
Pasaron siete años entre la novela anterior de Valeria Luiselli, Desierto sonoro, y la que ahora llega a las librerías de casi todos los países de la lengua, Principio, medio, fin (a través de un nuevo sello de Anagrama, Feltrinelli). En el medio, una pandemia, cambios personales, cambios políticos; en fin, el mundo y la vida. Principio, medio, fin, a su modo, un poco a mitad de camino entre la novela y el ensayo, aborda precisamente eso: el paso del tiempo, cómo atravesarlo, cómo se puede ir al mismo tiempo hacia atrás y hacia adelante. Luego de una separación difícil, una madre escritora y una hija de 12 años viajan juntas a Europa y terminan recalando en Sicilia, un territorio cercano y extranjero para ellas. La novela va a narrar entonces ese viaje, sus conversaciones (algunas fluidas y profundas; otras interrumpidas o más secas), la manera que encuentran de estar juntas y rearmarse como una familia de dos, los modos propios y de cada una de ser mujer en este mundo. Como todos los de Luiselli, este es un libro profusamente subrayable, regado de pequeños párrafos que funcionan de manera autónoma, como microensayos sobre la escritura, la familia, el tiempo, la memoria.
Hay una pregunta que no está formulada pero atraviesa Principio, medio, fin, que podría ser esta: ¿Qué es un hogar? Madre e hija viviendo en departamentos prestados, lejos de su país, tratando de armar un hogar de a dos.
El libro tiene muchas preguntas que se quedan sin responder. Al modo de los ensayos, circunnavega una serie de preguntas, las explora, pero no necesariamente en busca de respuestas. La pregunta de qué es hacer una casa es también la pregunta sobre la mirada extranjera: dónde nos situamos en la vida, existencialmente, físicamente; desde qué tipo de frontera nos paramos para mirar el mundo, con ganas de decodificar, de aprender, sabiendo que estamos de paso y que nuestro paso por este planeta es transitorio pero que en esa transitoriedad queremos habitarlo plenamente. ¿Cómo hacemos? ¿Cuál es la mejor manera de estar, de pasar por el mundo?
Vos has vivido en varios lugares…
Sí, en unos ocho países.
De manera que has tenido la experiencia de formar pequeñas casas a lo largo de la vida y de los diversos territorios.
Sí, mi infancia está muy marcada por la transitoriedad. Vivimos en Estados Unidos, Costa Rica, Sudáfrica, Corea, India, España, Francia, México y ahora llevo 20 años en Nueva York.
¿Sentís algo definitivo en tu vida en Nueva York?
Durante mucho tiempo lo pensé así, que Nueva York era ya la ciudad en la que decidí hacer mi vida adulta, donde crie a mis hijas, donde nació una de ellas, donde compré una casona vieja que llevo años arreglando. Fue un proyecto de vida de mucho tiempo. Pero ahorita, por primera vez, en el estado en el que estamos en Estados Unidos, no se me antoja tanto estar ahí. Pero tampoco tengo manera de no estar ahí. Ahí está mi trabajo y tengo que trabajar, no puedo vivir de la escritura. Mantengo una familia grande.
¿Y qué momentos, en esa rutina de trabajos y familia grande, encontrás para escribir literatura?
Escribo notas para un libro temprano a la mañana y también leo mucho. Hay una forma de leer cuando uno está escribiendo. En mi caso es un poco caótica, volcada al azar y a las coincidencias. Qué libro te va llevando a otro libro, es un estado de lectura que se activa cuando uno ya está siendo llevado por la escritura, y puede ser un poco traicionero pero al mismo tiempo hay una delicia en esa manera de leer: estás siguiendo una ruta que te está llevando a un lugar pero no sabes qué lugar es.
¿En qué momento empezás a vislumbrar un libro, su forma, su estructura, su recorrido?
Muy tarde. En este en particular fueron muchísimos años de tener una serie de preguntas más o menos claras, preguntas que tenían que ver con los principios, con volver a empezar, con la relación entre la memoria y la imaginación. También una especie de intuición, una sensación de cómo se sentía ese mundo y entonces la aspiración de construirlo. Es una intuición que es un poco abstracta pero al mismo tiempo es una brújula muy clara. Pero ya luego, en un momento muy posterior, empieza a emanar, como consecuencia de todo eso, una trama. Y la trama en ciertos momentos parece estar clara pero luego una se mete en calles sin salida y tiene que retroceder. Ese momento de seguir una trama me aburre hasta que ya no, hasta que aparece algo que me entusiasma de nuevo.
Dame un ejemplo de eso en este libro.
Bueno, está el momento en el que madre e hija se roban unos libros. En ese momento la trama se convirtió en travesura y ahí sí me enganchó de nuevo.
¿La escritura en fragmentos, en pequeños capítulos, te permite empezar y terminar un capítulo en una misma jornada de escritura?
Hay algo de eso. Muchas veces un fragmento surge completo en mi cabeza y luego ya es solamente cuestión de escribirlo. Una escena, una situación, una meditación en particular. Y a veces aparece en el ejercicio mismo de la escritura. Pero nunca he podido seguir el hilo de una escritura lineal y torrencial, nunca me ha salido bien eso.
El libro juega todo el tiempo con «esto pasó» y «esto no pasó», entre lo que pudo haber ocurrido y lo que es inventado, entre la autobiografía y la ficción.
Por un lado, te diría que ya me aburre muchísimo la idea de la autoficción. No me interesa el género. Sin embargo, en esta novela tuve que volver a la pregunta sobre la línea divisoria entre lo real y lo ficticio, lo que pasó y lo que no, porque ahí subyace una pregunta ética que me interesaba, sobre la responsabilidad que tiene una madre o un padre en los recuerdos de sus hijos. Es una pregunta: cómo contamos la vida a nuestros hijos y cómo ellos construyen entonces una primera narrativa sobre la vida y el mundo. Ese juego y esa pregunta sí me interesaba.
Debe ser cansador que te pregunten cuánto en el libro es real y cuánto no, pero tu literatura juega siempre en ese borde y habilita deliberadamente la pregunta.
Sí, y además como lectores todos queremos saber. Como lectora, en el fondo, siempre me estoy haciendo esa pregunta. Queremos saber. Hay algo sano en esa intriga, es el torrente de la curiosidad.
En el libro está mencionado un divorcio difícil de la narradora, que empuja la trama, porque hace que madre e hija se vayan juntas, pero al mismo tiempo los hechos están elididos: no se cuenta qué pasó, en qué consistió.
Es una decisión narrativa, y hay algo que acompaña a esa decisión, que es cómo tantas veces, en la tragedia griega, no se ve la violencia en el escenario, acaso se escucha tras bambalinas. Creo que es un espacio interesante de escritura, poder leer y percibir las consecuencias de algo, inferir la causa de cierta consecuencia, pero no necesariamente desplegar toda la pre-trama.
El viaje es una de tus características narrativas. Has escrito viajes en Los niños perdidos, Desierto sonoro, Principio, medio y fin. ¿Cuáles son las complejidades de escribir el viaje?
Algo que me entusiasma es el viaje en el tiempo, los fantasmas, el viaje en el mar, Julio Verne, Joseph Conrad, el viaje como aventura. En el fondo me las he arreglado para escribir libros más bien realistas, pero la decisión del viaje tiene que ver también con una mirada de extranjería. El que viaja observa con una intensidad muy particular, y eso es lo que me interesa narrar.
Esta novela transcurre en Sicilia. ¿Cómo se cuenta un territorio así?
Llevo quince años yendo a Sicilia, de modo que tengo una relación larga con la isla. Es un espacio extranjero pero también es una vuelta a casa. Siempre hay un riesgo en escribir sobre un espacio que no es el propio, pero el ejercicio de la escritura es también habitar espacios y conciencias y vidas ajenas. Creo que este libro tiene tres instancias de observación de Sicilia: en la primera parte hay mucha interioridad, ellas están un poco encerradas, leyendo, conversando, se sale poco, apenas al mercado y poco más. Luego hay una exploración de paisaje, de colinas, de incendios, de pueblos: algo se abre. Y la última parte de la novela es un paisaje en una ventana, un cuadro, por donde va cambiando el viento y llega el fuego.
La hija de la narradora está en una edad un poco limítrofe, ya no es niña pero tampoco es completamente adolescente. ¿Cómo es esa edad intermedia?
De nuevo, la mirada extranjera: ya no perteneces a una edad del todo, pero de a ratos sí. Quizás, de los cambios que se producen en nuestras vidas, ese sea el más profundo. En todo momento estamos en una transición hacia otra cosa, pero ese cambio es muy definitorio. Hay un ejercicio de rememorar ahí. ¿Qué pensábamos? ¿Qué nos daba miedo? ¿Qué nos daba coraje? ¿Qué cosas de nuestros padres nos hastiaban?

Tu libro anterior, Desierto sonoro, lo escribiste en inglés y muchos leímos la versión en español que tradujo Daniel Saldaña París. ¿Cómo fue para vos entregarle un libro escrito en inglés a un escritor mexicano, de tu propia lengua?
Daniel tiene un español que, como el mío, es bastante extraterritorial. Aunque nació en México, vivió en España, en Argentina, tiene un idioma atravesado por varias inclinaciones del español, como el mío, desde su acento a su léxico. Esa maleabilidad para mí era importante porque era el español en el que hubiera escrito el libro, si lo hubiera escrito en español. Platicamos mucho sobre eso antes de que se pusiera con la tarea. Yo también había escrito algunas partes en español y se las mandé para que tuviera una referencia. El acuerdo fue con plena libertad para él y luego yo iba a leer y modificar su texto en una segunda pasada. Cada uno le daba plena libertad al otro, y confianza. Recuerdo que estaba en un viaje por Italia con mi madre y mi hija y yo iba leyendo la traducción y le iba pasando a mi madre mis notas y ella hacía una segunda vuelta de notas, así se terminó de pulir, en ese triángulo de lecturas. Fue muy hermoso.
En cambio, uno agarra Principio, medio, fin y no queda claro en qué idioma fue escrito. Uno busca pistas en la edición pero no están.
Este fue escrito a ratos en español y a ratos en inglés. No hay un original y una versión. Con Los niños perdidos puedo hablar de autotraducción, pero acá no. Aquí hay dos originales en dos lenguas, simultáneos.
Debe ser una experiencia de escritura muy interesante.
Hasta la fecha, no he tenido demasiada conversación con lectores que hayan leído ambas versiones. Mi querido editor José Hamad leyó ambas versiones y donde había diferencias me las marcó, algunas decidimos que permanezcan y otras optamos por corregirlas. Pero nadie más ha hecho esa experiencia de lectura, de manera que no puedo decir yo, que estoy muy adentro del texto, si son dos libros muy distintos o muy similares.
¿Cuál es tu práctica como lectora en términos de idiomas?
Leo mucho en inglés, castellano e italiano. A veces siento una nostalgia muy particular por el español y empiezo a necesitarlo. Sobre todo cuando empiezo a escribir en español, necesito empaparme un buen rato de ese idioma, y entonces lo leo. El español tiene esa multiplicidad y variedad de todo el continente, tenemos mucha fortuna.
¿Y cómo funciona tu radar para enterarte de libros que van saliendo y te pueden llegar a interesar?
Surge mucho en conversación con amigos y amigas latinoamericanos. Siempre pregunto qué hay para leer. Pero cuando de verdad puedo armarme de algunas pequeñas colecciones contemporáneas es cuando viajo. Llego con una maleta y me voy con dos.
Sería lindo que hicieras en algún momento algún librito bilingüe y comentado, donde se vea cómo trabajas en dos lenguas de manera simultánea.
Está esa idea. Estoy escribiendo desde hace tiempo un ensayito sobre un periodo en el que di clases de escritura creativa en un centro de detención para chicas adolescentes. Algunas llevaban enjauladas en esos espacios espantosos más de un año. Me metí a dar un taller ahí y el ensayo es sobre la escritura y la imaginación en espacios de confinamiento. No me salía en inglés de modo que lo escribí en español y luego lo traduje al inglés. Todavía no sé cómo va a terminar, pero creo que puede ser un libro bilingüe.
Es un buen proyecto. ¿Tenés siempre proyectos a futuro o podés estar un tiempo largo sin un libro a la vista?
Es muy desolador no estar escribiendo algo. Aun si pasan algunos días sin que uno escriba una línea, necesitamos saber que hay algo ahí que nos está esperando. Le da un sentido al calendario.