Reconciliación y madurez (1945-1970)
En 1955 el poeta cubano Nicolás Guillén, exiliado de la dictadura de Batista y residente en el Hôtel de Flandre de la rue Cujàs, tenía la costumbre de levantarse muy temprano a leer la prensa del día. En una ocasión interrumpió la lectura, abrió la ventana de su habitación y gritó al patio: «¡Ha caído el dictador!». Inmediatamente se armó un gran revuelo entre la colonia latinoamericana que copaba el hotel: los peruanos creyeron que se trataba del dictador Odría; los nicaragüenses, de Somoza; los venezolanos, de Pérez Jiménez; los colombianos, de Rojas Pinilla; los paraguayos, de Stroessner… En realidad, el que acababa de ser derribado por un golpe de Estado era el argentino Perón.[xxvi]
La anécdota solía contarla García Márquez y muestra cómo, en contra de las profecías de Carpentier, Europa no iba a ceder a América Latina la antorcha de la civilización, sino la de la barbarie. En el contexto represivo de los años cincuenta la decadente y operada París iba a seguir seduciendo a incontables hispanoamericanos, prófugos de la tiranía política o de su propia revuelta interior. En realidad el movimiento empieza nada más concluir la guerra. Octavio Paz llega a París en diciembre de 1945 y descubre un clima de penuria económica y gran riqueza intelectual: «Al poco tiempo encontré amigos afines a mis preocupaciones intelectuales y estéticas. En aquel medio cosmopolita franceses, griegos, españoles, rumanos, argentinos, norteamericanos respiré con libertad: no era de allí y, sin embargo, sentí que tenía una patria intelectual».[xxvii] Esa patria mental no le aleja de la natal, sino que le conduce a ella; por entonces Paz redacta El laberinto de la soledad (1950), su célebre indagación en los sustratos de la identidad mexicana: «La distancia me ayudaba: vivía en un mundo alejado de México e inmune a sus fantasmas».[xxviii]
Julio Cortázar se instala en París en 1951; Julio Ramón Ribeyro, en 1953; García Márquez, en 1955; Vargas Llosa, en 1959; Alejandra Pizarnik y Severo Sarduy, en 1960; Jorge Edwards, en 1962… No son refugiados políticos. En sus inicios casi todos viven en condiciones difíciles, reducidos a habitaciones exiguas que a menudo ni siquiera consiguen pagar. A diferencia de lo que ocurrió durante el período de las vanguardias, y con la excepción notable de Sarduy, ninguno de ellos va a verse profundamente influido por los movimientos franceses entonces en boga: el existencialismo, el estructuralismo, el nouveau roman. ¿Qué es entonces lo que los atrae a la capital francesa? La función de París como punto de encuentro, a la que aludía Borges con resignación, sigue siendo decisiva. Cortázar lo expresa de manera inmejorable en una carta a Lezama Lima, cuya obra descubrió precisamente en París gracias a la revista Orígenes:
«En estas islas a veces terribles en que vivimos metidos los sudamericanos (pues la Argentina, o México, son tan insulares como su Cuba) a veces es necesario venirse a vivir a Europa para descubrir por fin las voces hermanas. Desde aquí, poco a poco, América va siendo como una constelación, con luces que brillan y van formando el dibujo de la verdadera patria, mucho más grande y hermosa que la que vocifera el pasaporte».[xxix]
La imagen de París como un observatorio desde el que contemplar la galaxia americana es deslumbrante, pero no lo explica todo. El intercambio fecundo con otros latinoamericanos es una consecuencia afortunada de la radicación en París, no su causa. Ribeyro hace una reflexión penetrante al respecto: «No sé en realidad si me gusta París, como no sé si me gusta Lima […]. Es que tanto París como Lima no son para mí objetos de contemplación, sino conquistas de mi experiencia. Están dentro de mí, como mis pulmones o mi páncreas, sobre los que no tengo la menor apreciación estética. Sólo puedo decir que me pertenecen».[xxx] En las tres primeras décadas del siglo xx la fascinación por París, «reina del universo», «cerebro del mundo», era un lugar común internacional sin otras variantes que el énfasis. Las declaraciones de amor a París de los escritores modernistas tienen algo de la desesperada teatralidad de quien busca llamar la atención de la chica más popular del instituto. En cambio, en 1950, la reina del mundo capitalista ya no es París, sino, en todo caso, Nueva York. Tras más de un siglo de relación entre París e Hispanoamérica, el vínculo se ha vuelto más profundo y, por tanto, misterioso. La furiosa evidencia del enamoramiento se ve sustituida por el secreto asombro que nunca deja de suscitar la fidelidad conyugal. ¿Cómo explicar la fuerza de una sujeción que sobrepasa las obviedades del tiempo y la belleza?
Cada escritor va buscar su propia respuesta a la pregunta. Estar en París es tratar de entender por qué uno está en París. De la conquista donjuanesca a la Gómez Carrillo se evoluciona a la «conquista de la experiencia» de Ribeyro, más íntima, liberada de perfumes y fru-frues. Alejandra Pizarnik constata la estrechez a la que se ve reducida en París: «Yo que soy tan posesiva me veo aquí sin nada: sin una pieza, sin libros, sin amigos, sin dinero…».[xxxi] La penuria material se acompaña de un idéntico despojamiento intelectual: «Toda mi concepción del mundo se ha dado vuelta: me he quedado desnuda y carente de conceptos y preconceptos».[xxxii] Ello no le impide estar «enamorada de esta ciudad y de las callecitas que dicen, que cantan. No hago más que caminar y ver y aprender a ver…».[xxxiii] Más aún: la escasez se convierte en la clave de la «patria secreta» que es París: «Estoy haciendo lo posible es decir, lo imposible por volver a París. Allí, a pesar del desamparo externo, soy más feliz. Quiero decir: puedo escribir con más libertad (esto es tan complejo y tan indecible)».[xxxiv] La actitud de Pizarnik hace pensar en la descripción que Carlos Barral nos ofrece del piso de la rue de Tournon que Vargas Llosa ocupaba a principios de los sesenta: «El mínimo de espacio organizado según las necesidades de sobrevivir en torno a la máquina de escribir».[xxxv] Severo Sarduy afirmaba que en París había seguido «los tres preceptos joycianos como un buen monje de la religión de Ulises, es decir, el exilio, el silencio y la astucia».[xxxvi] Para los mejores autores de esta generación vivir en París suponía una prueba ascética; era un deshacerse de todo lo superfluo para entablar un cara a cara tan duro como ineludible con la propia vocación.
La máxima expresión literaria de esta mística de París es, por supuesto, Rayuela (1963). La novela de Cortázar es heredera de toda la tradición aquí sintetizada: la concepción de París como «un centro», como «un mandala que hay que recorrer sin dialéctica»[xxxvii] remite a la función metonímica que transformaba París en un condensado del conjunto de la civilización occidental; en cuanto a la función liberadora, se percibe en la propia estructura de la novela, en la importancia del jazz, en los encuentros eróticos entre Oliveira y la Maga, en cómo los personajes se mueven por la ciudad desgajados de cualquier tradición, iglesia o empleo. Cortázar retoma la esencia de la veneración hispanoamericana por París y la pone al servicio de sus propias obsesiones vitales y creativas. Hay muchos lugares en Rayuela, pero ninguno, o muy pocos, tópicos. La tradición se halla del todo mediatizada por la experiencia personal del autor: el flâneur Oliveira nunca decae en turista. Cortázar apenas cita a otros predecesores hispanoamericanos en París; su protagonista no sigue otras huellas que las de la Maga o Morelli. Rayuela prescinde de mitos para convertirse ella misma en toda una mitología.
Una obra maestra puede fundar una tradición o clausurarla; Rayuela, culmen de la pasión hispanoamericana por París, marca al mismo tiempo su ocaso. Tantas décadas de intensa relación tendían a una gran novela; Rayuela es esa gran novela y, en lo sucesivo, resultará imposible para un hispanoamericano escribir la palabra París sin sentir el escalofrío de su título. Por una de esas paradojas que sólo la historia de la literatura es capaz de imaginar, la antinovela intelectual de Cortázar va a convertirse en la novela rosa de los que nunca leen novela rosa, en un pilar del kitsch parisino sentimental y adolescente al mismo nivel que la tumba de Jim Morrison en Père Lachaise.
El éxito internacional de Rayuela preludia el estallido del llamado boom que, por primera vez en la historia, otorgará a los escritores hispanoamericanos un reconocimiento mundial superior al de sus homólogos franceses y españoles. En ese contexto editorial de creciente profesionalización, la imagen del joven autor encerrado en una pequeña buhardilla parisina para escribir su obra maestra, sin perder del todo su atractivo, se vuelve crecientemente anacrónica, más propicia a la burla o la nostalgia que a la exaltación monacal. Ni siquiera la pirotecnia revolucionaria de Mayo del 68 conseguirá reavivar del todo el entusiasmo parisino de las décadas anteriores. A partir de entonces París y los escritores hispanoamericanos dan la sensación de una pareja madura que sabe íntimamente que sus mejores momentos pertenecen ya al pasado.