Hubo momentos en que la literatura en nuestra lengua, en los años cincuenta, sesenta o setenta, pareció buscar la renovación a través de la experimentación formal, innovando en el uso de narradores o en las estructuras de la novela, mientras que, de un tiempo a esta parte, parece intentar su evolución mezclando géneros, con la historia, la autobiografía, las biografías ajenas, etcétera. ¿Hay un agotamiento en la ficción pura?

En verdad creo que es algo que siempre ha hecho la novela: es un género caníbal, que se ha apropiado de la poesía, de la historia o del ensayo, disimulándolos dentro. Es un género integrador de otros. Pero la condición típica de la novela es la mezcla de lo colectivo y lo individual, del hombre en sociedad: si la poesía puede expresar al hombre en la soledad, la novela lo muestra dentro de una circunstancia social o histórica, en pugna con ella o integrado en ella. A mí, por ejemplo, la historia siempre me ha interesado mucho, hasta el punto de que en la universidad dudé entre estudiar Letras o Historia. Tuve un extraordinario profesor de historia, brillantísimo, tan elocuente que llegaba a convencerte de que dentro de la misma cabían la literatura y muchas cosas más. Por eso muchas veces he usado hechos históricos como telón de fondo para mis novelas.

Un aspecto en el que siempre ha insistido a la hora de explicar su proceso creativo es la voluntad: el trabajo y la constancia como herramientas imprescindibles para un creador, y señala como modelo a Flaubert.

Sí, la disciplina es fundamental, como decía y ejemplificó Flaubert. La lectura de Madame Bovary me dejó maravillado y me demostró el tipo de escritor que quería ser: un autor realista, pero no de un realismo facilón y descuidado. En Madame Bovary la perfección y la belleza del lenguaje es esencial. Fue, realmente, una lección de literatura. La correspondencia de Flaubert también: saber que no fue un escritor genial desde el principio, que empezó siendo un autor normal y corriente y que el trabajo, la disciplina, la voluntad fueron creando en él el talento y el genio literario.

Su figura, de algún modo, con la publicación de La ciudad y los perros, con el que obtuvo el Premio Biblioteca Breve, convocado por Seix Barral, supuso el comienzo del llamado boom hispanoamericano. A partir de entonces, se universalizaron muchos otros autores de América Latina y se generó una unidad entre ellos.

Fue un fenómeno cardinal que puso la literatura de nuestra lengua en primer lugar y consiguió muchos lectores en todo el mundo, aunque, paradójicamente, yo y muchos otros descubriéramos la literatura latinoamericana en Europa. Lo cierto es que la comunicación cultural entre los países latinoamericanos entonces era muy escasa. Leíamos a escritores norteamericanos, ingleses, franceses, pero no argentinos, colombianos o ecuatorianos, etcétera. En concreto, yo comencé a leer literatura de nuestro continente sobre todo en Francia, y fue, además, leyéndola traducida como supe que se estaba haciendo una literatura rica y novedosa en español. Recuerdo que la primera novela que leí de García Márquez, del que no sabía nada, fue en francés, El coronel no tiene quien le escriba, que publicaba la editorial Guillard, y que me llegó porque entonces yo trabaja en una radio. Y a Alejo Carpentier lo leí por primera vez también en francés, en Les Temps Modernes, la revista de Sartre, a la que yo estaba suscrito en el Perú, y donde publicaron en dos números El acoso. Así que fue en París donde empecé a conocer escritores latinoamericanos y a darme cuenta de que teníamos tradiciones, historias comunes. En esos años no había artista que no quisiera llegar París: era el gran sueño.

Además, los autores del boom, de los que los exponentes más visibles entonces fueron usted, García Márquez, Cortázar o Carlos Fuentes, ayudaron a aumentar el interés en torno a otros escritores de América Latina algo anteriores: Rulfo, Borges, Bioy Casares, etcétera.

Sí, lo cierto es que algunos de esos autores fueron popularizados y leídos masivamente de manera retrospectiva. La literatura latinoamericana moderna era muy poco conocida, sí la etapa modernista y algún autor puntual, como Miguel Ángel Asturias, pero no la producción más reciente. En ese sentido, para ayudar a su difusión, fue crucial Barcelona, capital editorial de España, donde Carmen Balcells reunió a autores de distintas nacionalidades y la misma lengua que durante años se habían dado la espalda. Esas décadas de los sesenta y los setenta fueron también fue muy importantes para España, que había vivido muy incomunicada, hasta el punto de que ni siquiera en la universidad se conocía bien la literatura de Latinoamérica, salvo a los autores clásicos. En los años sesenta se produce ese encuentro en Barcelona, donde coincidimos Donoso, Edwards, García Márquez o yo, y muchos escritores jóvenes van a Barcelona como nosotros fuimos antes a París. De algún modo, cobramos conciencia entonces de que la lengua era la patria común, que había unos lazos que antes no se evidenciaron, salvo, quizá, durante el modernismo, pero esos vínculos se cortaron con la Guerra Civil española y la dictadura, que fue un periodo en que América Latina y España rompen puentes.

Otro fenómeno de gran trascendencia para nuestra lengua, y para la literatura universal, fue el descubrimiento tardío de Borges, que se convirtió en un autor muy leído también en la década de los sesenta.

Sí, el de Borges fue quizá el caso más notorio de los que se redescubrieron en aquella época, años después de que empezara a publicar, y en ese hecho su paso por Francia resultó también decisivo. Ocurrió en el año 1963, cuando yo vivía en París, y se produjo un deslumbramiento colosal con su figura: que un latinoamericano hablara en francés o inglés a la perfección, que conociera con tanta profundidad la literatura alemana, inglesa o francesa, impactaba, y muchas revistas le dedicaron números especiales. Ese hallazgo de Borges, que se dio primero en Europa y, luego, rebotó a América Latina, donde era un autor minoritario, tiene un componente dramático: se da a conocer universalmente en un momento en que la parte principal de su obra ya está escrita. Cuando gana el Premio Formentor, junto con Samuel Beckett, a comienzos de los sesenta, empieza un reconocimiento que no ha terminado aún, porque es un autor con discípulos y admiradores en diversas lenguas y muy traducido, un autor muy vivo que genera fascinación en todas partes.

De los autores de aquella época o de las décadas anteriores, ha habido algunos que han corrido mejor o peor suerte. ¿Qué autor de esos años cree que habría que leer atentamente o situar en un lugar menos apartado?

La gran diferencia con lo que sucedía entonces es que hoy un escritor puede pasar un tiempo desapercibido, pero luego es redescubierto, pues la comunicación facilita el conocimiento. Sin embargo, sigue habiendo grandes escritores, como Onetti, que apenas son leídos por minorías, quizá por la atmósfera tan deprimente de sus novelas. Con todo, es un excelente autor, que se adelanta a todo el mundo haciendo una literatura muy moderna, y su novela La vida breve es una obra maestra, una de las grandes obras de nuestra lengua en el siglo xx. Ha escrito otros libros maravillosos, como El astillero, y tiene un talento enorme, por lo que cada vez que lo lees quedas un poco desmoralizado. Otro autor que quizá no sea tan leído como merece es el paraguayo Augusto Roa Bastos. De él es muy conocido Yo el Supremo, que es un muy buen libro, aunque yo creo que la gran novela de Roa Bastos es Hijo de hombre, una historia terrible sobre la guerra del Chaco, esa guerra espantosa entre Paraguay y la triple alianza que formaban Brasil, Argentina y Uruguay donde prácticamente desaparecieron los hombres en Paraguay, dejando el país apenas habitado por mujeres y niños. Es un libro extraordinario, porque en él Roa Bastos consigue contar a través de residuos, de lo que ha quedado del país, esa terrible tragedia, que es, por desgracia, el holocausto de un pequeño Estado en una guerra monstruosamente injusta en la que tres países se encarnizan contra Paraguay y lo deshacen, lo trituran. Desde un punto de vista formal, es, además, una magnífica novela: al principio parecen unos cuentos y después te das cuenta de que están todos integrados y es una sola historia.

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