«La literatura me ayuda a mantenerme vivo e ilusionado, a vivir de manera creativa»

Por Javier Serena

Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), premio Nobel de Literatura en 2010, premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1986 y premio Cervantes en 1994, es uno de los autores más leídos en nuestra lengua. Su carrera literaria comenzó con la publicación de La ciudad y los perros (1963), que es considerado como el inicio del llamado boom hispanoamericano, que supuso un periodo de esplendor para la narrativa en español. En la década de los sesenta publicó también La casa verde (1966), Conversación en La Catedral (1969) y Los cachorros (1967). Otras novelas suyas destacadas son Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el escribidor (1977) o La guerra del fin del mundo (1981) y, algo más recientemente, La fiesta del Chivo (2000), El paraíso en la otra esquina (2003) o Travesuras de la niña mala (2006). Su última novela publicada es Cinco Esquinas (2016). Además, ha desarrollado una amplia obra ensayística, que incluye El pez en el agua (1993), donde repasa su infancia y su juventud y su candidatura a la presidencia del Perú, el ensayo literario La orgía perpetua. Flaubert y «Madame Bovary» (1975) o La civilización del espectáculo (2012), donde reflexiona sobre las últimas transformaciones ocurridas en la cultura y la sociedad. Este primer trimestre publica La llamada de la tribu, un nuevo ensayo en que explica su itinerario político y literario.

Usted ha aludido muchas veces a que la vocación literaria es una forma de entusiasmo obsesivo y perentorio, pero también duradero, pues hace ya más de sesenta años de sus primeros cuentos publicados y sigue escribiendo y leyendo sin descanso. En cuanto a las razones que desatan esa vocación ya tan antigua, señala que hay alguna forma de rebeldía y descontento con la propia biografía y la realidad. ¿Es necesaria la insatisfacción para escribir?

Sin ninguna duda. No sólo escribimos, sino que también leemos por esa insatisfacción. Detrás de la lectura y de la necesidad de buscar algo en la ficción, estás expresando un desacuerdo con el mundo y con tu vida tal como es, y para eso necesitas de alguna manera, aunque sea de manera ilusoria, como es la literatura, vivir otra vida. En el caso de los escritores, las razones por las que se da esa rebeldía pueden ser múltiples —generosas, egoístas, altruistas—, pero, sin ese desacuerdo y esa disconformidad, difícilmente la ficción significaría nada para ti. En cualquier caso, escritores o no, no abunda la gente que está en perfecto contentamiento con la vida. Por eso existe la ficción y la vocación literaria, que, por otra parte, implica un compromiso muy profundo y no es una actividad que exija ciertas horas, sino una entrega completa. Flaubert decía que escribir es una manera de vivir, y lo cierto es que, si examinas las vidas de los escritores más importantes, hay una identificación absoluta con la vocación, pues de otra manera no cabe hacer una obra rica y original.

En ocasiones ha manifestado que comparte con algunos autores, como Victor Hugo, la noción de que la novela es un artefacto creado con intención de transformar la sociedad. Esa voluntad de interpelar a la realidad se observa de manera muy clara en sus primeras novelas.

Efectivamente, cuando yo empecé a escribir, tenía una orientación política de gran rechazo a la sociedad en que vivía y en la que había nacido, y entonces sí se fundía la vocación literaria con una posición política. Pero no creo que sea una constante: al contrario, hay muchos escritores a los que la vida política, la vida social, no les interesa mayormente.

En esas novelas, pero también en algunas posteriores, como, por ejemplo, La fiesta del Chivo o La guerra del fin de mundo, se examina la relación de los individuos con su entorno: cómo afecta a los personajes el contexto histórico, político o social. En ese sentido, sus libros parecen centrarse en los asuntos colectivos, o en la relación del individuo con lo colectivo, antes que en la intimidad.

Sí, creo que es verdad. Si tiene algún sentido hablar de escritores realistas, yo soy un escritor realista, no escribo historias fantásticas, aunque pueda disfrutarlas como lector. Las historias que yo escribo fingen una realidad objetiva que tú puedes reconocer a través de la experiencia, lo cual no quiere decir que no haya ficción, siempre la hay: realista, fantástica, psicológica o histórica. La ficción existe por el hecho de que aquello no es la vida tal como es, sino la vida hecha palabras: recurres al lenguaje para recrear o crear una realidad y se vuelve literatura desde el momento en que empleas palabras para ello. Así pues, según como utilices las palabras, se decidirá la profundidad o superficialidad, la riqueza o banalidad de lo que escribes. Ahora bien, hay que tener presente que describir la realidad en nuestra época es muy distinto a describirla en el siglo xix, o en el xvi, porque es mucho más compleja, y la manera de escribir está muy condicionada por la experiencia vital. De ahí que un escritor del siglo xxi no pueda escribir como uno del siglo xix sin producir un desconcierto en el lector, pues, como lector, es preciso reacomodarse para leer a un autor del siglo xix o, más aún, del siglo xvi. Esto se advierte en algunos aspectos concretos literarios. Por ejemplo, en el tratamiento del tiempo, que en una novela clásica es muy detallado, minucioso y lento, mientras que una novela actual no puede tener esa morosidad sin que delate un anacronismo total, pues el lector no se siente ambientado en el texto por la velocidad en que el tiempo transcurre en nuestros días.

Precisamente en ese aspecto, en el uso del tiempo, sus novelas tienen un trabajo de ingeniería o artesanía muy complejo y estudiado: los tiempos se superponen o solapan, sin que haya una construcción cronológica.

Sí, es algo fundamental: el tiempo es un aspecto muy importante en las novelas. Muchos escritores lo manifiestan a la hora de escribir, pero no tienen conciencia de ello. El tiempo en literatura es una invención, exactamente como la invención de un narrador. Así como para contar una historia tienes que inventar un narrador, el tiempo también lo inventas y es algo que has de modificar mucho: acelerando, deteniendo, silenciando ciertos periodos, haciendo que gire en redondo, que parezca como inmovilizado, y todos esos aspectos son decisivos para que una historia sea persuasiva.

En cuanto al material narrativo, la sustancia que moldea en sus ficciones, hay novelas con referencias autobiográficas explícitas, algunas están ambientadas en el Perú de la época de su juventud y los conflictos que lo rodeaban, mientras que en otras hay un trasfondo histórico marcado, situadas en épocas y países distintos, etcétera. ¿Cuáles son los ingredientes fundamentales de los que se nutren sus obras?

Creo que en las primeras novelas utilizaba mucho más la experiencia personal. La memoria y las imágenes que conservas en ella son siempre un material riquísimo para imaginar y escribir. De hecho, yo nunca he escrito nada que no nazca de la realidad, de ciertas situaciones que, de manera poco clara, han generado una fantasía que ha sido el embrión de una historia inventada. A menudo me he preguntado las razones por las que algunas imágenes o experiencias tienen ese ingrediente que te lleva a fantasear una historia: seguramente, son vivencias que tocan algún elemento profundo de la personalidad. Pero no para todos los escritores es así. Recuerdo que Robbe-Grillet, un autor francés muy de moda en los sesenta, decía que escribía historias pensando en una manera determinada de hacerlo: sostenía que era la manera de escribir, el modo de emplear los tiempos verbales o una determinada forma gramatical, lo que suponía el punto de partida, mientras que el argumento nacía como algo secundario. Desde luego que para mí nunca ha sido así: en mis libros la anécdota o los hechos del relato son algo esencial.

En aquellos primeros años, siendo todavía muy joven, entre 1963 y 1969, publicó tres grandes novelas, de excelente acogida: La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en La Catedral, además de la novela breve Los cachorros. ¿Cómo recuerda aquel periodo tan fecundo y cuáles eran los modelos a los que aspiraba a parecerse?

Pues recuerdo aquellos libros fuertemente influidos por mis lecturas de la época. Yo estaba muy marcado por la lectura de Sartre y otros autores existencialistas y, en lo formal, por Faulkner: de él aprendí el magistral uso de los tiempos y las formas narrativas, la técnica literaria, que, en su caso, eran extraordinariamente originales y eficaces. Y, además, el mundo que describía Faulkner era similar al de un latinoamericano: son personajes de razas distintas, condicionados por el pasado y la tradición, en lucha constante, expuestos en un entorno muy atractivo, con muchos parecidos a Latinoamérica.

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