¡Un espectáculo! Un despliegue extraordinario de medios lingüísticos, inteligencia, psicología, conocimiento del mundo o postulación de ese conocimiento, y habilidad, como si uno asistiera a una larga y brillante sesión de fuegos artificiales. Una performance. Y si uno entra en el juego y está dispuesto a creerse tantas cosas increíbles, el libro, al igual que sus demás libros, compensa con creces el esfuerzo del lector.

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Un libro así, tan desmesurado, una especie de gran buldócer o Hummer literario, una apisonadora de palabras, sólo puede escribirlo un gran novelista americano. Porque por muy intelectual que parezca, por muy escéptico y crítico y nihilista y neurótico y psicoanalizado y postmoderno y sofisticado y depresivo y desangelado y de vuelta de todo que parezca, el autor sigue teniendo, no sólo el autor, cada una de las páginas que escribe sigue exudando, tal vez a pesar suyo, esa confianza, energía, derecho a la vida y al mundo y al placer, optimismo y libertad y despreocupación y franqueza total y directa que sólo un escritor estadounidense, desde la posición de fuerza que el país más poderoso del mundo puede darle como cobertura y seguro, puede tener, y que un escritor europeo, francés o español o portugués o italiano o polaco o alemán o griego, no puede ni tener ni siquiera soñar.

Escritor europeo: mira, admira, analiza, intenta escribir así… No podrás. Caerás. No resultarás convincente. Tu ser profundo te lleva a otra cosa. No a una escritura en la que la afirmación humana late en cada página, incluso en las más oscuras, sino a una escritura en la que el escepticismo sobre el futuro de la humanidad y sobre el tuyo propio aflora en cada línea, hasta en las más luminosas. Kafka o Sebald, por ejemplo. Como si tu escritura fuera una débil línea de luz que consigue surgir de un fondo tenebroso, como un leve reflejo del derecho a la muerte, o a la desaparición, mientras que la del gran novelista americano no puede ser otra cosa que un arañazo negro apenas visible sobre un fondo de luz deslumbrante, como los rayos del sol que vemos en la cubierta de ese libro: el destello del derecho a la vida.

Así pues, no me parece una coincidencia que la figura más negativa y casi mefistofélica de este libro sea la de Andreas Wolf, un alemán, el hombre que es un lobo para el hombre y sobre todo para la mujer, que no acaba de conseguir ser un hombre, es decir, que no acaba de ganarse el derecho a existir como miembro de su propia especie. Resulta muy natural que al final no haya sitio para él ni para su vida en la novela.

Esa realidad estridente de Jonathan Franzen nos conquista porque parece más real, más viva y más apetecible que la nuestra, porque refleja mucha más voluntad que la nuestra. Si nos dejamos llevar empezamos a ver la vida como algo excitante, manipulable, un objeto de laboratorio, no como el campo cerrado en que parece haberse convertido, en buena medida porque nuestra civilización nos ha fallado y nos ha abandonado en su tarea de llevarnos de la mano por la vida.

Pero esa vitalidad exagerada nos acaba abrumando. Uno quiere avanzar y acabar, cerrar la novela para salir corriendo de ese mundo enfermizo de poder, ambición y energía desbocada. Hay una cuestión moral, en el fondo, ligada al entusiasmo que late detrás de esa literatura. Mientras hablaba en Bozar, gracioso, ocurrente, brillante, profundo sin llegar a serlo del todo, irónico sin dejar de parecer honesto, a menudo mordaz e hilarante, Franzen siempre estaba jugando, y su juego era el de adoptar una posición moral superior para luego abandonarla y volver a adoptarla y abandonarla otra vez sin cesar, como si continuamente estuviera subiendo al púlpito para predicar, porque tiene algo de predicador, y bajándose de él de inmediato, porque hay algo en él que aborrece predicar. Así, también, su escritura.

Al lado del espectáculo y entremezclado con él, lo que se vende con ese libro es una fantasía de omnipotencia, de omnisciencia. El narrador como demiurgo, todavía hoy. Entra en todas las conciencias. Tiene toda la información a su disposición. Escribe con un nombre, con otro, adopta todos los puntos de vista, como la cámara ubicua de ciertas películas. Es el entusiasmo, otra vez: está lleno de Dios, como iluminado por él. Escribe desde una posición de fuerza, no desde la posición de extrema debilidad de un Kafka o de un Sebald. El poder le interesa, y sobre todo el poder de la información, el tipo de poder que la novela ejerce sobre la realidad, sobre las conciencias que la leen.

Leo varias veces este pasaje y lo copio: «Pip nodded, but she was thinking about how terrible the world was, what an eternal struggle for power. Secrets were power. Money was power. Being needed was power. Power, power, power: how could the world be organized around the struggle for a thing so lovely and oppressive in the having of it?». En la última línea la escritura se retuerce y se vuelve casi esquizofrénica: «so lovely and oppressive in the having of it». Lo último que uno diría del poder es que es lovely… Mi impresión, al leer ese pasaje, es que Pip representa los sentimientos profundos del autor, que en el fondo está haciendo un comentario a la vez aterrado y elogioso sobre su propia novela, que percibe como un campo dominado por un poder narrativo que excede y subyuga al propio autor, desorganizando su conciencia escritora.

En todo caso esa posición de omnipotencia y omnisciencia es una quimera. No corresponde a ninguna experiencia humana reconocible. No tiene rostro. Embriaga. Luego viene la resaca, fatalmente. Tal vez sea eso, por desgracia, lo que la gente aún busca en la literatura: una fantasía de omnipotencia. Por un momento, creerse Dios, o que Dios le habla a uno.

Sólo el entusiasmo de una nación joven y poderosa y no del todo desengañada con su sentido de la historia permite escribir novelas como esas con cierta fuerza de convicción. El entusiasmo de una nación que sigue creyendo ser el centro del mundo, tanto que, en una escena se nos dice que tras el 11 de septiembre una alemana que vive en Alemania quiere saber si su pareja, que también está en Alemania, se encuentra bien, y se añade: «This was irrational but not unusual that day; there was a sense that with crazy things happening in America they could be happening anywhere, to anyone». Es como decir que lo único real es lo que sucede en Estados Unidos, que todo lo que allí sucede es real, y por tanto sucede en todas partes. Lo que no deja de ser cierto porque cualquier cosa que sucede en Estados Unidos, por la gran amplificación debida a su cultura y a sus instituciones, acaba pareciéndonos más grave o más sublime y más verídico que cualquier otra cosa que suceda en cualquier otro lugar del mundo.

Franzen critica internet, pero en muchos niveles es su gran fuente de inspiración. Parece, de hecho, que su narración va formando una gran tela en la que todo acaba conectado con todo de alguna forma, como en la red global. Demasiado perfecto. Todo encaja al final. Pero las cosas del hombre no son así. Lo humano es humano porque no todo encaja, porque siempre hay un exceso o un defecto, o al mismo tiempo un exceso y un defecto. Lo esencial siempre está desencajado.

Leer un libro así es como hacer un viaje exótico. Esa literatura, en Europa, resulta exótica. Uno la lee para soñar con ser otro, sale de ella borracho, pasa la resaca y vuelve con gusto a su ser desengañado, pesimista y desprovisto de entusiasmo. Con todo lo que nos ha pasado, lo que sabemos y no podemos olvidar, y lo que no sabemos y nunca podremos saber, los europeos no podemos ser de otro modo. Ni escribir de otro modo.

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