EL DISCURSO DE INTEGRIDAD
Tanto El hombre de las mil caras como El reino plantean una crítica de la corrupción, es decir, se preguntan cómo es posible que una sociedad que se dice democrática haya fallado tan estrepitosamente en esta cuestión. Para responder a esa pregunta, los cineastas construyen un discurso fílmico basado en hechos reales, pero articulado desde las reglas de la ficción: una serie de sucesos protagonizados por unos personajes en un espacio y tiempo que son enunciados en imágenes y sonidos según cierta forma de transmisión narrativa y en cierto tono. Cuando el actor protagonista de El reino, Antonio de la Torre, dice que «una película te permite hacer un retrato más en profundidad, puede contar de un país o de un asunto mucho más que un telediario» (Pastor), está señalando dos cosas.
Por un lado, que los artistas cuentan historias porque consideran que la comunicación emocional es más importante que la racional. Narrar puede ser más efectivo que informar. Un relato llega al «corazón» de las cosas. En este sentido, el tono del relato (comedia, tragedia, drama, terror…) es fundamental. No es casualidad que, en los dos casos aquí tratados, la corrupción se cuente desde la emoción del thriller: intriga, suspense, misterio, acción, drama. De hecho, hay toda una tradición cinematográfica de thriller político, en especial, en Estados Unidos, Francia e Italia. Incluso hay cineastas especializados en este género, como Alan J. Pakula, Costa–Gavras o Giuseppe Ferrara. Rodrigo Sorogoyen, por su parte, ha dicho: «el thriller te permite enganchar al espectador, siempre y cuando la trama sea buena, y a la vez te permite hablar de muchas cosas: de seres humanos y de realidades sociales» (ABC, 3-2-1919). Y en otro medio, añadía: «Hemos intentado hacer la película lo más trepidante y entretenida precisamente para que no se arrepienta un espectador que no sabe muy bien qué ver» (EFE, 10-9-2018). En realidad, aunque El reino ha sido un gran éxito de crítica y de premios, su impacto entre el público de salas de cine ha sido menor del esperado. Está por ver el resultado en Internet. Dice el productor Gerardo Herrero en la entrevista que nos concedió: «En Francia la película ha tenido más éxito que en España. Aquí no hay suficiente público para este tipo de cine. Éste es un país bastante inculto. Los españoles sólo quieren ver comedias malas y tontas. Aquí se lee poco, se va poco a los museos, sólo se busca el cine de puro entretenimiento. La televisión y la educación han marcado muchas generaciones para peor».
Por otro lado, lo que De la Torre está diciendo es que el cine de ficción contiene una construcción de sentido, en este caso sobre la corrupción, que normalmente proviene de cierta visión del mundo. Digamos, por ejemplo, que el marxismo tiene su filosofía, su teoría económica, su sociología, su literatura, su cine, etcétera, cuya construcción de sentido es similar. Es decir, el cine de ficción casi actúa a modo de fábula: tiene una intención didáctica o, cuanto menos, crítica. Denuncia ciertas costumbres o vicios. Sobre esto dice Manuel Cerdán: «Creo que el tratamiento en el cine sobre los casos de corrupción política y económica es clave para acabar con el saqueo de las arcas públicas. Las películas, aún más ahora que llegan a la gente a través de las pantallas de televisión —El hombre de las mil caras se emitió en Movistar y Netflix en todo el mundo— o de Internet, son de vital importancia para concienciar a la opinión pública de las corruptelas de los partidos políticos y sus dirigentes».
La pregunta que nos hacemos es: ¿Qué tipo de visión del mundo y de la corrupción trasmiten estas dos películas? Manuel Villoria Mendieta (2006, 104-127) sostiene que la crítica de la corrupción se produce en los regímenes democráticos utilizando básicamente cuatro tipo de discursos que nos explican cómo deben actuar las instituciones y los responsables públicos. Son los discursos de integridad o «sistemas de significado que tratan de explicar qué es la ética pública, qué es y qué implica la corrupción, qué es la política y la democracia y qué papel debe jugar el Estado». Los discursos de integridad se organizan en torno a cuatro variables: los discursos aislacionistas (prima lo individual) frente a los discursos inclusivistas (se antepone lo colectivo), y los discursos deontologistas (existen derechos universales) frente a los discursos transaccionalistas (existen derechos diversos según los casos). En función de estas variables, Villoria Mendieta distingue cuatro tipos de discursos:
– El discurso libertario. Es aislacionista y deontológico. Entiende que luchar contra la corrupción es, sobre todo, luchar contra el excesivo papel del Estado y su burocracia.
– El discurso liberal-utilitario. Es aislacionista y transaccionalista. Las personas buscan siempre su máximo bienestar y ello puede llevar a comportamientos delictivos. Para acabar con la corrupción, hay que implantar controles y fomentar la transparencia.
– El discurso comunitarista. Es inclusivista y transaccionalista. La corrupción debe perseguirse teniendo en cuenta la pluralidad de pueblos, etnias, religiones y naciones. Cada comunidad decide qué es corrupción y cómo la persigue.
– El discurso deliberativo. Es inclusivista y deontológico. Los ciudadanos han deliberado construir un estado de bienestar y de derecho, a menudo también federal, y el abandono de estos intereses comunes por intereses privados es corrupción. Contra ésta, se lucha protegiendo a los más débiles, fortaleciendo la división de poderes y garantizando la solidaridad interterritorial.
Como señala Villoria Mendieta, éstos son discursos teóricos que rara vez se dan de forma pura en la realidad. En cuanto al discurso marxista, Villoria Mendieta lo descarta por no proponer una solución democrática sino dictatorial. Esta decisión puede ser cuestionable, pero un debate sobre ello nos alejaría del objeto de este artículo y, sobre todo, ninguno de los filmes adopta dicho discurso. Es decir, nuestra pregunta, ¿qué tipo de visión del mundo y de la corrupción trasmiten las películas de Rodríguez y Sorogoyen?, puede transformarse en: ¿qué tipo de discurso de integridad trasmiten?
En este sentido, es importante diferenciar entre el discurso de los cineastas y el discurso de los personajes, esto es, distinguir entre autor real, autor implícito, narrador y personaje. El autor real es el equipo técnico y artístico del filme que aparece en los créditos. En El hombre de las mil caras, Manuel Cerdán, Alberto Rodríguez, Eduard Fernández, etcétera. El autor implícito es la imagen que el público se hace de esas personas. Por ejemplo, puede pensar que Alberto Rodríguez es un director al que le gusta expresarse mediante el thriller. El narrador es el personaje que cuenta la historia. Los guionistas de El hombre de las mil caras emplean al piloto Jesús Camoes (José Coronado) como narrador homodiegético. De este modo, el relato que el público ve en la pantalla es la historia subjetiva de este personaje. Si hay fallos, lagunas, distorsiones, mentiras, inquina contra ciertos participantes en los hechos, son sólo achacables al narrador. Finalmente, están los personajes. Éstos son actantes, en ocasiones basados en personas reales, que aparecen en el filme interpretados por actores. En El hombre de las mil caras, los personajes son Francisco Paesa, Luis Roldán, Juan Alberto Belloch, etcétera.
Pues bien, para seguir el enfoque de ambos filmes, que luego comentaremos, nuestra intención es analizar el discurso de integridad de los personajes a través de sus acciones y sus diálogos. En este sentido, es ya muy sintomático que nunca se utilice el discurso libertario y sólo puntualmente el discurso comunitarista. Ni se propone el adelgazamiento del Estado ni todos los personajes comparten la idea de reglas distintas según qué país. De hecho, en El hombre de las mil caras, los periodistas critican que se engañase a los españoles diciendo que Luis Roldán estaba refugiado en Laos por ser un país más tolerante con la corrupción.
Quedan, por lo tanto, las otras dos opciones: el discurso liberal-utilitario o el discurso deliberativo. Nuestra hipótesis es que los personajes de ambas películas (y en consecuencia el sistema político que retratan) actúan según el discurso liberal-utilitario. Como señala Villoria Mendieta, este discurso entiende que el político es un egoísta instrumentalmente racional. Así actúan la mayor parte de los personajes de ambas películas cuando, por intereses personales, traicionan a los compañeros, piden contener la corrupción en determinado escalafón o protegen a su entorno familiar. En segundo lugar, ese discurso dice que la corrupción la ejercen aquellos que usan el poder para maximizar el beneficio personal, de modo que los personajes piden dinero y poder por hacer o deshacer. Como se dice de Paesa: «su país es el dinero». Finalmente, en el discurso liberal-utilitario, la política es negociar y la gran virtud del político es regatear hasta conseguir algo. Esto es, precisamente, lo que hacen Paesa, Roldán, Belloch, Manuel Gómez Vidal, su vicepresidenta del partido, etcétera. Incluso chantajean con maletines llenos de documentos o agendas llenas de datos porque ellos no son diferentes: todo está corrupto, todos podemos ser corruptos. Para sostener esta afirmación, nos basamos en dos visiones de la corrupción presentes en ambos filmes referidas al contexto histórico y su nivel de corrupción, y al factor humano.