Pensaba sobre el título Pecado y, de algún modo, lo he relacionado con otro título suyo, La multitud errante. Me sugerían que juntos, por sí mismos, narran el tema central de su obra. ¿Es así como siente que caminamos por la vida, expulsados del paraíso?

Más que expulsados de, o dirigidos en tal o cual dirección, los personajes de mis novelas caminan, y el movimiento mismo es el encuentro (o estado ideal) que paso a paso buscan y construyen. También podría afirmarse que esas dos novelas que menciona son las más disímiles entre las mías, en tanto que La multitud errante tiene como preocupación una cierta búsqueda de bienestar espiritual, mientras que Pecado se centra en el tema del mal. Tal como señala, y pese a la distinción que menciono, ambas novelas resultan cercanas y esto se debe, quizá, a que más que a coordenadas o espacios morales rígidos, cada una representa un punto de fuga con respecto a cierto espacio narrativo específico.

Más que el puerto de partida o el destino final de esos movimientos, resulta para mí interesante la ruptura en sí. La descomposición momentánea del orden jerárquico y la libertad de quien –al moverse– durante un instante no sabe precisamente donde está. Si quisiera ahondar en la presencia del imaginario cristiano, tanto en La multitud errante como en Pecado, tendría que aclarar que más que lugares míticos específicos como Cielo o Infierno, me llaman la atención dos recorridos: la caída de Lucifer, tal como la representa Milton en El paraíso perdido, y la resurrección de Cristo, tal como la menciona el Evangelio. Cada uno de estos recorridos es, a su manera, un movimiento de transgresión, una línea imposible según las leyes que rigen uno u otro espacio estructural. Y, sin embargo, los movimientos casi físicos de ascensión o de caída se instauran como tensiones dramáticas centrales de la cosmogonía.

Desde hace tiempo vivimos inmersos en una sociedad donde la ciencia domina el pensamiento. Al mismo tiempo, ciertas desviaciones religiosas y fanáticas luchan violentamente por imponerse. ¿Qué piensa sobre la compatibilidad de la ciencia y la religión? ¿Podrán convivir?

En su Soneto a la ciencia, Edgar Allan Poe presenta el pensamiento científico como un buitre cuyas alas de realidades obtusas expulsan a las dríadas de los bosques. Desde la perspectiva del poeta inglés, la ciencia aparece como un depredador que destroza y descompone las finas creaturas mitológicas que habitan su imaginario. En el marco histórico contemporáneo, uno de los propósitos políticos característicos y definitivos es la decisión del Presidente norteamericano Donald Trump de cerrar y limitar las instituciones que observan y miden el cambio climático y que estudian la influencia de la industria humana en el ecosistema. También en este caso, el imaginario del hombre blanco, dominante, imperialista y central, se ve asediado y cuestionado por una narrativa científica que supuestamente pone en riesgo su frágil construcción mental, al exigirle límites e imponerle reflexión sobre las consecuencias de sus acciones.

Romántico y sutil Poe, prepotente y peligroso Trump, tanto el uno como el otro subestiman la capacidad y la fortaleza humana para compaginar narrativas diferentes. Ambos tienen en común no sólo una forma simplista e infantil de entender la ciencia, sino también una manera hasta cierto punto superficial de ver el papel del arte, de la religión y en últimas, de lo humano en su amplio espectro. Recordemos que un mismo fuego ha destruido tanto la ciencia como el arte y la religión: la hoguera de Savonarola quemó pinturas en el Renacimiento; la hoguera del Farenheit 451 de Bradbury quemó todos los libros, y de la misma manera, la hoguera del Campo de’ Fiori redujo a cenizas a Giordano Bruno por sus conocimientos científicos.

Para contrarrestar cualquier tipo de aprehensión, miremos el extracto Pale Blue Dot, de Carl Sagan. Reflexionando sobre la imagen de nuestro planeta visto desde lejos, el astrónomo abarca la gran complejidad de los idearios humanos y ofrece un marco de referencia más misterioso y profundo, y definitivamente más interesante: «Eso es nuestra casa. Eso somos nosotros. Todas las personas que has amado, conocido, de las que alguna vez oíste hablar, todos los seres que han existido, han vivido en él. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de ideologías, doctrinas económicas y religiones seguras de sí mismas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada profesor de moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, ha vivido ahí, en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol». Libre de fanatismos, el pensamiento de Sagan se abre a un cierto misticismo propio de lo humano, que permite la libre expansión de nuestra curiosidad hacia una u otra esfera del pensamiento. Dejando atrás los dogmas y los planteamientos simplistas, la ciencia y la religión (o la ciencia y el arte) no son mucho más que formas distintas de trabajar la curiosidad enfocándola hacia el misterio. Y el misterio es eterno, y el misterio es infinito: ahí radican la condena y la grandeza de la perspectiva humana. Los fanatismos, por otro lado, no son religiosos, ni estéticos, ni científicos. Los fanatismos son bélicos; son banderas de guerra. Nunca he dudado de la capacidad que tienen la ciencia, el arte y la religión para convivir. Lo que en este momento para mí no está claro es qué tan capaces seremos los seres humanos de convivir los unos con los otros.

Usted participó en el diálogo que mantuvieron historiadores del arte, artistas, filósofos, músicos, escritores y científicos en la película documental El jardín de los sueños, que dirigió José Luis López Linares en 2016 con motivo de la exposición del v centenario de la muerte del Bosco que celebró el Museo del Prado en Madrid. Para cerrar esta entrevista, ¿nos podría decir qué supuso para usted ese encuentro?

Para hacer la filmación me llevaron un día a la sala del Bosco antes de la apertura del museo, hacia las siete y media de la mañana. Estaba aquello silencioso y vacío y el tríptico se imponía, solitario, en su gran tamaño y poderoso contenido, como si te abrazara y te consumiera. En otras ocasiones, viéndolo entre la multitud, su enorme poder de tótem no resultaba tan apabullante como ese día. Sentí que el documental lo abordaba de la única manera posible, es decir, desde los diversos ángulos y sensibilidades de gentes de todos las artes y los oficios. El resultado fue extraordinario; todas esas voces formaron un coro que le rendía honores a la misteriosa genialidad del gran cuadro.
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