La reaparición, como elemento recurrente, de El jardín de las delicias, ¿le ha forzado a desarrollar el tema como está planteado el cuadro? He interpretado que el conjunto de los relatos/tablas queda compacto y enigmático y con el primer y último cuento cierra y abre el tríptico. En el último cuento dice: «Claro que el cuadro abierto tampoco le hubiera aclarado nada, ni a Felipe ni a nadie, porque su poder no reside en aclarar. Rico no en verdades, sino en ambigüedades».

El jardín de las delicias extiende sus tres paneles ante nuestros ojos como un gran teatro del mundo, una guía prodigiosa y fanáticamente detallada de todo lo que existe, persona, animal o cosa, sagrado y profano. ¿Pero qué viene siendo a la hora de la hora este tríptico extraño, ¿una pesadilla apocalíptica?, ¿una promesa de redención? Quizá ambas cosas. Según como se lo mire. Tal como indica nuestra tradición, leemos el cuadro de izquierda a derecha. Primero el panel donde florece el Paraíso con sus montañas azules, sus dulces praderas, sus fuentes de agua pura y su luz de maravilla: es el ámbito húmedo y plácido del Dios Vivo, donde habitan también Adán y Eva, sus dóciles criaturas. En el panel primordial, en el centro, se nos muestra un medio semiacuático donde actúan pequeños terrícolas de ambos sexos y de varias razas, que se entregan con curiosidad a ciertos intercambios. Se miran entre sí, se acercan unos a otros, se abrazan, comen moras, manzanas, frambuesas. Los hay que bailan contentos. Quizá sea embriagador el néctar de esas frutas y lleve a los humanos a desensimismarse y a descubrirse los unos a los otros. A divertirse los unos con los otros. En apartados rincones algunos incluso fornican, o eso parece. Hay un toque de humor en todo ello; es como si alguien hubiera echado feromonas en un hormiguero. ¿Qué está sucediendo allí? La humanidad acaba de descubrir las posibilidades del Deseo. Y luego, a la derecha, se nos muestran las consecuencias funestas de aquello: fuegos eternos, torturas, castigos sin nombre. Una legión de demonios y de monstruos se especializa en maltratar a los Comedores de Fruta. Al Dios Vivo no deben haberle complacido los desmanes de esa humanidad gozona, libre y alborotada. Los destellos del Deseo se pagan ahora con los horrores del Infierno. A menos que… hagamos la lectura a la inversa, como los árabes: de derecha a izquierda. En ese caso, el drama del Pecado invierte milagrosamente sus contenidos consabidos, desdiciendo lo que damos por sentado. A la derecha figuraría, como primer capítulo del drama, el Infierno del desprecio, del daño al semejante, del dolor y la soledad en medio de un ámbito renegrido, incendiado, calcinado. Luego pasamos al centro, donde hace su aparición el Deseo, ¿hálito de reconocimiento del prójimo, redención y posibilidad de contacto? Hombres y mujeres, blancos y negros, humanos y animales, todos iguales, todos mezclados en la alegre ronda de una celebración unánime y conjunta. Y luego a la izquierda vendría el remate, por una vez como happy end: el resultado final en la serenidad azul de un Paraíso recuperado.

Pero claro, también cabe volver a leerlo en dirección contraria.

En la vida real yo, como persona, sufro de un cierto desconcierto que ahora diagnostican como síndrome angular, y que consiste en desorientación en las coordenadas derecha/izquierda. Pedro, mi hijo, se desespera cuando voy conduciendo el coche, debo tomar a la izquierda y en cambio tomo a la derecha. Esa izquierda no, madre –me indica–, la otra izquierda. Me hace gracia pensar que quizá sea debido a ese trastorno por lo que me llaman tanto la atención los mensajes que se dejan leer indistintamente hacia un lado o el opuesto. Al inicio de Pecado aparece Felipe ii observando su más preciada pintura, El jardín de las delicias, la misma que ha adquirido y hecho colgar en el palacio de El Escorial en su propia cámara real. Él, celoso defensor de la fe cristiana al punto de promover la terrible maquinaria de la Inquisición, que trituró a cientos de supuestos herejes, debía experimentar inconfesos temores y sentimientos encontrados frente a ese cuadro. Debía temblar ante la perspectiva de condenarse él mismo, humano al fin y al cabo, pese a su empecinada cruzada por impedir que el mal y la herejía se infiltraran en su Imperio. O quizá por eso mismo. En Pecado, el personaje de Irina intuye en el Rey un pánico sacro al tormento del fuego, que él mismo tantas veces había infligido a los demás.

Muere el rey, pero ni siquiera entonces encuentra sosiego. Irina hace inventario de virtudes y crímenes del soberano, intercambiables entre sí y reversibles, como una prenda bicolor: ética de doble uso. ¿Como lo es toda ética? Salvo matices y diferencias de perspectiva, infierno y paraíso se nos muestran como las dos caras de la misma moneda. En otro de los capítulos del libro aparece La Viuda, apodo de un verdugo que ejecuta a sus víctimas cortándoles la cabeza, y que pese a ser, a la hora de la verdad, un vil asesino a sueldo, tiene en alta estima su profesión y la ejerce devotamente, como si fuera una religión. La Viuda es un convencido de que su misión viene siendo casi sagrada y se precia de ser implacable, impecable y perfeccionista. Se siente cumpliendo con el mandato semidivino de matar limpiamente. Este doble –o desdoblado– marco mental podría ser paralelo al de Felipe ii, quien fue tan devoto de santos como Lorenzo, quemado en la hoguera por defender su fe. Y al mismo tiempo ese rey, Felipe ii, manda a la hoguera sin miramientos a quien promueva una fe distinta a la suya propia. ¿Doble moral? ¿Espejismo ético? ¿Lectura dual, o reversible, de un solo y mismo precepto?

El cuento no es un género que usted haya escrito anteriormente. Es curioso, porque habitualmente el proceso es el contrario, pasar del cuento a la novela. ¿Qué significa en usted este acceso a las formas cortas?

Como le decía, yo sigo pensando en Pecado como en un todo integrado, más que como compilación de cuentos. Siempre me gustó jugar con las estructuras, en eso admiro a los ingenieros, quisiera aprender de su audacia y precisión para concebir y realizar estructuras. Si armar una novela es como manipular un juguete, me alegra concebir ese juguete como una especie de Lego, con una serie de piezas dadas y muchas maneras de ensamblarlas. Un mismo argumento con varias caras y múltiples desarrollos: esto es por lo demás una antigua fórmula, piense no más en el Decamerón, por ejemplo, una obra que se considera la primera novela producida.

Desde hace unos cuantos años se ve audacia y renovación en el cine y en las series de televisión en cuanto a la estructura, como en Amores perros, por ejemplo, otra más reciente como Relatos salvajes, o una serie como Black Mirror. Mientras tanto en la literatura se conservan las fórmulas tradicionales. Pero tengo la sensación de que está entrando en declive el predominio excluyente y la imposición comercial del paquetote o ladrillazo. Quise que en Pecado cada capítulo fuera una suerte de novelita corta en sí misma, ligada a las demás no sólo por un tema básico, sino también por una serie de señas recurrentes que ya iría descubriendo el lector a medida que avanzase en la lectura. Por ejemplo, el predominio de la parte sobre el todo, tal como se presenta en el cuerpo humano desvertebrado y seccionado. En Pecado hay, entre los pecadores más encarnizados, una descuartizadora y un verdugo que corta cabezas. Pero también está el Rey con su manía de coleccionar reliquias de santos, que no son otra cosa que mínimos fragmentos de cuerpo humano. Esta suerte de perversión o fetichismo, que en términos de corporalidad implica el predomino de la parte sobre el todo, está desde luego relacionada con la propia estructura fragmentaria de mi novela.

Hay además motivaciones técnicas para experimentar con la fragmentación. Piense no más que hoy día miles de jóvenes leen en la pantallita de su teléfono móvil, y que para eso requieren textos compactos. Me imaginé que leer este libro podría ser como comer uvas: cada uva valdría por sí misma, y al mismo tiempo integraría el racimo junto con las demás.

También en otros terrenos me gusta quebrar dicotomías y borrar fronteras. Por ejemplo, entre lo que se considera alta cultura y cultura popular. La cultura viva es una sola, y opera como continuum que va desde Juan de la Cruz hasta los villancicos que cantamos en Navidad. Ahí radica su encanto, su fuerza y su libertad. Por eso, por las páginas de Pecado quise que pasaran desde Shakespeare y Dante hasta Juego de tronos y La cabra mecánica.

Encuentro saludable romper esquemas preestablecidos y brincarse categorías que me parecen artificiales. Siempre me tienta la idea de escribir a medio camino entre el ensayo y la literatura, el periodismo y la ficción, el relato y la novela. Pese a los temores editoriales que los híbridos puedan suscitar, luego te das cuenta de que el lector común no está preocupado por eso. Si lo atrapa la trama, si lo seducen los personajes y disfruta con la escritura, no se pone a pensar si aquello pertenece a esta categoría o a esta otra. Eso puede preocuparle al librero, eso lo entiendo, porque que no sabe en qué repisa colocar tu libro. Pero cada vez menos, porque últimamente proliferan en plena salud los inclasificables.

En este libro traza la arista que corta los dos planos, el del bien y el del mal. Parece decirnos que nada es lo que parece y, ante la ausencia de juicio moral, deja al lector como único juez. ¿Qué significado tiene la omisión del juicio del autor?

En este caso el juicio del autor no tenía ningún interés, más aún, confieso que yo como autor ni siquiera tengo un juicio definitivo en materia tan escurridiza y delicada. Con qué autoridad iba yo a pontificar sobre el tema de la ética, cuando al mundo entero se lo ve enredado y estancado en una demoledora falta de respuestas en ese terreno.

Me pareció más pertinente el juicio de los propios involucrados, o sea, de los personajes del libro, en la medida en que son ellos quienes viven su particular disyuntiva entre bien y mal, y confiesan su dilema al oído del lector. Usted me dirá que detrás de todo personaje está siempre el autor. Por supuesto, pero ahí entra en juego el desdoblamiento. La sabrosa esquizofrenia propia de la ficción, donde sientes que entre tú y tus personajes hay una saludable zona de silencio y una respetuosa distancia. En buena medida gozan de vida autónoma y te imponen sus propias decisiones; no son simples muñecos de ventrílocuo.

En Pecado figuran La Viuda, esa especie de verdugo místico del cual ya hablamos, y Emma la descuartizadora, y las Susanas, tres hermanas bellas y vanidosas. También está Arcángel, un niño-sicario que mata para llevarles comida a su madre y a sus hermanos menores, pero que también lo hace por el mero placer de matar. Está Luis B. Campocé, un próspero ejecutivo ya entrado en años que se debate entre serle fiel a su esposa, con quien ha vivido una amable relación y una buena vida, y sucumbir ante la seducción de una exnovia de juventud, a través de quien pretende recuperar antiguas fogosidades. Siríaco, un santo varón y estilita, se proyecta como ejemplo de pureza y ascetismo extremo ante los ojos de la comunidad que lo venera, mientras que su madre hace lo posible por bajarlo de su columna sacrificial y sacudirlo de su adquirido prestigio, porque lo que ve en él es un cúmulo de pecaminosa soberbia: la desmesura y el pecado de hybris de quien se siente mejor que los demás. En el capítulo más fuerte y controvertible del libro aparecen un padre y una hija que mantienen una relación incestuosa, moviéndose a medio camino entre la espontaneidad de la inocencia y el peso de la culpa devastadora.

Ninguno de ellos es ni bueno ni malo: todos se debaten, bregando para encontrarle sentido a sus actos en medio de una suerte de limbo moral. Y cada uno a su manera es una persona digna, que no se revuelca en el fango. Aunque atraviese las aguas oscuras del mal, lo hace con una especie de sentido de la responsabilidad frente a su propia estructura interna. Otra cosa no hubiera sido interesante para mí.

Siempre me tienta la idea de escribir a medio camino entre el ensayo y la literatura, el periodismo y la ficción, el relato y la novela

Como epígrafe para Pecado tomé una cita de una novela contemporánea que me pareció magistral, El adversario, de Emmanuel Carrère, quien entra a fondo y con lucidez lacerante a escudriñar la lógica peculiar del más despiadado de los asesinos. La cita de Carrère dice: «Pensé que escribir esta historia sólo podía ser un crimen o una plegaria». Ahí queda delimitado el terreno lícito a la hora de escribir, que no es la moralina, ni la lista de preceptos, ni el juicio sobre los actos de los demás, sino la duda que produce vértigo y la voluntad de comprender, o al menos de sintonizar. Desde el fondo de su corazón, Carrère se pregunta si revelar esos hechos aterradores será una blasfemia o, por el contrario, un acto de purificación. O quizá las dos cosas a la vez. Además, y sobre todo, escribí Pecado pensando en contar con el juicio del lector. Invitarlo, o provocarlo, a que en cada caso fuera él, o ella, quien decidiera condenar o indultar, o simplemente llegara a la conclusión de que no era válido ejercer de juez.

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