En esas horas de las noches sabatinas en las que se hablaba de todo y se realizaban performances sin saberlo, Ramón, además, hacía literatura. La tertulia pombiana que presidía el escritor con celo de creador era más compleja de lo que parece. Tanto, al menos, como la aventura editorial del libro que la recoge, que ha resumido el citado Antoni Martí en su Poética del café. Según este autor, quien prefiere prescindir de los dos adelantos que suponen las dos proclamas de Pombo, la primera de 1915 y la segunda de 1916, señala Pombo, publicado en 1918, y luego La sagrada cripta de Pombo, fechado en 1923 y publicado en 1924, como los volúmenes esenciales. A ambos los considera, y con acierto, que son lo fundamental de la literatura dedicada a la tertulia, pues los nuevos «Pombos» publicados en el exilio bonaerense —un Pombo de 1941, refundidor de los anteriores, con el título de Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos, y, por último, su nueva edición en 1960— son otra cosa. Ciertamente, las dos obras madrileñas son unos textos tan insólitos en las letras españolas, tan novedosos, modernos y sugerentes como decisivos en la literatura ramoniana. Los dos carecen de género y de generación, pues no se parecen a nada de lo que había hecho el modernismo ya declinante. En ellos hay todo aquello que hasta entonces no se reunía, comenzando por una mirada de caleidoscopio, pero de caleidoscopio urbano. Desde el diario, la crónica o el diccionario, pasando por la crítica de arte y literaria, hasta el artículo periodístico, la historia vista de manera singular, a lo Ramón, las ilustraciones por medio de unos dibujos que, a veces, son greguerías pintadas, y que se convierten en un ejemplo más de escritor y artista… Todo esto y más, si fuera posible reducir la obra, está en el originalísimo texto dedicado a la tertulia del café Pombo. Es el Pombo un título que se puede considerar como un Rastro de la literatura y que debe mucho, precisamente, al libro dedicado por Ramón al tradicional mercadillo madrileño, publicado en 1914. Un escrito que se diría que es cubista, que muestra una realidad plural, superpuesta y dividida en planos tan originales como la mirada del escritor, con observaciones que adelantan, como sus greguerías o sus personales performances, muchas de las cosas que se hacían en el Cabaret Voltaire de Zúrich. Un libro que es, asimismo, un collage literario que reúne en acertada combinación todas las ocurrencias y comentarios que el autor madrileño convierte en literatura.

La compleja personalidad de Ramón, que suscitaba tantas adhesiones como rechazos —es famoso el espanto que produjo en Francisco Ayala el ambiente pombiano, que recogió en sus memorias, Recuerdos y olvidos—, congregó a su alrededor un nutrido grupo de tertulianos tan fijos como variables, algunos de ellos inmortalizados en el famoso retrato colectivo realizado en 1920 por José Gutiérrez Solana. Allí, en la calle Carretas, entre tertulia y tertulia, se dieron banquetes de homenaje a todas aquellas celebridades de la época que Gómez de la Serna pensaba que podían aportar algo a su prestigio, pero también que tenían interés, así que no es de extrañar que pasaran por la sagrada cripta de Pombo desde Unamuno y Ortega a Picasso o Marie Laurencin, sin olvidar a Larra y a Goya, pues, a la hora de convocar afines y conceder homenajes, a Ramón no lo frenaba nada, ni siquiera la muerte. Una numerosa lista que dice mucho de las relaciones del escritor y de su prestigio, que se une a la nómina de los tertulianos fijos y ocasionales que el autor también consigna en su libro con atención profesoral, con celo de director de la empresa sabatina y cafetera.

Desde el observatorio que formaban el velador y el granate diván aterciopelado del café Pombo, y a lo largo de dos décadas cruciales, Gómez de la Serna contempló Madrid o, si se quiere, el mundo a través de Madrid, al que consideraba su centro, y al propio café, «la capital de la capital». Para Ramón, la Villa y Corte era la meca de las ciudades, cuyo meridiano pasaba por el Pombo, situado a dos pasos del otro centro ramoniano en la urbe que es la puerta del Sol. Su mirada sobre Madrid es la misma que lanza sobre la literatura: una perspectiva personal y fragmentada que aglutina todas las cosas que ofrece el inmenso Rastro que es la ciudad, y cuya reunión da como resultado un conjunto que podría ser absurdo, pero que es, sobre todo, original, nuevo. No hay en su obra engorrosa erudición madrileñista ni nada que lo aproxime a la siempre un poco reductora crónica local, dicho sea esto con todos los respetos. Así pues, el madrileñismo de Ramón, el más importante e invariable de sus -ismos, va más allá de la ciudad, pues lo principal es la mirada del escritor, no lo contemplado en su callejear. Un madrileñismo que puede ser aplicado a cualquier ciudad, un madrileñismo casi sin Madrid, aunque la metrópoli esté constantemente presente, y que es tan plural como el propio escritor. Como hemos contado en otro texto —(«La ciudad de Ramón Gómez de la Serna», Revista de Occidente, número 432)—, el madrileñismo del autor es, por tanto, un -ismo que responde a una concepción de la ciudad en la que cuenta tanto el escritor como lo observado y en el que a su vez es posible distinguir otros muchos -ismos, casi infinitos, a los que nunca aludió el autor, pero que le dan su sentido y su razón de ser y lo vertebran. Al mirar por este colorido caleidoscopio madrileño que es la obra ramoniana, hemos distinguido, entre otros muchos, el «cafetismo» y su expresión más acabada, el «pombismo», esencial en la vida y obra de Ramón; el «asistentismo», con su canto afectuoso a las trabajadoras domésticas que extiende a las lavanderas del Manzanares; el «bacaladismo», o el «merluzismo», por la glosa de estos platos de tanta tradición en la cocina madrileña, muy diferentes del «gallinejismo», de aliento suburbial; el «verbenismo», donde distingue entre los saraos del centro y las kermeses de las afueras; el «acacismo», fruto de una alabanza al árbol más madrileño realizado de la manera más evocadora; el «pasillismo», dedicado a esos lugares de las casas de los filósofos por donde pasean y reflexionan, con especial recuerdo a Ortega; el «tenderismo», en el que la poética se centra en los tan inverosímiles como infinitos comercios de la ciudad; el «porterismo» y su atención a esta institución urbana, tan madrileña; el «suburbialismo», el «rastrismo», el «puertadelsolismo», el «sentimentalismo», es decir, el dolor que se experimenta por la pérdida de un palacio, de una tienda de artículos de corcho o de una confitería. Como se ve, el Madrid ramoniano, ya creado en el año de la aparición de Pombo, es más que cubista, poliédrico, como un collage que muestra ensambladas a su manera una serie de partes que dan un todo.

Desde el café Pombo, si se quiere, desde 1915, Ramón vio pasar el Madrid del que más cerca estaba, el de la regencia de María Cristina y los principios de siglo, casi sin darse cuenta. Un Madrid antañón, hospitalario, provinciano, sin conflictos sociales, en el que el obrero era menestral. Un Madrid que acogió la infancia y la juventud de más de una generación de escritores, pues, más adelante, los modernos y también cosmopolitas Agustín de Foxá, Ernesto Giménez Caballero y Edgar Neville no dejaron de filmar o escribir con nostalgia acerca de ese Madrid de alabarderos y simones, del cochecito infantil de la plaza de Oriente, que llegó hasta los años sesenta y que tan cercano nos resulta. Un Madrid «feliz, facilitón y elegante», en palabras del propio Ramón. Una ciudad que en 1918, cuando salían las primeras galeradas de Pombo, había comenzado a desaparecer entre huelgas generales y la construcción de la Gran Vía como un tiralíneas de lo nuevo que arrollaba el caserío de siempre. Como en toda Europa, el mundo de ayer de Stefan Zweig se difuminaba entre el humo de los cañones de agosto de 1914: desde entonces, nada volvería ser igual.

Así lo supo ver el propio Gómez de la Serna: «No supimos el corte largo de trenes que iba a suponer aquella declaración de guerra de una tarde de verano». Un corte que se acabó llevando la tertulia del café Pombo en fecha tan tardía y de vísperas tan sangrientas como 1936, cuando ya el escritor se dio cuenta, tras el aldabonazo que había supuesto el enfrentamiento entre Antonio Espina y Ramiro Ledesma unos meses antes, en el que este último esgrimió una pistola, que el mundo de la sagrada cripta de Pombo había desparecido. Hasta ese momento, Ramón había mirado desde la entrada del café, con sombrero y bastón, como si fuera ese figurín que parece en las fotografías, a una ciudad tan plural y contradictoria como su propia obra. Una urbe que como muchas otras de Europa veía cómo la tradición cedía ante la modernidad en lo formal y en lo esencial; cómo se transformaba y cómo incorporaba elementos nuevos, venidos de la modernísima América. Un Madrid y un café que también mostraban las tensiones de una época en la que, como anunciaba el verso de Pedro Garfias, entonces poeta ultraísta, las cosas se habían roto, entre ellas, la pombiana botella de ron Negrita, el falso licor cubano que pintó José Gutiérrez Solana como un personaje más de la tertulia ramoniana.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]