Usted es una persona muy atenta a las nuevas manifestaciones narrativas. ¿Qué tendencias aprecia entre los autores de las últimas generaciones? En España, por ejemplo, se editan muchos cuentos, que era un género tradicionalmente poco practicado, a no ser por algunos modelos puntuales (Clarín primero, Aldecoa después…).

Es cierto que hasta hace poco en España el cuento era un género inusual y que en los últimos años se está cultivando considerablemente. En cambio, en América Latina se escribían muchísimos cuentos, dado que era más fácil publicarlos, y tenemos grandes cuentistas, como Borges, Cortázar o García Márquez. Por el contrario, costaba más que las novelas encontraran espacio en una editorial. En primer lugar, porque había pocas editoriales, y, en segundo lugar, porque éstas eran muy reticentes a publicar autores latinoamericanos: preferían las traducciones, ya que el público era restringido para la literatura de su propio continente.

En cambio, la aspiración de escribir novelas que abarquen mundos enteros e historias personales completas, a la manera de las grandes novelas del siglo xix, se observa cada vez menos.

Quizá ahora sí se dé menos ese tipo de narración con ambición totalizadora, porque todo es veloz y se ha vuelto superficial: las novelas se escriben rápido para que se publiquen rápido y, además, desaparecen rápido también. Pero yo pienso que en la novela hay un elemento de cantidad que es muy importante. Es el único género en el que la cantidad es un ingrediente de la calidad. Es decir, una gran novela tiende a ser extensa, aunque haya algunas pequeñas que son extraordinarias, porque tiene que ver con el tiempo, con la sociedad, con la relación de un individuo con su entorno social, etcétera. No creo que sea casualidad que hayamos convertido en grandes catedrales del género narraciones tan largas y ambiciosas como las de Proust, Balzac, Tolstói, Dickens o Victor Hugo. Considero que, con excepciones, como sucede constantemente en literatura, quien escribe novelas cae en la tentación de alargar, de que crezca la historia. Y a veces hay que hacer esfuerzos para cortar una historia que, si la dejas fluir libremente, se prolongaría sin término. Yo siempre he tenido esa sensación escribiendo: que, en un momento dado, hay que parar porque, si no, la novela se desboca.

Esos cambios en las manifestaciones literarias, en la motivación o intenciones de los escritores, quizá tengan relación con las reflexiones que usted hace en La civilización del espectáculo, donde advierte del peligro de la decadencia de la cultura.

Eso es un hecho evidente: la cultura está cambiando muchísimo. Vivimos en una época en la que hay transformaciones absolutamente extraordinarias, y en la cultura se está dando, en efecto, un gran cambio, aunque éste no sea demasiado estimulante. La cultura se está convirtiendo cada vez más en espectáculo, una forma de entretenimiento o de diversión. Y ése no ha sido su cometido tradicional. La cultura es muy entretenida y muy divertida, por supuesto, pero su función no es entretener ni divertir. Que el espectáculo esté prevaleciendo hoy en día sobre todo lo demás explica, especialmente en ciertos campos, como el de las artes plásticas, el proceso de banalización y frivolización que se está experimentando. Pienso, en definitiva, que la cultura se va volviendo cada vez menos importante desde el punto de vista de las ideas y los valores. Es un problema serio de nuestro tiempo, y creo que este fenómeno se está produciendo tanto en los países desarrollados como en los del tercer mundo.

La formación que aporta la literatura, que no es acumulativa, sino que genera emociones y reflexiones iguales a la experiencia propia, constituyendo, así, una enseñanza de vida, ha sido un elemento cultural básico para forjar la identidad de cada individuo y de las comunidades en que nos integramos. ¿Sin una adecuada formación cultural y literaria se constituirán sociedades muy distintas?

Sin duda, la cultura es determinante para la construcción del individuo, así como para las sociedades que éstos configuran. Y, en concreto, creo que la literatura es un elemento de discordia frente a la realidad, algo primordial para que haya progreso, para que haya evolución, para que haya reformas. Es absolutamente indispensable para crear ciudadanos que sean independientes, que tengan espíritu crítico, que sean libres, que entiendan que la libertad es un valor esencial. Eso no es tan evidente, pero estoy convencido de que una sociedad de lectores competentes, lectores de buena literatura, es mucho más difícil de manipular y se defiende mejor contra las dictaduras o las seudodemocracias, que son hoy día el gran problema.

De lo que no cabe duda es de que las manifestaciones culturales, y también la lectura y la escritura, están en un proceso de cambio muy significativo.

Por lo pronto, lo importante es que la literatura sobreviva, que no desaparezca y se desnaturalice tan profundamente que mute en otra cosa. En todo caso, lo más probable es que el futuro sea tan distinto de lo que es el presente que puede ser que ésta simplemente deje de existir o derive en otra manifestación nueva, que podrá llamarse o no literatura. Pues, si ya escribes sólo para las pantallas, al final ese soporte va a producir una literatura que no va a tener nada que ver con la que se escribía hasta nuestra época, que, de algún modo, ha sido la época fronteriza.

¿Puede sustituirse la experiencia de la lectura por otra práctica cultural?

No lo creo. A mí me gustan mucho las pantallas, disfruto con el cine y me divierten las series, pero ninguna experiencia es tan profunda, tan rica ni deja una huella tan indeleble como la literatura. La literatura hace que funcione todo tu conocimiento, tu racionalidad entra en juego. Eso no ocurre con la pantalla: te baña, te moja, adoptas una actitud mucho más pasiva que frente a un libro, donde tienes que trabajar intelectualmente para entender lo que sucede.

En cualquier caso, su pasión por la lectura y la escritura sigue vigente. Este primer trimestre de 2018, de hecho, publica un nuevo libro de ensayo.

Este mes de febrero publico La llamada de la tribu (Alfaguara). Se trata, de algún modo, de una autobiografía política e intelectual: desde mi primera toma de conciencia política, cuando era muy joven, en un país subdesarrollado que padecía una dictadura, la de Odría, que marcó a mi generación profundamente, a mi evolución posterior. Explico, primero, mi aproximación al marxismo y al socialismo, luego, el desencanto que representaron la Revolución cubana y la URSS y mi reivindicación de la democracia y, finalmente, la opción liberal.

Una posición política, o una manera de pensar la sociedad, que está condicionada por la experiencia biográfica y la intelectual.

Biográfica e intelectual, pero, sobre todo, intelectual: son experiencias intelectuales, más que anécdotas, que han sido fundamentales para mí. Cuento cómo he llegado a ser lo que soy gracias a ciertas lecturas, a ciertas ideas, y a los autores que encarnaban esas ideas. En el libro esto se vertebra a través de siete autores que me marcaron muchísimo y que, de alguna manera, han modelado mi forma de pensar en el campo político.

De lo que no cabe duda es que, después de una vida entera dedicada a este oficio, siente gratitud hacia la escritura y la lectura.

Un buen libro sigue siendo para mí el placer supremo. La literatura me ayuda a mantenerme vivo y a albergar ilusiones, a vivir de manera creativa, no pasiva.

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