Hay una constante búsqueda de los límites, de los espacios extremos, pero sin ceder a exageraciones retóricas o posturas poco creíbles. Los nombres de los que se surte su escritura son evidentes en este sentido: Coltrane, Egon Schiele, Goya, John Cheever, Duras, Burroughs, Bataille, Walter Benjamin. ¿Son éstas sus lecturas habituales o son exclusivas de la formalización del libro?

Es cierto que los personajes que usted cita han vivido o han creado en el límite. Y, por tanto, el concepto de límite es muy pertinente, como el de umbral. Que sean espacios o lugares extremos no significa, como muy bien usted indica, que uno caiga en la hipérbole o la falta de verosimilitud. Los extremos habitan naturalmente en mi escritura, desde el laconismo hasta el exceso emocional. Y esos lugares no son sólo de orden geográfico, sino mentales. Hay un continuo debate entre la cordura y la locura o, mejor dicho, una forma de lucidez que poco tiene que ver con el aristotélico término medio. Esa búsqueda de los límites o, en fin, ese impulso por perforarlos o derruirlos, tiene algo de místico. Tampoco se trata de un gesto transgresor o, por lo menos, yo no tengo conciencia de ello. Mi vocación solitaria me ha conducido a la escritura y ésta a buscar territorios extremados. Todo ello ha ido configurando una estética y también una ética. En este aspecto, no las separo. Una sobriedad estética que se hermana con una sobriedad ética, aunque luego esta sobriedad se vea perturbada por la necesaria ebriedad, ese don del que nos hablaba el poeta Claudio Rodríguez. Maurice Blanchot ha sido, durante años, un maestro en la distancia. La capacidad sintética que Borges nos muestra en sus cuentos. Ese laconismo certero me fascina. En el libro aparecen estos nombres que usted cita y, sin duda, salen a colación por algún motivo, bien porque su literatura o su arte han significado mucho para mí, bien porque pueden considerarse personajes invitados a mi texto. Cheever me parece una referencia clave como cuentista. Un autor que plasma sin piedad el declive de la hipócrita sociedad estadounidense del momento. El fraseo de Coltrane, como muchos otros músicos de jazz, ha ejercido una influencia en mi modo de narrar. El Perro semihundido, de Goya, un cuadro que me dejó en su momento impresionado y cuya imagen me ha acompañado durante la escritura de este libro. El arte de Pina Bausch y la danza, la contorsión de los cuerpos en escena. El dripping de Jackson Pollock y su relación sexual con su propia pintura. Sin olvidar la poética y la estética de Ballard. Mientras iba escribiendo, ellos se iban incorporando a la obra sin que el autor los llamara. Habría que mencionar, asimismo, a ese llamado «Kafka del arte» que fue Giorgio De Chirico y su dimensión metafísica, sus ciudades enigmáticas y fantasmales, casi abstractas, su estética de una serenidad inquietante, y valga la paradoja.

Me ha sorprendido su relación alerta con el lenguaje. Nada de tomarlo como una herramienta, tan habitual en muchos narradores actuales españoles, sino que se lo siente a usted oyendo y diría que viendo el lenguaje. De ahí que en un momento dramático diga: «El lenguaje no sabe cómo ayudarme». Intuyo que los poetas y sus reflexiones sobre la poesía están muy cerca de usted.

Mantengo un vínculo muy potente con el lenguaje. Entre usarlo como mera herramienta para contar una historia o sacralizarlo, como hacen algunos poetas, trato de respetarlo y de estar atento a sus movimientos. Me molesta el descuido, pero también el estilo excesivamente remilgado y, no digamos ya, manierista o impostado. Sin duda, eso viene de la poesía, así como de mis lecturas filosóficas y de los ensayos que, como cualquier poema o relato breve poderoso, han contribuido a la formación de mi estilo y a mi concepción de la escritura. Muchos lectores me han confesado que mis libros requieren varias lecturas, que piden una segunda, tercera, incluso una cuarta relectura. Libros que lo acompañan a uno, y que uno relee como quien relee un haiku, una sentencia o un aforismo de Nietzsche. Como sucede con los poemas o los ensayos. Existe una esfericidad. Mis libros no precisan, necesariamente, una lectura lineal.

En cuanto a esa frase entrecomillada, «El lenguaje ya no sabe cómo ayudarme», lo cierto es que a veces uno se halla sin palabras, en pleno desierto, en un lugar helado y silencioso en el que las palabras faltan, y esa falta de palabras no siempre es una maldición. Simplemente, se trata de un estado precario, cuya pobreza hay que asumir. Queda el cuerpo, el gesto, el ademán, la caricia o la gélida impavidez del cadáver cuya expresión final, puro silencio, nos aterra y nos fascina. Vivimos en la fértil paradoja de nombrar el silencio mediante la palabra. Sólo la palabra puede expresar el silencio. Esa paradoja que consiste en no tener nada que decir y, sin embargo, estar de alguna manera obligados a decirlo. Decir eso: no tengo nada que decir y, sin embargo, decirlo. Indudablemente, los ensayos de Blanchot, así como su obra de ficción, han sido determinantes en mi trayectoria como escritor. Como si su figura misteriosa y poco dada a la exhibición estuviera al fondo de lo que escribo, como un punto de referencia no siempre evidente aunque sí latente. Su posición ambigua, entre la literatura y la filosofía, ha influido en mi poética y en mi modo de entender la literatura. Sin olvidar a Deleuze, uno de los filósofos más complejos y estimulantes.

Por otro lado, sólo mediante el lenguaje puede uno alcanzar las temidas y vertiginosas zonas de no lenguaje, como si uno hubiese arribado a una isla desierta o a un territorio desolado, sin puntos de referencia o, en fin, a un callejón sin salida. Como si el lenguaje, tensándose al máximo, provocando con su audacia los límites sin los cuales es imposible, no sólo la escritura, sino la existencia, perdiera pie y consistencia y quedara en el aire ese zumbido, ese murmullo que no es del todo silencio, sino lenguaje suspendido o en estado de hibernación. Esa tentación de la página en blanco, de la no escritura en el corazón de la escritura. Más aún, de una escritura que no puede detenerse. Una escritura que habla a los muertos y desde la muerte, que no puede callar. La escritura no tiene fin, pues todo texto genera otro texto y éste provoca la aparición de otro texto más, y así sucesivamente. Sin duda, en todo relato mío subyace una reflexión sobre el lenguaje y la propia escritura, una meditación sobre el hecho de escribir, sobre lo que supone la actividad escritora, que se incorpora a la narración. En este aspecto, creo que he logrado una mayor fluidez. Así como hace unos años sonaba forzado, en la actualidad tales reflexiones teóricas, expresadas desde la experiencia, aprovechan con naturalidad el flujo de la historia narrada. Escribir es tener presente la insuficiencia del lenguaje y, a pesar de ello, persistir en su búsqueda y ahondamiento.

¿Cómo se siente usted como escritor ante la producción literaria actual española? ¿La distingue de la hispanoamericana?

Pues, la verdad, nunca he querido ni pretendido caer en la pose de situarme en los márgenes del panorama literario español. Es más, ni tan siquiera reparo en ello. Nunca me ha gustado regionalizar, nacionalizar o continentalizar —y perdonen el «palabro»— la literatura. En alguna entrevista me han situado en la periferia, en los márgenes, en un lugar extraño, lejos del meollo y de las corrientes del momento. Sin embargo, alguien ha pulsado una tecla que me ha intrigado al calificar mi escritura como «inclasificable», con lo cual podría sentirme halagado, aunque el yoga que practico me ha ayudado, de algún modo, a alejarme de la vanidad excesiva y desarrollar la figura del testigo, del espectador. Tengo facilidad para desdoblarme y situarme al otro lado, en la categoría de observador. Por supuesto, no he logrado el desapego del yogui y tampoco lo quiero. Ahora bien, da cierta tranquilidad. También es verdad que los lectores más receptivos y apasionados de mis libros provienen de países hispanoamericanos. Hay una conexión ahí que yo, en realidad, no había detectado, pero que muchos lectores han remarcado. Es cierto, asimismo, que, como lector, he vibrado mucho con esa literatura llamada hispanoamericana. He detectado fértiles correspondencias, ecos, guiños y, sin duda, coincidencias. Gracias a ella, a ese tipo de literatura, he vuelto a ser un lector febril, entusiasmado y casi adolescente. En cualquier caso —y disculpen que abuse de un término ya manido—, la literatura la concibo como un arte transversal. No me siento cómodo clasificando la literatura —arte libre donde los haya— como literatura española, francesa, alemana, anglosajona. Supongo que, en general, los escritores nos nutrimos de infinidad de escritores, y no sólo escritores, sino cineastas, pintores, filósofos, músicos, en definitiva, de muy diversos registros y de otras manifestaciones artísticas. Además de la influencia fundamental: la propia vida y la de los demás. La vida de nuestros antepasados narrada por nuestros padres es un buen nutriente para conformar una historia y tirar de ese hilo familiar.

Retomando la primera cuestión que usted formula, podría considerarme una rara avis, según el juicio de mis más próximos, si bien podría, asimismo, admitir sin problemas que, para la mayor parte de la crítica, mis libros tienen poca visibilidad. Hay un silencio extraño ahí, aunque, bien mirado, quizá no sea tan extraño, debido al tipo de literatura que practico, insisto, alejada naturalmente del mainstream, dicho en plan pedante. Es lógico que, dada mi posición en el panorama literario, me sienta como un planeta raro, deshabitado, fuera de órbita. Y eso tiene su doble cara, como todo en la vida. Por una parte, me siento a mis anchas, libre, casi salvaje, sin estar sometido a las exigencias propias del escritor profesional y, por otro lado, uno puede sentirse un poco olvidado, ignorado o, en fin, «sufrir» ese silencio administrativo que se aplica a quienes no están en el ruedo o no participan del todo en esta fiesta.

Al final de Desaparecer… usted nos dice que siempre acaba regresando a la isla, «lugar de retiro y olvido y de la escritura adolescente». ¿Podría hablarnos de sus inicios como escritor, de su vocación literaria?

Recuerdo unos largos veranos en una casa aislada, lejos de mis compañeros de clase y de mis amigos, alimentando una soledad que, a la postre, acabaría siendo fructífera. Horas de tedio y de calor. Mis padres entregados a una larga siesta y, como fondo, el canto monótono y a ratos enervante de las cigarras. Recuerdo haber intercambiado poemas con una chica de mi clase de la cual estaba yo prendado. Un enamoramiento fulgurante, pero que, en un principio, no desembocó en contacto físico. Todo en esa relación era literatura y, en concreto, poesía. Poemas breves y contundentes, ingenuos y puros en su desgarro y en la celebración del amor. Sin duda, esos inicios estuvieron sustentados por las letras de ciertas canciones. Siempre había música de fondo, una suerte de banda sonora que soportaba todas aquellas declaraciones de amor y escarceos. La poesía de Neruda, claro, y la de Vicente Aleixandre o la de Claudio Rodríguez. O el cantautor Luis Eduardo Aute, que me ha acompañado durante un largo trayecto de mi vida. Una escritura febril que fue cuajando. Y, luego, los comentarios de ánimo de los parientes y amigos: «Eso lo tienes que publicar». Aunque mi timidez era mucha y me impedía dar ese salto. Llegaron las lecturas en público, el aplauso y varios premios literarios que comportaban dinero y edición del libro. Por supuesto, sentí la emoción de ver los escritos en forma de libro. Más tarde, la exigencia, el no conformarse con esa fórmula más o menos exitosa. Todo un trabajo de des-escritura, si así puede decirse. Negación de lo hecho para iniciar una nueva senda. Tratar de deshacerse de lo ya escrito, de los tics, de los automatismos. Un tiempo necesario y áspero de autocrítica. Y, aun así, ser consciente de que aquellos comienzos fueron el origen de la escritura presente y que todavía persisten ciertas obsesiones, ciertos temas que ya, a estas alturas, uno cree que han llegado para quedarse. Sin ir más lejos, en Desaparecer en un solo de Coltrane, el narrador visita ese lugar del origen, el lugar del primer poema, el lugar de la primera mujer, el lugar del primer temblor, ese que aúna amor y literatura. Una visita que no es más que un gesto de agradecimiento y, de algún modo, una forma de plegaria. El viaje ha sido sinuoso, a ratos tortuoso, a veces llano como la meseta castellana, en otras ocasiones, escarpado, cavernoso y desasosegante, pero siempre gratificante.

También recuerdo, a ratos con cierto dolor, a ratos con cierto orgullo, aquellos tiempos en los que practicaba una poética algo hermética, a menudo ininteligible para el lector común al que, precisamente, por ser común desdeñaba. Cosas de la juventud, que oscila entre el drama de sentirse incomprendido y el drama de persistir y cultivar esa incomprensión del resto de los mortales. Me costó salir de aquel hermetismo. De alguna manera, mi pretensión era abandonar ese universo algo asfixiante para ingresar en el flujo más liberado de la prosa sin tanto lastre poético. Quería deshacerme de ese sello. Tanto es así que, durante un tiempo, realicé un cambio de registro algo brusco, un giro radical, un volantazo para huir de aquella poesía tan enigmática y, según el juicio de mi padre, incomprensible. Es verdad que en el ámbito de la poesía no opera el mismo nivel de comprensión o recepción. Sin embargo, detecté en el juicio de mi padre un cierto malestar: no entender lo que escribe tu hijo es algo desolador, tanto para éste como para el progenitor. Quise hacerme fuerte en la trinchera. Pero necesitaba que circulara el aire a través de mi escritura. Un aire distinto, un vendaval que zarandeara aquella poética algo encapsulada y obsesiva. Derrapé hacia la prosa sucia y descuidada, hacia un desaliño que por entonces juzgué más que necesario, casi urgente. Era menester salir de ahí, pues corría el serio peligro de convertirme en el clásico poeta incomprendido que hace de la angustia bandera y estética. Tracé un arco muy amplio que arrancaba desde Vicente Aleixandre y llegaba hasta Bukowski, para entendernos. Y estoy, lo sé, simplificando. Ese viaje, sin duda, resultó muy favorable. Gracias a él, mi estilo incorporó elementos que hasta ese momento no me había permitido incorporar. Era cosa de trastornar aquella suerte de puritanismo estético mediante un lenguaje duro y a ratos soez. Sé que lo estoy explicando un poco en crudo, sin embargo, en esencia, ése fue el contraste que iba buscando para ampliar mi registro como escritor. Con el tiempo, las tuercas se fueron ajustando, si bien no fue un trabajo fácil, todavía sentía cierta rigidez, una impostura que podía ser efectista, pero que no me acababa de convencer.

En cualquier caso, la falta de satisfacción no es del todo un aspecto negativo, ya que, debido a ella, uno trata de experimentar nuevas fórmulas. Inquietarse a uno mismo, con el objetivo de no conformarse con lo logrado. Ahora bien, con los años, como escritor, fui asumiendo con naturalidad todos esos registros, a menudo antitéticos, que convivían no sólo en mi escritura, sino en mi propia existencia. Volver, aunque sea mediante la escritura, a los lugares de la infancia o de la adolescencia es una manera de agradecer esos momentos, esos periodos convulsos, oscilantes entre la melancolía, la rabia, los estados de indolencia y la euforia de sentirse único. Años de escritura ferviente. Años de buscar esa soledad propicia para escribir versos tensos y urgentes, incluso violentos. Alguien me ha comentado que mi escritura es anciana y adolescente a un tiempo. Uno puede toparse con pensamientos bien meditados y profundos, pero también con pasajes tremendamente convulsionados y euforizantes, propios, más bien, de la adolescencia. En fin, entre esos extremos habitamos y a ambos los acepto y los quiero. Una mujer, aficionada a los horóscopos, me dijo que yo era un auténtico Capricornio. Se ve que los nacidos bajo este signo, de niños son viejos y de viejos vuelven a ser niños. Infantes circunspectos y ancianos alegres, dicho pronto y, seguramente, mal.

 

Sus textos son islas, lo dice usted y se lo he recordado antes. ¿Cuál es el puente?

En este caso son islas, aunque, en otros libros, han sido ríos con afluentes y meandros. Los textos de Desaparecer…, esos modos, integran, de alguna manera, un archipiélago y el puente que une esas islas, quizá, es eso que no está escrito, pero que el lector puede intuir. El lector sabe leer lo que no está manifiestamente plasmado en el libro. Es el eco que ha dejado el texto anterior y que aún resuena en el siguiente, y viceversa, pues ya he dicho que este libro es esférico o, por lo menos, no lineal. Esa linealidad que el objeto físico del libro obliga a guardar, pero que no es necesario obedecer o atender. Los textos que conforman Desaparecer… no son artefactos aislados o desconectados. Cada uno de ellos invoca al otro o lo evoca. En fin, y ya que estamos metidos en el inevitable juego de palabras, también lo provoca. El puente puede ser ese viento que sopla en determinados pasajes y que transporta palabras, reparte noticias, solos de Coltrane, soledades que necesitan complicidades.

Estas islas-texto o textos-meseta son el concentrado de una historia, la sustancia, el tuétano. De ahí esa tensión, esa ausencia de diálogos. Textos que son monólogos que podrían formar parte de una conversación mantenida con alguien lejano, no necesariamente vivo. Algunos de ellos permanecen como islas remotas, sitios que nadie visita. Islas que pueden ser lugares de destierro, así como espacios para alejarse del mundo e iniciar un idilio abrasador. Pienso en la Hydra que habitaron Leonard Cohen y Marianne, esa isla griega azotada por el sol, escenario del deseo carnal, la composición de canciones y la creación poética. Aun así, como isleño, padezco de forma intermitente ese llamado «mal de la isla», que consiste en sufrir de forma periódica unos deseos inaplazables de huir de la isla y recorrer las inmensas extensiones que ofrecen los continentes. Y, si puede ser, en tren, viendo cómo van pasando los paisajes, como quien está viviendo en un travelling lateral. Y ya ve, el cine ha vuelto a surgir como elemento importante en mi escritura y, por supuesto, en mi vida. Al no pensar el libro de forma lineal, en este aspecto, admito que mi manera de componer un libro se asemeja, en ocasiones, al trabajo de montaje cinematográfico. Voy sumando textos que, más tarde, traslado al libro, casi nunca por orden de aparición. No respeto la cronología de los hechos. He escrito mucho durante los trayectos en tren. Y, volviendo a los textos, hay una frase de Walter Benjamin que inserté como cita en Desaparecer en un solo de Coltrane y que, de alguna manera, expresa de forma plausible lo que yo entiendo como acto literario: «En los terrenos de que nos ocupamos, conocemos sólo al modo del relámpago. El texto es ese trueno que después retumba largamente». Una mirada fugaz, una intuición y, acto seguido, la escritura que, en principio, absorbe toda esa luz para luego devolverla en forma de poema, fragmento, aforismo o sentencia. En definitiva, en escritura.

Walter Benjamin maneja un concepto interesante que se asemeja al de archipiélago: «constelación». El libro sería, de algún modo, el universo o el espacio que reúne a las estrellas. Unas estrellas, por cierto, que no están necesariamente asociadas, pero que habitan la misma casa: el libro. El libro es el hogar de los seres perdidos, de quienes coinciden en un mismo lugar o espacio y, quizá, no tengan nada que ver entre sí. Es el libro el que se encarga de acogerlos. No hay ningún plan preconcebido. Es la propia concatenación de textos que, a la postre, dan una cierta unidad. Ésta, insisto, nada tiene que ver con la linealidad. La única linealidad tiene que ver con la paginación y con la estructura clásica del libro, aunque la lectura, a juicio de muchísimos lectores, pide otra y otra lectura. Si el libro se abre al azar y se comienza a leer por cualquiera de los «modos», la lectura no se ve afectada en lo más mínimo. A pesar de todo, el último fragmento del libro sí que podría funcionar como una cierta conclusión. Eso sí, intrigante y muy enigmática. No hay un cierre claro, siempre quedan ventanas y puertas abiertas o, por lo menos, entornadas. Sin duda, la estructura de la mayoría de mis libros tiene que ver con una suerte de zigzag y con una serie de motivos, elementos o situaciones que se van repitiendo y que el lector se va encontrando a medida que avanza. Una lectura, todo hay que decirlo, que también lo invita a retroceder sobre sus pasos.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]