que había explotado en 1969 y que había supuesto una agria crisis de gobierno, con la salida de tres ministros (entre ellos Manuel Fraga) por el enfrentamiento entre ministros azules y ministros tecnócratas. En la segunda versión, ese carácter militante se ha difuminado, pero queda el espíritu de rebeldía —la experiencia vital— que se puede apreciar también en otras fábulas —sobre todo en la titulada «Escrito en las paredes», una apología del género de la pintada política, tan frecuente en los medios de oposición al franquismo y a otras dictaduras—. En conclusión, en «El magnate y el bufón» se funden las tres dimensiones de la estética de Zúñiga: el hermetismo del misterio y de nebulosa concreción histórica, el humorismo que conlleva la figura del bufón y la experiencia, que en esta ocasión es a la vez pública —la denuncia política— y personal —la rebeldía ante la impunidad de la corrupción—.