En el prólogo a la Asamblea, Zaid nos cuenta que decidió hacer un mapa de la poesía reciente en ese tiempo, pero el «problema de fondo estaba en la abundancia de realidad, no en la escasez de mapas».[xvi] De acuerdo con sus cálculos, pensaba que en 2017 nacerían un millón de poetas. No he contado a los que ya nacieron y publicaron, por supuesto, pero la población poética de México es abrumadora. Del 1 de febrero, cuando empecé este ejercicio, al 15 de mayo encontré que diariamente, con mis dos mil quinientos «amigos» de Facebook y los poetas e instituciones que conocen mi correo electrónico, me invitan a un promedio de nueve presentaciones de libros de poesía nuevos; es decir 3 285 libros en un año y no soy, por cierto, la poeta más popular del país o la que tenga mayores contactos en las redes (Facebook admite, por ejemplo, cinco mil «amigos»). Ésos sí son los «demasiados libros». Quizá dentro de quince años veremos, gracias a las nuevas tecnologías que permiten la autoedición y a la precocidad de los poetas, al millón calculado por Zaid. La pregunta es: ¿quién los leerá, además de sus amigos y familiares?

Al menos ahora, pues no podemos ser videntes pese a que todo se repita, encontramos líneas reconocibles de nuestra tradición incluso entre quienes se empeñan en negarla. El mismo Fabre augura su (nuestro) destino: si bien en 2008 suponía que, gracias a la obra de Bolaño, era posible «la irrupción de una poesía feroz», reconoce en el final de su prólogo, y parafraseando a Pacheco, «que los modernos de hoy serán los cursis de mañana». Quizá quienes establecen su inconformidad con la tradición no han advertido que la tradición poética incluye, necesita y abriga la antipoesía, la poesía popular, la social, la lírica, la «emergente» (así llaman ahora a la poesía escrita por poetas menores de veinticinco años), la pop, la visual, la sonora, la expandida, la oral, la homosexual, la «pueril», la experimental o la transgresora e irreverente. Pertenecen a una misma tradición, si entendemos por tal la poesía hispanoamericana, pues las últimas promociones de nuestros poetas han vuelto sus ojos hacia el sur del continente, hartos de la «transparencia» de la literatura mexicana.

No obstante, así como en promociones anteriores, en estos últimos veinticinco años se ha mantenido aquel tipo de poesía que llevó de la rebeldía a la exaltación de las cosas menores que nos circundan. La poesía como revelación de una experiencia interior o un regreso a la infancia es otra de nuestras ramas visibles, tanto como la poesía que aún cree que el punto de partida del desarrollo poético nace de un respeto irrestricto por los maestros y las formas tradicionales, a las que honran: una especie de fidelidad al pasado literario en tanto preceptiva formal. Pero también existe una arteria visible de nuestro entramado poético: la de quienes buscan la construcción de una obra que reflexiona sobre su propia tensión, sus mecanismos constitutivos y su función como productores de una verdad poética autosuficiente, autogeneradora, crítica. Irregularidades prosódicas, sintácticas y rítmicas son entonces el aliento de una poesía que descree de la función referencial del lenguaje y que hoy se cruza con otras disciplinas.

A la poesía mexicana «le falta calle», han dicho los poetas más jóvenes y la han llevado a las azoteas, a las bardas, a los rings poéticos, jams, performances… o a los cientos de festivales mexicanos, latinoamericanos o europeos que existen. La han expandido en un intento por erradicar la solemnidad y devolver a la poesía un carácter lúdico, popular, que a veces se desmiente en sus creaciones.

Pero hay algo que, más allá del carácter performático o interdisciplinario cada vez más recurrente, distingue a la poesía de hoy de la que se escribía en los sesenta y setenta y que no puede soslayarse.

Lo más cercano a la felicidad para mí a estas alturas,

hermanito, sería que mañana me llamaran para

decirme que tu cuerpo apareció.[xvii]

 

Estas líneas forman parte de Antígona González (2012), un libro de Sara Uribe en el que, mediante la transcripción e inserción de las noticias de la prensa sobre muertos hallados en distintos lugares del país, se narra la búsqueda de un hermano desaparecido. Con Antígona…, Uribe pone el dedo en la llaga de nuestra realidad. Una realidad cuyo extendido horror por todo el país no vivieron los poetas de los sesenta y cuya violencia se ha filtrado como un virus letal. De 2011 —cuando María Rivera (1971) escribió Los muertos emulando al Bolaño de 2066— a esta fecha, buena parte del país se ha convertido en una fosa, y no es metáfora.

Me sirve la cita de Sara Uribe para hacer otras consideraciones. En el paisaje de un país donde, en promedio, son asesinadas seis mujeres diariamente, la poesía mexicana más notable ha sido escrita, en los últimos años, justamente por mujeres. Mi apreciación no se trata de una concesión a las «cuotas de género» en boga. Desde distintos registros poéticos y edades, la refrenda la obra de poetas como Coral Bracho (Ciudad de México, 1951); Pura López Colomé (Ciudad de México, 1952); Tedi López Mills (Ciudad de México, 1959); María Baranda (Ciudad de México, 1962); Carla Faesler (Ciudad de México, 1967); Natalia Toledo (Juchitán, Oaxaca, 1967); Mónica Nepote (Guadalajara, Jalisco, 1970); Rocío Cerón (Ciudad de México, 1972); Dolores Dorantes (Córdoba, Veracruz, 1973); Maricela Guerrero (Ciudad de México, 1977); Sara Uribe (Querétaro, 1978); Paula Abramo (Ciudad de México, 1980); Claudina Domingo (Ciudad de México, 1982); Xitlalitl Rodríguez Mendoza (Guadalajara, Jalisco, 1982); Diana Garza Islas (Santiago, Nuevo León, 1985) o Karen Villeda (Tlaxcala, 1985), por mencionar algunas de ellas.

Como podrá advertirse por el año y lugar de su nacimiento, el centralismo que durante tantas décadas fue elemento notorio del canon mexicano ha ido poco a poco desapareciendo. Las poetas mexicanas no pertenecen exclusivamente a la capital del país y su demarcación geográfica es variada. No ocurre lo mismo con los poetas varones más reconocibles, con poéticas muy distintas entre sí y que se agrupan, sobre todo, en dos estados del país, con sus salvedades. Pienso, por señalar algunos, en Jorge Fernández Granados (Ciudad de México, 1965); José Eugenio Sánchez (Guadalajara, Jalisco, 1965); Ernesto Lumbreras (Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966); Mario Bojórquez (Los Mochis, Sinaloa, 1968); León Plascencia Ñol (Ameca, Jalisco, 1968); Ángel Ortuño (Guadalajara, Jalisco, 1969); Luis Vicente de Aguinaga (Guadalajara, Jalisco, 1971); Julián Herbert (Acapulco, Guerrero, 1971); Jorge Ortega (Mexicali, Baja California, 1972); Luis Felipe Fabre (Ciudad de México, 1974); Luis Jorge Boone (Monclova, Coahuila, 1977); Rodrigo Flores Sánchez (Ciudad de México, 1977); Hugo García Manríquez (Camargo, Chihuahua, 1978); Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979); Óscar de Pablo (Cuernavaca, Morelos, 1979); Alí Calderón (Ciudad de México, 1982); Inti García Santamaría (Ciudad de México, 1983); Óscar David López (Monterrey, Nuevo León, 1982); Christian Peña (Ciudad de México, 1985).

Me llama la atención, sin embargo, que la mayor parte de los poetas entre treinta y treinta y cinco años de edad (sean hombres o mujeres) hayan abandonado una de las líneas de nuestra tradición. En la poesía de estos jóvenes, el color local ha desaparecido. Antes era posible rastrear el origen de los poetas por la fauna o flora que aparecía en sus libros. Hoy parece que el horno no está para bollos líricos sobre el terruño, aunque sean «orgánicos», y la materia de la poesía está en los libros, en las noticias, en las pantallas. De pronto siento que todo el país se ha convertido en una ciudad arrasada de la cual sólo sabemos lo que nuestros dispositivos electrónicos nos muestran o que no vemos más el mundo natural que nos rodea, aunque lo defendamos.

Aclaro el asunto de la edad porque en México un escritor deja de ser «joven» a los treinta y cinco años. Es decir, cuando ya no puede aspirar a la Beca de Jóvenes Creadores del FONCA, pues ésa es la edad máxima permitida. Otro asunto interesante y que, imagino, tiene que ver también con el sistema de apoyos estatal y nacional, para jóvenes o para mayores de treinta y cinco años (Sistema Nacional de Creadores de Arte, al que pertenezco) es la aparición de libros de poemas con una unidad temática un tanto distinta de la que estábamos acostumbrados. Las reuniones de poemas «que la vida nos dicte» ha dado paso a libros unitarios, generalmente narrativos, planeados como un proyecto que más se acerca, por sus requisitos institucionales, a un protocolo de investigación académico, pues el candidato está obligado a presentar, entre otros puntos antes impensables, justificación, descripción detallada del proyecto, documentos probatorios del currículum, metas, etcétera.

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