UN PAÍS INDIGNADO

Las dos películas se sitúan temporalmente en los dos momentos históricos en los que la corrupción preocupó más a los españoles o se rodaron en ese momento. En efecto, el origen de El hombre de las mil caras es el libro de Manuel Cerdán Paesa, el espía de las mil caras, publicado en diciembre de 2005. El libro era resultado de sus investigaciones sobre Francisco Paesa, traficante de armas, estafador, pieza clave en la Operación Sokoa de 1986 contra ETA y agente secreto del Ministerio del Interior en los años más oscuros del felipismo. Manuel Cerdán había encontrado vivo a Francisco Paesa cuando se le había dado por muerto tras su participación en la entrega de Luis Roldán al gobierno español. Luis Roldán, director general de la Guardia Civil, se había fugado de España con mil quinientos millones de pesetas robados de los fondos reservados y un maletín lleno de secretos oficiales. En aquel momento, Cerdán era director de la revista Interviú, perteneciente al Grupo Zeta. El presidente de este grupo, Antonio Asensio, compra los derechos del libro con la intención de hacer inmediatamente una película, pero, por distintas circunstancias, el proyecto tarda más de diez años en materializarse. Dice Manuel Cerdán: «En 2006 comenzamos el proyecto cinematográfico con Imanol Uribe de director y Enrique Urbizu de guionista. Uribe se descolgó para dirigir La carta esférica y Urbizu pasó a ser director-guionista. Después de elaborar varias versiones del guión —creo recordar que hasta cinco—, abandonó el proyecto para dirigir No habrá paz para los malvados. La crisis económica, que comenzó a finales de 2008, frenó el proyecto. Pasado un tiempo, se hizo cargo de la obra Alberto Rodríguez que, durante otro periodo de espera por falta de financiación, realizó La isla mínima. Finalmente, el proyecto se retomó en 2015 y la película se estrenó a finales de 2016 en el Festival de Cine de San Sebastián».

El enfoque de Urbizu sobre el personaje de Paesa nada tenía que ver con el escogido por Alberto. El primero se centraba más en el tema terrorista y la venta de armas de Paesa a la banda terrorista. El de Rodríguez se centraba en el caso Roldán principalmente.

En efecto, el guión de Alberto Rodríguez y Rafael Cobos se sitúa entre 1986 y el año 2004, entre el fin de la operación Sokoa y el hallazgo vivo de Paesa. ETA ya ha sido derrotada y, en cambio, la corrupción está todos los días en las páginas de los periódicos. Dice Manuel Cerdán: «El contrato de los derechos del libro me permitía una lectura final del guión y la aportación de las sugerencias que considerara oportunas. No hubo muchos cambios. Tres o cuatro modificaciones que incorporé al guión original sobre el papel de los periodistas en las investigaciones. Alberto Rodríguez y Rafael Cobos escribieron un excelente guión basado en las ciento sesenta primeras páginas del libro. Convirtieron a Jesús Guimerá, con quien se entrevistaron, en Jesús Camoes y cambiaron los nombres de algunos de los personajes para eludir demandas judiciales, pero en ningún momento hubo presiones o autocensuras. Los personajes aparecían como se habían comportado en los hechos reales, empezando por el exministro del Interior, Juan Alberto Belloch, y acabando por el propio Paesa o Luis Roldán».

En cuanto a El reino, el origen de la película se produce dos años antes de su estreno. Entonces Sorogoyen busca con su guionista, Isabel Peña, un tema sobre el que escribir, pues, en su caso, el tema, sobre todo cuando engancha con la realidad del momento, es el motor de la inspiración. En aquellos días, la corrupción estaba en todos los informativos y la indignación que ambos sentían como ciudadanos ante lo que estaba saliendo a la luz les empujó a escribir El reino. Dice Sorogoyen: «La película nació desde la indignación, nació de ese tío que hace así (hace con la mano una peineta) cuando la gente lo increpa, o del político que dice “es el mercado, amigos”, esa soberbia, de ahí nació. De verdad, me salen instintos asesinos. Luego nos tuvimos que relajar y hacer una película no sobre mi indignación, porque no le iba a interesar a nadie, sino hacer un ejercicio para entender cómo (el político) se ha metido ahí» (EFE, 10-9-2018).

A continuación, Sorogoyen presenta la idea al productor Gerardo Herrero y a éste le gusta el proyecto. El tema de la corrupción podía generar problemas de censura económica y era impensable que, por ejemplo, RTVE, gobernada por el PP, entrase en la financiación. Para un productor, dice Gerardo Herrero, que la viabilidad de un proyecto dependa de elementos políticos o ideológicos siempre provoca frustración. Sin embargo, no resultó nada complicado sacar la película adelante. El buen resultado artístico y económico de la película anterior de Sorogoyen, Que Dios nos perdone (2016), hizo que empresas como Movistar y, sobre todo, Antena 3, además de capital europeo, financiasen el filme.

 

UNA CORRUPCIÓN SISTEMÁTICA

Rodadas ambas películas en los años de mayor indignación contra la corrupción y referidas a sus periodos más oscuros, es entendible que las dos sostengan que España sufre una corrupción generalizada. Utilizamos la expresión «generalizada» o «sistemática», en lugar de «sistémica» o «corrupción del sistema», que es la que, en ocasiones, emplean los autores en algunas de sus declaraciones, porque, puestos a establecer distintos niveles de corrupción, los dos polos de esa gradación serían la corrupción puntual y la corrupción sistémica. En el ranking de países según su menor nivel de corrupción, los primeros puestos estarían ocupados por los estados con corrupción puntual y, en los últimos, con corrupción sistémica. La corrupción sistemática, en cambio, es un grado medio-alto de corrupción. Quiere decir que se repite con mucha insistencia y, sobre todo, en las altas esferas: una cleptocracia. «El poder protege al poder», se dice en El reino. La prensa habla de «saqueo» del país, «secuestro de la democracia», «cloacas», «rapiña»… El juez Baltasar Garzón (2015), que fue parte activa en la lucha contra esta corrupción, describe la situación española con la palabra «fango». Manuel Cerdán, en cambio, señala: «La corrupción en España, por mi propia experiencia investigativa, es cíclica, transversal políticamente, sistémica y no necesariamente económica». Pero también reconoce que hay políticos honrados con auténtica vocación de servicio público. El cambio de monarca en 2014 es, en cierto modo, un intento de regeneración del sistema, como en Francia lo son sus sucesivas Repúblicas. En definitiva, el puesto 42 de España en un ranking de corrupción formado por ciento ochenta países podría ser reflejo de ese grado sistemático.

En cambio, sistémico quiere decir que afecta en todo momento y lugar a la totalidad de un sistema político. La corrupción sistémica implica que la sociedad funciona gracias a la corrupción y que la practican todas las clases y estamentos sociales. Normalmente, esto sucede porque el país está colapsado por prolongadas situaciones de violencia o desastres naturales, los funcionarios están mal pagados, no hay instituciones democráticas ni los ciudadanos entienden qué es el «buen gobierno». Es lo que sucede en Somalia, Siria o Corea del Norte.

Pues bien, El hombre de las mil caras viene a sostener que todo el gobierno está corrupto. Prueba de ello sería el maletín de Luis Roldán lleno de secretos oficiales. Si saliesen a la luz, tumbarían la democracia. De hecho, Paesa y Roldán parecen chivos expiatorios. El poder quiere controlar los daños sacrificando sucesivos escalafones de la corrupción, comenzando, desde luego, por los más bajos. Siguiendo el discurso de integridad liberal-utilitario, la salida es negociar. Pero el ministro de Justicia e Interior incumple este discurso. Miente a Paesa y a Roldán al prometerles cierta inmunidad y miente a la opinión pública española al decir que el fugado ha sido detenido en Laos. A su vez, Paesa filtra los papeles falsos de la extradición a la prensa y frustra la ambición de poder del superministro.

En cuanto a El reino, la acción se sitúa en una comunidad autónoma del Mediterráneo español y trata de Manuel Gómez Vidal (Antonio de la Torre), vicesecretario autonómico de un partido político. Manuel va a convertirse pronto en el jefe de su partido y presidente de su autonomía, de su «reino» de corrupción, pues el partido lleva años construyendo una trama de recalificación de terrenos, mordidas a las subvenciones europeas o amaños de contratos de recogida de basuras. Sin embargo, es descubierto por la policía y, en lugar de pagar el pato, amenaza con sacar todos los trapos sucios. Aunque lo que se cuenta en el filme recuerda al Partido Popular, en ningún momento se mencionan estas siglas. «No hubiera sido justo, dice Sorogoyen, centrarlo en unas siglas porque la corrupción los mancha a todos» (El periódico, 28-9-2018). En este mismo medio, el director señala que su propósito era doble: «tratar de la corrupción del sistema y de la corrupción en el individuo [trataremos de esto último en el siguiente epígrafe]». Con la expresión «corrupción del sistema», Sorogoyen quiere decir que, en El reino, la corrupción se retrata como algo generalizado, sabido y tolerado por los partidos, y consentido y soportado por los empresarios. Cuando el protagonista es implicado por la policía, el partido le pide estar a la altura, es decir, negociar, porque también en el mundo de Manuel Gómez Vidal está instalado el discurso de integridad liberal-utilitario. A cambio de «comer mierda a puñados y esperar», le darán un puesto en Washington. La opinión pública tiene que entender que había una manzana podrida y no una banda organizada. Pero lo que le ofrecen es insuficiente y, a lo largo del filme, el protagonista se hace con pruebas que implican a todo el mundo para negociar una mejor salida. Consigue un pendrive con fotocopias de papeles de un caso llamado Persika y, sobre todo, una agenda con nombres de banqueros, eléctricas, constructoras, medios de comunicación, etcétera, que permite cargarse no sólo a un partido, sino a todo un país. El mensaje es que la corrupción funciona desde los tiempos del abuelo del protagonista y seguirá así porque, como dice la frase de promoción del filme, «Los reyes caen, los reinos continúan». Es decir, el título de la película, El reino, remite a algo duradero, heredado, algo que supera la coyuntura de un gobierno o de un partido. Es difícil acabar con un reino mientras cierto tipo de personas continúen. Esto nos lleva al segundo tema de nuestra argumentación.