«El universo es un sistema de resonancias»Por Julio Serrano

Chantal Maillard (Bruselas, 1951) es una poeta, ensayista y filósofa española de origen belga. Fue profesora titular de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad de Málaga y se especializó en filosofías y religiones de la India en la Universidad de Benarés. Como poeta ha publicado, entre otros, los volúmenes Hainuwele (1990, 2009), Matar a Platón (2004), que obtuvo el Premio Nacional de Poesía, e Hilos, seguido de Cual (2007), que mereció el Premio de la Crítica de Andalucía y el Premio Nacional de la Crítica en 2007. Es autora, además, del ensayo Contra el arte y otras imposturas (2009) y de los diarios Filosofía en los días críticos (2001), Diarios indios (2005), Husos (2006) y Bélgica (2011). Ha reunido sus escritos sobre la India –diario, poesía, ensayo y crítica– en el volumen India (2014) y ha antologado su poesía en En un principio era el hambre: antología esencial (2015).
Usted ha escrito poesía, ensayos, diarios. ¿Cree que hay algún género con mayor capacidad para la complejidad?

Cada género tiene, sin duda, su propia manera de abordar la complejidad. Quizás el ensayo sea el que, de entre todos, más dificultades tenga para ello. Las ciencias, no obstante, han evolucionado, como también el pensamiento filosófico. Ya no se trata de establecer una correspondencia entre los modelos teóricos y la «realidad» a la que supuestamente representan. Lo único que se reclama de una teoría es que tenga suficiente coherencia interna como para que «funcione». De este modo, las ciencias se aproximan a las artes, que son las que más aciertan a dar razón de la complejidad. Lo curioso es que, aun trabajando con lo singular, las artes alcanzan a tener carácter más universal que las ciencias. Otro tipo de universalidad, por supuesto, que al ser preverbal no se rige por las normas del concepto, sino por las de la analogía: enjambres, rizomas, laberintos, universos donde la regla imperante es la interconectividad de estructuras permeables en constante movimiento con capacidad para la mutación, la simbiosis y la intercomunicación. Todo aquello que, desde una racionalidad que se siente incapaz de abarcarlo, se ha denominado complejidad.

Por lo demás, todos los géneros tienen sus corsés. El ensayo está sometido a las reglas de la argumentación, la novela a las del argumento, la poesía a patrones rítmicos, etcétera. Por eso donde más cómoda me encuentro es en los intergéneros. Por supuesto, así es más difícil que los libros se vendan: nos gusta ordenar las cosas en categorías y situar los productos en sus respectivos anaqueles. Y no sólo el libro, sino también el autor, que se convierte en producto desde el momento en que accede a formar parte de la cadena de producción. Si a un autor se le considera poeta, que no trate de hacer ensayos porque éstos no se tendrán en cuenta. Nos gustan las etiquetas: parece que ordenan el mundo, y así nos sentimos más seguros, a salvo de la extrañeza y de la falta de sentido. La mujer de pie, por ejemplo, ¿en qué categoría situarla?, ¿en qué estante ponerla? Si tuviese que definirlo, diría que es un ensayo poético o una novela  ensayística (tiene un argumento), pero también es una representación, y un fresco (avanza por fragmentos). Esa es mi manera de enfrentarme a la complejidad o, mejor, de reverberarla ofreciendo un modelo representativo que, a partir de su singularidad, haga posibles las derivas necesarias para la continuidad del rizoma. En eso consiste la universalidad de la escritura tal como la entiendo ahora.

Si mundo y yo son ilusorios, ¿es posible algún conocimiento? ¿La realidad, eso que también se llama substancia, no es este mundo? ¿No soy yo?

Ésta es una pregunta que puede abordarse desde muchos lugares y no creo ser capaz, en este breve espacio, de dar una visión adecuada ni suficiente de todo el espectro que la pregunta abre. Así que me perdonará si me limito a unas pocas pinceladas.

La pregunta por la realidad o la ilusión del mundo nos sitúa de inmediato en el problema del criterio del que se ocuparon los estoicos. Es imposible juzgar la adecuación de una representación de la realidad a un supuesto referente verdadero, puesto que de él sólo podemos tener representaciones. Tan sólo lograríamos comparar una representación con otra, y así hasta el infinito. Pero parece que no aprendimos mucho de los estoicos en los siglos sucesivos, por un lado, porque las ciencias seguían pretendiendo que, además de funcionar, sus modelos fuesen «verdaderos» y, por otro, porque la filosofía se cristianizó y la verdad siguió siendo un valor seguro. Más adelante, el perspectivismo retomó la cuestión, pero sólo llegó al primer tramo, el de la multiplicidad de las representaciones. El sujeto seguía siendo el punto inamovible de las perspectivas, independiente del movimiento tanto del objeto como del mismo procedimiento cognitivo. Más acorde en esto con los estoicos, el constructivismo reemplazaría el concepto de representación por el de construcción. En esta actividad, el resultado depende en gran medida tanto del instrumento como de la teoría y el sujeto no es un punto fijo, sino que está siendo modificado por su objeto de observación. No hay ojo inocente. Y, por supuesto, una teoría no necesita ser «verdadera» para que funcione.

El punto luminoso que percibimos en el cielo nocturno y que llamamos estrella se apagó hace un millón de años luz. Si lo sabemos, ¿dejará de haber estrella? ¿La estrella es algo percibido o algo construido? ¿La estrella es real o es ilusoria? ¿Seguiremos considerando real lo que percibimos e ilusorio lo que construimos? ¿Seguiremos pensando que somos entidades permanentes no sometidas al proceso de construcción de los mundos? ¿Es el mundo «en realidad» aquello que percibimos o es un flujo de partículas o una serie de frecuencias electromagnéticas, un equilibro de fuerzas, una trayectoria de energía? ¿Qué es más real?, ¿la consistencia de la mesa sobre la que escribo o la danza de partículas a la que corresponde su densidad? Éstas son preguntas que podríamos hacernos. Pero parece que nuestra vida cotidiana transcurre, por lo general, de espaldas a la historia del pensamiento. Seguimos pensando, de ordinario, en términos de percepción sensorial cuando ésta debería servirnos para actuar, no para hacer metafísica. En tal situación, quizás deberíamos preguntarnos ante todo qué entendemos por realidad. La mayoría de las discusiones se evitarían si nos pusiésemos de acuerdo en las definiciones. Veamos.

Ocurre con la mente lo mismo que a nuestro cuerpo con su sombra: que no podemos desprendernos de ella

Si por real queremos decir «verdadero», estaremos introduciendo una dicotomía (verdadero/falso) que, si bien tiene su función en lógica proposicional, ontológicamente no hace más que complicar innecesariamente las cosas. Durante siglos se han visto los filósofos enredados en esta cuestión, y cuando esto sucede es de sentido común preguntarse por el adecuado planteamiento de la misma, cuando no por su pertinencia.

Si por real entendemos «material», estaremos inevitablemente planteando otra variante dicotómica innecesaria (materia/espíritu), con las enrevesadas discusiones y derivaciones que esto ha provocado igualmente a lo largo de los tiempos. Nunca está de más remontarse a las etimologías y comprobar que el término materia deriva de la misma raíz que matriz y madre y que no alude, por tanto, a la solidez y a la permanencia, sino que designa un principio tan dinámico como el de physis, que originalmente significaba surgir, brotar, crecer, un significado que olvidamos cuando hablamos de lo físico y que es idéntico, curiosamente, al de la palabra brahmán, que, en el hinduismo, designa asimismo el principio universal: aquello que brota y se expande. Brahma, el gran mago, el ilusionista, va bajo múltiples formas, decía tempranamente el Rigveda. Las escuelas de pensamiento indio de las distintas tradiciones no tuvieron dificultad en terminar eliminando esos opuestos (ilusión y realidad) que tantas dificultades nos crean: el mundo es el juego del brahmán (brahmanismo), la vibración de Siva (sivaísmo), el oscurecimiento de la prakriti (samkhya), la gran vacuidad (budismo). No es distinto, en última instancia, el mundo de las diferencias y la fuerza cósmica.

Ahora bien, nunca perdamos de vista que todas estas disquisiciones forman parte del discurso mental y que la mente procede con las diferencias, al igual que los órganos de percepción. Y ocurre con la mente lo mismo que a nuestro cuerpo con su sombra: que no podemos desprendernos de ella. ¿Quién no se ha asombrado, de niño, al ver que la sombra nos seguía a todas partes, que ni saltando sobre ella ni corriendo a toda prisa podíamos esquivarla? Pronto nos dábamos cuenta de que tan sólo era posible librarse de ella cuando la oscuridad era absoluta, o en aquella fracción de segundo en que, con el sol en el cénit, permanecíamos de pie, erguidos e inmóviles como una columna de mármol. Bien, pues, igual con la mente. No podemos saltar sobre nuestra propia sombra. No hay mundo sin representación ni representación sin diferencias. Pero no hay ninguna necesidad de que nuestras representaciones (conceptual, sensorial o matemática) tengan que corresponder a una realidad «verdadera» ni tampoco de que exista algo más aparte de nuestras representaciones, construcciones o, como prefiero llamarlas, elaboraciones. Tan sólo podemos intuir que puede haber otras, quizás infinitas formas de articular (llamaremos a esto comprender) no lo que nos rodea, sino aquello en/con lo que estamos, lo que nos traspasa, nos con-forma, y con lo que vamos siendo.

¿Y el yo?

Con la mente viene dada la impresión de un yo, al que consideramos tan cierto o más que el mundo en el que estamos. Al yo Locke lo definía como el «soporte de las impresiones». Pero no existe tal soporte por ningún sitio, sino que es un concepto inventado porque somos incapaces de pensar una multiplicidad de cualidades sin algo que las soporte o las contenga. La palabra substancia, por la que me pregunta, respondía precisamente a la necesidad que tenían los filósofos griegos de establecer un soporte conceptual que unificase todo lo que podía decirse de algo (las categorías). Substancia es el término que utilizaron los escolásticos para traducir literalmente al latín el término que utilizó Aristóteles: ύποκείμενον (hypokeimenon), lo que debajo (hypo) yace (keimenon). La sub-stancia, lo que está debajo, es en realidad tan sólo un su(b)puesto, al igual que el sujeto, que significa lo mismo: lo que yace debajo (sub-iecto). ¿Lo que yace debajo de qué, finalmente? De un montón de impresiones. Sin la estratégica invención de aquel soporte, lo que llamamos yo no sería sino una sucesión de impresiones concatenadas. El budismo primitivo las denominaba dharmas. Leucipo y Demócrito hablaban de in-divisibles (a-tomos). En ambos casos se referían a partículas que, como chispas, aparecen y desaparecen, sucediéndose con tal rapidez que terminan provocando la ilusión de una continuidad. Como los fotogramas de una película. A esa continuidad es a lo que llamamos yo. Yo es la película que (nos) montamos, la ilusión, por tanto, que procuramos mantener. Añadir a esa ilusión un juicio de valor (positivo o negativo) es lo que da pie a todo tipo de modelos ideológicos. Y ya sabemos adónde conducen las ideologías.

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