También somos «animales sociales» o, si se prefiere, «cívico-políticos», en el sentido de que, aunque estemos aislados, la configuración de nuestra conciencia es social, cívico-política. Nos podemos sentir solos, pero no estamos solos: convivimos siempre con los otros. Hacia el final de los anteriores versos observamos cómo el pasado, a través de los muertos, condiciona, si es que no determina el presente y el futuro. Por supuesto, se describe la desorientación en la que convivimos y se critica aquello que nos aliena: «del ir y venir de los autos, espejo de nuestros afanes, quehaceres y pasiones (¿por qué, para qué hacia dónde?) / de los hospitales siempre repletos y en los que siempre morimos solos».[10]
Al final comprobamos que la poesía conseguida logra elevar lo particular a lo universal, como el gran arte. De tal modo que lo que leemos en Hablo de la ciudad no sólo vale para, pongamos, México D. F., sino para cualquier gran ciudad del mundo: Nueva York, Tokio, París, Roma, Buenos Aires, Madrid, Londres, Berlín: «hablo de nuestra historia pública y de nuestra historia secreta, la tuya y la mía […] hablo del gran rumor que viene del fondo de los tiempos, murmullo incoherente de naciones que se juntan o dispersan, rodar de multitudes y sus armas como peñascos que se despeñan, / sordo sonar de huesos cayendo en el hoyo de la historia, / hablo de la ciudad, pastora de siglos, madre que nos engendra y nos devora, nos inventa y olvida».[11]
Según Aristóteles, las ciudades se crearon originariamente para hacer posible la vida humana. Pero el propósito de las ciudades no es la simple supervivencia, sino generar las condiciones de posibilidad para desplegar lo más plenamente la vida (humana). ¿No son las ciudades las mayores creaciones humanas? Y, exceptuando su naturaleza biológica, que crece y se desarrolla de manera cultural, ¿no son los seres humanos, en cierto modo, creaciones de las ciudades y del contexto histórico? Se diría, pues, que se crean recíprocamente: los seres humanos crean las ciudades al tiempo que ellos son creados como ciudadanos dentro de ciudades.
Pero a veces creamos monstruos que nos devoran. Baudelaire, que según Walter Benjamin, es el primero que convierte París en objeto de la poesía lírica,[12] escribirá: «La forma de una ciudad cambia antes que el corazón de un hombre». ¿No es ésta una de las enfermedades que producen las grandes ciudades modernas? Cualquiera que haya viajado a Nueva York u otras inmensas metrópolis ha experimentado que el espacio en ellas somete al individuo a un ritmo vertiginoso, asfixiante, quizá demasiado alejado de la naturaleza. Es algo que ya había observado el sociólogo y filósofo Georg Simmel: «Los más profundos problemas de la vida moderna manan de la pretensión de conservar la autonomía y peculiaridad de su existencia frente a la prepotencia de la sociedad».[13]
Dos de los más memorables poemarios del siglo xx, La Tierra baldía, de T. S. Eliot y Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, son, entre otras cosas, dos poderosas críticas a las grandes ciudades. El primero, próximo a la tesis de La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, critica la pérdida de la tradición espiritual del pasado y el desencantamiento del mundo moderno. Mientras que el segundo es un grito de protesta y denuncia contra el poder tiránico del capitalismo, que aplasta y cosifica las vidas, humanas, animales y vegetales, en un mundo cada vez más desorientado y deshumanizado.
Por ello no es raro que el tono que predomine en los poetas hacia sus ciudades sea un sentimiento ambivalente que oscila entre el amor y el odio (según el psicoanálisis, no hay amor sin odio, algo que parece que intuyó Catulo). Es lo que al parecer sintió Dante hacia Florencia.[14] Es lo que parece que Borges siente hacia Buenos Aires: «No nos une el amor sino el espanto. / Será por eso que la quiero tanto». Y es la relación que mantiene Cernuda con Sevilla, a la que, después de desdeñar y perder de vista, recupera con nostalgia y amor desde el exilio: «El encanto de aquella tierra llana, / extendida como una mano abierta, / adonde el limonero encima de la fuente / suspendía su fruto entre el ramaje. […] Tu sueño y tu recuerdo, ¿quién lo olvida, / tierra nativa, más mía cuanto más lejana?».[15]
De todas estas ciudades que hemos mencionado, podemos preguntarnos como aquella hija que interrogaba a su madre en una novela de Galdós: «¿Cuál es la más bella?» Y podríamos responder igual: «Las ciudades son lo que vivimos en ellas». De tal modo que si alguien se enamora en una ciudad fea, por muy fea que sea, esa ciudad estará ya encantada y será sagrada. Con sus ritos y mitologías, los artistas y escritores embellecen los espacios, y nos seducen con sus saludables locuras, y nos invitan a viajar y a recorrer los lugares por donde se perdieron, predisponiéndonos a experimentar sentimientos que nos mantienen vivos.
¿Fetichismo? Sin duda, como con cualquier otra mitología, cuando queremos visitar la casa-museo de un artista, los cafés que frecuentaba, los lugares donde se desarrollan ciertas escenas de su obra… Pero, como afirma Savater, «adelante con el fetichismo, que también es una forma de amor. O, mejor dicho, cualquier amor —balbuciente o sublime– siempre es una forma de fetichismo».[16] Una vez más se trata, pues, de distinguir qué tipos de fetichismos restringen nuestros márgenes de libertad y cuáles, por el contrario, los amplían.
Como ha descrito Seamus Heaney, el sentimiento de pertenencia a un lugar se encuentra íntimamente vinculado a las palabras, a la literatura: «Independientemente de nuestras creencias u opiniones políticas, independientemente de qué cultura o subcultura haya teñido nuestra sensibilidad individual, nuestra imaginación responde al estímulo de los nombres, nuestra sensación de pertenecer a un lugar se intensifica, y la sensación que poseemos de nosotros mismos, como habitantes no sólo de un país geográfico sino de un país mental, se robustece. Es esta sensación, esta respuesta de reconocimiento al maridaje entre el país geográfico y el país mental, tanto si este país mental obtiene su coloración gracias a una tradición oral compartida y heredada como si la debe a una cultura literaria saboreada de modo deliberado, o gracias a ambas, es este maridaje la más fértil de todas las posibles manifestaciones de pertenencia a un lugar».[17]
Ahora bien, ese sentimiento de pertenencia a un lugar puede ser una bendición o una maldición, según informe nuestras emociones, creencias y comportamiento. Borges señaló que «en el principio de la literatura está el mito, y asimismo en el fin».[18] El autor de Ficciones consideró el denominado paso del mito al logos como «el hecho capital de la Historia».[19] Mas, en contra de lo que acostumbra a contarse o a desprenderse de la historia de la filosofía, ese paso no fue definitivo: seguimos conviviendo con los mitos, quizá de modo inextinguible,[20] y a pesar del innegable desarrollo de la ciencia y la tecnología. No es extraño que la condición humana sea contradictoria e inconsolable. Paradójicamente, los seres humanos estamos escindidos por múltiples razones: por un lado, necesitamos los mitos, pero, por otro, nos apresan y sólo nos liberamos descifrándolos o, lo que es lo mismo, desmitificándolos.[21]
[1] Caballero Bonald, J. M. Examen de ingenios, Barcelona, Seix Barral, 2017, p. 63.
[2] Magris, Claudio, El Danubio, trad. Joaquín Jordá, Barcelona, Anagrama, 2004.
[3] Nooteboom, C., Tumbas de poetas y pensadores. Fotografía de Simone Sassen, trad. María Condor, Barcelona, Mondadori, 2009, p. 19.
[4] Bonet, Juan Manuel, «Gabinete de lectura», recogido en VVAA, Poesía española reciente (1980-2000), edición de Juan Cano Ballesta, Madrid, Cátedra, 2001, p. 125.
[5] Savater, Fernando, Las ciudades y los escritores, Barcelona, Debate, 2013, p. 181. Este ensayo es muy útil e interesante para estas cuestiones, a pesar de que la idea del proyecto quizá sea más atractiva que su ejecución. Recorre la Praga de Kafka, la Buenos Aires de Borges, el Santiago de Chile de Neruda, el Londres de Virginia Woolf, la Lisboa de Pessoa, la Florencia de Dante, el País Vasco de Pío Baroja, el México de Octavio Paz, el Edimburgo de Robert Louis Stevenson, el Madrid de Cervantes, Lope y Quevedo, el París de Sartre, Simone de Beauvoir y Camus, la Bretaña de Chateaubriand y la Dublín de Yeats, en este orden, y con conversaciones con otros escritores, como Mario Vargas Llosa, Javier Marías, Félix de Azúa, Juan Villoro o Jorge Edwards, entre otros.
[6] Ortega y Gasset, José, «Historia como sistema», en Ortega y Gasset, J., Historia como sistema y otros ensayos, Madrid, Revista de Occidente-Alianza, 1999, p. 48.
[7] Savater, F. 2013, op. cit., p. 181.
[8] Paz, Octavio, «Hablo de la ciudad», reunido en Octavio Paz, El fuego de cada día. Lo mejor de Octavio Paz. Selección, prólogo y comentarios del autor, Barcelona, Seix Barral, 2014, p. 334-338.
[9] Paz, Octavio, 2014, op. cit., pp. 334 y 335.
[10] Paz, Octavio, 2014, op. cit., pp. 335.
[11] Paz, Octavio, 2014, op. cit., pp. 338.
[12] Benjamin, W., «París, capital del siglo xix», reunido en Walter Benjamin, Sobre el programa de la filosofía futura, trad. Roberto J. Vernengo, Barcelona, Planeta, 1986, p. 133.
[13] Simmel, G., «Las grandes urbes y la vida del espíritu», recogido en Georg Simmel, El individuo y la libertad. Ensayos de crítica de la cultura, trad. Salvador Mas, Barcelona, Península, 2001, p. 375.
[14] Savater, F. 2013, op. cit., p. 144.
[15] Cernuda, Luis, «Tierra nativa», en Como quien espera el alba, reunido en Luis Cernuda, La realidad y el deseo, Madrid, F. C. E., 1998, pp. 197 y 198. Cernuda es un poeta muy interesante para estudiar cómo describe ciudades de Europa, por ejemplo, su Sevilla natal, recobrada míticamente en Ocnos, como ciudades americanas, como las descritas en Variaciones sobre tema mexicano.
[16] Savater, F, Aquí viven leones. Viaje a las guaridas de los grandes escritores, Barcelona, Debate, 2016, p. 11. Este libro es también de máxima utilidad e interés para estas cuestiones.
[17][17] Heaney, S., «La sensación de pertenencia a un lugar», recogido en Seamus Heaney, De la emoción a las palabras, trad. Francesc Parcerisas, Barcelona, Anagrama, 1996, pp. 116 y 117.
[18] Borges, J.L., «Parábola de Cervantes y de Quijote», recopilado en El Hacedor, Jorge Luis Borges, Obras Completas I, Barcelona, RBA-Instituto-Cervantes, 2005, p. 799.
[19] J. L. Borges, «El principio», reunido en Atlas, en Jorge Luis Borges, Obras Completas II, Barcelona, RBA-Instituto Cervantes, 2005, p. 413.
[20] Merecen considerarse las reflexiones sobre el mito de Roland Barthes en Mitologías, trad. Héctor Schmucler, Madrid, Siglo XXI, 2009, especialmente «El mito, hoy», pp. 167-214.
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