Durante decenios, la organización de la cultura mexicana ha girado en torno a las preferencias de la vida literaria. La cultura literaria ha sido el eje de la vida artística y crítica del país. Los escritores han sido la voz consistente y prestigiada en casi todas las materias que una comunidad intelectual requiere como temas de reflexión: de la vida pública a las vanguardias estéticas. En sus mejores momentos, este estilo de organización cultural ha producido obras magistrales: libros, autores, ideas que con el tiempo ganaron amplia influencia en la educación, la memoria cultural y la realidad social del país. Sin embargo, la complejidad de la historia mexicana de las últimas décadas y la dura experiencia latinoamericana han desbordado con creces ese marco de intereses culturales.
Esta última década del siglo protagonizó los dramáticos cambios que siguieron al derrumbe de toda una época, con la desaparición del bloque soviético, la caída del muro de Berlín y el triunfante arribo de la democracia liberal clausurando un siglo de disputas ideológicas. El periodo coincide con la «tercera ola» de expansión democrática global, un concepto del siempre polémico Samuel Huntington muy debatido entonces. En este sentido, no sólo las ex repúblicas soviéticas de la Europa del Este, sino también algunos países de Oriente y de nuestro latinoamericano tercer mundo renunciaron, súbitamente, a sus respectivas historias no democráticas. Se iniciaba así la era Clinton tras la derrota electoral de George H. W. Bush padre en 1992. En México, el presidente Carlos Salinas de Gortari suscribía en diciembre de ese mismo año el Tratado de Libre Comercio para América del Norte, que entraría en vigor el 1 de enero de 1994.
Vista desde la distancia de otro siglo, la década de los noventa fue muy compleja. Vio el fin de un periodo de la historia caracterizado por la polarización de la Guerra Fría, el estatismo ortodoxo de la economía planificada versus la hegemonía creciente de un mercado global sin restricciones, las utopías del cambio revolucionario y definitivo en contraste con una izquierda occidental que, a partir de esa década, conviviría ya sin conflictos con la economía de mercado y los procesos democráticos. El relato positivo de tales hechos nos hace olvidar que se trató de una década marcada por agudas crisis sociales, como los exterminios étnicos en algunas de las ex repúblicas soviéticas, la crisis humanitaria del Congo, la guerra del Golfo, sin contar las convulsiones en América Latina, con los intentos golpistas de Hugo Chávez, los grupos guerrilleros como las FARC en Colombia, Sendero Luminoso en Perú y la rebelión neozapatista del EZLN y el subcomandante Marcos en enero de 1994. Sin olvidar, por supuesto, la imposible transición de México a la democracia, con la «dictablanda» del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que llegó a su fin sólo en el 2000, después de más de setenta años en el poder.
En los noventa aparecieron también algunos títulos imprescindibles en la historia del ensayo mexicano: La otra voz e Itinerario, de Octavio Paz; Geografía de la novela y Nuevo tiempo mexicano, de Carlos Fuentes, y Ensayos sobre crítica literaria, de Antonio Alatorre.
En el caso de Paz, La otra voz (1991) es el último gran ensayo sobre poesía escrito hasta nuestros días, equivalente de otras célebres defensas de la poesía de la era moderna. Paz es una voz pública y sus palabras se dirigen no sólo, o no exclusivamente, a sus pares de oficio —y menos a los especialistas de una academia por la que nunca tuvo mucho aprecio—. A Paz le interesa la poesía en el amplio contexto de la sociedad y de su historia: habla para esa sociedad personificando (con la pasión a veces de una auténtica misión) el papel de la poesía y del poeta frente a los acontecimientos de su tiempo. Para Paz la poesía es un género, pero siempre es otra cosa. Por ejemplo, es la otra voz en un siglo xx marcado por los grandes proyectos ideológicos o, desde el final de ese mismo siglo, por la omnipresencia de la economía alentada por el credo de un crecimiento exponencial e infinito (el mito secular de un primer mundo accesible —al menos virtualmente— para todos y la vergonzante pesadilla del consumo masivo, de una sociedad de la abundancia que no ha hecho «más buenos, más sabios ni más felices» a quienes habitan en ella). Estas páginas de Paz son sorprendentemente actuales y, pese a que fueron publicadas en los noventa, en estos días de crisis económica global e intensificación de las pasiones identitarias en política, resultan clarividentes:
Reaparecen creencias y emociones que fueron sofocadas tanto por el racionalismo liberal como por los regímenes que ostentaron la máscara del «socialismo científico». Esas creencias y esas pasiones fueron mortíferas y volverán a serlo si no somos capaces de absorberlas y sublimarlas. Más allá de la suerte que el porvenir reserve a los hombres, algo me parece evidente: la institución del mercado, ahora en su apogeo, está condenada a cambiar. No es eterna. Ninguna creación humana lo es. Ignoro si será modificada por la sabiduría de los hombres, substituida por otra más perfecta, o si será destruida por sus excesos y contradicciones.
Itinerario (1993) es el recuento de una vida y de un siglo. Nadie en las letras de México encarnó en su obra y biografía la complejidad del siglo xx. De la militancia de los años treinta en la izquierda internacional y en favor de la República española a la reconstrucción de la posguerra y las revueltas del 68, junto con su posterior batalla por la independencia intelectual y la democracia, Octavio Paz fue a la vez protagonista de las grandes corrientes del pensamiento y la creación de este siglo, del surrealismo al ocaso de las vanguardias y el advenimiento de una nueva sensibilidad que auguraba un relevo de nuevos tiempos. Antes que autobiografía en un sentido ortodoxo, Itinerario es uno de nuestros grandes ensayos autobiográficos. Y no es exagerado afirmar que con él Octavio Paz cierra, literalmente, el ciclo de la modernidad en México.
Geografía de la novela (1993) es la penúltima estación entre las obsesiones de Carlos Fuentes (la última sería La gran novela latinoamericana, publicada en 2011): la novela como un género siempre en mutación, inacabado y reinventándose como —según él— la geografía misma de la imaginación latinoamericana y, con ella, del hombre y la civilización. Para Fuentes el final del siglo volvió evidente el despropósito de hablar de escritores del centro y de la periferia. No es que el canon de «la gran novela» no exista, sólo que, en adelante, sus obras hablan cualquier lengua. Al igual que Paz, el autor de Geografía de la novela fue un intelectual público, aunque, a diferencia de aquél —y pese al Nobel—, Fuentes fue un literary lion, una auténtica celebridad de la izquierda internacional a quien llegó a atribuírsele la invención —nada menos— del boom latinoamericano. La variedad de sus temas de interés siempre fue más allá de lo novelístico, por lo que sus ensayos tienen algo de coyuntura periodística en convivencia con lo estrictamente literario. En la segunda mitad del siglo xx, Fuentes fue un auténtico escritor profesional que, antes que para un lector abstracto, escribía para el público, su público. Según se vea, ésa fue su fortaleza, pero también su debilidad terminal. La novela (y la literatura en general) son inconcebibles sin público. ¿No fue Cervantes uno de los primeros que, en la segunda parte del Quijote, interpeló al público que leía su novela? Ahora bien, en Fuentes hay una suerte de sobrepeso concedido a ese público, debilidad que lo acompañó siempre y que con frecuencia lo llevó a confundirse a sí mismo con lo público.
Autor de dos libros, Los 1 001 años de la lengua española (1979) y Ensayos sobre crítica literaria (1993), además de múltiples estudios que acompañan ediciones críticas de algunos clásicos o de lírica popular, Antonio Alatorre es una extraña mezcla de filólogo, erudito, crítico y polemista. El título que aquí me interesa, Ensayos sobre crítica literaria, es resultado de una labor que muestra al ensayista en diálogo obligado con la época que le tocó vivir; por lo mismo, se trata de textos aparecidos con anterioridad en publicaciones periódicas, originalmente escritos como conferencias o intervenciones al calor de una polémica. En este sentido, sus ensayos son una defensa de la «crítica práctica», definida por Alatorre como experiencia, es decir, como una exploración y exposición personales del placer de la lectura sobre la base de un compartido sentido común, enemigo tan frecuentemente menospreciado por la teoría. En gran medida, los textos reunidos en este volumen son una batalla en favor de la «crítica tradicional», en disputa con la neoacademia, cuya creciente hegemonía en las aulas de México data al menos de los años sesenta y setenta —con las obras de la escuela de Fráncfort o de Deleuze y Guattari y su traducción al español, por ejemplo—. Pese a la menor celebridad de estos ensayos comparados con títulos equivalentes de Paz o de Fuentes, Antonio Alatorre es un caso ejemplar que ilustra una querella mayor librada, justo, en la década de los noventa. Me refiero a la crisis de las humanidades, acompañada por el cambio tecnológico y sus modelos científicos y económicos, seguidos —para algunos necesariamente— de las «teorías críticas» que han llegado a desplazar al modelo de la tradición y sus cánones. Para esta teoría crítica que integra las del poscolonialismo, el posestructuralismo, los estudios culturales, etcétera, además de la political correctness y las identity politics como elementos normativos del juicio cultural, estético y literario, la crítica tradicional —tal y como la entendía y practicaba Alatorre— ya es sólo un vejestorio que ha cumplido su ciclo, al igual que toda la tradición humanista. Esta disputa se acentuaría y alcanzaría fama internacional tras la publicación en 1994 de El canon occidental, de Harold Bloom.