María Zambrano desconoce el reposo. Agobiada siempre por su estabilidad económica, se multiplica en las numerosas y diversas invitaciones que recibe de amigos cubanos vinculados a instituciones culturales cívicas, nunca oficiales, salvo en el caso de Chacón y Calvo desde su posición en la Secretaría de Cultura. Entre otros, sobresalieron por su simpatía y apoyo: Fernando Ortiz, al frente de la Institución Hispano-Cubana de Cultura, donde dicta su primera conferencia y es habitual invitada, y Roberto Agramonte, decano de Filosofía de la Universidad de La Habana, que abre las puertas del aula magna para que Zambrano dicte varias conferencias («El estoicismo desde el punto de vista filosófico», «El resplandor del siglo xviii», «El existencialismo de Heidegger»), le ofrece participar en sucesivos cursos de verano («Historia del pensamiento español», «La crisis de la cultura de Occidente») y, en el recién creado Instituto Universitario de Investigaciones Científicas y de Ampliación de Estudios, impartir cursos avanzados de filosofía («Filosofía y cristianismo», «Orígenes del hombre y del mundo moderno», «Nacimiento y desarrollo de la idea de la libertad, de Descartes a Hegel», «La idea del hombre, el tiempo y la eternidad en san Agustín», etcétera), compartidos con profesores como Joaquín Xirau, Gustavo Pittaluga y Mariano Ruiz Funes. Al tiempo, Roberto Agramonte favorece que reciba las invitaciones del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Santiago de Cuba y de la Sociedad Pro Artes y Ciencias de Cienfuegos. A los cursos de Zambrano en La Habana asistieron alumnos que habrían de sobresalir en el ámbito de la filosofía –Rosario Rexach y Gustavo Torroella– y de la poesía –Cintio Vitier y Fina García Marruz–. El profesor y filósofo cubano Medardo Vitier (en Dosil, 2010, p. 143) resume su importancia: «Su influencia en reducidos grupos de jóvenes es considerable. Ella misma quizá lo ignora. Todos han avivado los intereses filosóficos. Esta clase de influencia no es mensurable. La perciben los que tienen sensibilidad para las finas gradaciones en el largo andar de la cultura».

A estas actividades docentes habrían de añadirse las conferencias dictadas en el Lyceum y Lawn Tennis Club («La filosofía en Ortega y Gasset», «Los conflictos entre la piedad y el amor»), institución en la que fue contratada para impartir un curso de doce lecciones que abarcaba desde la «Biografía de la filosofía: su nacimiento en Grecia» hasta la «Crisis de la filosofía antigua», a la que asistiría un reducido grupo de sus fieles seguidores. Zambrano ejerció también la docencia particular con Mario Parajón, Adrián González del Valle y otros pocos alumnos.

Al margen del ámbito universitario, Zambrano asume nuevos compromisos como el seminario «Los problemas de la vida española desde 1873», organizado por la Asociación de Amigos de la República Española; el Congreso de Cooperación Intelectual, «América ante la crisis mundial», organizado por el poeta y diplomático cubano Mariano Brull, quien en años posteriores procuraría sin éxito vincularla a la UNESCO, y la I Reunión de la Unión de Profesores Universitarios en el Extranjero, que tiene como reclamo el interés del grupo de intelectuales españoles refugiados.

Durante los años que María Zambrano permanece en Cuba colabora en numerosas revistas culturales, atenidos siempre sus textos a las preocupaciones filosóficas y culturales que la ocupaban. Algunas de estas publicaciones fueron la Revista Cubana («La mujer en la España de Galdós»), la Revista de La Habana («Las catacumbas»), Ultra («La mujer en la cultura medioeval», «La mujer en el Renacimiento», «La mujer en el Romanticismo» y «Pensamiento y poesía en la vida española»), La Verónica («Las dos metáforas del pensamiento» y «San Juan de la Cruz»), la Universidad de La Habana («Unamuno y su tiempo», «La Escuela de Alejandría» y «De la paganización»), Lyceum («Para una historia de la piedad», «Una metáfora de la esperanza: las ruinas» y «Una ciudad: París») y Cuadernos de la Universidad del Aire. Con especial solicitud respondió María a las invitaciones de las revistas de sus amigos origenistas: Espuela de Plata («Franz Kafka, mártir de la miseria humana»), Poeta («Apuntes sobre el tiempo y la poesía»), Orígenes y Ciclón («La filosofía de Ortega y Gasset»). Siendo Orígenes la privilegiada y Lezama la piedra fundacional de su encantamiento por la isla, a quien siempre saluda en su cartas «mi querido amigo José Lezama», es en esta revista donde se multiplican sus colaboraciones: «La metáfora del corazón» (1944), «El caso del coronel Lawrence» (1945), «Los males sagrados: la envidia» (1946), «Delirio de Antígona» (1948), «La Cuba secreta» (1948), «Lydia Cabrera, poeta de la metamorfosis» (1949), «El misterio de la pintura española de Luis Fernández» (1951), «Amor y muerte en los dibujos de Picasso» (1952), «Fragmentos: La materia. El cristal. El vegetal. Vivir es anhelar» (1953), «Tres delirios» (1954) y «Dos fragmentos acerca del pensar» (1956) (Índice, 1969, pp. 141-142). Cierto que Lezama no dejaba de atraerla aún durante su estancia final en Europa: «No deje de seguir mandando sus escritos a nuestra revista» (carta 7, 1954); «Mándame colaboración tuya y de gente de calidad que podamos presentar» (carta 9, 1955); «Pero quería ahora rogarle me enviara algunas páginas suyas para el próximo número. Las espero con “ansia mortal”» (carta 10, 1955); «Espero su trabajo para Orígenes. Le ruego me lo mande con urgencia, pues estoy en víspera de otro número» (carta 12, 1955). Y María no deja de responderle: «Le mando el original [“Dos fragmentos cerca del pensar”]. Es de lo último que he hecho y no pensaba publicarlo por ser el germen de muchas cosas, pero, por ser para usted, lo doy» (carta 13, 1956) (Jiménez, 2008, pp. 37-45).

La segunda estancia entre Cuba y Puerto Rico fue para María Zambrano la más prolongada y enriquecedora espiritual y sentimentalmente. Pudo, al fin, encontrarse con viejos y nuevos amigos españoles, intelectuales que la acompañaban y alentaban en aquella diáspora de la España errante. La nómina era extensa pero se hallaba sujeta a los vaivenes de los destinos que cada uno se procuraba. La Habana, estación de paso hacia las dos Américas: ¿no estaba acaso esta condición de ciudad-puente presente desde la fundación misma de aquella villa portuaria de los siglos xvi y xvii? A diferencia de México y Chile, incluso de la República Dominicana, que recibieron grandes contingentes de refugiados trasladados en barcos, el Gobierno cubano se mostró renuente a aceptar la entrada masiva de europeos. En 1940 se prohibió el desembarco de los 900 judíos que transportaba la nave alemana Saint Louis. A efectos de los intelectuales, la nueva Constitución, aprobada ese mismo año, excluía a todo aquel que no fuera ciudadano cubano por nacimiento o naturalización el acceso a cualquier institución oficial, así como los estatutos de la Universidad de La Habana impusieron las mismas condiciones para ser profesor. Solo unos pocos pudieron vencer esas barreras: Gustavo Pittaluga, Juan Chabás, Herminio Almendros y pocos casos más. Y Zenobia Camprubí (1991, p. 153), disgustada por las trabas que impedían el acceso de Juan Ramón a la universidad, escribía en su diario: «El país es bello en un sentido pagano, pero le falta grandeza y diversidad y no ofrece lo suficiente para querer quedarse uno aquí». Para casos excepcionales, se creó un carnet de tránsito de duración limitada. Las instituciones culturales de la sociedad civil aliviaban la circunstancia.

Con todo, María pudo encontrarse con sus amigos españoles de paso por La Habana. El primero fue José Ferrater Mora, con quien compartió algunas de sus conferencias durante los tres viajes que el filósofo hizo a La Habana. Siguieron Joaquín Xirau, Fernando de los Ríos, Juan García Bacca, Francisco Ayala, Pedro Salinas, José Rubia Barcia, Herminio Almendros, Concha Méndez, Juan Chabás… Sin embargo, fueron tres españoles llegados a Cuba en los que Zambrano encontró aliento, refugio y amistad profunda: Altolaguirre, Pittaluga –nacido en Italia– y Cernuda.

Con Manuel Altolaguirre, su coetáneo casi, recuperó la entrañable amistad de los años iniciales de la República, al tiempo que admiraba entonces el entusiasmo con el que fundó, junto a su esposa Concha Méndez, una modesta imprenta, La Verónica, desde la que renovó el placer de la lectura de los queridos autores de su lejana tierra, así como de jóvenes cubanos. En Altolaguirre ella encontraría la alentadora resistencia al olvido, y en su revista La Verónica publicaría tres textos: «El freudismo, testimonio del hombre actual» (1940), «Isla de Puerto Rico (Nostalgia y esperanza de un mundo mejor)», del mismo año, y «Las dos metáforas del conocimiento» (1942).