¿Cree que en la hipercomunicación actual hay una percepción de un más allá o todo es aquí mismo?

Ante todo me gustaría llamar la atención sobre el tinte espiritualista (cuando no teológico) de la expresión más allá, sobre todo cuando se la convierte en sustantivo. Más allá… ¿de qué? ¿Del pensar? ¿De las interpretaciones y sus representaciones? ¿Del lenguaje? Siempre que hablamos lo hacemos «aquí». Todo lo que percibimos es «aquí». Los límites del aquí son los límites del pensar. Me resultan cansados los discursos que abundan en las diferencias entre materialismo y espiritualismo, entre el científico y el místico, el aquí y el más allá. Una manera dialéctica de ejercer la violencia. El que se dice espiritual y no supera estos contrarios no ha llegado muy lejos.

Por mi parte, prefiero hablar de agitación y de calma, dos estados que si bien en el universo se dan alternativamente, condicionan el modo en que intuimos eso que llamamos realidad. Según se acelere o se ralentice el ritmo del proceso mental, percibiremos las cosas de uno u otro modo y podremos hablar de tiempo sucesivo o de tiempo dilatado. El tiempo sucesivo es aquel en el que tiene lugar la percepción ordinaria y donde, por tanto, podemos entendernos. Suelo llamar superficie a ese lugar de la conciencia que también es el de la comunicación. En otros lugares, el tiempo se inmoviliza, se hace sólido, pesado. En otros, incluso, el tiempo desaparece. Un instante puede ser una eternidad cuando nos aquietamos. De esa eternidad volvemos sin palabras. Mantener la mente en continua agitación, en cambio, hace que no podamos bajar a otras dimensiones. La hipercomunicación actual sin duda no da lugar, no abre otros lugares. No hay brechas en el tiempo. La percepción se uniformiza. Pero, quién sabe, aún pueden sorprendernos sus resultados.

«Convertirse en diana. Dejarse alcanzar», dice usted en su diario Bélgica. Apunta tal vez a que deberíamos vivir de manera más despreocupada. ¿En qué sentido?

No, en absoluto. Lo que digo es que podemos convertir el instrumento con el que observamos el mundo en el objeto de observación.

Y ahora una pregunta difícil: ¿qué tipo de libros lee? ¿Tiene alguna preferencia de géneros?

Sí, por supuesto: el canto de los grillos. Eso cuando es verano. En invierno es más difícil. También me gusta leer los ojos de los animales –libres, a ser posible; los domésticos adoptan comportamientos humanos, sus ojos se enturbian y es más difícil alcanzar en ellos esa anterioridad que es nuestra herencia primera–. Y, a decir verdad, esto es lo único que no me ha dejado de importar, lo único que necesito para el viaje de vuelta. «Pero ¿no hay siempre algún libro que leer?», me preguntará. Sí, por supuesto, siempre hay algunos. En su mayoría, son de filosofía. No obstante, aunque el placer de la argumentación me sigue tentando algunas veces y reconozco en ello ciertos antiguos hábitos, ya no es eso lo que espero de ellos. Prefiero los que me puedan aportar algo de sabiduría. No leo novelas, me aburren ahora tanto como me atrapaban en mi juventud. En cuanto a la poesía, tiene que cumplir ciertos requisitos. Voy en busca siempre del libro que trascienda los géneros, en el que se ensamble lo mejor de cada uno de ellos para conseguir la escritura perfecta: universal sin dejar de ser singular, como puede serlo el poema; significativa en su forma, concisa, precisa, sin florituras. Una escritura capaz aún de descubrimiento. Una escritura al margen de todo código de valores, una escritura previa, que alcance lo que fuimos más allá de lo que somos. Una escritura pre-liminar: anterior a nuestros límites, los impuestos, los su(b)puestos y los que deriven de nuestras lamentables creencias. Una escritura que hiciese aún temblar la tierra en la que nos sostenemos, intrusa, perversa: transformadora, inquietante, vibrante. Quignard lo logra algunas veces. Beckett también, de otra manera. Y Michaux, que en su búsqueda de una prelengua desembocó en la pintura y terminó prefiriendo pintar a escribir. Hay, sin lugar a dudas, otras escrituras en el universo y otras formas de leer que no son verbales. Mi hijo escalador lee las paredes rocosas. Hay quien aprende del viento, de las infinitas voces que hay en el silencio. Y por leer no entiendo interpretar ni verbalizar, sino aprender a seguir las vías, las trayectorias, las venas del dragón, como decían los antiguos chinos. Aprender a reconocer las correspondencias, lo que somos en lo otro, ya sea la pendiente de una montaña, las nervaduras de una hoja, el crujido del hielo o el espasmo de las placas tectónicas.

La verdad es que no hay tiempo para mucho, o no queda suficiente. Mi tío abuelo ponía siempre el mismo disco (un concierto de Beethoven si no recuerdo mal). Debía tener por entonces cerca de setenta años y una buena colección de discos. «No me queda tiempo», contestó cuando le pregunté por qué. Por lo que a mí respecta (aparte, por supuesto, de las necesarias lecturas científicas), prefiero disfrutar la relectura de las pocas cosas que me han recordado que aún es posible sentirse vibrando que no forzarme a una lectura inútil, por inerte. Y, si no tengo a mano ningún libro que me atrape en ese sentido, intento escribirlo. Supongo que si sigo escribiendo es por eso.

Usted, como escritora, ¿tiene algún tipo de ritos, horarios, manías?

Le seré sincera: le tengo manía a este tipo de preguntas.

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