Sin embargo, la alternativa se encuentra en la invención y en la búsqueda de nuevos modos de contar la vida de manera convincente. Pero, a diferencia de la novela, la autobiografía no hace ni puede hacer ostentación de innovar por innovar. La innovación en autobiografía debe estar justificada por el contenido de la historia y por el deseo de ser veraz. Y es que innovar, y al tiempo decir la verdad, es un reto a veces paralizante, como han comprobado tantos escritores. Cada experiencia humana debería tener su propia forma autobiográfica sin renunciar a ninguno de los pilares contractuales del género. Esta opción no está libre de inconvenientes, pues, cuando el autobiógrafo intenta una forma innovadora de narrar la existencia, corre el riesgo de ser acusado de fabulador. Sin embargo, como ha dicho Lejeune, se olvida que los pioneros del género autobiográfico moderno, como Rousseau, Stendhal o Leiris, fueron fundadores de una nueva manera de relatar la vida, en forma y contenido. Encontraron un modo nuevo de contar lo vivido por pura necesidad, ya que lo que querían transmitir no se avenía con las formas conocidas. No fue un simple alarde de originalidad lo que los guio, trataban sobre todo de ser veraces. Esa misma necesidad y la misma posibilidad son las que asumen hoy los autobiógrafos, en la medida que el vivir y la manera de narrarlo de cada uno permanecen inéditos, a la espera de ser escritos. Pero innovar, es obvio, no es sinónimo de éxito. Las modalidades nuevas a veces funcionan, a veces no.

Algunos autobiógrafos han intentado otras vías para ser más eficaces y veraces, como jugar con los planos temporales, usar dispositivos críticos para dotar a la memoria de mayor rigor o problematizar la enunciación narrativa: del yo al él, pasando por el tú o el nosotros. A diferencia de la autobiografía anterior, que se inspiraba en los modelos epistemológicos literarios e históricos, la actual se acerca al paradigma de la filosofía, de la ciencia o del periodismo. Cualquiera de estos modelos no son un fin en sí mismos, sino un medio para que el autobiógrafo explore en su propia historia contenidos que hasta ahora no había podido ni osado contar.

En este contexto, en el que los autores buscaban innovar en la autobiografía, acreditándola como una forma de similar categoría literaria que las novelas, hay que situar la aparición del concepto de «autoficción» en 1977 y su acelerado y contradictorio desarrollo posterior. Aunque Serge Doubrovsky la inventó a partir del «pacto autobiográfico» de Lejeune para identificar un singular libro autobiográfico, Fils, eligió una denominación atractiva, pero con la suficiente ambigüedad para que diera después lugar a interpretaciones alejadas de lo que su propio inventor pretendía. De forma urgente, en la contraportada de Fils, el autor definió la autoficción como «un relato de hechos estrictamente reales», del que él mismo, con su nombre propio, Serge o S. Doubrovsky, era narrador y protagonista, aunque sin renunciar a los recursos propios de la novela de Joyce o Proust. De un lado el libro cumplía el principio de identidad propio de la autobiografía y, de otro, se presentaba bajo el pacto y la forma de la ficción. Algunos escritores vieron las puertas abiertas a ensanchar el género hacia la ficción, de tal modo que el propósito de su inventor quedaba desvirtuado. En resumen, la autobiografía ha dejado de ser un ejercicio necesariamente final, realizado cuando ya el horizonte vital parece cerrarse. Hoy el género autobiográfico se caracteriza por ser una escritura permanente que hace entregas sucesivas y fragmentarias, en las que el autobiógrafo no resume su vida, sino que la construye y la rediseña en cada hecho o vuelta que le da a su relato. La autobiografía se concibe ahora como la escritura a la busca de la verdad personal con una finalidad ética. La verdad está más allá de lo dicho y siempre por conquistar, porque el pasado no se halla fijo en ningún lugar ni guardado en ninguna caja fuerte, si acaso en el lienzo cambiante de la memoria, y sólo surge en el proceso de contar con la guía de ser lo más veraz posible, pero sin la certeza de poder serlo de forma absoluta. En principio, el autobiógrafo contemporáneo no le abre la puerta a la ficción, aunque tampoco está seguro de haberla cerrado completamente. En esta concepción cabe situar el juicio de Paul Auster, que sostiene que «el lenguaje no es la verdad. Es nuestra manera de existir en el universo». Sólo el lenguaje nos permite acceder al mundo y dejar testimonio de nuestra experiencia.

 

UNA AUTOBIOGRAFÍA INNOVADORA

Lo que caracteriza a la autobiografía española actual es la determinación de contar la vida (o un episodio de ésta) de manera lúcida, sin inventar nada, sin colmar los vacíos ni lagunas de su trama con elementos ficticios, sino tratando de decirlo todo o, al menos, teniendo el coraje de buscar la manera más innovadora de ser veraz. En esta perspectiva, los autobiógrafos se someten al principio de realidad, por austero, exigente e incluso yermo que pueda parecer, aunque para ello tengan que inventar una forma narrativa nueva para sondear la verdad. A algunos el deseo de contar la verdad sobre la propia vida y de manera sincera puede parecerles ingenuo. Sin embargo, conviene recordar que todas las personas resultamos ingenuas cuando relatamos nuestra existencia. En realidad, todos, como autobiógrafos accidentales de nuestras vidas, nos comportamos de una forma similar. Todos mentimos o nos justificamos como niños cogidos en falta o prometemos decir la verdad como animales indefensos o atemorizados. En una de las obras que propongo como ejemplo de escritura autobiográfica actual, el autor, Rafael Argullol, repite que su libro no es una autobiografía, porque tal vez no quiera parecer ingenuo, pero, al menos en esto, lo es. Sin embargo, esta discrepancia es lo menos importante, pues su obra nos recompensa sobradamente, su verdad es más interesante que esta divergencia.

Tal vez esto no es lo más importante cuando somos lectores, pues, ante un relato autobiográfico, tomamos la distancia que creemos conveniente: fría, entregada, escéptica, analítica o empática. En cualquier caso, nunca debemos perder de vista que, cuando alguien nos cuenta su vida con veracidad, nos hace un regalo, y nos corresponde a los lectores hacer que esa comunicación sea lo más fructífera posible. Personalmente, frente al lugar común que reprueba el hecho de narrar la propia existencia por narcisista o pretencioso, no encuentro más que generosidad en quien lo hace, y se lo agradezco. Con sus verdades y mentiras, con sus buenas intenciones y sus trampas, con sus aciertos y errores, los relatos autobiográficos son observatorios privilegiados para entender las complejas y contradictorias razones del ser humano. Nos permiten conocer también, si el ejercicio es sincero, de primera mano a la persona que lo escribe, y en su claroscuro le revela al lector sus propias luces y sombras.

He seleccionado cinco obras, aparecidas entre 2008 y 2016, que me parecen propuestas autobiográficas rigurosas, pues cumplen con el principio de veracidad del género y, al mismo tiempo, intentan nuevas formas de escribir la vida. Estas obras son La lección de anatomía, de Marta Sanz (2008 y 2014); Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (2010); Visión desde el fondo del mar, de Rafael Argullol (2010); El balcón en invierno, de Luis Landero (2014), y El amor del revés, de Luisgé Martín (2016).

Estos autores se proponen autobiografiarse sin pizca de ficción y, por tanto, ninguno utiliza la autoficción. Algunos prefieren llamar a sus relatos «novela», lo que también podría resultar chocante a primera vista, aunque «novela» en el español actual es una palabra polisémica, que significa tanto historia inventada como relato bien escrito, y los autores no ven en su utilización ninguna contradicción. Como ya he dicho a propósito del libro de Argullol, tampoco les cuadra a estas obras la denominación de «autobiografía», pues, por el gusto de los autores, por el carácter fragmentario de los relatos o por el deseo de descubrir nuevas formas de contar la vida, se desmarcan de aquellos modelos a los que recurren escritores o personas ilustres para rentabilizar la fama o legar una imagen autocomplaciente de sí mismos. Y, aunque no se presentan como autobiógrafos, cumplen el «pacto autobiográfico», dado que anuncian que van a exponer la verdad, y, al anunciarlo, se comprometen.

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