
Empieza con un estallido. Escribir para mí siempre tiene una pequeña explosión de emoción en la parte baja del abdomen. Soy una escritora neurótica y llena de cábalas. No creo que los pequeños vicios y rituales moldeen mi escritura, pero sí creo en la repetición: hacer todo una y otra y otra vez, hasta que mejore o muera. Por eso, escribo siempre con agua con limón al lado del ordenador, un cenicero, mi tabaco de liar y caramelos de menta.
Descubrir este ritual me tomó muchos años y varias novelas. Los dos primeros libros los escribí con vino, cuando dejé de beber, el alcohol fue sustituido por agua, pero no el hábito; como tenía tanto miedo de que mi escritura sobria no tuviera la misma gracia que la embriagada, la primera novela que escribí sin alcohol lo hice sirviéndome agua con limón en una coqueta copa, como si fuera vino.
Como una escritora precarizada que soy (¿no lo somos todos?) aprendí a escribir mis textos a la noche, robándole tiempo al capital, al ocio, a la vida misma. Al principio fue por esa necesidad material de usar mi tiempo libre, pero después me acostumbré a trabajar de diez a doce o a una de la mañana, masomenos, por el placer de escribir en el silencio de la penumbra, cuando nadie necesita nada. He intentado cambiar esto varias veces en la vida, más ahora, que vivo de cosas que se tratan de escribir aunque no todas sean mis novelas. Lo he intentado pero es imposible: disfruto escribir de noche, disfruto el peso del día sobre las manos, el cansancio, el teclear furioso, la mente sucia, el vértigo y la adrenalina en mitad del silencio. Disfruto ese espacio que sigo pensando solo mío y de nadie más. Ya lo he dicho en otras oportunidades, pero lo que llena mi corazón, me divierte como nada, organiza mi tiempo y es mi visión de futuro son las novelas; y escribir una novela es un ejercicio de constancia, es una carrera de larga distancia, una maratón. Debo aclararle al lector que no soy una mujer casada, no tengo hijos, he vivido en varios países y he cosechado en todas partes distintos afectos, es decir: puedo asegurar, sin temor a exagerar, que lo único con lo que me comprometo de manera férrea y a largo plazo es con los libros que escribo.
Siempre empiezo por una imagen, como decía Felisberto Hernández. Esa imagen es una planta que se siembra en mi interior y que tengo que dejar crecer. Para cosecharla, cultivarla, regarla, lo que más hago es caminar. Dar muchísimos pasos yendo y viniendo de un lugar a otro, con la intención de pensar en ese dibujo abstracto y borroso que es el puntapié de una novela, y es ese y yo no otro, porque no me lo puedo sacar de la cabeza. Parte de la experiencia al escribir me ha dado una confianza en la intuición que guía las imágenes que me interesan. Confiar en mi propia obsesión como un hilo del que puedo jalar para empezar a trabajar.
De ahí surgen las cuestiones que van a definir al texto: quién narra, cómo narra y en qué tiempo, y para desarrollarlas empiezan las rutinas. Siempre me siento en el mismo lugar, tres o cuatro jornadas de escritura a la semana, cada una de dos horas. Agua con limón, tabaco de liar, caramelos de menta y silencio. Antes de eso siempre caminar. El día en el que escribo es sagrado para mí. Desde que me levanto ya sé que voy a escribir ese día, no hay ningún otro plan que me convoque o me interpele. Suelo escribir capítulos enteros. Esa unidad, el capítulo, puede variar dependiendo de la novela en la que esté trabajando, pero procuro que por jornada de escritura algo empiece y algo termine. La jornada siguiente (dos o tres días después), el primer ejercicio es la relectura, una corrección rápida, cerrar los ojos, imaginar masomenos lo que va a pasar en el capítulo que está por escribirse y lanzarse al vértigo de tipear la primera oración, donde todo lo que sigue es juego, es emoción y excede todo cálculo previo. Me gusta el sonido de las teclas, la violencia con la que procuro mover las manos, el tac tac tac tac tac que suele ir más rápido que mis propias ideas. Después de eso, el texto reposa otra vez hasta la siguiente jornada y revisión. Me digo que es huir hacia adelante, que en el texto se avanza, que primero se avanza y después se corrige y se trabaja con cuidado. Lo imagino como una piedra que se cincela, un pedazo de mármol en el que después se trabaja con cuidado y delicadeza, pero cuando está terminado, cuando el bloque está entero, cuando he llegado a un final.
Por supuesto, el proceso no es siempre ni tan lineal ni tan romántico. Es sinuoso, cruel y áspero. Me encuentro con diferentes problemas técnicos dependiendo de la forma que tiene lo que estoy escribiendo ¿Cómo pueden saber eso estos personajes? ¿Cómo puedo introducir esta información con una imagen potente y no un cliché? ¿Debo seguir con esta voz narrativa? ¿En qué tiempo está sucediendo lo que se narra? ¿Por qué? Todas estas cuestiones son lo que, supongo, María Teresa Andruetto llamaría el oficio: se resuelven, ya no con la emoción, el entusiasmo y la euforia de disfrutar escribir (a lo que ella llama el deseo), sino con el trabajo, la artesanía y el cuidado de las normas y conocimientos técnicos sobre la escritura. Andruetto define la tensión entre deseo y oficio como una de las búsquedas principales de una autora, y yo también lo creo. Con todas estas preguntas que van encontrando mi escritura, y que son la parte más lúdica, porque implican siempre un aprendizaje o un dominio mejor de una herramienta que no se tenía antes, me gusta leer mucho sobre lo que necesito. Si el libro está en primera persona, consulto oráculos literarios (amigos y editores queridos que todo lo sepan) y me recomienden bibliografía donde se haga lo que estoy intentando. También expongo mis problemas literarios con esos mismos amigos, amigas, colegas, editores y personas en cuya sabiduría confío, charlamos sobre el asunto que me tiene bloqueada. No sé cómo avanzar con este personaje, no sé cómo hacer para que esto se mantenga sin cambiar la voz narrativa, no sé cómo incluir otros tiempos en el texto. Diversas cuestiones que se dirimen entre cafés y cervezas. De esas charlas, de las charlas con pares y las dudas técnicas sobre un texto se obtienen las lecciones más valiosas que, por supuesto, porque esto se trata de lo que se trata, sólo pueden resolverse al momento de sentarse a escribir.
La corrección para mí es un purgatorio doloroso que cada vez intento padecer menos. Sobre esto ya existe el grandioso ensayo de Alan Pauls Fallar otra vez, así que no vale la pena extenderse mucho, pero en mi caso particular, asumo el ritual de humillación que es que una editora desangre tu texto con preguntas y lápiz rojo, que cuestione todo aquello por lo que has luchado por meses, quizás años, y que te interpele insistentemente hasta que le gritas PERDÓN DIOS PERDÓNAME POR ESCRIBIR NO LO VUELVO A HACER. De esa experiencia, que no es más que el enorme privilegio de que alguien te lea con atención y dedicación, es de la que realmente se aprende. Nunca me vuelvo mejor escritora que cuando me editan con crueldad; nunca expando tanto las posibilidades de mi texto que cuando alguien me pide que argumente cada oración de él, hasta depurarlo a su expresión más honesta, hasta su verdad. Que te editen buenos y buenas editores es un regalo que me tomo con el mayor de los respetos. Por supuesto que hago berrinche, me enojo y me siento incomprendida o idiota, pero lo que queda al final es tomar las herramientas que alguien con un ojo externo te brinda y usarlas siempre para mejorar.
En cada novela aprendo algo nuevo. Me gusta pensar que, de hecho, para eso las escribo; para ganar una habilidad que no tenía: una voz, un tiempo, un estilo, una forma, un tono, un diálogo. Y que con cada novela tengo más destrezas, sé usar más artilugios. Por esta razón, la próxima siempre es la que me resulta mejor. Porque ya que he aprendido, quiero jugar algo que no haya hecho antes. Quiero arriesgar, quiero intentar, quiero arrojarme a otro nivel de dificultad narrativa. Y eso, para mí, es la literatura. Y eso, también, es la felicidad.