A propósito de las paradojas, ¿es Henri Michaux, en su diálogo intelectual, el punto irónico en su sentido filosófico? Me refiero a la actitud de atracción y distancia, marcada por un humor que en ocasiones es irónico, respecto a la India, pero también en ciertas actitudes y poemas suyos. Recordaba su reacción ante la manía numérica, hiperbólica, de los hindúes y, por otro lado, me decía que desde Cioran a Octavio Paz, lectores y amigos de Michaux, hablaron del humor y la ironía en su obra.

Confieso que Un bárbaro en Asia no es el libro de Michaux que más me haya gustado. Esto es ciertamente paradójico si pienso que mi primer contacto con la obra de este autor fue en precisamente en la India, en la librería francesa de Pondicherry, para ser más exactos. Allí fue donde me enamoré de sus meidosems y emprendí un primer borrador de la traducción que se editaría, años más tarde, en la editorial Pre-textos. Volví a Benarés, donde residía por entonces, con varios volúmenes de sus obras en mi mochila, una lectura que me permitía descansar de mis trabajos acerca de la estética india. Me resultó muy grato descubrir la serie de coincidencias biográficas que me unía a él: al igual que yo, Michaux había renunciado de muy joven a la nacionalidad belga y, huyendo del recuerdo de los internados y de la mentalidad estrecha de sus compatriotas, había emprendido rumbo a Asia. Más adelante supe que su casa familiar en Bruselas distaba una calle de la casa a la que yo también volvía de mis internados en los fines de semana. Pero fue en los libros que trataban de su observación mental y sus experimentos con la mezcalina donde encontré realmente al compañero de viaje. Michaux no sólo era capaz de observar lo que experimentaba, sino que era también capaz de escribir bajo los efectos de la droga y de dibujar lo que veía. Era un cazador al acecho de su propia mente. Un artículo suyo extremadamente interesante y muy poco conocido es su «Sobrevenida de la contemplación», cuya traducción incluí en mi libro India.

Luego estaba su interés por el ideograma. Quería hallar una lengua ideográfica, o más bien idiográfica, como le gustaba decir, una prelengua capaz de volver al origen de las olvidadas designaciones. Una lengua que se adaptase al movimiento de las cosas, una lengua que mostrase ese movimiento, esas trayectorias. Recuperar la realidad bajo el signo. Y se inició su trayecto de la escritura a la pintura. El trazo era más rápido que la escritura, más inmediato. Me puse entonces a la tarea de recopilar los libros y fragmentos que trataban sobre pintura y que se hallaban dispersos en toda su obra. Por aquel entonces no se habían publicado aún sus obras completas en La Pléiade, así que supuso una rigurosa tarea de investigación. La traducción se publicó en el año 2000 en la colección Arquilectura, del Colegio de Arquitectos de Murcia, y actualmente la estoy revisando con vistas a una nueva publicación.

«Sed débiles, amigos. Erradicad la tristeza: está cargada de esperanza», afirma. ¿Cuál es la fortaleza de lo frágil?

Creo recordar que esta frase pertenece a un fragmento de Bélgica en el que hacía referencia a esa idea, tan común, de que la fuerza de vivir es una virtud. Solemos felicitar a quien da muestras de ella y combate las penurias con coraje. Pero la voluntad de vivir es algo que llevamos impreso en los genes, no es otra cosa que la voluntad de supervivencia de las especies. Valorarla positiva o negativamente dependerá de que consideremos la vida como un bien o como un mal, pero tal opción no justifica que convirtamos la pulsión de vida en un valor moral. Por otra parte, desde mi punto de vista, hay bastantes más razones para pensar que la vida –y esa fuerza que nos obliga a prolongarla– es un mal de las que las hay para pensar que sea un bien. Toda vida se mantiene gracias a la muerte de otros seres vivos. ¿Cómo no considerar perversa la maquinaria? Y no considero que sea legítimo atribuir a una especie más derecho que otra a habitar esta tierra. Todo ser vivo respira o late. Todos temen la dentellada. Todos quieren perdurar. Todos son víctimas sacrificiales. Todos lo somos.

La conciencia de nuestra común fragilidad, de nuestra caducidad es, en tal sentido, lo que podría unirnos. Es el principio de la compasión y, tal vez, el fin de la violencia. Claro que esto entra en contradicción con la voluntad de vivir, con el sí a la vida, pues la vida es esencialmente violencia. ¿Qué esperanza puede haber, pues? La esperanza es un ardid del instinto de supervivencia. En la desesperación, la voluntad se alimenta de esperanza. Y la tristeza no es sino la otra cara de la moneda: voluntad insatisfecha, voluntad contrariada. Si eliminamos el deseo (de que haya o deje de haber, de lo que fue y ya no es, de que vaya a ser o deje de ser) eliminaremos también la tristeza. Y ciertamente hay una fuerza superior en esa erradicación. El que no tiene deseos es invulnerable.

Nuestro mundo tiende más y más a acentuar el placer (la sensación), pero el placer no es necesariamente la dicha. Sin negar el cuerpo y el tiempo, ¿hay camino para la dicha?

Tenía diez u once años cuando, saliendo del internado para dar el paseo de la tarde con mis compañeros, les dije: «Los adultos creen que no sabemos lo que es ser feliz. Pero yo sé que soy feliz ahora y que nunca seré más feliz de lo que lo soy ahora». Fue absolutamente cierto. Pasé dos años en aquel internado del mar del Norte. Dos años inolvidables. Siempre que recuerdo aquella frase y la seguridad con la que la dije, me sorprendo. Nada nunca fue más cierto. ¿Cuál era ese estado al que me refería? Un bienestar, sin duda. Un gusto, también, un sabor: lo que saboreaba era la vida, supongo, mi propia vitalidad que disfrutaba ejercitándose en la multiplicidad de sus movimientos, en sus descubrimientos y en su recién estrenada libertad.

Pero aquellos eran otros tiempos. A estas alturas, sin cuerpo que acompañe, ya no hablaría de dicha sino de paz. Si tomamos un poco de distancia, deberemos convenir en que, en un universo donde la carencia es ley, más allá de los diferentes grados de satisfacción, siempre pasajera, que corresponden a los distintos tipos de necesidades, básicas o creadas, y de ciertos estados de exaltación, también pasajeros, parece más bien que inventamos la felicidad como inventamos los dioses. Querríamos que la satisfacción durase siempre y en su grado máximo. Para ello, nuestra economía de mercado se dedica a crear un sinfín de necesidades superfluas para las que ofrece una serie infinita de productos. Sólo que, en contra de las apariencias, dichos productos no están diseñados para satisfacer al consumidor, sino para mantenerlo permanentemente insatisfecho: el individuo satisfecho no consume. Este tipo de economía nos guía, pues, en sentido inverso al que parece proponer. El bien-estar: la eu-daimonía (el buen daimon) de los griegos era algo muy distinto. Deberíamos volver a leer a los antiguos. Comprender que el estado mejor no deriva de la satisfacción de los muchos deseos sino, al contrario, de la ausencia de deseo y la ecuanimidad. Convendría entender que es gracias a su impermanencia y a la alternancia de los opuestos (satisfacción/ insatisfacción) que nos mantenemos en vida, y que es gracias a la capacidad de apaciguar la voluntad de modo que no se extralimite que la vivimos de la mejor manera. Lo demás –la dicha, la felicidad, el bien absoluto, la vida eterna– es cosa de la mente, su amor por el delirio: su extra-vagancia.

Mirando atrás, en la primera infancia, puedo recordar también ciertos momentos de los que no dudaría en decir que fueron dichosos. Eran momentos sin fisura en los que me perdía en lo que hacía. Sin juicio. Sin división: sin crisis. Debe de ser ese estado de inocencia lo que añoramos cuando recordamos la infancia con nostalgia. Sin mente que juzgue ni compare, sin conciencia del tiempo y sin otra voluntad que proseguir el juego, ausente de quien debe uno ser a los ojos de nadie. La conciencia del gozo, sin embargo, es en este caso un juicio que añado ahora al recordarlo.

Vivimos en una sociedad hipercomunicada, ¿hay algún modo de perderse en el sentido en el que usted lo evoca en India?

De niña me gustaba perderme. Me ponía a prueba. Era un reto hallar el camino de vuelta. Me gustaba notar ese ligero pellizco cuando finalmente me encontraba desorientada. Había, en la inquietud de la pérdida, una momentánea suspensión que me resultaba excitante. Antes de que existiese la telefonía móvil uno podía perderse con facilidad. Perderse geográficamente, romper los anclajes, quemar los puentes, penetrar en territorios inhabituales y desconocidos es la mejor manera de desestabilizar ese yo tan sólido al que tanto aprecio tenemos y en el cual creemos. Es la experiencia del viaje. Traspasabas las fronteras y te veías fuera de contexto, fuera de todo lo reconocible, fuera de ti. Creías que eres alguien bien definido, creías conocerte y, de repente, todo ello se esfuma, de pronto no sabes quién camina con tus piernas. Es la experiencia de los límites, de lo extraterritorial, de lo otro. Entonces es cuando puedes empezar a ver qué hay –si es que hay algo– bajo el conjunto de hábitos y comportamientos heredados al que llamamos yo.

Hoy resulta cada vez más difícil acercarse a esa experiencia. Debo decir que lo echo de menos. Cuando me invade la nostalgia, desconecto todos los dispositivos. Borrar definitivamente mi historial es una opción que no descarto.

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