La transición de la niñez a los primeros instantes de adultez, no obstante, va cargada de una visión profundamente idealizada del tiempo pasado. Acaso es por esto por lo que la aversión por el presente y la nostalgia de la infancia —como la añoranza de los mitos—,  que la memoria intenta desesperadamente recuperar una experiencia perdida moldeando los recuerdos a capricho; a veces de una manera tan engañosa, que no se puede distinguir si son recuerdos o son sueños, como en Elsinore de Salvador Elizondo.

El epígrafe de Ernst Jünger[3] desde el principio condiciona al lector acerca de que la lectura que está a punto de realizar no necesariamente está narrada desde el punto de vista más objetivo. Es a partir de ese sentimiento profundo de melancolía, del que habla el filósofo alemán, que se transforma la manera en que se perciben todos los sucesos. Al inicio, el narrador, que se ve a sí mismo escribir en un cuaderno, dice:

Todo está escrito en la brumosa lejanía del olvido y los seres y las cosas aparecen envueltos en esa lentitud de lo que apenas empieza a ser recordado, de lo que acaba de despertar a la vida renovada de la memoria. Sobre la página del cuaderno en el que escribo el sueño proyecta, difusas e imprecisas, las imágenes que guardan todavía el torpor y la laxitud de su propio sueño de olvido (Elsinore, 7).

 

Es evidente que, para el narrador, el sueño y el recuerdo son construcciones paralelas que se superponen —otra vez— como un palimpsesto escrito en muchas capas porque, pese a que hable del olvido y de las cosas que empiezan a ser recordadas, señala que los recuerdos que está escribiendo en su cuaderno son un sueño. A partir de esos dos niveles de sueño —«Me veo escribiendo en un cuaderno como si estuviera encerrado en un paréntesis dentro del sueño»— el narrador comienza el relato, también, tratando todas esas imágenes que le vienen a la mente como recuerdos: la llegada al aeropuerto de Los Ángeles, las enfermeras en la sala de espera, los carteles de propaganda, los oficiales en licencia de la guerra del Pacífico, una visita a Hollywood y su llegada a Lake Elsinore: «Una leyenda paradisiaca penetraría la imaginación y el sueño, se prolongaría a lo largo de los meses y de los años en otro sueño y éste, a su vez, se mezclaría con otros y así sucesivamente hasta que la vida entera quedaba rodeada de sueños, aprisionando en su centro un sueño único» (Elsinore, 11).

Al principio todas esas imágenes son impresiones sensoriales captadas por la vista de Sal, como si fuera una serie de fotografías. Poco a poco, dichas impresiones se van asentando en la memoria del narrador y los sucesos que enuncia se van tornando fluidos, ya no a semejanza de los sueños, sino a modo de una relación de hechos pasados —sin embargo, al lector nunca se le olvida que, después de todo, se sigue enfrentando a un sueño—. Así, la novela transcurre como una sucesión de acontecimientos en orden cronológico, que retrata la vida de Sal en la escuela militar de Elsinore. En ese colegio militar conoce a unos mexicanos braceros llamados Diosdado y el Yuca; a Fred, su compañero inseparable; a Mrs. Simpson, su obsesión adolescente; a Béla Lugosi, un ermitaño que vive sólo para recordar sus glorias pasadas en las grandes pantallas. Ahí aprende la disciplina, el rigor, la opresión. También, aprende a valerse por sí mismo.

El argumento central de Elsinore es la fuga del colegio que Sal y Fred emprenden navegando en un pequeño bote en medio de la oscuridad de una noche en el lago —como en El corazón de las tinieblas, dice el narrador—. Aquella hazaña, digna de un Odiseo de su tiempo y de su edad, es el punto clave para entender ese proceso de formación que sufre el protagonista. A partir de ahí, Sal libera ciertos impulsos que tenía reprimidos, como el amor platónico que siente por su maestra de danza, Mrs. Simpson. Durante ese trayecto en bote, en medio de las oscuridades más profundas, Sal sueña un encuentro «íntimo» con su maestra: «Una pesadumbre plúmbea invadía los sentidos. En el caleidoscopio mental de las imágenes se componían, se descomponían y se volvían a componer vertiginosamente desarrollando una película interior extraña, incomprensible y deliciosa» (Elsinore, 30). Este sueño dentro de ese sueño que es el recuerdo, dentro de ese sueño que es el paréntesis donde sucede la escritura de este relato, otorga a la narración otro nivel: el sueño de la memoria que se escribe mientras se escribe que se sueña.

En Elsinore, la memoria del pasado y la capacidad trasgresora del sueño conviven en el mismo sujeto del discurso. Por otro lado, es importante señalar también que el presente del relato no es el presente de la historia, sino el del recuerdo, donde asistimos al desenvolvimiento de la memoria de un sujeto, de una persona hecha así por la escritura. La materia de esta novela no es sólo cómo se forma el recuerdo, sino como se transforma, tal vez, para recordar un pasado más nítido, más personal. En Elsinore, la infancia no solamente es evocada según la fórmula proustiana —aunque sí, por la cantidad de sensaciones que activan los recuerdos—, también es invocada, por el hecho de que el lenguaje al mismo tiempo va formando otra serie de capas que, producto de ese entrecruzamiento de lenguas con el que narrador enuncia, pueden considerarse como fuertes señas de identidad del pasado del narrador de estirpe autoral.

En la obra de Elizondo, una experiencia no se termina mientras se pueda seguir recordando o se pueda seguir soñando sobre ella. En alguna entrevista, el autor de El grafógrafo habla de cómo Elsinore es la primera novela en la que relata hechos verdaderos. Tal vez ese juego entre el sueño y la memoria para recobrar la experiencia perdida tiene que ver con el deseo por recuperar el paraíso perdido que es la infancia.

En mis rutas de lectura ha resultado inevitable sumar a las tres novelas, de manera constante más que repetida, la Autobiografía precoz y sus máquinas de escritura íntima: Cuaderno de escritura, Diarios y Noctuarios. Sospecho de que en estos libros (escritura en el cuaderno que pasa a la luz pública), que son, materialmente hablando, el taller literario de Salvador Elizondo, se hallan las ideas más acabadas de su pensamiento literario y de su poética que se rige por la teoría del efecto, por la teoría de la belleza artística como efecto estético, —tal vez—. No se trata ciertamente de una intención así señalada en la obra; no estamos ante una declaración contundente del autor, pero confiemos en que esos insistentes asomos de la figuración permitan atisbar algo posible al respecto. La tarea consiste en perseguir y espigar, aquí y allá, los elementos que abran una ventana al reconocimiento de ese universo gerundial creado por el autor-escritor y que nos crea a los lectores-espectadores.

La combinatoria de lo uno con lo otro muestra claramente «la idea del hombre que se hizo prosa», para decirlo con Adolfo Castañón, y que nuestro autor escribió de manera espléndida: «concibo el mundo como un libro que yo estoy o debería estar escribiendo. […] pasan los diferentes yos que por turno he ido matando con mi propia mano. Los siguen los tús asesinados por el deseo, el odio y el olvido, seres informes que cruzan por la mirilla de la cámara clara como espectros anónimos, fantasmas inmateriales que se detienen y actúan un instante en el escenario del teatro mental y luego hacen mutis» (Camera, 110-113).

Vivir la lectura, leer en la literatura la vida, hacer de la vida una obra son rutas que muestran la conciencia artística de Elizondo. Para el escritor, escribe el propio autor, no hay fronteras precisas entre la vocación literaria, la vida personal y la vida del espíritu. Los tres ámbitos se interpenetran, se tocan, se recuerdan. Prueba de ello es que, como afirma Elizondo, en toda la historia de la literatura no ha existido nadie que haya escrito una línea sin hablar de sí mismo. «Me confundo con el personaje, no menos que conmigo mismo; el texto es una confusión que se agranda; abarca en un momento dado todas las conjeturas, de nuevas novelas constantemente novedosas acerca del habitante de la isla desierta que arrojó sus memorias al mar en una botella sellada» (Camera, 16). Esta afirmación rebasa por mucho la figura del narrador autobiógrafo; incluso podría decirse que invierte las posibilidades formales de los géneros memorialísticos: no es la vida ficcionalizada, es la vida misma vivida, organizada y enunciada desde la escritura o, mejor dicho, desde el arte. Ella lo atraviesa todo y todo lo organiza. Insisto, no es fácil borrar la huella de la voz autoral en la escritura de Elizondo, no todo es autobiográfico, sino que lo biográfico es estilizado de manera tal que alcanza el estatuto de obra literaria.

Salvador Elizondo fue consciente de poseer espíritu de artista, actúo en consecuencia de esta verdad y se asumió como personaje hecho de escritura más que como intelectual. Así se descubre tempranamente para sus lectores en su Autobiografía precoz. La vida se desenvuelve para él en tres movimientos, lo mismos que aprehendió de la lectura de Baltasar Gracián: el primero es para escuchar a los muertos, hablar con ellos: leerlos, pues; el segundo es para viajar, para conocer, para amar, para experimentar, para escribir, y el tercero es para replegarse, para volver a uno mismo y para ahuyentar la melancolía mediante la recuperación de la infancia, volver a la niñez. En esta tercera etapa Elizondo se dedica obsesivamente a la conclusión de su autorretrato, que no a su (ampliada o extendida) autobiografía. En realidad, Elsinore es un complicado ejercicio de reescritura, la versión primera está —como lo está toda la obra que logró concebir— en sus cuadernos, específicamente en los Noctuarios. Esta novela es el cuaderno predilecto de nuestro autor y lo es porque «todo lo que ocurre allí fue real», pero lo es, sobre todo, porque logró convertir el trabajo con el lenguaje en el elemento fundamental de su novela de manera tan transparente que hasta hay quien considera que se trata de una novela tradicional. No lo es, pero lo parece y en ello reside su grandeza, porque «El fundamento de toda poesía es la concepción no empírica del mundo. Esto significa que el poeta actúa como si no fuera un hecho incontestable que mañana va a salir el sol» (Cuaderno, 106).

 

BIBLIOGRAFÍA

· Elizondo, Salvador. Farabeuf en Obras: Tomo uno. México: El Colegio Nacional, 1994.

. Elizondo, Salvador. El hipogeo secreto. Obras: Tomo uno. México: El Colegio Nacional, 1994.

. Elizondo, Salvador. Cuaderno de escritura. Obras: Tomo uno. México: El Colegio .Nacional, 1994.

. Elizondo, Salvador. Elsinore. Un cuaderno. Obras: Tomo tres. México: El Colegio Nacional, 1994.

. Elizondo, Salvador. Camera lucida. Obras: Tomo tres. México: El Colegio Nacional, 1994.

. Elizondo, Salvador. Autobiografía precoz. México. Aldus, 2000.

.Elizondo, Salvador. Diarios. 1945-1985. México: Fondo de Cultura Económica, 2015.

. Elizondo, Salvador. El mar de las iguanas. Barcelona: Atalanta, 2010.

 

[1] La primera edición de Cuadernos de escritura es de 1969 y la publicó, por la labor editorial de Margarita Villaseñor, la Universidad de Guanajuato, que, en 2018, en la Colección Fondo Editorial, la recupera con una camisa verde olivo que guarda la agradable sorpresa de una suerte de clon de las pastas del cuaderno originalmente diseñado por el propio Salvador Elizondo. Esta nueva edición reproduce, a manera de facsímil, la de 1969 y le agrega la presentación y el estudio introductorio de Claudia Liliana Gutiérrez Peña y Elba Sánchez Rolón, respectivamente. Cuaderno de escritura está conformado por tres apartados: «La forma del secreto» (que a su vez contiene siete textos entre los que destaco «Teoría mínima del libro», «Invocación y evocación de la infancia» y «Teoría del infierno»); «La cosa mental» (integrado por cuatro textos que exploran la imagen no verbal, sino pictórica, fotográfica) y «La esfinge perpleja» (fragmentada en cuatro partes que dan cuenta de las posibilidades de la mutilación y fragmentos de los cuerpos, incluida la escritura).

[2] En este ensayo, cuando cite textos de la autoría de Salvador Elizondo, anotaré entre paréntesis el primer sustantivo del título y el número de páginas que correspondan a la fuente que se registra en el apartado «Bibliografía». Para Cuaderno de Escritura y sus tres novelas, utilizaré la edición de El Colegio Nacional; para su Autobiografía precoz, la de Aldus; de los Diarios citaré la edición del Fondo de Cultura Económica y de Noctuarios, la de Atalanta.

[3] «Todos vosotros conocéis la profunda melancolía que nos sobrecoge al recordar los tiempos felices. Esos tiempos que se han alejado para no volver más y de los cuales estamos más implacablemente separados que por cualquier distancia. Y las imágenes de la vida son más seductoras todavía vistas en el reflejo que nos dejan, y pensamos en ellas como en el cuerpo de una amada difunta que reposara bajo tierra y que de pronto se nos apareciera, como un luminoso espejismo…» Ernst Jünger.

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