Carlos Noguera dividía los cuentos de Balza en tres líneas básicas: cuentos de personaje, cuentos estructurales y cuentos de ámbito. Sobre estos últimos afirmaba que eran textos eminentemente descriptivos, llenos de procedimientos plásticos.
Sospecho que los cuentos en los que he basado esta «caminata» corresponden a la última de estas categorías. Obvio que hay juegos estructurales y que en ellos se desplazan personajes vigorosos, pero las claves de su comprensión plena reposan en las descripciones que los integran y que, a su vez, van relacionadas con el acto de caminar hacia un determinado punto del espacio.
Sucede así con el tercer y último texto del que hablaré en estas notas: «El lago». Las primeras palabras de este cuento ya realizan una precisión espacial: ese lago que el protagonista vislumbra desde el avión: «Comenzó a andar hacia la sala de recibimientos; el aeropuerto le parecía de pronto un solo punto —su cuerpo— que caía dentro del fuego. Como una defensa, su piel lo hizo sentirse de nuevo en lo alto, transitando la frescura del cielo, poseyendo otra vez la imagen circular y serena del lago entrevista poco antes de aterrizar».
El personaje camina y como defensa ante el agobio climático, su imaginación lo eleva y contempla la circularidad refrescante de ese ojo de agua vislumbrado desde el aire. Camina y su sensación corporal es tan feroz que desde la reflexividad escapa de ella; asciende hacia la memoria inmediata de su viaje.
La inclemencia del clima acompañará la historia entera; las caminatas son cortas; fundamentales pero cortas, y las referencias al agobio de la temperatura son constantes: «el calor lo azota y busca la zona de aire acondicionado que debe estar tras la puerta»; «[…] tomó la pequeña maleta y salieron: otra vez las llamas y, sin embargo, atardecía»; «reconoció el calor incisivo hasta en los árboles»; «prefirió tomar café, a pesar del calor».
En esa atmósfera de fuego el cuerpo apenas puede moverse con tranquilidad. Como hemos acotado, las caminatas son escasas y muy breves; sólo pueden estar signadas por la extrema necesidad del desplazamiento; de hecho al referirnos a ellas no es posible hablar de paseos. Por eso, es interesante detenernos unos instantes en la diferenciación que Juan Marqués realiza entre ambos ejercicios: «Pasear es algo social y caminar algo más bien selvático, aunque sea por las calles de una ciudad […]. El que pasea coquetea diciendo que sale a buscarse a sí mismo, a reencontrarse o reconstruirse…; el que camina tampoco sabe nada, pero por lo menos ya ha alcanzado a darse cuenta de que hay poco que escarbar dentro de sí, y rastrea vorazmente el exterior, las calles, los campos, los cielos».
El territorio entre ambas posibilidades suele ser, en mi opinión, un poco difuso: camino, paseo, paseo caminando, camino paseando, pero en un cuento como éste queda tajantemente delimitado. El protagonista rastrea con voracidad el exterior de ese lugar de clima feroz donde ha ido para conocer a una muchacha con la que lleva tiempo intercambiando cartas sobre Hegel. «La ciudad es un comentario al lago», piensa en algún momento, y esa figura de agua, esa promesa de frescura, es uno de los consuelos que puede construirse ante la inclemencia solar que lo circunda. La ciudad arde bajo su clima metálico, pero el lago es como una promesa de expansión, de viento, de alivio, y por eso, aunque no esté visible, las calles del lugar parecen evocar la presencia de ese círculo de agua que las acompaña.
Durante la mayor parte de esta narración, el protagonista y la muchacha permanecen refugiados en una casa, comentando lecturas —el ya mencionado Hegel, también Proust—. Hay un sutil clima de decepción en ambos personajes, como si las cartas intercambiadas entre ellos durante un buen tiempo hubiesen ofrecido una opción de sacudimiento emocional que el encuentro no alcanza a ofrecer. Del mismo modo, es necesario resaltar que algo inaprehensible pervive en la muchacha; una cierta dificultad con la ubicación espacial que se manifiesta desde el principio cuando ella no acude al primer encuentro en el aeropuerto.
La desorientación de la muchacha y el clima brutal de la ciudad restringen al máximo la idea del paseo e incluso de la caminata. Quizá nace de allí la sensación de incomodidad del personaje principal; nada sucede entre ellos; nada sucede en esas calles negadas. La complicidad de las palabras epistolares ahora es sólo una tenue sombra.
Así, el cuento se mueve entre el despliegue lingüístico usual en los cuentos de Balza, algo que Noguera define como una combinación de «opacidad y claridad» en la que parecemos aproximarnos y alejarnos de la comprensión del relato. Del mismo modo, el personaje y la muchacha a la que ha ido a visitar también parecen atraerse e ignorarse. Por eso, para romper esa especie de encierro, de ahogo, de gestos incompletos, el protagonista de la historia propone un paseo al lago (paseo a una forma circular, paseo al sentido de eternidad que lo circular implica). Los personajes caminan brevemente hasta conseguir el transporte público que los lleve hacia ese lugar, pero de nuevo la muchacha se confunde y, después de una laberíntica confusión, terminan en el mismo bar donde han estado antes, lejos de las proximidades del lago y de su promesa de frescura. Allí, desde un clima de derrota y perplejidad, la chica concluye con énfasis que la relación entre ambos es una imposibilidad, pues es el reino del lenguaje, ese reino que han cultivado en las cartas, el que los conecta entre ellos y los conecta con el universo.
Se trata de una caminata que no alcanza el fulgor (como en «El saludo del árbol»), que tampoco alcanza la sombra (como en «Calle movible»), sino que concluye en ese camino intermedio donde la caminata es inalcanzable y cuando se intenta, no procura ningún tipo de conocimiento tangible, sino que se viaja hacia los territorios del lenguaje.
Los lugares son palabras y a las palabras no se llega caminando.
De nuevo, recuerdo el momento en que Balza y Medardo Fraile caminaban por Madrid. Quiero imaginar que, en ese momento, el autor deltano le refirió a Fraile una de las frases de María Félix (actriz adorada por Balza), cuando ésta afirmaba que «la belleza está en la planta de los pies». Una explicación en la que el ejercicio del caminar es búsqueda de absolutos, de construcción hacia una percepción estética profunda.
Pienso que el caminar contiene entonces esa tríada: fulgor, oscuridad, extravío, y que los cuentos del narrador venezolano exploran esas tres posibilidades y crean una totalidad, una explicación abarcante sobre la escritura y la existencia. Quizá por eso, el narrador Ernesto Pérez Zúñiga ha dicho sobre Balza que se trata de un: «escritor imprescindible de la narrativa en español. No leerlo es perder. Y leerlo supone una experiencia plena: placer, alimento y una fusión con algo misterioso, mejor. Algo que ya está aquí y también acabando de llegar».
Veo de nuevo los pasos de Fraile y Balza atravesando la Puerta del Sol y girando hacia la calle Arenal. Los veo caminando, porque en la escritura todo sucede en un mismo punto del espacio y así podemos extender nuestras manos y tocar lo inmediato y también un día del año 2002.
Así escucho con nitidez el momento en que Fraile le pide a Balza que le repita una frase del poeta Ramos Sucre que acaba de utilizar como metaforización de lo que es el cuento. «El topo y el lince eran los ministros de mi sabiduría secreta», susurra Balza.
Animales de tierra; animales que exploran la tierra, uno con astucia y el otro con sigilo; uno en la superficie y el otro en las galerías subterráneas. El cuento que se escribe con sabiduría, el cuento que se camina de manera simultánea en el arriba y el abajo para alcanzar un destino.
Y esta tarde de 2002 mientras Balza y Fraile caminan por Madrid y construyen posibles cuentos, ¿quién es el lince?, ¿quién es el topo?[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]