Su obra es una suerte de testimonio de una mente que se observa a sí misma, ¿dónde está Chantal Maillard?

El nombre no es nunca lo que nombra, evidentemente. Hay dos maneras de preguntar por la naturaleza de algo o de alguien: la primera preguntaría qué es tal cosa o quién es tal persona, mientras que la segunda preguntaría cómo se llama tal cosa o tal persona. Con el nombre no hacemos sino referirnos a una serie de datos, que serán distintos según si figuran en una ficha policial, el catálogo de una editorial, los recuerdos de una persona cercana o los del dependiente de la tienda de alimentación. Y, aunque se trate de la misma persona, los diversos personajes que resulten de estas series no necesariamente coincidirán entre sí. En realidad, cada uno de los individuos que pronuncie nuestro nombre tendrá, adherido a él, una serie de impresiones, y en ningún caso serán coincidentes. Esto es bastante curioso, ¿no le parece? Inquietante, también, si uno lo piensa bien. Y podemos preguntarnos si no pasará lo mismo con lo que cada cual piensa de sí mismo. Tenemos de nosotros mismos una serie de impresiones y creencias. Creemos que somos eso. Pero, en realidad, no son sino un conjunto de hábitos, de reiteraciones. Decimos «Yo soy así» o esa expresión tan graciosa de «Yo soy una persona que…», como si de entrada hubiese que dejar claro que el comportamiento del que vamos a hablar es un comportamiento «normal» o habitual entre los seres humanos. Pero lo que estamos diciendo, en realidad, es que, siempre que se dé un estímulo A, responderemos con una respuesta A1. A esto lo llamaban los constructivistas una máquina trivial. Un interruptor, por ejemplo, es una máquina trivial: siempre que lo pulsamos se enciende la luz. Que no tengamos reparo en considerarnos a nosotros mismos como máquinas triviales no deja de sorprenderme, pero así se construyen las sociedades. Y no sólo nos consideramos tales, sino que educamos a nuestros hijos para que lo sean.

Así que, si me pregunta a mí qué se esconde detrás de mi nombre, no tendré más remedio que contestarle que un montón de impresiones, gestos y sensaciones reiterativos a los que procuro contemplar con ecuanimidad. No siempre lo logro, claro. A menudo me veo implicada en ellos, lo cual me resulta patético hasta que me doy cuenta de que ese es igualmente un juicio en el que me implico. Y si, llegados a este punto, me preguntase «Y ¿no es usted (su yo) la que toma conciencia de esto?», tendría que contestarle que también esa toma de conciencia puede ser observada como un elemento más en el proceso. Si uno toma distancia de sus propias alteraciones y observa, las verá sucederse. Si uno toma distancia de esa conciencia que observa verá que también eso forma parte del proceso. ¿Dónde está el yo, entonces? Aparte del nombre (que en cada caso designará una serie específica de ítems), ¿hay alguien? ¿Qué es aquello que late y vibra tras el nombre?

En su inclinación hacia la autobservación, ¿hay una búsqueda de saber o de conocimiento?

Lo que hay, ante todo, es una vieja costumbre. A los ocho años me sometieron a una anestesia general. El miedo a perder la conciencia me llevó a concentrarme en las formas lumínicas que aparecían detrás de mis párpados mientras me iba perdiendo. Al despertar anoté con todo detalle el proceso en una libreta, acompañando el texto con dibujos que representaban lo que había visto. A partir de entonces, el cuaderno pasó a ser no sólo una herramienta necesaria sino una forma de saberme y el único punto fijo en una infancia bastante zarandeada. Sin un eje sobre el que girar, los reiterados cambios de lugar y compañía en sucesivas casas e internados pueden ser bastante desorientadores. Con el cuaderno había algo fijo y algo, también, que seguía su curso, algo lineal, una historia. Para trazar esa historia, para dar cuenta, había que observar (ésta es, por supuesto, una manera entre otras de explicar las cosas. Podría haber otras). ¿Cuándo se convirtió esa costumbre en un método más específico? Sin duda cuando tomé contacto con la filosofía de la India y empecé a estudiar aquel gigantesco caudal de pensamiento por el que aquí, salvo casos particulares, nunca se ha tenido mucho interés, a pesar de que haya marcado un antes y un después en la historia del pensamiento europeo desde los inicios del siglo XVIII.

En la experiencia mística se participa, pero el conocimiento ¿no deviene de una observación crítica del mundo?

La palabra mística proviene de un verbo griego que significa «enmudecer». El místico es un enmudecido. La suya es la experiencia del límite (de la razón y, por tanto, del lenguaje).

El crítico es el que juzga. Y juzgar es separar (krinein). La crisis es el juicio.

Todo juicio separa.

Todo juicio condena. El juicio es la guerra.

Otra ignorancia. Lejos de las batallas dialécticas. Lejos de del ojo crítico. Sin juicio: un reducto de paz en el círculo hambriento de la violencia

Desde muy joven y durante una larga etapa de mi vida mi mayor interés fue ir en busca de respuestas que diesen razón de las grandes incógnitas: qué es todo esto, qué soy, de dónde vengo, etcétera. Pero las respuestas daban lugar a más preguntas que a su vez generaban respuestas, y así sucesivamente. Al cabo de los años me di cuenta de que ese no era el camino. En ese terreno, el conocimiento no es sino un saco repleto de opiniones y creencias.

Todo juicio lleva a la creencia. No hay juicio verdadero que no sea tautológico. Salvo para las ciencias positivas, a las que sirve de instrumento metodológico, la verdad es una tautología, no dice nada, no aporta nada.

Sólo deponiendo las armas (y las creencias) nos situaremos en el lugar donde, sin el concurso del pensamiento discursivo, otro tipo de comprensión sea posible. Remontar el camino hacia la ignorancia. Otra ignorancia. Lejos de las batallas dialécticas. Lejos del ojo crítico. Sin juicio: un reducto de paz en el círculo hambriento de la violencia.

Antonio Machado afirmó que el conocimiento lógico nunca podría ser total porque supone un mundo de objetos, pero que Cristo aportó el conocimiento cordial, apuntando a una experiencia totalizadora, no homogénea. ¿Qué piensa usted de esto?

El conocimiento lógico es lingüístico. Por lo tanto, está desde el principio de-terminado en sus términos y en su sintaxis. Determinado por las diferencias, por supuesto. Sin diferencias no hay conocimiento por definición, si por conocimiento entendemos algo que ocurre (verbalmente) entre un conocedor y algo por conocer. La observación del proceso mental conlleva una experiencia que puede conducir a los límites del lenguaje, y esto es para mí lo interesante. El filósofo Abhinavagupta decía que para el sabio no hay diferencia entre conocimiento, conocedor y conocido. Ésa es una experiencia totalizadora en la que se unifican los distintos centros vibratorios, el cordial incluido. Suele entenderse que esto tan sólo está reservado a ciertos iniciados, pero cualquiera puede acercarse a esa experiencia. Sólo hace falta ser capaz de detenerse y silenciarse interiormente. En ciertos momentos, puede incluso ocurrir sin que lo pretendamos. Es importante saber reconocer esos momentos. Es importante también poder olvidarnos de referentes filosóficos, literarios o religiosos con los que comparar nuestra experiencia. La imitación y la repetición no conducen a nada. No somos diferentes. Reconocerlo es un punto de partida. El punto de partida es esa soledad. Cuando dejamos de apoyarnos y asumimos la orfandad.

Por otra parte, no es necesario convertir un método de autoconocimiento en un sistema de creencias cuando el método sólo necesita ser puesto en práctica. Toda creencia es un lastre. No se trata de creer, sino de experimentar.

En cuanto al «conocimiento cordial», diría que es aquel estado que proviene del reconocimiento de lo que nos es común, y no me refiero tan sólo a los humanos, por supuesto, sino a todo lo que vibra. El universo es un sistema de resonancias. Y la resonancia tiene lugar en distintas frecuencias. Una de ellas es la cordial. Hay quienes tienen más facilidad para que el reconocimiento tenga lugar en la vibración cordial, pero no es la única. La vibración cordial es la que hace posible la compasión.

En su obra hay una búsqueda del desprendimiento, tal vez de la abolición del yo. Sin embargo, usted ha escrito diarios dejando constancia de su mundo y del de los suyos, ¿es una contradicción o una tensión irresoluble?

No se trata de abolir el yo, sino de darnos cuenta de lo que es aquello a lo que llamamos yo. Una vez comprendido, el mundo seguirá estando y nosotros en él, inevitablemente presos de todo lo que implica, aunque tal vez en parte liberados de la agitación que supone la adhesión una creencia –el yo– y la voluntad de enaltecer, proteger y acariciar algo que en realidad no es sino el producto de un cúmulo de repeticiones.

En lo que respecta a mis escritos, sólo he hablado de «los míos» –¡uf, la expresión tiene lo suyo!– cuando el tema lo requería expresamente. Cada uno de mis «diarios» (pongo las comillas porque quiero recalcar que no son nada parecido a unos cuadernos de bitácora) se ha centrado en un determinado tema, o mejor, un determinado huso: una modalidad anímica. Bélgica es de entre todos sin duda el más personal, por la sencilla razón de que su tema es la memoria. Pero aquí, de nuevo, no se trata tanto de contar una historia como de observar, en este caso, el modo en que se recuperan las imágenes de la infancia y las sensaciones que llevan aparejadas. Mi escritura es un trabajo de campo y el material es lo que tengo más a mano: mis percepciones, mis sensaciones, mis imágenes. Ese es mi aprendizaje. Si con ello logro comprender mejor que nada me pertenece y, como consecuencia, me des-prendo de mí aunque sea mínimamente, consideraré que habrá valido la pena.

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