Antonio Machado, un poeta muy querido por usted, pensaba que el arte de la poesía es el de rescatar los elementos de la realidad sin que perdieran su vivacidad temporal. «Palabra en el tiempo», es decir, con tiempo, que es el acento de lo vivo. También lo pensaba otro gran poeta que, como usted, fue machadiano, además de granadino, Luis Rosales. ¿Qué piensa de esto?

Sí, Machado es una buena referencia a la hora de pensar las relaciones del tiempo y de la historia desde el punto de vista del corazón humano. Con un grupo de amigos, firmé un manifiesto al principio de los años 80 en el deseo de que la poesía buscara otra sentimentalidad. Entrar en democracia no era para nosotros votar cada cuatro años; era buscar una sentimentalidad diferente, alejada de la educación clerical de la dictadura. Y era cuestionar las formas de configuración de la sentimentalidad. Para eso nos sirvió mucho la reflexión de Machado sobre los sentimientos, cuando opuso la búsqueda de una nueva sentimentalidad a las innovaciones formalistas de la vanguardia. Me parece un buen terreno para unir palabras como identidad, historia, poesía, meditación…

La emoción del tiempo es el acento de lo vivo, en efecto. En los poemas, cuando uno se acerca a la realidad, debe tener en cuenta varias cosas. En primer lugar, que el arte necesita convertir lo anecdótico, lo coyuntural, en algo con significación más amplia. Se trata de crear sentido, y para eso hay incluso que elaborar el yo biográfico en literatura. Si escribo un poema de amor, lo de menos es lo que yo quiera a mi mujer. El reto consiste en que el lector ponga en actuación su propia experiencia amorosa. Debemos crear efectos. Por eso hay una segunda cuestión: escribir no es sentir o ver la realidad, es construir un texto en el que se produzcan efectos y en el que esté contenida la realidad. Lo que no está en el texto no existe en el poema, por mucho que esté en el corazón de quien lo ha escrito.

Admiro a Luis Rosales. Algunos libros suyos me parecen muy importantes en nuestra poesía: La casa encendida, Rimas, Diario de una resurrección… Su vuelta a la temporalidad no fue tanto una búsqueda de la historia, sino un refugio sentimental que pudiera salvarlo de las contradicciones vividas en la Guerra Civil. Pero los resultados poéticos merecen admiración. Durante años, su conocida militancia en el franquismo hizo que se leyera con malos ojos la poesía de Luis. Después, las cosas adquirieron más objetividad y algunos poetas lo defendimos como maestro. No se trataba de convertirlo en un héroe de la libertad, como pretendió alguno de sus discípulos, porque eso es mentira. Se trataba de reconocer la calidad de su obra.

Ha escrito no sólo poesía, sin duda el eje sobre el que gravita el resto de sus tareas, sino narrativa, crítica. ¿Es el mismo diálogo con su tiempo o es otro?

Me parece que en el mundo de un autor siempre hay unidad, aunque los géneros sean diferentes. Por ejemplo, cuando se escribe poesía se está haciendo de forma inevitable un pensamiento poético, una toma de postura sobre lo que significa el hecho de escribir. Saber lo que se escribe es inseparable de saber desde dónde se escribe. No soy muy partidario de los poetas que se consideran elegidos de los dioses, simples mediadores de una verdad que no les pertenece. Por ese creo que escribir es inseparable de un cierto saber teórico. Lo que ocurre es que cuando escribo ensayo asumo los códigos de un género, que necesita exponer la argumentación y utilizar los deseos de objetividad. Y cuando escribo un poema busco encarnar esas ideas en sentimientos, convertirlas en historia viva.

También la novela tiene sus códigos. No es lo mismo dar una visión personal del mundo en la intensidad de treinta versos que inventar una intriga y poner de pie unos personajes, cada cual de su padre y de su madre, con distinta edad, sexos, ideología. Son códigos distintos y creo que se equivoca el novelista que se pone muy poético o el poeta que se pone muy prosaico. Yo empecé a escribir novela por dos motivos. Estaba haciendo una biografía de Ángel González contando lo que él nos contaba a los amigos sobre su infancia, su niñez en la Guerra Civil y en la posguerra. Al utilizar la voz del ensayista perdía lo que más me emocionaba de la historia, la propia emoción de Ángel contando su vida como si todavía formase parte de su presente lo que había pasado en su niñez. Por eso decidí utilizar los recursos de la narrativa, para hacer que el lector viviera con él su historia.

El otro motivo es que llevo mucho tiempo escribiendo poesía. Mi primer libro lo escribí en 1979 y se publicó en 1980. La repetición de lo ya hecho es un riesgo. No me gusta repetirme. Por eso busco otras formas de escritura, que no sólo me permiten dedicarme a otra cosa, sino que me mueven por dentro y me abren nuevos horizontes poéticos.

Usted tiene algo que nace con el Romanticismo y se acentúa con las vanguardias, cierta pasión y servidumbre con el manifiesto, con la proclama teórica, una suerte de reflexión, admonición y moral que en muchos casos históricos ha servido para defender la propia tarea, para agrupar filas. ¿Ese agitador y teórico está más cerca del poeta o del hombre político que hay en usted?
Escribir no es sentir o ver la realidad, es construir un texto en el que se produzcan efectos y en el que esté contenida la realidad. Lo que no está en el texto no existe en el poema

Como poeta, sólo he firmado un manifiesto (que recuerde). Fue a principio de los 80, cuando quisimos crear el movimiento que buscaba Otra Sentimentalidad. Y tenía también una clara vertiente política porque se movía en el entorno del Partido Comunista. Fue una forma de explicar a nuestros camaradas, muy dispuestos siempre a llamarte revisionista, que la emancipación de la intimidad era un compromiso más conveniente y útil para la poesía que la divulgación de consignas. Un poema no es un panfleto (ni político, ni teórico, que también se han escrito muchos panfletos semióticos, helenistas, psicoanalíticos o de cualquier tipo).

Como ciudadano, sí he firmado muchos manifiestos. Sé bien que el papel del intelectual hoy en día es muy distinto a la hora de crear opinión. Un telediario bien manipulado genera más opinión que el mejor ensayo del mejor de los intelectuales. Por eso es un poco ridículo el papel del moralista que da sermones con el dedo admonitorio. He intentado hacer política dentro de las organizaciones políticas y en los movimientos sociales. Lo que sí me gusta es acompañar, dar compañía. Hay mucha gente que tiene su lucha, que se moviliza en protestas sindicales, que defiende la sanidad o la educación pública, que trabaja en las reivindicaciones pacifistas o en la ayuda a los refugiados, que defiende unos medios de comunicación independientes… En fin, tantas cosas. Cuando me piden la firma, aunque no valga mucho la doy porque conviene dar compañía, reconocer el esfuerzo en la defensa de valores que respeto.

La totalidad de su poesía se podría ver como un diálogo entre lo más individual y lo colectivo, entre la sensación y la aprehensión de lo objetivo. No le oculto que a veces he percibido en ese diálogo un desgarro, por mucho que usted en muchas ocasiones parezca (tal vez me equivoco) mostrarlo como un hecho natural. ¿Qué me puede decir de esto?

Tiene razón, existe ese desgarro y lo considero una parte fundamental de mi poética. A veces, como cantaba Bola de Nieve, no se puede tener conciencia y corazón… Los individuos somos seres sociales porque nacemos y nos educamos en sociedad. No hay nada más social que la forma en la que aprendemos a decir «soy yo». Desde el propio hecho del lenguaje, somos personas que habitamos por necesidad un espacio social. A partir de ahí hay toda una dinámica de relaciones entre el yo y la realidad que son muy contradictorias. A veces el individuo se encierra en sí mismo, aislándose de lo que ocurre en el mundo, y diluyéndose en la fantasmagoría de la nada, y a veces el individuo corre el peligro de diluirse en la sociedad, en el todo, en los totalitarismos. La nada y el todo son dos formas de los Absoluto que rompen nuestra libertad.

Me gusta definirme con paradojas. Soy un optimista melancólico, un romántico ilustrado, un desesperanzado con convicciones…

Creo que la conciencia es un espacio de frontera entre el todo y la nada. Mi poesía intenta situarse en ese espacio de frontera, luchando contra el cinismo y contra el dogma. Y, como en toda frontera, hay situaciones de tensión. Incluso hay momentos de desconfianza en el lenguaje, en su capacidad de dialogar con la sociedad. Dos libros, míos, Las flores del frío y La intimidad de la serpiente nacieron de esa desconfianza. Utilicé la canción lírica para contagiar el frío, el anonimato, la deshumanización, la sugerencia más que la meditación o el diálogo. Y en los otros libros, los que intentan el diálogo como Habitaciones separadas o Un invierno propio, siempre centra la conversación aquello que se ha perdido, la desgarradura de lo que no salió como esperábamos.

Creo que la unión entre los individuos y la sociedad es natural en el ámbito de la cultura. Pero como la sociedad está llena de desigualdades resultan naturales también el desgarro y las contradicciones. Me gusta definirme con paradojas. Soy un optimista melancólico, un romántico ilustrado, un desesperanzado con convicciones…

Para terminar, ¿podría contarme cómo es un día ideal suyo, aunque todos sabemos que rara vez se cumple, un día posible y feliz?

Pongámonos en el mejor de los casos posibles. Suena el despertador sobre las siete. Desayuno bien. No tengo que salir a la calle, no tengo viajes ni compromisos. Así que me quedo en casa. Hago un poco de ejercicio en una bicicleta estática. Me ducho y me siento a escribir hasta las dos y media. Después de comer algo que me recuerde a la cocina de mi madre, una buena siesta con amor. Organizo las horas de la tarde entre dos o tres lecturas (la clase que hay que preparar, el libro de poemas o la novela que tengo entre manos, la prensa…). Y luego salir al cine o a cenar, tomar unas copas y charlar con los amigos o con la familia. Éste es el plan ideal, pero soy incapaz de respetarlo con disciplina fundamentalista y acepto alteraciones. A veces una llamada de teléfono basta para sanarme.

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