POR FERNANDA NICOLINI

Mientras mi hijo patea una latita en el camino de la escuela a casa y me relata por qué fue el día más aburrido de su vida (de nueve años), yo me doy cuenta de que tengo que cambiar este comienzo. Prueba de que las madres podemos escuchar a un hijo y también pensar en otra cosa: planeaba empezar con la falta de tiempo para escribir, con la fantasía de una casa llena de soledad como la de Durás o de una herencia como la de Montaigne, pero eran puros lugares comunes. El comienzo más aburrido de mi vida (de 47 años).  

Hubo una época en la que creía que lo único que necesitaba era un comienzo. Al igual que sucedió con el Verbo, como escribió el apóstol favorito, de ahí se desprendería el resto de la creación. Años de tierna juventud, tan definitivos como la juventud misma, en los que antes de sentarme a escribir una crónica, un cuento, lo que fuera, debía tener sí o sí la primera oración en la cabeza. Y cuando digo en la cabeza, digo redactada con comas y punto. Y ahora que digo oración, me percato de que las oraciones se rezan sin importar mucho qué dicen.

Confieso que me hice atea sin soltar la manía de la escritura mental, que se intensifica cuando lavo los platos. Pero ya no con infalibilidad dogmática sino con intuiciones persistentes, a veces picos de entusiasmo. Como los que te vienen con la envidia creativa tras leer y subrayar un buen párrafo: ¿yo podría escribir esto? Ahí necesito sentarme en la computadora –no siempre puedo–, convencida de que pienso mucho mejor con las manos en el teclado. Como si en ese movimiento táctil sucediera una alquimia orgánica, para mí siempre gozosa, en la cual las palabras encuentran su ritmo, incluso su liviandad para reírse de ideas previas. Pero también exhiben su propia naturaleza: esto es solo una versión posible. Todo comienzo es el comienzo de una duda.    

Abro la puerta y mi hijo revolea la mochila. Si lo reto, se me va a escapar la imagen que me atravesó como un rayo cuando vi un cartel de demolición en la casa antigua de la esquina. No lo reto y anoto en mi celular: «Edificio en Florencia donde Dostoievsky escribió algo». No recuerdo qué escribió ahí, pero sí que en 2001 le saqué una foto a una placa de mármol que lo decía. 

Cuando tenía 21 años, justo antes de que la trágica farsa de la convertibilidad detonara la Argentina, saqué un pasaje a Europa. Dejé mi trabajo de secretaria y me subí a un avión dispuesta a iniciarme como escritora. Me iba solo un mes, pero en mi flamante moleskine escribiría un diario de viaje, poemas, apuntes para una novela. Como Pizarnik en París, como Bolaño en Barcelona, como Puig en Roma. Ah, el sueño latinoamericano de la buhardilla propia. Abro la moleskine –que atesoro con cuadernos de cuando mi letra se entendía– con la esperanza de encontrar aquella foto. Pero no. En cambio, compruebo lo que ya sé: está casi en blanco. Excepto por algunas direcciones de yahoo de extraños que fueron íntimos por 24 horas, no hay nada. La escritora que se inició sin escribir nada. ¿Por qué, entonces, la aparición de esta imagen? No lo sé, pero tampoco voy a soltarla. Abandoné el club de los comienzos definitivos pero me uní al de la memoria involuntaria: cuando un recuerdo me asalta, lo escucho, lo acompaño, tiro del hilo. Como dice Hebe Uhart, reina madre invocada en talleres literarios, que a su vez se lo robó a su amado Felisberto Hernández. 

Si me preguntaran cómo surgió mi última novela –nadie me va a preguntar porque no la terminé– diría que por el recuerdo del olor de un bolso de mi abuela que me asaltó mientras escuchaba el texto de una compañera de taller. Un bolso de cuero. Empecé a tirar de la correa y aparecieron dos hermanas separadas por un océano, una voz en segunda con formato epistolar (¡la forma es todo!, la escucho a Anne Carson) y el eco de una historia tan familiar como ficticia. Y aunque sospecho que siempre estoy escribiendo sobre lo mismo, en ese instante sentí la felicidad del motorcito entre los dedos. Ese que me pone en estado de escritura, que me genera ilusiones de rutinas que no sostengo. Y que me recuerda que lo más frustrante de escribir es no estar escribiendo. 

Esto último lo dijo Valeria Luiselli cuando la  entrevisté por Principio, medio, fin, la novela en la que la narradora escribe mientras su hija duerme. De mi oficio de periodista solo conservo el capricho de entrevistar escritores que me gustan, con la secreta esperanza de robarles algún truco que compense la neurosis de autor. Luiselli dice que en el aluvión de su escritura –que empieza en cuadernos y luego pasa a computadora– muchas veces se pierde, se atasca. ¿Cómo sale del lodo? En lugar de preguntarse de qué se trata lo que está escribiendo, revisa qué preguntas se está haciendo el propio texto. 

Pruebo con la placa de mármol. «Aquí Dostoievsky escribió…». ¿No será una cuestión de finales más que de comienzos? Una alumna me dijo que no podía escribir el final de su novela porque la primera frase no le gustaba. Como si la única manera de tensar el arco fuera con la perfección de cada extremo. Imposible, pero la entiendo: toda excusa sirve frente al pánico de terminar. Me acordé del cuento de Peri Rossi: a la narradora su novia le regala un punto final. Pero justo cuando necesita usarlo, no lo encuentra. Y sabe que cuando aparezca ya será tarde; lo pondrá a destiempo, como el que colocan los escritores noveles. Ay.

Mi hijo me llama porque no aparecen los botines. Le digo que los siga buscando y cierro la puerta. Ya me mudé con la notebook de la cocina al living, y del living al escritorio compartido con mi marido. Otra herencia de mi oficio es que puedo escribir en cualquier lado y entre interrupciones, como hace una puérpera con el sueño. Por suerte va muy bien con esta época, la del fragmento. Sigo: ¿cómo se llega al punto final? Criada bajo el rigor del deadline, suelo perder el horizonte si no me lo imponen. Pienso en Los Oesterheld, libro que con Alicia Beltrami nos llevó cinco años. Aunque habíamos entrevistado a más de 200 personas y teníamos escritas 400 páginas, seguíamos recolectando testimonios. Se nos había vuelto eterno –estábamos reconstruyendo la biografía familiar del autor de El Eternauta–, hasta que una tarde salimos de una entrevista sin un solo dato nuevo. Y a la siguiente, lo mismo. La propia historia nos marcó hasta dónde podíamos contarla. Habíamos terminado.

Antes de que mi hijo me vuelva a llamar, googleo: «Qué escribió Dostoievsky en Florencia». Gemini dice que terminó la última parte de El idiota en un departamento frente al Palacio Pitti en enero de 1869. Rechequeo y parece que sí, que fue después de itinerar durante dos años por Ginebra, Vevey y Milán. Escribía una parte, la publicaba –desesperado por cobrar– y se volvía a mudar. 

Busco el final: «Y todo esto, todo este extranjero, toda esta Europa suya, todo eso no es más que pura fantasía, y todos nosotros, cuando estamos en el extranjero, también fantasía… ¡Acuérdese de lo que le digo! ¡Ya lo verá!» ¿Debería escribir sobre aquel viaje de juventud, el de mi iniciación fallida? Ya se me vino la primera frase a la cabeza, pero antes tengo que encontrar los botines.