POR TONI MONTESINOS

El baúl de Fernando Pessoa, en el que se encontraron miles de manuscritos al fallecer en 1935, sigue abierto. Aquel que había escrito tantas páginas mediante voces inventadas, a lo largo de una gris vida de oficinista, creó los poemas de Alberto Caeiro y sus discípulos Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Fernando Pessoa (ortónimo). Y también, el mejor testimonio de su vida-obra, el Libro del desasosiego, del «autor» Bernardo Soares, ayudante de tenedor de libros en la ciudad de Lisboa. Este inclasificable proyecto literario había sido concebido en 1912 y en él iba a trabajar Pessoa hasta su muerte, si bien con dudas acerca de quién habría de firmarlo: primero, lo hizo el propio Pessoa al publicar en 1913, en la revista A Águia, el texto «En la floresta de la enajenación», y después, Vicente Guedes, Barón de Teive, Bernando Soares (personaje literario) y, en 1929, Bernando Soares en calidad de semiheterónimo.

Considerando que un poeta de la altura de Pessoa sólo publicó un libro en su vida, Mensaje, cobra aún mayor peso la existencia de revistas literarias donde sí un autor como él se hacía notar y que, muchas veces, servían de catalizadoras de una u otra corriente literaria. En este caso, A Águia fue una publicación de literatura, arte, ciencia, filosofía y crítica social que vio la luz en Oporto y que constituyó el órgano de expresión de un movimiento que sus propios miembros llamaban Renascença Portuguesa. Tal cosa respondía al denominado saudosismo metafísico, que se inspiraba en lo que significa la saudade, que se distinguiría por ser el máximo elemento espiritual del carácter luso, todo lo cual debía quedar reflejado en literatura y promover la regeneración del país por medio de la acción cultural. Con todo, Pessoa acabaría prefiriendo publicar en otra revista, Orpheu, que él mismo fundó en 1915 junto a Mário de Sá-Carneiro, de ánimo más cosmopolita. Sin embargo, sus intenciones tan modernas, vanguardistas, sorprendieron tanto al ambiente de la época que resultó muy polémica.

Y es que, en innumerables ocasiones, el ámbito de la revista literaria sirve de manifiesto artístico, de declaración de intenciones que inyecta a todo el entorno literario una nueva mirada, despertando conciencias o cambios estéticos. Asimismo, se yergue como la gran plataforma de nuevas voces que, a menudo, no han conseguido aún publicar un libro y que se dan a conocer por piezas literarias pequeñas, con clara intencionalidad de asombrar o, incluso, de provocar.

En este sentido, la evolución de la poesía peninsular del siglo XX ha debido mucho a la proliferación de revistas, que en tantos casos ejercían de acogimiento a autores que defendían unas similares ambiciones literarias o que estaban hermanados por pertenecer a una misma generación. En España, la Generación del 27 se vio aglutinada por Litoral, que recogía versos de aquellos cuya obra quedó interrumpida por la guerra civil, como Federico García Lorca, Miguel Hernández, Antonio Machado, Rafael Alberti o Manuel Altolaguirre. Más adelante, tendríamos la revista Espadaña, opositora al régimen franquista, con Victoriano Crémer o Eugenio García De Nora, más antologías promocionales como la de José María Castellet Veinte años de poesía española, de 1960, que reunía a un conjunto de poetas en torno a la revista Laye de Barcelona, con un núcleo formado por Carlos Barral o Jaime Gil de Biedma.

El citado año será muy importante para el devenir cultural español al aparecer, también, Poesía de España, donde iban a surgir poetas que cultivaban una línea comprometida y participaban en la oposición clandestina al régimen: José Manuel Caballero Bonald, Ángel Crespo, Ángel González, José Agustín Goytisolo, Jesús López Pacheco o José Ángel Valente. Eran los tiempos, ciertamente, de la llamada poesía social, que venía a denunciar la situación política y a anhelar una gran transformación en la sociedad española. Esta publicación contrastaba con otras que incluían experimentos vanguardistas, como Deucalión y El Pájaro de Paja, y que originarían un tipo de realismo que se calificó de «mágico» y que, en los años cincuenta, incluía una temática rural y la cotidianidad del hombre sencillo.

De tal modo que la revista literaria es espejo del momento histórico tanto como de la innovación artística, a veces relacionando todo con la ideología política. Antonio Rivero Taravillo habla, en Cirlot: ser y no ser de un poeta único, que este salió retratado en 1954, en Revista, con las espadas que iba coleccionando y conservaba en casa. Otro asunto más espinoso, relacionado con su afición a las armas y atracción por la guerra, sería el de que Cirlot «simpatizó con la corriente esotérica del fascismo, llegando a colaborar esporádicamente en la revista prohitleriana CEDADE y demandar la libertad para Rudolf Hess».

Inevitablemente, política y letras convergen en un sinfín de revistas, más si cabe en determinadas naciones con regímenes políticos tan marcadamente presentes entre la población, como es el caso de Cuba. Aquí, Luis Rogelio Nogueras ejerció de jefe de redacción de El Caimán Barbudo, suplemento del periódico Juventud Rebelde, cuyo título ya lo dice todo y que reunía a un grupo de escritores cubanos en torno a un manifiesto intelectual titulado «Nos pronunciamos». Era el trampolín de nuevos poetas que, con ese texto declaratorio, expresaban una suerte de ética de una nueva generación literaria surgida con la Revolución, la cual calificaban de «combatiente y vencedora» y sin la que «no podríamos explicarnos». En sus páginas habría textos de autores que el tiempo aún recuerda, como los cubanos Nicolás Guillén y Eliseo Diego, el uruguayo Mario Benedetti o el salvadoreño Roque Dalton. Desde El Caimán Barbudo se hacía necesaria la lucha por el desarrollo del país, por un lado, y la necesidad de escribir poesía desde y por la Revolución, por el otro, reivindicando a la vez la música popular y folklórica.

En la misma isla, otros proyectos, en apariencia, daban prioridad a lo artístico, como el que José Lezama Lima fundó y dirigió en los años cuarenta: Orígenes, que agrupó a autores como Cintio Vitier y Virgilio Piñeira y que contó con colaboraciones de autores de relieve internacional como Wallace Stevens, T. S. Eliot, Carlos Fuentes, Juan Ramón Jiménez, Saint-John Perse o Pedro Salinas. La intención era en parte captar las últimas corrientes literarias, con un ojo mirando de manera especial a Europa, en una época en que ya se llevaba viendo una gran efervescencia en lo poético en América, como el caso del Chile de un autor muy olvidado hoy en día, Rosamel del Valle, tendente al surrealismo, que creó el grupo Mandrágora, plataforma de una revista que sería fundamental para el ambiente vanguardista local de fines de los años treinta.

Muy cerca, en Argentina, se estaba dando un fenómeno que, pasados los años, iba a menospreciar Jorge Luis Borges, aunque hubiera sido parte de él, y el cual generaría también la producción de revistas. De este modo, La Gaceta Literaria, de Madrid, fundada en 1927 por Ernesto Giménez Caballero, acompañado de Guillermo de la Torre –autor de Literaturas europeas y vanguardias–, se hacía eco de las corrientes vanguardistas, entre ellas el movimiento ultraísta. Este seguía el modelo del imaginativo creacionismo de Vicente Huidobro, que quería romper con los estilos que habían dominado la poesía en lengua española desde finales del XIX, el modernismo y el novecentismo. Pues bien, las principales publicaciones ultraístas, de vida efímera a inicios de los años 1920 (Grecia, Cervantes, Ultra, Tableros y Reflector) proponían una poesía muy visual, que innovaba en el aspecto tipográfico y que a veces suprimía la puntuación y se orientaba a la escritura automática. El mismo Borges, que frecuentó el mundillo de las tertulias madrileñas de 1919 y se hizo amigo de ultraístas como Jacobo Sureda, resumió sus claves en un artículo publicado dos años más tarde, en la revista Nosotros, de Buenos Aires, viniendo a decir que sus rasgos preponderantes eran el uso de la metáfora, la evitación de adjetivos inútiles, la eliminación de la rima o la tendencia a las imágenes que podrían calificarse de chocantes.

Este tipo de programas vanguardistas, que per se implican desvincularse de la literatura al uso de la época y romper moldes, recurren a las páginas de las revistas literarias como paraguas de una nueva forma de entender lo literario, amparándose en un círculo de amistades o colegas afines. Y son tantos los ejemplos de ello tanto en España como en América Latina, que solo podemos apuntar aquí unos pocos, como este otro en suelo peruano: Amauta (1926-1930), una publicación de «Doctrina – Arte – Literatura – Polémica», como se decía en el encabezado de la primera página, y que iba en pos de renovar el arte de la época con preocupación social y revolucionaria. José Carlos Mariátegui, su director, escribió que su objetivo era estudiar «todos los grandes movimientos de renovación-políticos, filosóficos, artísticos, literarios, científicos. Todo lo humano es nuestro. Esta revista vinculará a los hombres nuevos del Perú, primero con los de los otros pueblos de América, en seguida con los de los otros pueblos del mundo».

Así las cosas, vemos cómo el principio fundamental de la aparición de este tipo de publicaciones es un anhelo de comunicación, tanto con el ser humano letrado, minoritario y estetizante, como con la población general a la que hay que educar, o actualizar, en lo cultural, para que desarrolle una conciencia de su momento político y artístico. Es, pues, la revista, una plataforma que muchas veces tiene una función social, útil, que en este último caso mencionado, por ejemplo, vendría a lanzar un mensaje de compromiso con los indígenas y con otras causas humanas; ello, además, no sería óbice para contar con colaboraciones de gran calado literario tanto del propio país, en que resultaba crucial el vanguardismo de César Vallejo, como extranjeras (Neruda, Marinetti, Breton, etcétera).

Un gran experto en estas lides como Juan Manuel Bonet, en su artículo «La red de las revistas que trajeron la modernidad», ya hizo un centón de revistas de tinte moderno que impactaron en su tiempo y sociedad a lo largo y ancho de España e Hispanoamérica, con la curiosidad de que «las primeras revistas latinoamericanas a las que hay que referirse aquí, a la hora de contar cómo nació la vanguardia en ese continente, no son revistas al uso, sino que adoptan la forma del cartel, destinado a ser pegado en las paredes de la gran urbe». Entonces citaba la primera, la ultraísta Prisma (1921), fundada por Borges, a la que le seguirían Proa, «que combinaba importación de lo europeo, y conciencia de lo propio», y Martín Fierro, «cuyo título mismo, el del célebre poema gauchesco ochocentista de José Hernández, es indicativo de lo mismo, de la conciencia de la argentinidad, compatible con una marcada voluntad cosmopolita». Porque, en verdad, lo nacional o revolucionario es parte de la idiosincrasia de algunas importantes publicaciones literarias, como la revista mural Actual (1921), compuesta por los primeros vanguardistas mexicanos, que «asimilaron y adaptaron las enseñanzas de los ultraístas españoles, así como las de todos aquellos ismos que habían inspirado la acción de aquellos, y participaron del fervor revolucionario entonces dominante en el país».

En todo caso, un paseo por una supuesta hemeroteca donde estuviera todo el alud de revistas que se fueron sucediendo a lo largo del siglo XX y que fueron el espejo de una realidad cultural tanto como de un afán por lanzar voces y estéticas novedosas, depara hallazgos harto curiosos. En 1907, el año en que amplía sus Soledades aparecidas cuatro años atrás para que viera la luz el libro Soledades. Galerías. Otros poemas, Machado, en el segundo número de la revista Renacimiento de Madrid, publicaba un texto –que no firmaba– dentro de un apartado titulado «Glosario». Pertenecía a una sección que había empezado el mes anterior e iba encabezada por estas significativas palabras: «Bajo este título pienso hacer unos cuantos trabajos, en prosa y verso, encaminados a preparar el alma a bien vivir». Un propósito este, por su enjundia y por quien lo firma, que merecería permanecer próximo, esto es, ajeno a la habitual vida efímera de todas estas antiguas publicaciones que, en su momento, ejemplificaron, por medio de audaces iniciativas, diferentes pulsiones literarias y arrebatos vanguardistas.